La naturaleza del ser humano le conduce, como es sabido, a una desmesurada apreciación de lo que entiende como propio. Las consecuencias de esta característica son aprovechadas por los grupos de poder occidentales, que han sabido confundir, merced a una propaganda machacona y bien dirigida, a la inmensa mayoría de la población de la importancia de poseer como propios algunos bienes que, al estar sometidos a obsolescencia, carecen de valor en el medio plazo, e incluso en el corto
Esta actuación de los poderes fácticos occidentales se les ha ido de la mano, y se ha vuelto contra el sistema capitalista. Al fijar como objetivos de los llamados ciudadanos la posesión, mediante su trabajo, de adminículos y aparatos de escaso valor real, como pueden ser, radios, televisones, electrodomésticos en general, reproductores de cintas magnéticas o dvds, ordenadores, etc., se les estaba condicionando a que, cuando aparecieran equipos con prestaciones mejores, abandonen los que tienen, que han conseguido con esfuerzo económico, para adquirir los nuevos.
La espiral de deseo consumista -lo que se ha dado en llamar sociedad líquida (1)- no estaba, sin embargo, perfectamente controlada y explotó, en beneficio de los llamados países emergentes que, rápidamente, dispusieron de la tecnología y, merced a la mano de obra más barata, se situaron en posición de inundar el mercado con productos de calidad suficiente, desplazando a las empresas occidentales que los estaban fabricando.
Durante algún tiempo, desde los grupos de poder occidentales pudieron creer que este impulso consumista, irrefrenable, de sus nacionales podría ser cubierto, además de por la industria propia -en la concepción posibilista de que estarían en condiciones de lanzar al mercado en los momentos oportunos, nuevos productos tecnológicos o, al menos, cambiar su diseño o formato para hacerlos apetecibles o convirtiendo en inútiles los adminículos antneriore-, por acuerdos consorciales con empresas japonesas o surcoreanas, en donde los trabajadores son más disciplinados y menos exigentes.
Sus previsiones fueron optimistas. China es hoy la primera economía mundial, de facto, con un PIB ya próximo a los 9 billones de dólares (es decir, 9x 10exp 12 dólares). Las empresas chinas ya no copian, sino que imponen sus propias innovaciones al mercado occidental. Lenovo (antigua Legend) es el segundo fabricante mndial de PCs, Huawei, el mayor productor de equipos para telecomunicaciones. El 22% de las exportaciones chinas van a la Unión Europea y el 18% a Estados Unidos.
Pero lo más importante es que se ha conseguido que estos éxitos sean vistos por la población china como un éxito colectivo, a pesar de que, por supuesto, los principales beneficios se quedan en pocas manos. Al contrario de la valoración popular de las multinacionales occidentales, que son vistas como expoliadoras de plusvalías y sus propietarios principales, como ávidos por la posesión desmedida de riquezas.
En opinión del Grupo de Trabajo, las razones de este éxito son múltiples (sentido de la oportunidad, utilización acertada de los estímulos para atraer a empresas occidentales, como moscas a la miel, valorización novedosa de recursos propios hasta ahora inutilizados, legislación ambiental permisiva o inexistente, etc.) pero, queremos destacar, en especial, la influencia de las creencias y el concepto de armonía cósmica que supone el confucionismo, frente a la influencia que su derivación aberrante, el cristianismo, está suponiendo para las intenciones de los instigadores de la economía neoliberal -por fortuna para nuestro Grupo de Solicitantes y sus propósitos-.
(continuará)
