Sabíamos que existía la economía sumergida, que es, para un estado democrático, como la polilla a los trajes que llevan tiempo sin ser utilizados. Pero, últimamente, como en la canción de los Rolling Stones, no sé que pasa que lo veo todo en negro. (1)
Se van perfilando en esta Tragedia con guión improvisado (desde el punto de vista del entretenimiento, estas representaciones sin libreto son óptimas como divertimento, porque mantienen la atención y tensión de los espectadores hasta el final, pues en cualquier momento pueden cualquiera de ellos ser llamado al escenario para que interprete su número) tres tipos de actitudes:
1) La de los que han sido pillados en falta, cuya actuación queda limitada a guardar silencio en lo básico y confiar en la marcha de la Justicia (es decir, en que se embrolle todo el asunto, se extravíen folios sustanciales del proceso, transcurran los plazos hasta prescripción o agotamiento y, en fin, se acabe olvidando el asunto sin que haya Sentencia condenatoria, aunque se hayan convertido las evidencias en abrumadoras)
2) La de los que cometieron los mismos pecados que los que se encuentran en dificultades para guardar su ropa (nadie mejor que ellos lo sabe, claro), y que tratarán de mantener en tonos altos perfiles muy bajos, negando la mayor con rotundidad, cuando, a pesar de su intención de escabullirse, se vean forzados a dar su opinión y dedicarán todo su esfuerzo y oraciones a apoyar que pase el chaparrón sin que los chuzos caídos de punta les dén en la cabeza, con el ytúmás o amíquémecuentas o yonofuí-
3) La de los que se beneficiaron colateralmente de los efectos de la situación por la que otros ahora penan, que, o mucho me equivoco, o pueden llegar a constituir, si se hace abstracción de cuantías, prácticamente toda la población: trabajadores que cobraron sobresueldos, durante años, y que no los declararon al Fisco ni denunciaron por esa prácctica a sus empleadores; proveedores y clientes de empresarios muy activos -claves para nuestra economía-, que se ahorraron el iva por facturas que no existieron jamás, o -sensu contrario- crearon facturas sobre entregas inexistentes; militantes y simpatizantes de partidos que se encontraron con gratificaciones para las que no tuvieron que firman un recibí; marineros, payasos, criados, técnicos, albañiles, prelados,… que recogieron los frutos de evasiones fiscales sin preguntarse de dónde procedían los dineros.
Las formas de generar y tratar dinero opaco son infinitas, y las principales, más o menos conocidas (y advertidas) por cualquier ciudadano, probo o no. Y seguro que, siendo tan extensas, en algún momento, se ha beneficiado de ellas.
Hay algo en este proceso de presunta (pero falsa) clarificación que no me está gustando nada. Es la predilección con la que, especialmente en algunos medios, se dirigen los tiros preferentemente contra algunas personas de la acera contraria, levantando una gran polvareda de escándalo, que puede hacer parecer que las culpas no están en todos lados.
Puede que esté llegando la hora de una expiación colectiva. Podría hacerse mediante la fórmula aceptable de mandar a galeras a los que más hayan pecado, si fueramos capaces de descubrirlos, sin equivocarnos, como suele suceder, … haciendo pagar las culpas a los intermediarios de los que lo mueven todo desde arriba.
Eso de poner el grito en el cielo cada vez que, por lo que sea -el o ellos sabrán-, alguien nos sitúa a un presunto pecador en la picota, suena a puro cinismo. Pero, además, me hace temer que corremos el riesgo de que, mientras andamos de aquí para allá dando alaridos de (falsa) sorpresa, otros más hábiles nos estarán arrebatando la comida del plato. Que no hablamos de honor ni de ética, que en este mundo pecador, la cuestión va de destrezas.
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(1) La letra que hemos coreado millones de adolescentes en los 60 era la versión de Los salvajes, y a la que rindo aquí tributo.

