Al socaire

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Granja humana

12 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El ensayo filosófico de George Orwell titulado Animal Farm y contado en forma de novela, podría haberse titulado Human Farm sin tener necesidad de cambiar el argumento, porque los animales de la historia son perfectamente identificables como seres humanos travestidos.

En verdad, y no solo en el idioma en el que esto escribo, se atribuyen a algunos animales defectos y virtudes para aplicarlos a los demás humanos (o a nosotros mismos), como si se reconociera que el grado máximo de una cualidad no se encuentra entre nosotros, los monos desnudos que analizó Desmond Morris.

Por eso, podemos tener hambre de lobo, memoria de elefante, ser taimados como un zorro o miedosos como los conejos o las gallinas. Faltos de coraje o de ideas, nos comportaremos como un corderito (o miraremos como uno de ellos degollado), disimularemos nuestra satisfacción con lágrimas de cocodrilo y nos arrastraremos como gusanos para pedir un favor o indulgencia.

Hay tipos que se comportan como una mosca -y, hay que prestar atención a las cojoneras-, o son molestos como ladillas. Si no merecen atención, no pasan de microbios y si son lentos como caracoles, mejor no encomendarles nada que demande prisa, ni a ellos, ni a quelonios. De tener cuidado con alguien, seámoslo con los taimados y prudentes como serpientes (consejo bíblico, además) y, como norma de felicidad, puede servir la de sentirse como pez en el agua (aunque sospecho que se siente mejor un escarabajo entre la mierda).

En el zoo humano con remedos animales, no faltan quienes tienen vista de águila, tanto para descubrir agujas en los pajares como para detectar, de lejos, a los que vienen bufando. Si encontramos a algún subordinado o criado que sea fiel como un perro, podemos sentirnos de enhorabuena, porque es más habitual que, cuando menos te lo esperas, aquel en quien confías te de una coz; que de desagradecidos está el mundo pleno, y está claro como el agua que eso de cría cuervos y te sacarán los ojos se refiere a la naturaleza de los humanos y no a la de los córvidos.

Aunque las cosas no se ven como hace años, siguen siendo motivo de murmuración ajena las cornamentas con las que se identifica a los que sufren infidelidades, ya sea por asuntos de cama o de trabajo, referencia visual tomada de animales machos -cabríos, pero también cérvidos y bóvidos- que pelean hasta la extenuación para aparearse con el mayor número de hembras del rebaño, utilizando, antes que el sexo, la testuz.

Por cierto, y sin que se sepa bien porqué, se atribuye a las gallinas la cualidad de ser promiscuas, a las ratas ser pobres y a los osos, la fealdad.

No está de mas precisar, para novatos en las delicias de esta lengua, que tenerlos como el caballo de Atila, Espartero y otros tipos que pasaron montados a la historia, no implica afición a la coyunda, sino al riesgo.

En el invierno, estés vacunado como si no, es raro que no pases unos días con una fiebre de caballo, y, en toda estación, se encontrará a especialistas en marear la perdiz o revolotear sin rumbo fijo. Se puede ser feliz como un pájaro (desde luego, no enjaulado), presumido como un pavo (real), patoso como es lo propio de los ánades, o ser tratado como un perro, que quiere decir, en este caso, mal (aunque para sí lo quisieran algunos).

Circunstancias exóticas también cuentan con adeptos en esto del lenguaje críptico, como encontrarse como pulpos en garaje o elefantes en cacharrería.

Lo dejo aquí. No quiero ser más pesado que una vaca en brazos, ni parecer más torpe que un pollo mareado, ni con menos ingenio que un mosquito, que ya serían ganas de estar por ahí pintando la mona.

Publicado en: Literatura, Sociedad Etiquetado como: asno, cocodrilo, conejo, cordero, cornudo, elefante, gallina, granja, humana, mono desnudo, Morris, Orwell, personificación, zorro

El arte de la guerra y el trazado de nada sutiles líneas rojas

11 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Supongo que los chavales más belicosos de cada centro de enseñanza siguen trazando líneas en el suelo y amenazando con golpear al entrometido hasta la muerte si se atreve a traspasarla. Por los más fútiles motivos.

Hace tiempo que no me acerco a los Institutos y Colegios de donde deduzco, por lo efectos exteriores que contemplo, que se ha avanzado bastante en conseguir desorientar a jóvenes y jóvenas sobre lo que se espera de ellos en el más allá de las aulas, pero apostaría doble contra sencilla a que los viejos hábitos con los que se consigue auto-perfeccionar, sin ayuda de nadie (perdón de la redundancia) los comportamientos agresivos, se mantienen incólumes. No en vano forman parte de la esencia de la especie.

Nacemos preparados, con la espada bajo el brazo, para el arte de la guerra, Y, ay de los que no tengan el filo siempre a punto.

El actual presidente de los Estados Unidos más numerosos (por ahora), Barak Obama, está demostrando un dominio supino del arte de la guerra que parece, por su perfección, sacado de los libros orientales y haberlo experimentado en los patios de colegio de barrio multirracial.

Porque se ha especializado en trazar líneas, que me recuerdan poderosamente a las que los bravucones del Colegio de pago al que fui (con beca) dibujaban con la punta del zapato en la arena, acompañadas de un escupitajo.

-«Si te atreves a pasar de aquí, te ostio» -acostumbraban a decir, asustando a los más pequeños o más débiles.

Y resulta que luego, las atravesabas y no pasaba nada.

-«Por esta vez, pase. Pero, a la próxima, ya verás» -era la revisión de la amenaza con la que se tranquilizaban a sí mismos para justificar el incumplimiento de una regla que se habían imaginado y que maldito si interesaba a nadie que se cumpliera.

El lector puede estar pensando que me refiero exclusivamente a la amenaza de Obama de castigar con ciertos imprecisos males del infierno al gobierno sirio si se comprobaba que habían empleado armas químicas contra la inocente población civil (por cierto: la población civil es la única que merece tal apelativo en las crónicas de la guerra). Puede que también piense en el mantenimiento de un oscuro sistema de ayudas sociales en un país con el mayor número de hambrientos contabilizados de todo el orbe civilizado (si es que existe tal Utopia; la de la civilización, aclaro).

Pero se equivoca si me atribuye tal simpleza. El mundo está plagado de líneas rojas. Y, por esta vez, la línea roja a la que dedico este Comentario está trazada para proteger la sociedad del bienestar de la Unión Europea. Y no es solo imaginaria, tiene ribetes muy reales. La defendemos con alambres de púas, con patrulleras, devolviendo a los que consiguen superarla al punto de partida (como en el juego de la Oca) y, si hiciera falta, no me cuesta trabajo creerme que se agujerearían a los que se acerquen a ella los botes salvavidas con disparos al aire (que es lo propio, tratándose de balsas inflables).

Tanto esfuerzo es, por los resultados, inútil. No evita que, en esta época de penuria, aumente de forma constante el número de desarrapados que superan las líneas rojas, ocupan las calles, se instalan en las esquinas, llenan los poblados marginales de las ciudades y, ayudados por empresarios y particulares que no me atrevo a calificar de caritativos, llenan espacios de la cada vez más amplia economía sumergida.

Son zombis del desarrollo, de la globalización, de la superación de la lucha de clases que distinguía el proletariado de los capitalistas, por la confrontación entre el precariado (la palabra no es mía; y lo lamento, porque es una joya semántica), y los amedrentados, en beneficio de la estabilidad y crecimiento de los beneficios de unos pocos, ahora ya, gracias a la internacionalización (no la Internacional, otra cosa), ubicados en los paraísos fiscales, mayoritariamente.

Aparentemente, son solo los inmigrantes irregulares, y los que intentan serlo, los que se esfuerzan en traspasar, obstinadamente las líneas de colorines con las que pintamos el mar Mediterráneo, delimitamos las fronteras de Schengen, incluso las que habilitamos como zonas de protección, con la colaboración de países bastante pobres que dicen ser amigos porque aspiran a recibir mejores tajadas de lo que aún envidian, porque no ven el espejismo de nuestra prosperidad.

Son líneas imaginarias, sutiles, inexistentes en realidad, porque han sido definidas con una bravuconería de golfo de instituto que no podemos defender.

Deberíamos darnos cuenta de una vez que solo hay una sola actitud posible, y no es de defensa, sino de cooperación: no consiste en trazar líneas rojas, ni apabullar con voces y gritos, ni, mucho menos, manejando las armas.

Si nos creemos la globalidad, solo ganaremos esta guerra aceptado cuál es el enemigo. La falta de solidaridad, la trampa de la globalización, el despilfarro y el acaparamiento ilícito de recursos. Se gana con solidaridad, con ideas, con apoyos recíprocos y, también, con el reconocimiento de que es una tarea de todos. E implica prestar mayor atención a algunos países, justamente, a los que les hemos estado sustrayendo recursos para nuestro desarrollo, y no aplaudiendo a los que trazan aquí y acá rayas que solo duran recién pintadas mientras no se traspasen en tropel por los que están teóricamente al otro lado.

Publicado en: Ejército, Sociedad Etiquetado como: arte de la guerra, belicoso, ejército, espada, inmigrante, irregular, línea roja, Obama, precariado, responsabilidad, solidaridad

Animalario estrafalario

10 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Antes incluso de que Esopo entendiera que el mundo es una fábula, los ejemplos de defectos y virtudes tomados de los animales y aplicados a la especie humana, eran ya numerosos.

Recientemente, la divulgación de los episodios del National Geographic ha puesto al alcance de todo el mundo imágenes que resultan excelentes para explicar algunos comportamientos colectivos.

El de los ñus esperando para cruzar el río Mara, plagado de cocodrilos, a que alguno se animase, fue empleado hace nada por el ex-presidente extremeño, Rodríguez Ibarra, para poner de manifiesto que, en el tránsito por el desierto del partido socialista, -en busca de mejores pastos-, se estaba esperando a que alguien diese el salto -«a riesgo» (dijo) «de perecer en el intento»-, postulándose para la faena de encontrar una vía por la que salir del atolladero ideológico.

Parecido ejemplo, aunque algo peor contado, fue utilizado por el periodista Alfonso Rojo en la Sexta cuando habló de la estampida de los señores diputados del Congreso hacia sus cavernas y guaridas de fin de semana, en el deseo de aprovechar al máximo el puente de Todos los Santos, poniendo en valor sus carnales devociones.

El mito del cementerio de elefantes (que tanto me impresionaba cuando fui niño), se ha quedado muy desmadejado al reconocerse, en esa obsesión por levantar los velos, que las acumulaciones de osamentas eran debidas, por mitades a las masacres de los cazadores de colmillos para la reventa en las vitrinas de los coleccionistas occidentales y a la muerte sobrenatural por deshidratación proboscídeos junto a los lechos secos del río en el que se habían juntado para abrevar, guiados (mal) por su instinto.

Sin embargo, la expresión «cementerio de elefantes» sigue siendo atractiva para designar lugares de reposo final, como el Parlamento Europeo, en donde políticos de variadas cataduras, que son ya inservibles para el mercado nacional, reciben sus últimas inyecciones para incrementar su patrimonio y de lo que, los demás, curados de espantos, ni nos inmutamos; así lo quiso ver, sacudiéndose de encima cualquier tentación para sí mismo, Juan Alberto Belloch, en otra entrevista -por cierto, muy jugosa, aunque nada tierna- que le hicieron en la cadena de los rojos de salón (la Sexta).

Como adicionado a las fábulas, me gusta ahora mucho la que han extraído de la China algunos estudiosos, para ponerla en circulación entre los nuestros:

Un mono observaba, desde lo alto de un árbol, un pez que sesteaba en la orilla. «Pobre animal -razonó- se está ahogando. Lo salvaré». Utilizando su pericia, lo extrajo del agua, y, cuando el de las aletas se debatía, ahogándose, se animó del resultado: «Vaya, parece que reacciona». Muerto el pez entre las manos del primate, éste sacó sus conclusiones: «Lástima no haber llegado antes, porque se hubiera salvado».

Lo he contado ya un par de veces, y le encuentro múltiples aplicaciones. Puede que incluso sirva para que le saquen partido quienes buscan nuevos caminos a la izquierda. Pero como soy proclive a parecer de casi todo, menos partidario, no seré yo quien, tal como están las cosas en la jungla, arriesgue a acomodar esta fábula a la historia de este animalario.

Publicado en: Sociedad Etiquetado como: Alfonso Rojo, animalario, Belloch, cococrilo, izquierda, Mara, mono, ñu, PSOE, Rodríguez-Ibarra, sío

Las ideologías adaptadas

9 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Creo que es un buen momento para reflexionar sobre el fracaso de las ideologías rígidas, sean de izquierda como de derechas -y no digamos, de centro, que es como decir que se está dispuesto a chiflar con el que más mande-.

Afirmar con rotundidad que no existe -ni podrá existir, siendo maximalista- ninguna ideología que pretenda su implantación práctica por la aplicación inflexible de sus principios dogmáticos, tiene el aval de una amplia experiencia histórica de casi un millón de años y, por supuesto, cuenta con la referencia próxima de lo que estamos conociendo ahora.

En las democracias parlamentarias, los partidos políticos basan sus programas en presentar una serie de aspiraciones ideológicas junto con unas cuantas concreciones, destinadas a captar la atención de los votantes, sobre todo, de los que no se encuentran «ideológicamente comprometidos».

Es una banalidad, por no decir, una tontería que se ha venido admitiendo como verdad en los países más avanzados en esa entelequia que se ha convenido en llamar democracia, que existen dos corrientes generales de actuación política.

Desde una, se supone que la manera de mejorar la situación de los más débiles y desfavorecidos, es presionando sobre los que más tienen, distribuyendo mejor los excedentes desde el Estado.

Desde la otra, se acepta que todos pueden mejorar en una sociedad si se deja el campo libre a la iniciativa privada, verdadero motor del desarrollo.

Jamás se ha conseguido hacerlo así (al menos, de forma permanente), porque los intereses personales de quienes se han constituído como dirigentes, consiguen de forma inevitable corromper cualquier sistema. Solo funcionarían las ideologías adaptativas, pragmáticas, aquellas que, conociendo la realidad presente, se enfoquen a mejorarlo en el corto plazo.

No creo en los largos plazos en política, y no creo en ellos porque los Estados -en especial, los Estados intermedios y pequeños- no tienen capacidad de actuación en el mundo global, que es movido por los intereses, egoístas, pragmáticos, de los más poderosos.

Por eso, si un partido quiere convencer de su capacidad, más que presentar un programa con una panoplia de deseos irrealizables, debería decirnos cómo entiende que podrá resolver, de forma lo más inmediata posible, los problemas acuciantes de esta sociedad. Y si no sabe cuáles son (y, por tanto, cómo resolverlos) o si lo que se le ocurre son, simplemente, credos ideológicos, que se retire.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: adaptación, aspiraciones, atención, banalidad., centra, compromiso, corto plazo, derecha, fracaso., ideología, ìmplantación práctica, partido, PP, programa, PSOE, socialismo, UPyD, votante, votantes

Cuento de otoño: La buena pipa

8 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Doy por seguro que el lector ha sufrido, de niño, la tomadura de pelo del cuento de la buena pipa.

Una de mis abuelas, pretendiendo obtener algo de calma en las tardes otoñales en las que quedaba al tanto de la grey infantil, y ya agotado -supongo- el arsenal de cuentos conocidos que constituía el caudal del que disponía, solía recurrir a este último recurso, empezando la retahíla con algún atractivo prolegómeno.

-Vamos a ver, sentáos alrededor. Os voy a contar algo que me pasó. Anteayer, al volver a casa, me crucé con una señora que llevaba un cesto con una manteca y varias manzanas.

En caso como éste, todos rodeábamos a mi abuela, que tenía, desde luego, buena mano para contar historias.

-Yo conocía bastante a esa señora, pero no me acordaba de su nombre. Así que se me ocurrió un truco para conseguir que me dijese cómo se llamaba, que fue el cuento de la buena pipa. ¿Queréis que os cuente el cuento de la buena pipa?

Efectivamente, al unísono, el coro de niños decíamos que «sí». Y allí empezaba la penitencia.

-Yo no os pido que me digáis que «sí», sino que os pregunto si queréis que os cuente el cuento de la buena pipa -corregía mi abuela.

Cualquier frase que dijéramos sería inmediatamente incorporada a una cadena sin más límite que nuestra paciencia o la suya.

-Venga, abuela, empieza ya, -podía ser una de las formas por las que pretendíamos destapar el frasco de las esencias cuentacuentos.

-Yo no os pido que me digáis «Venga, abuela, empieza ya», sino que me contestéis de forma precisa y exacta, si queréis que os cuente el cuento de la buena pipa -continuaba la simpática, pero implacable, torturadora.

En mi condición de hermano mayor y, por ello, menos dado a soportar trucos para aquietar provisionalmente a revoltosos, era siempre el primero en rebelarme, marchándome a leer cuentos de más enjundia a la habitación contigua.

Una tarde, sin embargo, en que las apariencias indicaban que se iba a reproducir el mismo asunto, se me ocurrió contraatacar.

-Abuela, por fin me han contado el verdadero cuento de la buena pipa -dije.

Mi abuela me miró y, sin pestañear, continuó: «Yo no os estoy pidiendo que me digáis: «Abuela, por fin me han contado el verdadero cuento de la buena pipa», sino que me aclaréis si deseáis que os cuente el cuento de la buena pipa.

Yo tenía mi estrategia bien urdida.

-Resulta que, en un pueblo de pescadores, había un marinero que tenía dos pipas, una buena y otra mala, que tenía guardadas en un estuche. La buena, estaba hecha de madera de brezo, y la mala …-empecé.

-«Yo no os digo que me contéis que «Resulta que, en un pueblo de pescadores» y todo lo demás, sino que me…

Pero mi intención debía quedar clara, así que seguí:

-La mala estaba fabricada en madera de castaño, pero era mucho más bonita. Así que, si quería presumir pero no fumar, sacaba del estuche la…

Mi abuela se detuvo.

Fue uno de los primeros cuentos que imaginé. Podía, ahora, terminarlo de una manera inventada (no me acuerdo, ni siquiera, si lo que estoy contando podría haber sucedido así; seguramente, todo es producto de la imaginación).

Además, si le diera un final, no sería un cuento de la buena pipa, ¿verdad? Porque, ¿no querréis que os cuente el cuento de la buena pipa?

FIN

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Problema de árbitros, castas y residuos

7 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Son tantos los problemas pendientes de solución en España que el que Madrid lleve tres días sin que se recoja la basura tiene que ser visto, si alguien se pudiera jactar de tener el Estado en la cabeza, como un tema menor.

No he conseguido aclararme muy bien sobre lo que se discute en este concreto caso. He oído y leído demasiadas contradicciones, producto, sin duda, de intereses de parte. Por ejemplo, que las empresas concesionarias pretenden implantar un ERE por el que se reducirá el salario de los recolectores a 650 euros/mes y también que hay actualmente conductores de los vehículos de recogida de esas mismas empresas que ganan más de 3.500 euros por su mesnada.

He visto con mis propios ojos a varios tipos que volcaban contenedores, o esparcían basura por las aceras. En la televisión, se ofrecieron imágenes de recipientes y coches incendiados y no faltaron afirmaciones que acusaban de intolerancia, mala gestión y otros patatines y patatanes.

Lo de los residuos de Madrid no es tanto un problema de castas (ya ni siquiera en la India los recolectores de la mierda de otros son considerados gentes de inferior categoría, y no digamos en estos predios, donde la gente se puede llegar a matar por un puesto fijo en una empresa de servicios públicos y qué decir si se trata de ser concesionario de la llamada eufemísticamente recogida separativa de residuos y enseres, que a algunos ha hecho muy ricos).

Es un tema de árbitros.

Alguien podría pensar que es también un problema de equipos, o de jugadores o de reglas de juego, pero me obstino en afirmar que los sujetos clave son los árbitros.

En los residuos, como en tantos temas, faltan en España autoridad, transparencia y… árbitros. Desde luego, que haya una huelga de un servicio de primera necesidad y que, sindicados o por libre, unos individuos se dediquen a ensuciar más las calles, vertiendo basura por su cuenta, es una anomalía del sistema, es un desprecio a los demás, una piltrafa social.

Como lo es también que haya empresas que se enriquezcan desmesuradamente con la ejecución de esta actividad básica, para la que, dicho sea de paso, tampoco hace falta ser un virtuoso: barrer, recoger, retirar donde no se vea, lo que muchos no quieren; tal vez, seleccionar lo que aún es válido; puede que quemarlo si sabemos cómo sin que los humos nos delaten.

Falta credibilidad, solvencia y… arbitraje.

Ya hemos renunciado a que alguien, o incluso un equipo, pueda tener los problemas más acuciantes del país en la cabeza. Son demasiados y los complicamos a diario: pérdida de credibilidad de las instituciones (corrupción, latrocinios, engaños, etc.), decadencia hacia el caos en los sectores sanitario y educativo (por hablar de dos de los básicos), paro incontrolable por pérdida múltiple de rentabilidad en los más variados campos, intenciones separatistas que se pueden referir (seguramente) a egoísmos inconfesables, inseguridad jurídica en no pocos asuntos (largos plazos justicieros, dependencia del factor humano en las resoluciones judiciales, politización del Derecho, obsesión legiferante, etc.),…

En este panorama, no me preocupa que el PSOE, en IU, en UPyD o en el PP haya primarias. Son temas de partido, o sea, de equipos. A muchos ciudadanos de nuestro país, que somos los que nos la estamos jugando, lo que nos importa es que haya, no primarias ni primarios, sino buenos secundarios y terciarios. En masculino o en femenino.

Que esos secundarios, hoy ocultos, tomen de una vez el poder y nos convenzan de que son capaces de hacer un buen arbitraje, con solvencia y por encima de las castas. De las castas y de los que no son castos, en el sentido de los que son corruptos, vagos, ineficaces.

Porque necesitamos barrer los residuos de las demasiadas incongruencias que nos están impidiendo solucionar lo principal, que es mantener limpio el escenario, para que podamos trabajar, y se dejen ya de volcar los contenedores con la mierda.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: árbitros, basura, castas, honestidad, juego, Madrid, partidos políticos, residuos, solvencia, trabajo

Una sonata particular

6 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Mi vida está ligada por múltiples momentos al hotel de la Reconquista, como supongo sucede también a otros muchos ciudadanos de Oviedo. Porque para los ovetenses, este hotel, más que un lugar de hospedaje, es punto de encuentro, plataforma y emblema de la ciudad.

Cuando era niño, allí recalábamos bastantes domingos unos cuantos compañeros de clase, como una actuación más de la Acción Católica de nuestro colegio (el Auseva), para disputar un partido de fútbol con los que estaban internos allí y convivir con ellos durante unas horas, repasando lecciones. Porque entonces aquel majestuoso edificio era un Hospicio y albergaba a huérfanos sin recursos.

Perdíamos casi siempre al balón y lo que es más gracioso, los huéspedes hospicianos creían que nos dejábamos perder. Pero ganamos amigos y, sobre todo, seguro que nos ayudó a entender mejor la sociedad en la que nos estábamos educando para, cuando fuéramos adultos, hacerla más abierta y, por lo tanto, mejor.

Después, al convertirse el edificio en Hotel, allá por 1973, sus salones sirvieron de acogida a muchos de los acontecimientos que se organizaron en la ciudad. Unos más importantes y conocidos que otros, desde luego. En alguna de las Convenciones y Congresos que se celebraron en él participé, como asistente e incluso fui ponente.

Su cafetería fue soporte de tertulias literarias que organizábamos unos jóvenes ilusionados, entre otras cosas, en llegar algún día a escribir ese relato o ese poema que nos hiciera famosos.

Cuando me trasladé al extranjero, cada vez que volvía a la ciudad donde nací, no dudaba en hospedarme en él, y así pude disfrutar del lujo cómodo de sus habitaciones y conocer su excelente servicio, discreto y diligente. No era raro, a la hora del desayuno, coincidir con algún personaje, mezclados ilustres huéspedes con seres anónimos que nos sentíamos, por un momento, también imprescindibles para entender lo que estaba pasando.

Desde que se jubiló, mi padre acostumbraba a sentarse casi todas las tardes en uno de los sofás del amplio salón de la entrada, cerca del piano, mientras disfrutaba, casi invariablemente, de un vermú con aceitunas. “Es la mejor cafetería de la ciudad”, justificaba.

No era el único, por supuesto, que disfrutaba del placer de saberse socio honorario de aquel espacio privilegiado. Allí se reunía con asiduidad con otros amigos, todos ellos profesionales de mérito, a los que la experiencia vital permitía seleccionar sin equivocación los lugares en los que merece la pena pasar mejor el tiempo que compartimos con los que queremos y/o nos apetece estar.

Yo lo entendía muy bien, porque aquellos pasillos, desde la imponente entrada, la contemplación de los magníficos cuadros de las paredes, caminar sobre las tupidas alfombras que absorbían en calma las pisadas, dejarse seducir por el juego de contraluces y el arrullo de las reposadas conversaciones, te trasladaban al misterio de otra época, al que acumulabas tu propia forma de sentirlo.

Habíamos vivido siempre muy cerca de allí, y aquel escenario y aquellos momentos habían pasado a formar parte de nuestro paisaje.

Una tarde, aún residente con mi mujer y mis hijos en Alemania, y estando pasando unos días de vacaciones en mi ciudad, le confié a mi padre mis dos hijos –el mayor, con apenas siete años; el otro, cercano a los cuatro-. Los tres disfrutaban con aquellos momentos, que mi padre sabía convertir en experiencias inolvidables para los niños, aumentando la confianza en sí mismos.

Cuando pasé a recogerlos –“Estaremos en el Hotel”, me había dicho- me encontré a los dos pequeños tocando el piano a cuatro manos del salón, interpretando la única pieza que sabían por entonces. “Para Elisa”, de Beethoven.

Cuando terminaron, los presentes, rompieron a aplaudir, complacidos con aquella exhibición. Mi padre no cabía en sí de orgullo. “Son unos virtuosos”, -diagnosticó, para quien quiso oírle.

Me los llevé de allí de inmediato, alegando que teníamos prisa porque debíamos despedirnos de los otros abuelos, ya que al día siguiente teníamos que volver a Düsseldorf. “Pero no os vayáis todavía. Déjalos que toquen alguna otra cosa. Todos estamos encantados con el concierto.”

Cada vez que vuelvo al Hotel, miro el piano, frecuentemente mudo, que permanece, como hace años, en un lateral de la espaciosa estancia, uno de los antiguos patios donde jugué al fútbol. Los vuelvo a ver y oír, en mi imaginación, a los tres. Y escucho a mi padre comentar, mientras nos íbamos:

-¡Mis nietos lo recordarán toda su vida! ¡Haber tocado en el centro de Oviedo, una ciudad en donde hay una gran afición filarmónica!

Estaba sentado en este mismo sofá, en este donde tengo apoyado el ordenador con que esto escribo.

Publicado en: Asturias, Personal Etiquetado como: Acción Católica, Asturias, Auseva, Bethoven, cuento, hijos, Hospicio, Hotel reconquista, padre, Para Elisa, virtuoso

Un Cuento real: La jubilación activa de los autónomos

5 noviembre, 2013 By amarias2013 11 comentarios

A quien pueda interesar, esta es la situación actual, a partir del 17 de marzo de 2013:

Si Vd. es autónomo y ha llegado a la edad de jubilación:

Si desea mantener su actividad como profesional, debe seguir dado de alta como autónomo, pasando a cotizar al mínimo correspondiente a Contingencias Comunes (IT).

Para trabajadores con 65 años de edad y 38 años y 6 meses de cotización ó 67 años de edad y 37 años de cotización este tipo es del : 3,3% ó 2,8%, si está acogido al sistema de protección por cese de actividad.

Por tanto, si está en la base de cotización máxima, que es de 1.888,8 euros, y no estando acogido al sistema de protección por cese de actividad, le correspondería pagar: 62,33 euros.

A partir del mismo momento en que alcance la edad legal de jubilación, puede empezar a cobrar el 50% de la pensión que le corresponda (determinado según la Base reguladora que le proporcionará en cualquier oficina de la SS, y que dependerá de sus cotizaciones anteriores y de que esté o no casado, y de los hijos a su cargo).

No importará que Vd. facture poco o mucho como autónomo, puesto que para estos profesionales, mientras se mantengan en esta situación, solo se les abonará el 50% de la Base reguladora.

Publicado en: Economía, Empresa, Sociedad Etiquetado como: actividad, autónomo, cese, cuota, edad, jubilación, jubilación activa, mínimo, protección, seguridad social, trabajo

Cuento de otoño: Un hongo irresistible

4 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La excepcional afición de Diodoro por desentrañar los misterios de la naturaleza, que se manifestara desde la temprana niñez en tantas facetas, se concretó relativamente pronto en la micología.

Todo micólogo que se precie debe ser también un micófago aceptable, pues se puede decir que, en este arte como en todos, la satisfacción ha de compartirse entre la totalidad de los sentidos.

Diodoro no era, en el campo de las setas, una excepción. Seccionado o desprendido el carpóforo, con el cuidado que es de suponer, de sus hifas o micorrizas, escudriñaba entre las láminas y capelos, confirmando escotaduras, decurrencias, situaciones glabras, vulvosas o pilosas.

Si así le aparecía necesario, reforzaba la investigación con un cristal de aumento o unos frascos con sustancias colorantes que llevaba en un pequeño maletín, colgado de un cinto, para que no le estorbase el fácil acceso al cesto de mimbre en el que acababa depositando, en dos montones, separados convenientemente, los hongos comestibles de los que no lo eran.

Era tanta la ciencia de Diodoro, tanta la información que, con el transcurso de los años había asimilado sobre hongos, que raras veces faltaba a ese proceso identificatorio, la satisfacción intelectual de poner un nombre exacto a la seta recolectada. Cinco nombres, para ser más precisos: el vulgar, en cada una de las cuatro lenguas vernáculas y el que correspondía a la clasificación de Linneo que, como es sabido, admite incluso variantes y, a su vez, se compone de dos y hasta tres palabras.

La intelectual era rematada con la satisfacción de la ingesta del hongo. Cierto que, a base de primaveras y otoños, Diodoro no sentía ya el mismo placer de comerse sus múltiples raciones de setas, preparadas de las más variadas maneras, salteadas, asadas, rellenas, crudas o cocidas al vapor; solas o acompañando guisos; en bechamel o en rodajitas.

No era ya así. La ingesta se había convertido más bien en una obligación, un deber. Incluso alguna de las variedades que figuraban como comestibles en los múltiples manuales que abarrotaban su biblioteca monocromática, le llegó a provocar diarreas y hasta vómitos, seguramente por incómoda saturación del estómago o del intestino por constituyentes potencialmente indigestos.

Por supuesto, con las que aparecían como dudosas en los manuales o como venenosas o peligrosas para la salud, incluso las que podían resultar alucinógenas, no entraban en el cuerpo de Diodoro, que se limitaba a fotografiarlas, si era el caso, y las dejaba, llamándolas por su nombre, en el lugar en donde las había hallado, respetuoso como era de los misterios de la madre naturaleza.

La historia hubiera sido simple y sin interés, sino fuera porque el tal Diodoro, un otoño, paseando con su cesta y abalorios por parajes de la sierra de Aizkorri, se encontró con un corro de setas, de notable porte, que habían crecido aparentemente en campo abierto, aunque a cierta distancia de un alerce.

Tenían el sombrero parcialmente umbelonado, pero no eran cabezas de fraile, porque aún se veían, en los ejemplares más jóvenes, restos de lo que debía haber sido vulva o volva, aunque, al desenterrarlas, no encontró vestigios. En la parte baja del sombrero, no había láminas, sino unos como tubos, pero que más bien se aproximaban a púas, aunque, por la época y lugar, no podrían ser hydnum repandum, sino, más bien, ¿de la subespecie pantherina?.

¿Y qué decir del pie, ventrudo, adelgazado en la base, con unas manchas ferruginosas, no imputables a la esporada, casi blanca, sino, tal vez, al roce con el mero aire?

Diodoro seleccionó los ejemplares que le parecieron mejores, por más representativos y, abandonando la búsqueda de más boletos, hongos o carpóforos, estuvo escaso de tiempo en volver a su casa, y sumergir la testa entre las decenas de libros en las que creyó encontrar ayuda para identificar su hallazgo.

Pasó la noche, y nada avanzó. Cuando le parecía que tenía ya puesta al descubierto la identidad de aquellas setas, una observación más pertinaz, daba un vuelco a la hipótesis. La esporada a veces see le antojaba blaco ocrácea y otras, rojo pardusca, la carne era por momentos consistente y por situaciones, cedente a la presión digital. El olor, a rábano, pero, bien mirado (es decir, olido) podría ser también a almendras o incluso a membrillos revenidos.

Fuera como fuese, sin aguantar ya más la incertidumbre, y aún manteniendo el misterio de la identidad de aquellas setas, el alba encontró a Diodoro preparándose un guiso con ellas. Hizo, en fin, lo que tantas veces el mismo había desaconsejado hacer.

Era aquella la que se apoderó de él, como hubiera reconocido más tarde, de haber tenido ocasión, una tentación irresistible, el deseo de penetrar gustativamente en el misterio del ser y no ser de aquella muestra rebelde de la naturaleza, que se defendía de ser catalogada. Al menos, para él, Diosdoro, tocado en su orgullo fibroso de micólogo.

Tenía que probarla.

Como no quería enmascarar el sabor, apenas si puso una base de aceite en la sartén, añadió una pizca de sal, y, sentándose a la mesa, probó un poco. Excelente. La carne era sólida, el sabor fúngico con un regusto a asado de cordero, el olor que se desprendía al masticar, propio de un manjar solemne.

Comió todo el contenido de la sartén, sintiéndose feliz. Muy feliz.

Cuando, a mediodía, como acostumbraba, la chica de la limpieza, que disponía de una llave, entró para arreglar el apartamento de Diodoro, lo descubrió volcado sobre la mesa del comedor, con un lápiz agarrado en la mano, junto a una hoja de papel, en la que había escrito, con letras gigantescas:

«NO COMER. ESPECIE VENENOSA.»

Pero no había logrado identificarla, parece.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Cultura, Restauración Etiquetado como: angel arias, capelo, carpóforo, cuento de otoño, envenamiento, éspecie, glabra, hifa, hongo, identificación, indigestión, lámina, micófago, muerte, seta, venenosa, vulvo

Cuento de otoño: El guindo del que se cayó Juan José Crédulo

3 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A unos sesenta kilómetros de Lepe existe un guindo que la tradición identifica con aquel del que se cayó Juan José Crédulo, hace ya casi trescientos años.

Se sabe muy poco de la existencia de este personaje casi mitológico, al que muchos confunden con Simón El Estilita, sin tener en cuenta que este último vivió en el siglo V de la era cristiana, y pasó a la historia por haber resiitido más de treinta años subido a una columna que, por razones no bien explicadas, crecía con el tiempo, hasta alcanzar la altura de 18 metros.

El Estilita, además, no vivió en Lepe, sino en Aleppa, una ciudad que perteneció a la antigua Siria (hoy, Estados Unidos de Afro-Asia), y de esa columna, hasta principios del siglo XXI, se conservaba un trozo considerable, convertido en polvo microscópico después de un bombardeo con drones israelíes.

Comparado con estar subido a una columna en pleno desierto, estarlo sobre un guindo en una huerta, aunque nadie niega la incomodidad, es una diferencia importante.

Juan José Crédulo adquirió fama mundial por ser el último ser humano que se negó a bajar de su guindo, queriendo convencer al mundo con su actitud de que no era posible que todo lo que le habían dicho que era cierto resultara producto de falsedades, triquiñuelas, o mentiras.

En sus últimos años, la gente acudía desde lugares muy lejanos, para admirarse de su terquedad.

-No existe ningún antivirus informático que mantenga la privacidad de tus comunicaciones en la red telemática, -le decían, a gritos, desde abajo, mostrándole los efectos nefastos que habían provocado en muchos de los que habían creído en la invulnerabilidad de sus archivos y datos personales.

-Así que, bájate de una vez de ese guindo -le instaban.

Pero Crédulo seguía, erre que erre, defendiendo que era posible confiar en las promesas de las redes sociales de que sus datos se mantendrían rigurosamente cubiertos de la curiosidad de terceros no deseados.

Otras veces, grupos de ciudadanos, en los que no faltaban funcionarios, políticos y empresarios, se congregaban junto al guindo, conminándole a que bajara o se dejara caer, de una puñetera vez.

-Ya no queda nadie que crea que es posible conseguir un contrato sin sobornar a alguien, y los últimos guindos en los que estaban subidos quienes confiaban en el funcionamiento leal de las instituciones, son ya árboles sin otro interés que el de dar frutos para el marrasquino.

-No me convenceréis -gritaba, desde arriba, Juan José Crédulo, agarrándose a las ramas, para no caer ante los meneos que le prodigaban a su árbol desde abajo-. No es posible que nos hayan mentido tantas buenas gentes que nos hablaron de su lucha contra la corrupción, ni que sean papel mojado tantos códigos deontológicos y manuales de buena conducta corporativa.

Crédulo era dado por imposible, y se convirtió en objeto/sujeto turístico, como los toros de Guisando, el brazo incorrupto de Santa Teresa o las ruinas de la colegiata de Cornellana (Asturias), por poner unos pocos ejemplos, elegidos al azar.

Pero la tradición cuenta que un día no especificado, se cayó del guindo. No se sabe si fue por haberse enterado de las razones de la existencia de las religiones, el motivo central de las guerras, o la fórmula de la Coca Cola, pero se cayó. Y se rompió la cabeza.

Desde entonces, agrandada con el paso de los años y los siglos, su memoria fue preservada como el último cabezón, el empecinado más recalcitrante en su empecinamiento, el confiado más crédulo que existió jamás.

FIN

s una ventaja importante. No conozco a ningún estagilita,

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