Al socaire

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Archivo de 2014

T-shirts para concienciar a los niños de que se juegan el futuro

8 junio, 2014 By amarias 2 comentarios

T Shirts for academic fansMe crucé con un pequeño, acompañado de su madre, que llevaba una camiseta, perfectamente ajustada a su tamaño de personilla, con los colores de cierto equipo de fútbol (equipamiento principal) y el nombre de un jugador de esa disciplina deportiva en la espalda.

-¿Te llamas igual que el jugador? -le pregunté, fingiendo cara de sorpresa.

-No, claro -me contestó como quien responde a un loco de atar-. Me llamo Yónatan -(ruego se me disculpe si la grafía no es correcta).

La mamá me sonrió, evidentemente orgullosa de las incipientes habilidades de su retoño en el arte de controlar la pelota.

-Jonathan, -me dirigí a la madre, una joven a la que juzgué, inequívocamente, como universitaria con responsabilidades ejecutivas- ¿Como Jonathan Swift, el autor de los Viajes de Gulliver?.

-Ah, no. A mi marido no le gusta viajar. Es Yónatan, por el capitán de la selección nacional cuando el niño nació. Fue una premonición. Porque Yónatan juega muy bien al fútbol, ¿verdad, Yónatan?

Me disculpé ante la singular pareja de aficionados y me fui con un pensamiento en la cabeza. Es evidente que estos niños a quienes sus padres o familiares compran camisetas con nombres de futbolistas, están encaminando a sus retoños en una sola dirección, sean o no conscientes de la enseñanza que les transmiten. La sociedad, en su conjunto, crea el clima adecuado: los ídolos, los portadores de los valores de la tribu, los ejemplos a seguir, en comportamiento y actitudes, son estos atletas.

Me he puesto a dibujar camisetas con nombres de científicos, escritores, químicos, físicos, ingenieros, filósofos, economistas, juristas,…, «famosos». (Pongo las comillas no sin rubor).

¿No habría alguna empresa seria, fundación o sociedad científicas interesadas en propagar el mensaje de que, si se quiere jugar en equipos con futuro, hay que tratar de emular a los Enmanuel, Maria, Jorge Juan, Isaac, René, Fedor, Paul, …?

Por supuesto, sean quienes sean los modelos elegidos, habrá que explicar a esos niños, además, que no pretendemos que los admiren por todo lo que hicieron, sino por algo concreto de lo que hicieron. Porque un modelo absoluto, solo existe en los cuentos de hadas.

Publicado en: Sociedad Etiquetado como: camisetas, científicos, futbolistas, ídolos, t-shirts

Algo por lo que ilusionarse

7 junio, 2014 By amarias 2 comentarios

«Por Dios, por la Patria y el Rey»,  han sido históricamente los tres conceptos sublimes por los que merecía la pena luchar y morir, al menos en las cristianas belicosidades que formaban el mosaico europeo de nacionalidades.

Ese mensaje trascendente fue recogido, de una u otra forma, en no pocos himnos y cánticos, pero pocos alcanzaron la rotundidad con la que se recogió el patriotismo, la religiosidad y la devoción al monarca que creían más legitimado para gobernarlos, con los que los carlistas festejaban la victoria de Oriamendi  1837) sobre los cristinos. Por esa triada superior «lucharon» (en otras versiones, incluso se dice, «murieron») «nuestros padres/ por Dios», y «por la Patria y el Rey/lucharemos nosotros también». (1)

Hasta en la guerra incivil española de 1936, un siglo más tarde, la arenga fue incorporada sin reparos por el bando sublevado -luego triunfador-, y luego sería cantado, no solo como himno de los requetés, en institutos y colegios de la postguerra por inocentes criaturas dirigidas sus voces por otras adultas nada inocuas («Cueste lo que cueste/ se ha de conseguir/ que los boinas rojas/ entren en Madrid»… «defendiendo todos juntos la bandera de la santa Tradición»).

Tiene que ser decepcionante,  si queda en nuestro convulso país alguien idealista, que esos tres conceptos no solo hayan caído en desuso como elemento inspirador de los ánimos y los cánticos, sino que hayan sido  sustituidos por otros sin el menor misterio.  Porque ni «la roja», ni «Ronaldo», ni «Shakira» ni «Beyoncé» (cito al azar) o cualquiera de esos ídolos de carnes y huesos que mueven el fervor de los jóvenes, tienen el encanto poético de un Dios omnipotente, una Patria ahíta de hazañas bélicas contra pérfidas albiones, califas malandrines o caudillos impíos.

Por no decir de un Rey, al que Dios salve, que represente el aglutinante, el liante pegamento que relacione las dos esencias anteriores, conectando la vulgaridad doliente con lo que es inalcanzable, abstracto, metafísico, poniendo poesía y magia de la buena a la monotonía de nuestras vidas.

Un grupo de jóvenes universitarios parece haber encontrado una vía de ilusión en las elecciones europeas de mayo de 2014. El análisis serio y ponderado, realizado por mentes sesudas, de lo que pretenden, ha revelado que su programa -o lo que fuera- es irrealizable, por costoso y por utópico.

No se han dado cuenta estos sensatos, que los símbolos que han movido a la humanidad son, justamente, intangibles, etéreos, inextricables. Lo que necesitamos es algo por lo que ilusionarnos. Cuanto más incomprensible e inexplicable, mejor.

—

(1) Pertenecí durante cierto tiempo al grupo de chavales incompetentes (para entender de tradiciones) que creían incluso que ese era también el himno de las «tropas rojas» que querían volver a entrar en Madrid, después de haberlo perdido para la República, pues hasta tan punto se nos había teñido de rojo todo lo que no era franquista.

 

Publicado en: Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: 1837, 1936, Dios, fin, ilusión, inextricable, Monarquía, objetivo, Oriamendi himno, Patria, República, rey

A mi me gusta la gaita que tenga fuelle de terciopelo

5 junio, 2014 By amarias 3 comentarios

Hay una deliciosa canción popular que propongo se convierta en himno nacional. Su letra, en la que el cantor o cantora expresan sus gustos, con las variaciones que permita el ritmo («a mi me gusta lo blanco», «a mi me gusta lo nuevo», «a mi me gusta lo guapo»…) se desarrolla perversamente con el deseo de que desaparezcan sus opuestos: lo negro, lo viejo, lo feo.

Después de ese repaso por los contrarios, ensalzando lo que a uno le gusta y expresando que se muera aquello que «no sea cosa buena», el letrista concluye que «a mi me gusta la gaita que tenga el fuelle de terciopelo».

Veo en rededor injusticias, aprovechados perversos, mentirosos convulsos, ladrones embozados. He tratado durante toda mi vida de combatirlos, en la medida de mis posibilidades, con reproches y actuaciones, a veces directas, otras discretas. Me considero formalmente republicano, liberal, agnóstico, serio, inquieto.

No es mérito exclusivo, porque, por fortuna, somos mayoría. Y espero que por mucho tiempo. Somos mayoría los que siendo monárquicos, respetamos a los republicanos, y al revés; somos mayoría, los que, siendo creyentes, comprendemos a los agnósticos, y lo contrario; somos mayoría los que siendo comunistas, tenemos información suficiente para entender que no se puede creer en el mercado como único dios, y otro tanto se puede decir de los liberales que comprenden las ventajas del comunismo…

Porque nos gusta la gaita que tenga fuelle de terciopelo. En estos momentos en que muchos grupos y grupúsculos gritan, de pronto, aprovechando una grieta, que lo suyo es lo mejor y que hay que explorar las selvas, no vendría mal un poco de música. Para calmar los ánimos.

(P.S. Señalo algo de este Comentario y que a mi me parecía sutileza, pero puede haber pasado desapercibido al lector que no entienda de gaitas, ni aún menos, de templarlas. El fuelle de ese instrumento jamás es de terciopelo, pues se construye de piel de oveja, de cabra e incluso de cabrito, y más modernamente, de gomas y otros materiales elasto-plásticos de variado pelaje: la que es generalmente de terciopelo, para que haga bonito, es la tela que cubre al fuelle. Y, por supuesto, que viva la gaita, que viva el gaitero.)

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Borrador del Discurso de investidura de Felipe VI

4 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

En una actuación sin precedentes en la trayectoria de las diferentes dinastías reales que han ocupado la jefatura del Estado español, la Casa Real ha pedido a varios ciudadanos, incluso republicanos confesos, ideas para el Discurso de investidura que tendrá que pronunciar S.A.R. el Príncipe de Asturias, cuando sea investido Rey, con el nombre de Felipe VI de España y nada de Alemania.

Por su indudable interés, reproduzco aquí la propuesta de uno de los elegidos, que ruega mantenerse en el anonimato:

«Españoles, catalanes, vascos, gallegos, valencianos, andaluces, inmigrantes con alguna de esas nacionalidades, naturalizados actuales y futuros, residentes todos :

«Ante todo, quiero deciros que no pretendí dejar de nombrar a nadie. Si alguien no se siente identificado con los que nombré expresamente, pido disculpas. Me equivoqué. No volverá a suceder.

«Se que algunos de vosotros, quizá un veinte por ciento de los que tenéis más de dieciocho años, quizá la mayoría de los que tenéis menos de treinta y cinco, desearías que este país fuera una república, en sus variadas formas -desde el modelo norteamericano al chino o bolivariano, o, tal vez, una república balcánica o, incluso, centroafricana.

«Quiero deciros a vosotros, los republicanos convencidos y conversos, que estoy de acuerdo con todos y cada uno. He aceptado ser príncipe y ahora Rey, pero me equivoqué, y si tuviera ocasión de repetir la historia, no volvería a suceder.

«A aquellos de vosotros que pensáis en la necesidad de cambiarlo todo, incluso en la revolución, os confieso que no tengo ni idea de conseguir eso sin repetir la historia de mi bisabuelo, marcharme del país y dejar que allá os entendierais entre vosotros. A los que hubierais preferido que me sometiera al refrendo de las urnas para competir con otros candidatos, ya fueran de casas reales, como el Príncipe de Mónaco, el rey Mohamed VI, el monarca saudí,  la Reina Isabel II de Inglaterra, o gente del pueblo, como Pablo Iglesias júnior, José María Aznar, Felipe González senior, Susana Díaz o Isabel Lopez -qué más dará, somos todos tan parecidos-, os agradecería que os creyerais que iba a ganarles. Estoy preparado desde que nací para ser el rey de España, soy el único que cursé la carrera completa y no estoy en edad de jubilación.

«En fin, pido disculpas si ofendo a alguien. No desearía que volviese a suceder nada de lo que sucedió antes, pero qué le vamos a hacer si sucede lo que tiene que suceder. Pido perdón, otra vez, por mí, por todos los que antes que yo se han aprovechado de sus cargos y posiciones, por todos los que lo harán en el futuro. Volverá a suceder.

«Para aquellos de vosotros que, os confesáis como monárquicos por respeto a las tradiciones, sean las que sean, que decís que, no siéndolo, lo sois, por respeto a una Constitución que habéis dicho múltiples veces  que había que cambiar, a vosotros que os reconocéis juancarlistas pero no felipistas, o felipistas que no juancarlistas, porque no tenéis mucha idea del mínimo margen que tiene el Rey en este país, a vosotros, los que confundís la gestión de gobierno con la jefatura del Estado, a los que tenéis miedo a una revolución, o a la República en sí misma, o, tal vez, a que os gobiernen los marxistas y os quiten vuestras propiedades, quiero manifestar tanto mi profunda simpatía como también mi más honda preocupación.

«Gracias a vosotros he llegado hasta aquí y por culpa de vosotros ni yo ni vosotros sabemos cómo va a terminar todo esto, es decir, no solo mi reinado, sino vuestra trayectoria ciudadana. Si os equivocasteis, creyendo que ibais a evitar lo inevitable, y vuelve a repetirse lo que la Historia ha enseñado tantas veces que tiene que pasar, estoy educando a mis hijas, con ayuda de los conocimientos populares de mi actual esposa, para que se empapen bien de lo que significa ser plebeyo, es decir, una persona normal.

Porque os aseguro que, desde hoy, no voy a pedir más disculpas, en especial si sucede lo que no está previsto que vaya a suceder, -es casi improbable-, pero que, según me ha dicho mi padre que le explicaron, en su día, en el cursillo de acceso a Generalísimo  en el Estado Mayor de la Defensa, es un recurso que supondría mi aceptación general por unos cuarenta años, más o menos.»

La propuesta de discurso a la que hemos tenido acceso termina ahí, aunque posiblemente tuviera más hojas.

Publicado en: Economía, Política Etiquetado como: discurso, felipe VI, investidura

Smart global citizenship

3 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

Piero Fassino, alcalde de Torino, fue el ponente principal en el «desayuno del Ritz» del 3 de junio de 2014, actividad organizada por Nueva Economía Fórum. El segundo ponente fue Alfredo Pérez Rubalcaba -aunque, según la convocatoria, le correspondía ser solamente el presentador del conferenciante-. Las circunstancias por las que atraviesa España y la reciente dimisión del secretario general del PSOE, impusieron esa revisión del programa, consentida desde la organización.

Fassino, en un español muy aceptable, disertó sobre las Smart-cities, concepto ya de uso común, y enfocó las luces, como le corresponde, hacia Torino. Esa «nueva manera de pensar y organizar la vida de la comunidad», necesita -dijo, para explicar el concepto- «un alfabeto propio, un nuevo paradigma», y, por ello, «una Smart community».

Avanzando por el camino de incorporar el rutilante adjetivo a todo lo que se toca, apuntó hacia la necesidad de una «Smart democracy»(adaptada al tiempo de las TICs, «ya que los modelos estructurados en el siglo XX no son hijos de la tecnología digital»), y se debe tener en cuenta que «las nuevas tecnologías generaron partidos sin ideología, organizaciones fuertes, estableciendo una relación directa con los electores». Esto ha de ser así, porque, «a través de la web, la sociedad va organizándose en un nuevo lenguaje».

No tengo duda alguna de que el modelo general de mayor aproximación al ciudadano y a la resolución de sus problemas -ambientales, energéticos, de transporte, de ocio, de comunicación, etc.- es imprescindible. Las ciudades tienen -Pérez Rubalcaba se encargó de poner el lápiz rojo sobre una frase de Fassino- que reconstruirse desde el aprecio al «papel de la cultura en las nuevas ciudades».

Me gusta participar en los debates, y en el coloquio, propuse al moderador (José Luis Rodríguez) una cuestión que no mereció ser planteada al conferenciante, sepultada entre otras intervenciones -fundamentalmente, surgidas de los periodistas presentes en el acto, y, por tanto, buscando los titulares-.

Lo que me interesaba saber era si Fassino, que es también presidente de la Asociación de Smart cities europeas, tenía respuesta a la cuestión de la solidaridad, que no es un concepto anodino, sino que está imbricado en la resolución del problema del paro,  y en el avance o sostenimiento de los modelos de bienestar. Tiene que ver con el mejor reparto de la riqueza generada y no solo ha de enfocarse hacia el mayor disfrute y a disponer de más tiempo de ocio, si no alcanza a todos.  No deriva únicamente de la producción más eficiente, y ni siquiera se satisface con la puesta a disposición del ciudadano de oportunidades para pasarlo bien y ser más responsable ambientalmente.

La solidaridad implica la consciencia colectiva para hacer llegar, tanto a nivel individual como familiar, aquellos medios -económicos, asistenciales, culturales, formativos, …-suficientes que garanticen que todos sean co-partícipes de esa generación, distribución y consumo de bienes y servicios.

Hace falta una Smart-solidarity, que tenga en cuenta, en concreto, la creciente disminución del tiempo de trabajo preciso para desarrollar las actividades y fabricar los productos que son precisos en un mundo globalizado, con muy diferentes costes de mano de obra y expectativas personales. Una cuestión que apunta a la necesidad de encontrar urgentemente nuevas formas -Smart solutions- para el reparto de las plusvalías que una sociedad inteligente, animada por una Smart global citizenship, sea capaz de generar, para conducirse, en equilibrio dinámico, a una mayor satisfacción general.

Me quedé con las ganas de conocer la visión de Fassino sobre esa importante cuestión. Sí  nos enteramos ( a mí ne me hacía falta) de que Pérez Rubalcaba es partidario, a pesar de las «hondas raíces republicanas del PSOE», de mantener el «consenso que nos condujo al período más floreciente de la historia de España», que implica aceptar la monarquía como forma legal para la jefatura de Estado.

Torino parece estar en el proceso de su salvación específica, al menos de forma provisional, en base a proyectos como byke-sharing, car-sharing, mejora de la concienciación ambiental y energética, etc., y… una cierta ingenuidad que creí adivinar en alguno de los «proyectos novedosos» a los que hizo referencia su alcalde, menos convincente en esa parte de su discurso. Torino puede enorgullecerse, sobre todo, de haber logrado la reconversión de la vieja industria del automóvil y de encontrar la vía para potenciación turística de su legado monumental.

No me parece un modelo indefinidamente duplicable, porque no hay sitio para muchos clones de esa estrategia. Seguimos necesitando más opciones para cristalizar esa Smart global citizenship que nos ilusione por un futuro en el que las actuales nubes de tormenta se traduzcan en lluvias provechosas.

 

 

 

 

Publicado en: Economía, Política, Sociedad Etiquetado como: alcalde, Monarquía, Pérez Rubalcaba, Piero Fassino, PSOE, smart citizenship, smart city, sucesión, Torino

La abdicación

2 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

El 2 de junio de 2014, a las 10 h 30 m de la mañana, el presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, anunciaba que el Rey Juan Carlos «abdicaba la Corona».

La abdicación del Rey en la Jefatura del Estado es una figura no contemplada con rigor por la Constitución vigente, necesitando la rápida aprobación de una Ley Orgánica que, aprobada por las Cortes, garantice el cambio sucesorio que las peculiares reglas de la Casa Real han personalizado en S.A.R. el Príncipe Felipe, que será, por tanto, el nuevo rey, con el nombre de Felipe VI, si todo sucede conforme al libreto.

Convertido en portavoz del dimisionario, el presidente Rajoy ha indicado, en una rueda de prensa sin preguntas -¿para qué preguntar, -se podría decir-, si no habrá respuestas?- que «el momento es oportuno».

La oportunidad viene, en este caso, medida por la necesidad de recuperar alguna popularidad, desde el recambio de personas. El previsto como sucesor tiene 45 años, por lo que está en la edad en la que la mayoría de los españoles que se han quedado sin empleo por razón de la pésima gestión del país, verán reducidas a casi cero sus posibilidades de encontrar un nuevo trabajo.

La oportunidad no viene, desde luego, señalada por la pérdida galopante de simpatía hacia los partidos políticos que se siguen considerando mayoritarios; no está soportada, naturalmente, por la incapacidad demostrada de esta colectividad para generar actividades que permitan mirar hacia el futuro con optimismo generalizado y no solo desde la complacencia de los que más poseen; no tiene que ver, por supuesto, con el malestar rentabilizado por una urna de recogida de pesares cuyo mensaje es tan claro como contundente: no, así no, nos engañan, se enriquecen a costa nuestra, no nos representan.

A los más viejos de esta tribu les ha tocado vivir una parte de la historia de España insuperable en emociones: guerra civil injustificable, dictadura perniciosa, aislamiento insufrible, decadencia de la autarquía, ilusión irrefrenable, actividades imposibles, despilfarros impresentables, logros maravillosos, traiciones desvergonzadas, desilusiones galopantes, fracaso perdurable, desorden manifiesto.

Tengo la amarga impresión de que la Corona abdica cuando ha percibido que se le ha pasado el arroz. Oigo voces -nunca mayoría, pero siempre suficientes para que no se las desprecie- que reclaman una votación para refrendar al candidato a sucesor.

Un sucesor que, careciendo la Monarquía de programa y no tener la institución asignados cometidos constitucionales de entidad, lo que supone únicamente es cambiar el rostro de quien detenta el título. Como en esos tableros de feria en los que se puede meter la cabeza en el hueco abierto, para llevarse una foto de recuerdo del paso por el sitio.

Voto al chápiro verde, tenemos que cambiar el rumbo de la cosa, pero con tanto experto en marear, mal lo tenemos.

 

 

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Rumbo al chápiro

2 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

En este escenario polivalente en el que, quién más, quién menos, todos tenemos molestias en el humor, familiares en paro y dosis de mala leche para las horas sin dormir, solo hace falta que te crezcan las ganas de contar algo para crear un blog de estos gratuitos y que pasemos a crearnos influyentes como la gripe aviar.

Llevo varias décadas dándole a las teclas hablando de lo humano (y a veces, incluso, adentrándome en las tinieblas en busca de lo divino) para estar curado, sino de espantos, de los llantos. Tengo escritas más líneas en letras verana, arial, times y courier que la distancia por tierras castellanas entre Sevilla y Barcelona. A solas con la imaginación, pasé mas horas de las que sería aconsejable a un buen padre de familia, sean con baremos del Código civil o de la Biblia.

Cuando me puse a buscar un nombre que sirviera de título o referencia conjunta para una nueva sarta de elucubraciones, tanteé varias opciones, cuya pertinencia se me antojó que podía ser luego acreditada. Todas estaban ocupadas. Había arqueros, aurigas, saeteros y ocupantes de las torres del homenaje como de las barbacanas, en todas las esquinas del martirologio literario. Cuadernos de tareas, Libros de estilos, Notas para vacantes, Informes ejecutivos y Asuntos pendientes florecían por doquier, incluso hasta boyantes.

No descarto que en otro lugar del universo virtual existan más Rumbos al chápiro. Ya no importa, el paso está avanzado. Me gustó tomarlo para mí, porque admite sentidos figurados.

El chápiro, etimológicamente, es sombrero o caperuza, y, por tanto, de sus telas se hace el capirote. Pero su polisemia es más fecunda, porque, dícese que se dice, también designa a un duende o tipo imaginario que lo llevaría como distintivo, por lo que pasa a ser, sin más, sinécdoque.

Convertido en referencia general casi multiuso, el chápiro verde es sustituto, elipsis, metáfora soberbia.

Ha servido, por ejemplo, desde aquellos tiempos del cuplé para expresar el disgusto por lo que no nos salió que ni pintado, evitando jurar en vano o pecar de mal dicente, sin que nos atizaran un coscorrón en el cogote.

¡Voto al chápiro verde! era también la jaculatoria más común con la que los niños de esa época nos animábamos en los trances, escupiéndonos, llegado el caso, sucesivamente, las dos manos.

Después de la travesía de la rebeldía, casi desiertos los campos de la ilusión, descritos como zonas de peligros y trampas los espacios de lo que queda por venir, poner rumbo al chápiro puede que parezca  insolente o signo de insania. Ruego paciencia al lector. Pero, le advierto: para votarlo, para eso sí que hay que estar ya muy perjudicado.

 

 

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Cuento de primavera: La comisionista y el tendero

31 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En la misma calle en que habito, tiene su comercio abierto un tendero. El rótulo que está colocado sobre la puerta, debe corresponder a la actividad desarrollada por el propietario anterior, ya que en él se lee Peluquería. Y este tendero parece estar dispuesto a vender de todo pero no a cortar el pelo.

Desde hace varios meses, sigo con interés y curiosidad  la evolución de su negocio. Incluso se su nombre: Armadendo Contritio, porque, la semana pasada, en uno de los cajones de cartón que se amontonaban a la entrada de su negocio, leí ese nombre, la dirección correcta y la naturaleza del peculiar establecimiento. «Armadendo Contritio S.L., calle de las Delicias s/n, Especialidad en Placebos y Sustancias con Propiedades Terapéuticas Imaginarias.

En realidad, podía haber supuesto la singular naturaleza de lo que era el objeto de comercio para Armadendo. Yo mismo, recién abierto el mismo al público, debí haber sido uno de los primeros clientes. Recuerdo perfectamente la conversación.

-Buenas tardes, me alegro de que el barrio tenga por fin alguna actividad nueva. Aquí no hacían más que cerrarse negocios -fue mi introducción, mientras curioseaba por las estanterías, en las que apenas descubría mercancía, pues estaban prácticamente vacías.

-¿Qué busca? -fue la escueta y directa interpelación del tendero, sin levantar la vista de una libreta en la que estaba anotando algo.

-En realidad…-iba a decirle que había entrado solamente para saludarlo como nuevo vecino, pero, finalmente, descubrí, en la esquina de uno de los estantes, un bote en el que se podía leer: «Melaza repelente de parásitos intestinales», lo que me llamó la atención y cambié mi propósito sobre la marcha- Quisiera una Melaza contra los parásitos del intestino.

-No se qué es eso -casi me escupió el propietario del negocio, ajeno a mis evoluciones por el local.

Creyendo que el hombre no sabía aún exactamente ni lo que tenía expuesto para la venta, tomé el bote, y lo puse sobre el mostrador.

-Me llevaré esto -le indiqué, con una sonrisa que pretendía ser de complicidad.

-Son cincuenta céntimos -me aclaró, y, mientras recogía la moneda que le tendí, envolvió la lata en papel de estraza, dándose muy poca maña. Después, ató el paquete con un cordel de esparto y metió todo en una bolsa de plástico, que me ofreció, sin pronunciar más palabras.

Debo reconocer que me sorprendió el reducido precio que me cobró por aquel artículo, aunque, como no tenía ninguna referencia personal sobre la procedencia, naturaleza y contenido de la lata, admití que era correcto y que aquel nuevo comerciante del barrio estaba decidido a ofrecer productos con muy escaso margen, con el propósito de conseguir una clientela fiel.

Cuando abrí el artículo en casa, encontré que el contenido era una especie de mermelada que, por prudencia, y aunque me olía arándanos silvestres, ya que todas las indicaciones estaban escritas en una lengua que no conocía, me abstuve de probar, y se lo ofrecí, dada la obstinación con la que me lamía los zapatos, pidiéndome su parte, a mi foxterrier, que lo devoró, encantado.

Al día siguiente, y al otro, y al otro, pasé por delante del comercio y ví, con complacencia, que el interior iba llenándose de mercancía, hasta el punto que en el transcurso de una semana, todas las estanterías me parecieron ya atiborradas de productos. El tendero estaba en todas las ocasiones, de pie, a la entrada del establecimiento, con la misma o parecida libreta, tomando notas y más notas. Ninguna de estas veces advertí que en el local hubiera cliente alguno. Incluso, en muchos momentos, estaba cerrado a cal y canto, aunque se trataba del habitual horario comercial.

El hombre tenía un aspecto descuidado, realmente desaliñado. Aparecía, muchas veces, con el rostro preocupado y su ropa estaba sin planchar, los zapatos polvorientos y la mirada perdida.

Pero, un día, en uno de mis paseos, sí descubrí al tendero hablando con una joven -me pareció una mujer agraciada, vestida con una blusa y una falda que se me antojaron sugerentes-. El comerciante parecía entonces muy animado, y la muchacha tomaba apuntes en un cuaderno que llevaba, al que, por las apariencias, trasladaba con cuidado el contenido de las notas que le iba leyendo el hombre.

-Mañana mismo llegará el pedido -comunicaba aquella mujer, cerrando con lo que me pareció una evidente fruición, su libreta.

La escena se repitió varias veces a lo largo de las siguientes semanas, en sus dos versiones. El comerciante, si el local estaba abierto, permanecía a la puerta. Estaba siempre vacío de clientela . Si mi paseo coincidía con las últimas horas de la tarde, me la encontraba invariablemente tomando notas al dictado del extraño tendero.

La tienda se iba llenando de mercancía, que ocupaba ahora, no ya las repletas estanterías, sino gran parte del suelo. Un día, incluso, encontré que algunos productos estaban expuestos -o mejor dicho, simplemente, amontonados- ocupando parte de la acera.

-Buenas tardes -saludaba siempre, al pasar, al tendero.

Nunca me contestaba. Absorto, huido de todo lo demás, concentrado en quién supiera qué meditaciones.

En la acera empezaron a acumularse ya escandalosamente, mercancías y más mercancías, hasta el punto que los viandantes tenían, si no querían sortear las pilas de estrambóticos productos -desde plantas agostadas, frutas que se estaban pudriendo, cartones de productos contra la caída del cabello o estimuladores de potencia sexual, laxantes, chupetes para infantes, colirios,…hasta vinos espumosos e, incluso, libros de autoayuda-, debían aventurarse a pasar a la calle, para seguir su paseo.

Cuando supe, por fin (o así lo imaginaba), el objeto social de aquel singular negocio, cuyo erróneo planteamiento y evidente declive hasta el fracaso absoluto, eran manifiestos, guiado por mi formación de asesor empresarial, me creí en la obligación de exponerle al huraño tendero mi opinión sobre el asunto.

-Perdone mi intromisión -le expresé-. Veo que en su local no hace más que introducir nueva mercancía, aunque no me parece que tenga el éxito esperado. ¿Le va bien? ¿Es solo mi apreciación errónea la que me hace ver que está perdiendo dinero a manos llenas, con un inmovilizado que le está lastrando su economía?

El tipo, que estaba apoyado, como casi siempre, en la pared del local, entre los bultos dispares, me miró con unos ojos inexpresivos.

-¿Y a usted, qué le importa? -me espetó.

Me quedé helado.

-Desde luego, no mucho, porque la decisión es suya. Solo que me parece, por lo que tengo observado, que en este local solo entra mercancía, pero no sale ninguna.

-Pues ya lo tiene claro. Eso es lo que pretendo -me aclaró, si tal explicación fuera convincente, como, sin duda, a él le parecía.

Convencido de que el mercachifle estaba como una cabra, cuando ayer lo descubrí hablando con la joven, en la idéntica actitud que a ambos los relacionaba -la una, con su libreta de encargos, el otro, venga a aumentar la lista de pedidos invendibles-, seguí a la mujer y, cuando me pareció que estaba suficientemente lejos de la vista del orate, la abordé, con el propósito de afear su conducta.

Estaba convencido de que aquella mujer, comisionista o intermediaria de quién sabe cuántos proveedores de las más variadas naderías, se estaba aprovechando de la debilidad mental del mal comerciante.

-Le ruego que me disculpe por entrometerme. Vengo observando que usted es la proveedora de mercancía de la tienda de Armadendo. ¿No se da cuenta de que no consigue vender nada de lo que le compra a usted? ¡El pobre hombre no hace más que acumular cosas en su local, sin éxito alguno!

La joven, que se había detenido en su marcha, m observó con sus hermosos ojos azules, con una mirada angelical.

-¿Piensa que no me doy cuenta? -me replicó, asomando en su rostro una mueca de tristeza-. Lo se, pero no tengo otro remedio que actuar así.

-¿Qué me dice? ¿No tiene más remedio que expoliar a un débil mental, a un pobre loco? -le increpé, sin entender.

-Armadendo es un hijo único de una familia extraordinariamente rica. Su padre, un hombre de negocios con mucho éxito, ha fallecido hace meses y, dejó varias empresas en funcionamiento y este local. Está profundamente enamorado de mí y, para ayudarme, me compra todo tipo de cosas, garantizando así que, cada día, pueda obtener suficiente dinero para lo que necesito. -aclaró la joven.

-¿Es ese motivo para estafarle? ¡Lo que necesita ese hombre es ayuda médica y no de alguien que se aproveche del amor que, sin ninguna correspondencia, pueda sentir hacia alguien que se comporta con él tan injusta y dolosamente! -casi grité, llevado de un impulso de reproche que no pude contener.

-Armadendo no está loco, sino que es una bellísima persona. Ha de saber que él es mi esposo. Tenemos un hijo enfermo de una extraña dolencia para cuyos cuidados se precisa mucho dinero. Su padre nunca aprobó nuestra unión. No así, por fortuna, su madre, usufructuaria del local, que nos ama y está totalmente volcada hacia ese único nieto.

La joven, prosiguió:

-El problema es que mi suegro impuso en su testamento una cláusula perversa, y es que no podemos enajenar las empresas que posee. Por eso, cada día, simulamos vender las mercancías suficientes, procedentes de la producción de su emporio industrial, para garantizar que nuestro hijo tenga la ayuda médica que necesita. Ese es el cálculo que hacemos diariamente, y que, al parecer, a usted le intriga. No nos interesa venderla, sino lo que yo obtengo como comisionista. -la mujer hizo intención de mostrarme la libreta, pero renunció, dejando caer su pregunta- ¿Lo entiende ahora? ¿Sabe por qué hacemos lo que hacemos?

Mientras asimilaba la información, solo se me ocurrió decirle, desde lo profundo de mi corazón, en el que afloraba un aire intenso de simpatía hacia ella y de arrepentimiento por mi falsa elucubración.

-Creo que lo que ustedes necesitan es un buen abogado.

Y, pidiendo disculpas, despidiéndome de ella con un apretón de manos, crucé la calle, aprovechando que el semáforo tenía la luz verde.

FIN

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Cuento de primavera: El examen

30 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Dicen los que han estudiado el tema, que al final de los tiempos, el Supremo Controlador de las criaturas, reunirá a todos los que han sido profesores, jueces, seleccionadores de las más variadas actividades y materias, y les someterá a un examen.

Será un examen en el que no se permitirá consultar ni libros, ni apuntes, ni iPod, ni los bancos de datos, ni ninguna otra información disponible en ningún medio conocido o por conocer.

Dicen los entendidos, que el examen consistirá en dos únicas preguntas, que no les serán planteadas conjuntamente, sino en sucesión. El enunciado de la primera, será ésta:

«Explica, de la forma lo más concisa posible, por qué has aprobado, premiado o seleccionado, utilizando tu poder de decisión, a quién, según los mismos baremos que has aplicado en otros casos, no lo merecía».

El Supremo Controlador ofrecerá un tiempo limitado, porque aunque se tenga por delante toda la eternidad, no es cuestión de dejar que los examinandos se pierdan en elucubraciones.

Habrá de ver a muchos jueces tratando de detallar por qué han adoptado resoluciones manifiestamente injustas, teniendo en cuenta la presión de los poderes económicos o políticos, los intereses personales, familiares o grupales, una alegada escasez de tiempo o medios para analizar en profundidad las cuestiones debatidas, que les llevó a fiarse de la pretendida autoridad de los bufetes que defendían una determinada postura, su intuición que les había hecho prever que un justiciable era inocente o más inocente que otros, etc.

Allí estarán  no pocos profesores explicando la vulnerabilidad a ciertas recomendaciones, a la previsión de hacer méritos ante quienes después, por otras razones, podrían beneficiarlos a ellos, a compensaciones por trabajos extraacadémicos que les proporcionaría alguna ventaja económica, a oscuras relaciones personales o favores sexuales, etc.

No faltarán los argumentos de tantísimos seleccionadores de personal, miembros de jurados de certámenes, concursos y procesos de calificación, defendiendo que, con su actuación, se trataba de dar el sello de su aprobación a un candidato ya escogido por quienes les habían elegido a ellos por su facilidad para hacer la vista gorda y refrendar una decisión predeterminada, o reconociendo que habían sucumbido ante la presión de ciertos estamentos, empresariales o sindicales, o que habían premiado a una obra literaria, artística o científica, sencillamente, porque se habían dejado guiar por corporativismos, amistades inquebrantables, pertenencia a grupos, mafias o agrupaciones, etc.

Cuando se hubieran recogido por los ángeles custodios las respuestas, el Supremo Controlador, expondría la segunda pregunta:

«Explica, ahora, por qué no has elegido a quien, mereciéndolo, has desestimado para un puesto, o has condenado sin razón suficiente, has suspendido teniendo los mismos méritos o con igual o incluso mejor, expediente o examen o, en su caso, has rechazado para una candidatura».

Los examinandos habrán llenado, con mayor o menor diligencia, las hojas de examen que, por la naturaleza de que estamos hablando, estarían obligatoriamente redactadas en papel celeste.

Recogidas todas las explicaciones, dicen los exégetas que el Supremo Hacedor, dirá, a quienes hayan ofrecido sus explicaciones, con voz tonante:

«Pocos habéis aprobado, y no necesito leer vuestras respuestas, desde mi infinita sabiduría. A los demás, pobres desgraciados, os digo con toda determinación que no habéis hecho caso del preciso mandato que os he dado a todos: No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. No habéis sabido interpretarlo desde la posición de vuestro poder, porque lo habéis despilfarrado, actuando de manera arbitraria. Debíais de haber sido objetivos, porque para ello aceptasteis juzgar, que supone situarse en mi posición y habéis sido mezquinos. Por ello, seréis castigados.»

Parece ser, si las revelaciones son ciertas, que durante toda la eternidad, estos jueces, profesores, seleccionadores, conjurados y sabihondos estarán presentándose, una y otra vez, a tribunales, oposiciones, juicios, certámenes, concursos, en los que serán, reiteradamente rechazados, suspendidos, despreciados.

Hasta que encuentren la solución a su laberinto.

Que no es otra, dicen los eruditos, que descubrir la humildad que debe presidir toda decisión de juicio, la sensibilidad que ha de ser inherente a toda selección, la capacidad que se ha de desplegar en todo análisis, y la objetividad de la que no es posible desprenderse, cuando se está ejerciendo autoridad sobre otros, que no dimana del que posee el poder, sino de la delegación que hacen todos los demás en él para que administre ese poder con inquebrantable coherencia y justicia.

Que esa es la servidumbre de quien es designado para juzgar a otros, que es privilegio de los dioses.

FIN

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento, cuento de primavera, discriminación, examen, justicia, objetividad

Cuento de primavera: Olor a quemado

29 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Como en las historias de fingido misterio, un relámpago iluminó con mayor intensidad la sala. Muy pocos segundos después, llegó el sonido de un trueno largo, como si la tensión eléctrica rebotara de nube en nube.

Los invitados a la merienda, aturdidos por las informaciones que habían recibido aquella tarde, se habían quedado quietos, imaginando tal vez que todo correspondía a una escenificación a la que, quienes mejor conocían a Balisondio, no lo suponían ajeno.

Hasta el camarero, que quizá no había calibrado el alcance de su espontánea intervención en el debate, se mantuvo sin moverse. Aunque el olor provenía de la cocina, y debería haberse sentido, por tanto, culpable del descuido, permanecía hierático. Sacarindo, que lo estaba mirando fijamente, creyó verlo parpadear; era el único vestigio que demostraba que no se había convertido en una estatua.

Maicosenda llegó a la cocina, al tiempo que un grito desgarrado y una exclamación no reproducible, procedentes de allí, atravesaron, como una flecha, en sucesión, atravesó la sala.

No eran las croquetas las que se quemaban. El olor no provenía de una sartén y el causante del incidente no era el camarero.

Encontró a su padre, ex magistrado de la Audiencia Nacional, jubilado hacía varios años, y que actualmente vivía con ellos, doliéndose de las quemaduras en el rostro, que se acababa de producir.

-P…pero papá, ¿qué estás haciendo?

El anciano soltó la tartera que tenía en la mano, y la dejó caer al suelo. El contenido se desparramó, en gran parte, sobre las baldosas. Maicosenda, ante todo, cerró la llave de gas, abierta al máximo, extinguiendo la llama.

-Me quemé -fue la explicación del abuelo.

-¿Cómo se te ocurrió ponerla al fuego? ¿Qué te estabas preparando? ¿Por qué? -fueron las preguntas que se le ocurrió formular, atropelladamente, a Maicosenda. Todos los invitados a la merienda, y el camarero, movilizados por fin, se habían acercado también, y se agolpaban ahora a la puerta de la cocina.  Escucharon, por tanto, la sucinta explicación de lo que había pasado.

-Tengo hambre. Quiero lentejas -dijo el ex magistrado; tenía el rostro salpicado de puntos rojos, producidos, al parecer, por las legumbres, que habían salido disparadas de la olla cuando había tratado de abrirla, forzándola.

-¡Si ya habías cenado! ¿Por qué tuviste que levantarte de la cama?-le increpaba Maicosenda, tomándolo del brazo y acercándolo al fregadero, para echarle agua fría en la cara.

Balisondio se acercó al anciano, y, con la pomada que acababa de extraer de un cajón, trataba también de ofrecer solución al rostro maltratado. Su suegro no parecía dolerse, distraído en otros mundos.

-Estoy bien -argumentaba, añadiendo, de forma sorprendente, anclado en su pasado-. Sobreseimiento sin costas y archivo.

-Tendremos que llevarlo al ambulatorio -expuso el anfitrión, antes de dirigirse a Urgiondo, pidiendo su aprobación, como médico-. ¿No te parece?

-¡A quién se le ocurre ponerse a cocer unas lentejas en la olla a presión! -recriminó Maicosenda- ¡Sin agua!

Recogió la olla del suelo, en cuyo fondo se había formado una costra con las legumbres, que despedía un desagradable olor a quemado.

– ¿Por qué no le pidió algo al camarero?. Hay mucha comida que sobra de la merienda -se interesó, sin poder contenerse, Peronicia-. No se cómo hemos podido dejarlo solo. Se le ve desvalido.

Welory tomó, por su parte, al anciano de una mano, con delicadeza, y, recogiendo el tubo de pomada que Balisondio sostenía, se la aplicó con sumo cuidado en el rostro afectado.   El anfitrión advirtió entonces que la mano derecha de la mujer tenía una uña pintada con laca de distinto color.

-Estas quemaduras no tienen buen aspecto -diagnosticó la samaritana, alarmada también por la mirada vacía del que tenía delante.

El ex magistrado ofrecía síntomas de padecer un Alzheimer avanzado. El camarero, adivinando que algunos de los presentes le creían culpable, se justificó, con una exagerada voz aflautada.

-No sabía que alguien estaba utilizando la cocina. Yo estoy usando el hornillo portátil que tengo instalado en la antesala. Lo tengo apagado ahora, porque esperaba la indicación de la señora, para servir la tempura de verduritas, los soldaditos de Pavía y las croquetitas de ibérico.

Carminolina y Covelanta se rozaron inadvertidamente. Ambas se habían puesto a recoger las lentejas, dispersas por el suelo, como si fueran fresas silvestres.

-Hablábamos del amor y nos olvidábamos de responder al contrarecíproco -murmuró, como para sus adentros, Covelanta.

Juripando no pudo contener la risa. Fue un acto espontáneo, irreprimible, estúpido.

-¡Este sí que es el regalo de cumpleaños más extraordinario que podías esperar, Balisondo!

Urgiondo y Maicosenda, con el anciano ex magistrado conducido entre ellos, como si se tratara de un delincuente detenido, se encaminaron hacia la puerta, con la intención de acercarle a un dispensario, en donde recibiera la asistencia sanitaria que el caso reclamaba.

-Yo conduzco, que he bebido menos -decía, con tono algo gangoso, el estomatólogo.

Fuera, llovía a cántaros. Apenas acababan de salir cuando el camarero, recobrando el tono profesional que le correspondía, preguntó, sin dirigirse a nadie en concreto.

-¿Qué hago ahora? ¿Sirvo las croquetitas?

Balisondio le echó una mirada de fuego.

-Ya vamos bien servidos. La fiesta se acabó. Aplazaremos la celebración para otro día. Aún tenemos bastante de qué hablar.

Y se echó sobre un sillón, seguramente rumiando algunas ideas que se le antojaban pertinentes. Carminolina se le acercó, recogiendo unos papeles que se le habían caído al sentarse de un bolsillo, y que parecían unos apuntes; tal vez un guión. Le tocó en la cara, con una mano fría, sugerente.

-¿Puedo ofrecerte algo?

Balisondio no contestó. Entonces sonó el móvil que llevaba en el bolsillo. Era su hija adolescente:

-Papá, soy yo. Me quedo a estudiar en casa de una amiga. Dormiré aquí. No os preocupéis, que ya he cenado.

Le pareció oír risas de fondo. Estaba seguro de que la niña mentía.

-Ya es hora de irnos; aquí no hacemos nada. -Sacarindo dio un apretón de manos a Balisondio, apremió a Susiela para que le siguiera, y cogió de la percha su gabardina.

-Que cumplas muchos más, campeón.

A su marcha, siguieron las de los demás, en pocos minutos. El camarero había recogido, entre tanto, las bandejas de canapés y las botellas de la mesa auxiliar y se entretenía limpiando de restos la cocina.

Carminolina  se sentó enfrente de Balisondio, mirándolo directamente a los ojos. Su expresión arrobada le pareció fuera de lugar.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Alzheimer, amor, croquetas, cuento, cuento de primavera, ideas, sexualidad

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