Al socaire

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Si me lo tararea…

14 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

¿Saben de aquél que entra en un bar de copas y pide una bebida cualquiera y cuando se lleva el vaso a los labios aparece un mono que le introduce groseramente sus testículos en el recipiente? El tipo que atiende en la barra, le vuelve a servir varias veces el combinado, pero el macaco repite otras tantas la operación, para desesperación del cliente y del camarero.

En el local únicamente hay una tercera persona, que, con profesional dedicación, enlaza en el piano piezas románticas, a la espera de que lleguen más clientes. El contrariado bebedor se acerca a él, y le pregunta, poniendo el vaso sobre el instrumento:

-¿Sabe de quién cojones es el mono que mete los huevos en la bebida?

El pianista le mira con los ojos distraídos.

-No lo sé, señor. Pero tal vez si me lo tararea…

Cuando me constituyo en el desalentado observador de nuestra sociedad, en la que, ante los menores vestigios de que, por fin, parece que recuperaremos la tranquilidad económica y social, aparece en escena un elemento perturbador, que, sin ánimo de polémica, juzgo desagradable, me pregunto de quién es el interés para desbaratarlo todo.

Algunos de los hechos estaban ahí, y no hemos sabido o querido descubrirlos. La corrupción de ciertos personajes, su voluntad falsaria de enriquecerse a costa de los demás, no son cosa nueva en el panorama del despilfarro; haberlos detectado no nos hace más pobres, solo más sabios, y por ello, deberíamos dejar que la Justicia hiciera de lo suyo, y atender con mayor ahínco, por nuestra parte, a la generación de actividad y riqueza, eliminados de la escena quienes nos mentían con sus actos, palabras y mensajes de complacencia.

Otras interferencias son nuevas, es cierto. Los movimientos separatistas catalanes, las intenciones de destruir una parte de lo conseguido en lo que llamábamos sociedad del bienestar, la falta de discusión en los temas sustanciales relativos a investigación, educación, sanidad, defensa, desarrollo,… revela una carencia de liderazgo, una voluntad de marear, conscientemente, la perdiz.

No me atrevo a valorar lo que está pasando. me faltan, supongo, datos sustanciales, y me sobra ruido de fondo.

Pero si alguien me lo tararea…

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: cojones, desconcierto, escena, mono, pianista, situacion, sociedad, tararea, tranquilidad

Corto paseo por la Democracia, la Ética y la Ley

13 diciembre, 2013 By amarias2013 3 comentarios

Hemos estado oyendo durante años, de boca de quienes se decían nuestros representantes en las Administraciones públicas, amparados en que les habían votado unos cuantos ciudadanos, que eran demócratas convencidos.

Aunque no hubiéramos estudiado en las Facultades de Sociología y Políticas, sobreentendíamos que, quienes decían así, se manifestaban totalmente a favor de escuchar cuantas más opiniones, mejor, antes de tomar una decisión y que serían plenamente capaces de justificar ante la totalidad, especialmente ante aquellos que no les hubieran votado, el porqué habían elegido, de entre las diversas acciones posibles, una y no otra.

Por supuesto, como existía una norma general para actuar, aunque con muchas lagunas, que llamábamos Constitución, lo que nunca hubiéramos imaginado es que, siendo demócratas, fueran capaces de saltársela a la torera. Y si nos hubieran comentado que su conocimiento de lo público les serviría después para sacar más rendimiento desde lo privado, y no al revés, atajaríamos tal insensatez argumentando que ser demócrata es, también, ser honesto.

Desde muy niños, nos han educado para distinguir lo que está bien de lo que estaría mal. Incluso, nos han enseñado unas cuantas historias bastante curiosas en libros sagrados y algunas formas de dirigirse respetuosamente a los seres muy superiores, cuyo fundamento común, según entendimos, era que se debería respetar y amar al prójimo, ser solidario con él, ayudar a los que lo necesitaban y no aprovecharse de los estados de debilidad de los otros, ya que la fortuna es un regalo de los dioses que saben cómo controlar el azar, y premiarán en otra vida a los que no tuvieron su oportunidad en ésta.

Incluso los más escépticos de que todos estos relatos antiguos fueran un invento fantasioso de los hombres, reconocían que se podía encontrar en el interior del propio yo unas varillas sostenedoras de las guías de actuación que nos permitirían, en cualquier caso, dormir tranquilos, y que llamaron ética universal.

Nunca hubiéramos imaginado que algunos de quienes habíamos elegido para que cuidaran y rentabilizaran en beneficio común lo que era de todos, fueran capaces de detraer para su propio goce una parte de lo que les habíamos confiado.

Ya adultos, entendimos que, allí donde la voluntad colectiva de hacerlo lo mejor posible no bastaba para controlar las intenciones de algunos de hacerlo mal, debía actuar el imperio de la Ley. Esa primacía de lo legal era una manera algo rimbombante de expresar que tendríamos como garantía de que nadie malinterpretara los derechos propios y de los demás, a unos cuantos ciudadanos ejemplares que, sin intereses particulares prevalentes ni tendencias o amistades que les impidieran ser muy objetivos, dilucidarían entre quienes creían tener una razón mayor. Y confiábamos en que lo harían de una manera neutral, siguiendo la guía marcada por unos cuantos libros quasi-sagrados que recogían las normas de actuación y convivencia destilados durante siglos, los principios más universales, la ética, y, donde hiciera falta, la tradición y la costumbre, además de ser coherentes con lo que ellos mismos hubieran decidido antes.

Lo que no se nos habría pasado por la cabeza, si no hubiéramos perdido la inocencia infantil, es que algunos de esos jueces estuvieran atentos a sus preferencias políticas para retorcer la ley que deben aplicar, ni que, según quien fuera el juzgador predeterminado por la Ley pero deducido por complejos caminos de asignación digital o, en fin, según fuera el color con que se viera el caso en primera, segunda, tercera o enésima instancia, la razón del que se encuentra frente a la Justicia pudiera cambiar de traje, y que la independencia de algunos jueces no merezca ese calificativo, si se escarbase en sus trayectorias con la azada de la coherencia.

No me atrevo a sacar conclusiones, porque, después del repaso por lo que nos está sucediendo, y aunque es terrible que paguen justos por pecadores, me viene a la mente la frase terrible de los defensores del cuartel de Simancas, y, en verdad que en este caso no me importa la ideología: «Disparad sobre nosotros, porque el enemigo está dentro».

Solo que no sé bien quien ha de disparar, y con qué balines.

Publicado en: Política, Religión, Sociedad Etiquetado como: Administración, coherencia, cuartel, democracia, disparos, enemigo, ética, justicia, ley, Simancas, universal

Cuento de entretiempo: Mandala, el hombre que fue objeto

12 diciembre, 2013 By amarias2013 2 comentarios

Se llamaba Nelson Mandala, y, a pesar de las apariencias fonéticas y otras coincidencias, no se debería confundir con Nelson Mandela, el carismático líder sudafricano que falleció el 5 de diciembre de 2013. La vida de ambos personajes estuvo llena de vicisitudes, que es de lo que se trata, cuando se pretende entretener.

La de Mandela fue una historia de superación, en la que sufrió como pocos y, cuando le correspondía estar muerto, ascendió a las alturas y disfrutó como casi ninguno. La fama de Mandala era tan grande que no había fallecido aún y todo el mundo -toda la gente importante, se sobreentiende- estaba ya deseando su muerte para acudir a su funeral y pronunciar unas palabras de alabanza, que pudieran ser recogidas en los telediarios de sus respectivos países.

A diferencia de otros cuentos con base lacrimógena, en la que el asunto nos habla de un tipo de piel oscura, esclavo en una plantación de cacao, azúcar, algodón o marihuana, que a base de aguantar crueles vejaciones y fortísimos castigos, consigue robustecer su alma y, en un descuido de sus captores, alcanza la libertad, Mandela no se escapó de ninguna hacienda.

Por el contrario, Mandala estudió abogacía y se dedicó a la política, con tan buena fortuna que fue condenado a cadena perpetua. Lo fue después de un juicio justo, con un tribunal formado por demócratas descendientes de los conquistadores europeos, en el que se defendió a sí mismo de la acusación de haber pretendido la desvergüenza de que las gentes de piel con color negro fueran, en lo que afecta a derechos, capacidades intelectuales y sentimientos, iguales a los que habían nacido con la epidermis blanca y se vanagloriaban de haber sido elegidos por los dioses para dominar la Tierra.

Mandela estuvo 27 años en la cárcel, en una isla con hermosas vistas que él no pudo ver pero se imaginaba, lo que ya demostraba una resistencia física desmesurada, que debería haber puesto sobreaviso a los que suponían que su carisma se consumiría como la cera. Mandala tenía consigo una botella repleta de un líquido mágico, que se llama voluntad, y que se rellenaba automáticamente con solo pensar en que el objetivo que le guiaba era muy superior a lo que podría desear una persona.

Era algo por lo que merecía la pena morir, había dicho Mandela. Por eso, sus semejantes negros lo convirtieron en Madiba, el anciano sabio, un líder por encima de lo natural. Tanto, que un grupo de intelectuales que disponían de dinero y capacidad para hacer anualmente una fiesta de postín con el dinero que les había dejado el inventor de la pólvora, le dieron el Premio Nobel de la Paz en 1993; se lo dieron junto a Frederik Willem de Klerk, un desconocido blanco, que se convertiría en el Presidente de la República de Sudáfrica anterior a Mandela.

Mandala se presentó a las elecciones de su país, que se llamaba también Sudáfrica, y consiguió la Presidencia. En realidad, su programa era muy bueno para los negros, que fueron quienes le votaron y, como eran la inmensa mayoría, ganar estaba chupado. Lo que no era tan fácil de entender es que el programa de Mandela era también bueno para los blancos, que no le habían votado. Incluso muchos demócratas del país más democrático y, por ello, más rico de la Tierra, no lo entendieron así, y, por ello, su presidente, Ronald Reagan (sin parentesco con el del pato del mismo nombre) mantuvo que había que mantener separados a los blancos de los negros, para que no se contagiaran entre sí, en la línea ya experimentada en su país de que el que los pobres tuvieran un color oscuro facilitaba mucho su identificación.

Mandela fue presidente durante cinco años y se preocupó por demostrar a los blancos que los negros no comían carne humana, y a los negros de que los blancos no les hacían daño porque fueran malas personas intrínsecamente, sino porque les tenían miedo porque no los distinguían bien en la oscuridad, que es donde muchos blancos buscan la ocasión de dar sus cuchilladas.

Mandela estuvo presente en la final del Mundial de Sudáfrica en 2010, que será una fecha inolvidable para los españoles, porque su selección de fútbol ganó el campeonato, probando así, una vez más, que aquella es tierra de milagros. Algunos vieron a Mandala sentado al lado de Mandela, o incluso se dice que estaban confundidos en la misma persona. Pero no es así. En los funerales por Mandela, que se celebraron con gran fausto en la segunda semana de diciembre de 2013, quedó demostrado que Mandala era un hombre objeto y Mandela un ser sobrenatural, indestructible, eterno, incapaz de sucumbir ante el abrazo de oso de los cientos de mandatarios interesados en rentabilizar, en su beneficio, la muerte de Mandala.

Cuando se disipó el humo de las complacencias y las alabanzas por Mandala, una joven negra se subió al estrado que había quedado abandonado, después de la ceremonia, y pronunció estas palabras, apenas audibles: «Sí, puede que estemos en un país demócrata, y que los negros tengamos sobre el papel iguales derechos a los blancos, pero yo vivo en la misma cabaña que habitaron mis abuelos, gano con mi trabajo la cuarta parte de lo que ganaría un blanco, y mis hijos no van a la Universidad porque ni siquiera saben dónde se cogería el autobús para ir hasta allí».

Mandela, el inmortal, le lanzó un soplo de voluntad, aunque ya no puedo decir si alcanzó a la joven o se perdió entre la arena.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Política Etiquetado como: apartheid, estados unidos, funerales, Madiba, Nelson Mandela, político, racismo, Sudáfrica, Tata, utiliación

Cuento de otoño: La otra historia del Rey que rabió

5 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Entre las verdades incontrovertibles de toda incontrovertibilidad, está la de que todo aquel que tenga algún poder, si no hace denodados esfuerzos por evitarlo, llegará un momento en que se encuentre rodeado por un cinturón de aduladores que procurarán apartarle de la realidad, ocultándole información, con el objetivo de beneficiarse de su ignorancia.

La zarzuela «El Rey que rabió», con música de Ruperto Chapí, y libreto de Vital Aza y Miguel Ramos Carrión, presenta esta situación elevada a la categoría de comedia mundana, que es como hace más gracia.

Un Rey que ha vuelto muy contento de darse un paseo por su país, decide repetir la experiencia, pero esta vez, de incógnito. Sus ministros y consejeros, que le han estado disfrazando la verdad (el reino bulle en descontento), acuerdan que un general le acompañaré en su viaje, precediéndole los otros repartiendo dinero entre la población, para que disimulen que todo va muy bien.

El título de la opereta viene un tanto traído por los pelos, ya que en uno de los últimos actos, después de que el Rey ha sido tomado por un labriego y, en tal condición, ha tenido ocasión de enamorarse perdidamente de una moza de pueblo, -por la que bebía los vientos un su primo (de ella)-, resulta que este pobre muchacho, que los ha seguido en sus aventuras, es mordido por un perro rabioso. Como en la pobreza, todos nos parecemos, el joven es confundido con el Rey y conducido a los máximos cuidados, por la cuenta que les tiene a los conspiradores de la mentira, que quieren conservar sus prebendas.

Finalmente, casi todo el embrollo se descubre (esto es, el Rey vuelve a serlo y el pobre recupera su destino) y, sin que se sepa muy bien porqué, los del elenco cantan muy felices, mientras cae el telón.

Se puede uno imaginar que el cuento hubiera terminado de muy distinta forma, si el mordido hubiera sido el propio Rey, y el perro, en lugar de chucho con malas pulgas, hubiera estado rabioso. Tampoco el final hubiera sido el mismo, si el Rey masoquista, encantado por la vida que llevaban los campesinos, y teniendo en cuenta la contribución al bienestar que aportara la belleza connivente de la campesina (que creo recordar se llamaba Rosa), se hubiera quedado a destripar terruños toda su vida y el zagal despechado hubiera ocupado su puesto.

Pero el cuento que más apariencia de cuento tendría, sería éste que sigue.

El Rey, disfrazado de mozo de mulas, consiguió recorrer de cabo a rabo su territorio sin ser reconocido por nadie y tomó buena nota, de su puño y letra, de todo lo que sucedía en realidad, recogiendo puntualmente las quejas del pueblo llano. Vuelto a palacio, despidió a todos sus falsos consejeros, condenando a unos a galeras y a otros a Medinasidonia y a Matalebreras y, abriendo las cajas de caudales, se empeñó hasta las cejas para tomar las medidas oportunas para corregir tanta injusticia como había detectado, acabando sus días pobre, pero contento de haber roto la coraza con la que le habían querido hacer creer que podía vivir como un Rey, viviendo solo del cuento.

Ese Rey que rabió, como puede colegirse, habría rabiado no por mordedura de perro alguno, sino por manifestación de la ira y coraje que le produjo saberse engañado por aquellos en quienes antes confiaba, entretenidos en ponerle vendas delante de los ojos y flores y mucho oropel en el escenario, para que creyera que todo estaba en orden, cuando lo que se estaba gestando, entre bastidores, era el advenimiento de la República.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Chapí, cuento de otoño, el rey que rabió, Ramos Carrión, República, Vital Aza, zarzuela

La seguridad jurídica y los recursos

4 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

En la magnífica revisión de la clásica película sobre el oeste americano titulada «Valor de Ley» («True Grit» en inglés), los sagaces hermanos Coen, recogen varios tiroteos dialécticos en torno a la cuestión de la justicia, mezclando mensajes sobre la forma de alcanzarla. Por cierto, el título de la versión en el español de España, que es magnífico como reclamo publicitario, introduce su propio mensaje en el guión, tergiversándolo, pues la cuestión va más de «verdaderas agallas» que de lo que significa la Ley, incluso para tomarse la justicia por propia mano.

En una escena inolvidable, de las muchas de que dispone esa obra maestra, cuando la adolescente Mattie Ross (interpretada por Hailee Steinfeld) quiere convencer al malo Lucky Ned (al que pone su cara Barry Pepper) para que la deje marchar libre, prometiéndole que le buscará un buen abogado que le defenderá de sus delitos, el forajido le contesta: «Lo que necesito es un buen juez».

Quienes estamos metidos en los berenjenales justicieros, apreciamos lo que es un buen juez, y hasta nos podemos arriesgar a definirlo: persona experimentada en la vida real, que conozca muy bien el Derecho, que venga del ejercicio de la abogacía (al menos, por algún tiempo), que actúe con independencia de cualquier presión y, sobre todo, que se lea los expedientes y resuelva con base en ellos, aplicando la Ley y la comprensión de los hechos y sus circunstancias.

Como estamos en un país que se mueve por profundidades misteriosas, e incluso abisales, tenemos muy pocos datos acerca de la fiabilidad de un juez. Otras veces escribí que los países anglosajones nos sacan terrible ventaja en esa necesidad de transparencia, hasta el punto de que se puede conocer la calificación que merece un juzgador, en relación con los procesos en los que ha intervenido y la sostenibilidad de sus fallos.

La seguridad jurídica depende también, y, en realidad, mucho, de las revisiones de las Sentencias que provoquen las Instancias Superiores. Si, por ejemplo, la tercera parte de las Sentencias de primera instancia civil son revocadas por las Audiencias Provinciales y, en no pocos casos, muchas han sido ejecutadas provisionalmente (gracias a las ya no tan novedosas disposiciones de la Ley de Enjuiciamiento específica que lo permiten), esa hipótesis -nada alejada de la realidad- da idea del caudal de actividad deconstructora que generan los procesos judiciales.

Un buen abogado -más bien, uno experimentado- puede, desde luego, construir todo un arsenal de recursos, demandas de revisión, apelaciones, quejas, protestos, impugnaciones, etc., que prolonguen el proceso, lo compliquen, lo encarezcan y desfiguren, haciendo que los más débiles económicamente se dejen la piel en el camino, incluso aunque hayan visto cumplidas provisionalmente sus expectativas en primera instancia.

Si los órganos superiores confirmaran con abrumadora mayoría las sentencias de los inferiores, se alcanzaría más calma en el maremágnum justiciero. Pero no echemos, ni mucho menos, la culpa de ese desequilibrio a la ignorancia (aparente, todo sea con el debido respeto) o a la falta de diligencia de los jueces de menos grado. En realidad, tampoco las Sentencias de las Audiencias se libran de pescozones de los magistrados del Supremo, ni éstos se ven libres, como la historia muestra, de anulaciones por parte del Constitucional o de los Tribunales europeos.

Tal vez no sea solo cuestión de que le toque al que pleitea un buen juez (además de poder confiar en que un buen abogado defienda sus razones y enuncie los hechos que le importan). La Justicia no es totalmente ciega y, mientras no se implante la fórmula general de que cualquier estamento pueda verse analizado en su labor por el pueblo al que representa en su función, en éste, como en otros órdenes, se generarán reductos de oscurantismo, secretismo y corporativismo.

Por eso, ayudaría a la transparencia del conocimiento de los senderos reales por los que anda la justicia que, además de ofrecer en los Informes Anuales algunos porcentajes, números insuficientemente desagregados de litigios entrantes, o de las causas resueltas en cada instancia y otros datos no muy inteligibles, tuviéramos más visión de lo que hace cada portador de puñetas, y de su eficacia y solvencia como contribuyente a la seguridad jurídica del paisanaje. Porque las Sentencias son públicas y las del Supremo generan, en su caso, jurisprudencia de obligada aplicación, pero, si hubiera muchos buenos jueces, y se utilizaran las herramientas informáticas y telemáticas como es debido, ¿harían falta tanto tiempo para resolver, serían necesarios tantos papeles acumulándose en legajos, habría tantos funcionarios, abogados, procuradores, clientes, testigos, curiosos, paseando su tiempo por los Juzgados?

Publicado en: Derecho, Sociedad Etiquetado como: abogado, Barry Pepper, expediente, experiencia, hailee Steinfeld, hechos, hermanos Coen, independencia, juez, justicia, legajo, ley, resolución, telemática, true grit, valor de ley

Que se jodan los pobres

3 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La capacidad de ver más allá de lo que se tiene delante de las propias narices, no está entre las virtudes humanas y, por eso, el privilegio o la carga de analizar las cuestiones con visión global pertenece al ámbito de unos pocos.

En este reconocimiento, la advertencia de que no se debe hacer a los otros lo que no desearías que te hicieran ellos a ti, es un principio que figura, con palabras más o menos rebuscadas, en todos los códigos que pretenden regular los comportamientos sociales.

Incluso las religiones -que ya se sabe que son mandatos de los hombres atribuidos a los dioses- recogen esta máxima, renunciando a otras que pudieran ser más complejas o más abstractas. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» es el paradigma de la voluntad de incorporar a la esfera de los mandamientos de Dios lo que no es tan sencillo asumir, siendo tan simple: que formamos parte de un todo, y que lo individual -salvo anomalías- no tiene valor fuera de un círculo muy reducido.

¿Por qué es necesario elevar a norma legal, al código penal, a mandato divino castigado con las penas del infierno, lo que, según esa rama de la Filosofía tradicional que se llama Etica, sería un principio universal? Porque, si se estudia un poco la Historia, esa instrucción que llevaríamos impresa en el código genético, como casi todos los mamíferos, el respeto al otro se debilita rápidamente con la distancia. Distancia que puede ser física, desde luego, pero que también se fabrica con desprecios, muros, murallas, cuchillas, armas.

La teoría de la igualdad está muy bien en el papel, pero la práctica discurre por otros lados, y, por eso, existen las diferencias económicas, intelectuales y sociales.

Estamos dispuestos a considerar al otro como nuestro igual, pero no a todos: solo unos pocos. La mayoría de los otros no son merecedores de ser iguales a nosotros, tanto más cuando más ascendemos en la pirámide de la complacencia grupal. El otro tiene defectos: No es tan inteligente, ni tan hermoso (porque el canon de belleza es el nuestro), no proviene de nuestra cultura ni profesa nuestro credo, ni milita en nuestra facción. Valores que deben ser admitido sin rechistar, porque son los únicos verdaderos los de nuestro grupo.

Por eso, en lugar de ese principio general de la identidad con el otro, de comprender que es igual a nosotros y que lo único que cambian son sus circunstancias, aplicamos el filtro de la exclusión: no tengo porque identificarme con su problema, porque su ámbito es diferente al mío y, seguramente no haber sabido -por su culpa- aprovechar las circunstancias que la vida le ha presentado, porque todo el mundo tiene su oportunidad.

Hasta aquí hemos llegado. En resumen: Que se jodan los pobres. Que se jodan los que no han tenido oportunidad de educarse mejor, los que han nacido en una tierra con menos recursos o mayor corrupción, los que no sienten el orgullo de ser ciudadanos de un gran país y pertenecer a su élite o aspirar a pertenecer a ella, los que nos son queridos por las divinidades y la naturaleza.

Satisfechos de todo el mundo, uníos. Porque, en realidad, necesitáis estar más unidos que nunca. La globalización os ha hecho una faena. Por eso debéis tener en cuenta, especialmente, otro principio, que es el de la precaución. Debéis ser muy precavidos. Cuanto más se abren las puertas del conocimiento global, de la comunicación sin fronteras, de la posibilidad de enjuiciar sin límites, sin normas preestablecidas por los que querrían que las conclusiones fueran las suyas, vuestros argumentos, y vuestras protecciones, corren serio peligro.

El principio de precaución, aplicado a las ciencias sociales, significaría que debéis estar atentos a abortar cualquier signo de descontento. Y, como es lógico, eliminar el descontento, cuando no se dispone de otros argumentos, en exterminar a los que protesten. Que se jodan, sí.

Quizá los satisfechos imaginan que llegará un momento, en que solo queden ellos como pobladores del mundo, y entonces se podrá aplicar, al fin, ese principio que se habrá vuelto un tanto raído, por falta de uso, de comportarse con los otros como lo harían consigo mismo.

No llegará, claro, ese final feliz si la forma de aumentar el porcentaje de satisfechos consiste en exterminar o ignorar, como si no existieran, a todos los pobres, a todos los que sufren, a todos los que no tienen trabajo, no disponen de acceso a la educación, a la sanidad. Por encima de la norma individual del respeto al próximo, tiene que prevalecer alguna norma de comportamiento social, que está impresa en la genética de esa estructura en la que se encaja la existencia del hombre.

Como ésta: La voluntad de la mayoría no debe ser interpretada jamás como lo que es óptimo para una comunidad. El óptimo en todo problema es siempre una solución que incorpora alguna forma de consenso. Como en cualquier problema de contorno, en el que los límites dependen de muchas variables, hay un espacio de viabilidad y el mayor valor de la función resultado se encuentra en el equilibrio de múltiples intereses, no en el beneficio de unos pocos.
—-
Nota. El título de este Comentario es una provocación. Iba a ponerlo entre interrogaciones, pero el mensaje no admite dudas. Lo lamentable es que haya gente que estén de acuerdo con un mensaje tan miserable, sin preocuparse por lo que significa.

Publicado en: Economía, Personal, Política, Sociedad Etiquetado como: amor, clan, código, cultura, derecho, diferencia económica, ética, ley, mandamiento, moralidad, pobre, pobreza, precaución, principio, reglamento

Adiós al Bitcoin

2 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Apenas le acabábamos de dar la bienvenida, y ya se le está despidiendo. Entró por la puerta grande, empujado por héroes anónimos al estrellato de las operaciones financieras al margen de las entidades bancarias, y está siendo empujado a gorrazos, a una puerta estrecha situada en los sótanos de las transacciones inseguras, especulativas: una burbuja monetaria para especuladores a la caza de incautos.

¿Cómo? ¿Qué el lector no ha oído hablar hasta ahora del bitcoin? Si este es el caso, no necesita avergonzarse, sino que puede presumir de haber menospreciado esa iniciativa, aunque no estará de más que se ponga al día de lo que se pretende con ese artilugio. ¿O debo decir, pretendía?.

Porque se ha descubierto que la seguridad ofrecida por esta forma telemática de efectuar pagos entre particulares, y que basaba su solvencia en a) la existencia de algoritmos cifrados que era imposible reproducir, porque lo habían sido de forma aleatoria y que, al ser asociados a un pago solo podían ser conocidos por quien los había generado y b) la paridad instantánea de la moneda virtual en la que se realizaban las transacciones -el bitcoin-, y las divisas reales dependía solo de la credibilidad que depositaban en ella los usuarios.

En noviembre de 2013, un equipo de investigadores rastreó la supuesta hermeticidad de los algoritmos y los encontró vulnerables, expuesto a que un grupo de malintencionados, actuando de forma coordinada, pudiera elevar el valor de la moneda a su antojo, recogiendo pingües beneficios, para dejarla caer, cuando ya no tuviera el soporte de esa credibilidad. Exactamente como otras pirámides de intereses forjados a base de avidez e ingenuidad y por las que se han construido todas las burbujas que en este mundo han sido: la especulación sobre los tulipanes holandeses, la fiebre inmobiliaria, el timo de «envíe diez euros al primero de esta lista y mande este correo a otros tantos amigos poniendo su nombre al final en lugar de aquél y recibirá en pocos días, miles de euros»…

Distintos investigadores criminales advirtieron de que el invento estaba siendo utilizado para obtener beneficios por simple especulación con el valor, evadir impuestos, sacar dinero de un país sin dejar huella o para estafar a algunos confiados.

No debería extrañar, sin embargo, que a pesar de los avisos y de las evidencias técnicas, el valor de un bitcoin real haya superado, en una escalada impresionante, los mil dólares reales. Es evidente que si alguien ha invertido en bitcoin, puede haber obtenido un impresionante beneficio. Un comentarista sagaz afirma que, cuando la verdad estalle y el bitcoin alcance su previsible final de no valer absolutamente nada, la ventaja para los Bancos Centrales de cualquier Estado es que no tendrán que proveer por las pérdidas. Sencillamente, los bitcoin se habrán volatilizado en el espacio que les es propio, el mundo imaginario.

Publicado en: Economía, Política Etiquetado como: algoritmo, bancos centrales, bitcoin, burbuja, credibilidad, especulación, transacciones, vulnerabilidad

Cuento de otoño: Por los Cálculos sublimes a la doctrina de la neurona

28 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La expresión «cálculos sublimes» sonará al lector que lo oiga por primera vez a pedantería nacida de algún obseso por las matemáticas. No es este el lugar para descabalgar de la burra a quien padezca de la, por otra parte, disculpable ignorancia, con -pretendidos por docto-s argumentos acerca de lo que, en un tiempo que aún no está tan lejano, se entendía por esta disciplina académica.

Baste decir ahora, para lo que pretendo con este modesto Cuento, unas pocas palabras para hacerle ver al lector que por la disciplina académica de Cálculos sublimes, se enseñaban hace unos ciento cincuenta años, las innovadoras teorías de derivadas e integrales, en las que el modelo francés ya nos había precedido, y que se consideraban esenciales para adquirir el título de Dr. en Ciencias y para avanzar, tanto en la ingeniería como en la filosofía.

No se ha vuelto a emplear, tal vez por vergüenza, la calificación de «sublime» para aquellas materias a las que el responsable de la ordenación académica otorga un gran valor formativo. En el lenguaje vulgar, la expresión ha quedado reducida al ámbito de la pedantería, pero en la modalidad cutre. Sin embargo, la encuentro más adecuado que esos apelativos y afijos que ahora tanto proliferan, como guay, super, hiper, maxi, que me suenan a lo mismo que el chanchi piruli que empleaban, no hace mucho y con la misma intención, las educandas en cursilería.

Hay un pueblo imaginado en el que la palabra Sublime se sigue empleando como distintivo de valor. En ese lugar, cuyos habitantes disfrutan de una excelente bonanza, existe desde hace años la Universidad de Enseñanzas Sublimes. Sus egresados son personas muy respetadas y ocupan, salvo escasas excepciones, cargos de la mayor importancia en la estructura económica y social. Ese prestigio no tiene comparación, sin embargo, con el que merecen a todos, quienes enseñan en ella.

Sin conocer aún cuál era la razón del éxito del pueblo que concedía tanta proyección a los Conocimientos Sublimes, y deseando penetrar en sus misterios, -para copiarlos-, una delegación de personajes distinguidos del, por nosotros conocido lugar llamado Valgamediós, viajó a ese sitio de mérito.

-Estoy seguro que la clave está en la profundización en las funciones de variable compleja -indicó, con máximo convencimiento, el catedrático de Laplacianas y Series, que había dedicado treinta años de su vida al estudio de las soluciones al Enigma de Poniatowsky, teniendo publicados varios libros sobre el tema, aunque, desgraciadamente, no había conseguido resolverlo.

-No lo creo así -arguyó el Presidente de la Comisión de Legislación Efímera, que acababa de ser elegido por unanimidad entre los especialistas de esa rama del Derecho-. El carácter sublime de una organización descansa en su capacidad adaptativa, para destruir en pocos días lo que se haya tenido por intocable en la legislatura anterior.

Y así, mientras el avión fletado especialmente para el caso conducía a la expedición al lugar tan remoto que había que dar dos vueltas al mundo para alcanzarlo, todos los miembros del equipo de Valgamediós expresaban sus teorías, mientras bebían botellín tras botellín de un líquido de color rosa que distribuían, gratuitamente, las azafatas, y que promocionaba un futbolista de élite.

-¡Delicioso brebaje! -comentó Blandelina Lauredada, que había ingerido varios combinados; y preguntó, seguidamente a la azafata que le estaba sirviendo el quinto vaso del mejunje- Es afrodisíaco, ¿verdad?
-No sé exactamente. -fue la prudente contestación- La etiqueta solo pone que es alienante.

Cuando, después de un ligero descanso por el doble cambio de horario que habían tenido que soportar, se reunieron todos en la Academia de Sublimes de aquel lugar afortunado al que habían acudido para aprender y copiar, recibieron la última instrucción del Presidente de la Expedición:
-Sobre todo, no hagáis preguntas donde se evidencie vuestra ignorancia. Preguntad por lo que sabéis y hacedlo de la forma más ininteligible.

Con un excelente ánimo, se agruparon en el Salón de Recepciones Ilustres de la Academia de Sublimes. Allí, después de unas breves palabras de bienvenida, el Presidente de la Academia, un anciano de luenga barba que se apoyaba en un bastón hecho de ideas, dijo:

«Ustedes han venido aquí, según me han dado a entender en su pensiograma, porque desean entender la razón por la que nuestra sociedad tiene tanto éxito. Podría decirles que sabemos cuál es esa razón, pero les mentiría. No hay una sola razón. Solo estamos seguros de la bondad del método con las que las perseguimos: consideramos algo «sublime» cuando nos permite explicar el fundamento de algo que nos ha sido útil. A posteriori.

«Tal vez Vds. hayan leído el discurso que pronunció un sabio en 1906, cuando le concedieron el premio Nobel por sus investigaciones sobre las neuronas. En él decía, recordando los trabajos de otro sabio, Golgi, que había sido agraciado con la distinción al mismo tiempo, que es preciso admitir que la naturaleza ha creado sistemas complicados para transmitir la información, y que no pueden explicarse desde la continuidad. Era la teoría de la neurona».

«Por eso, siguiendo la teoría de la neurona, aquí entendemos que los conocimientos no pueden avanzar solo por profundizar obsesivamente en un tema, sino que hay que conceder atención especial a la transmisión por inducción, a la influencia a distancia, a la creación de núcleos, aparentemente independientes, pero que sean capaces de relacionarse de vez en cuando.

Los expedicionarios se miraron, mientras tomaban notas. No parecían haber entendido mucho de lo que estaban escuchando.

-Perdón -dijo el Director General de Innovaciones de Valgamediós- eso que nos dice resulta muy abstracto. ¿Dónde podríamos profundizar en esa cuestión? ¿Qué material nos aconseja?

El Presidente de la Academia de Sublimes miró al interpelante, y señaló uno de los cuadros que colgaban de las paredes de la sala.

-Pensé que lo conocerían. Son palabras de Santiago Ramón y Cajal.

Aliviados al parecer, los expedicionarios siguieron tomando notas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cálculos sublimes, cuento de otoño, Ramón y Cajal, teoría de la neurona

Guachimén

27 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Aquí los llamamos guardias de seguridad, y nos hemos acostumbrado a verlos en múltiples lugares. En los aeropuertos, suburbanos y estaciones de autobús o ferrocarril, en los establecimientos comerciales, en las oficinas de las entidades financieras, en las asambleas de todo tipo, a la puerta de las discotecas, en cualquier acontecimiento que suponga congregaciones más o menos multitudinarias. No pertenecen a los cuerpos armados del Estado ni a los de cualquiera de las Administraciones públicas: no son miembros del Ejército, ni policías, ni guardias civiles.

Defienden intereses particulares. Sobre todo, los de los propietarios de los locales de negocio: controlan sus entradas y salidas, realizan cacheos con arcos voltaicos o con sus manazas a los visitantes sin atender a sus razones, abren sus bolsos y desparraman sus pertenencias con morbosa ostentación y, en casos particulares, pueden retener circunstancialmente a los presuntos infractores de leyes no siempre escritas.

Su función principal no es actuar, -se dice- sino disuadir, amedrentar con su sola presencia, sus corpulentas estructuras, sus pistolones, sus gestos amenazadores, a los posibles malos para que no osen penetrar en los recintos que protegen. Pero, en realidad, están destinados más bien a llevar tranquilidad a los pacíficos, para que consuman sin temores.

Desde antes de que se hicieran habituales entre nosotros, ya conocíamos de su existencia, porque, en muchos países en los que la seguridad personal no está en absoluto garantizada y se concentra la gente de bien, -en los restaurantes, y salas de fiestas-, sobre todo, se encontraban apostados a la entrada, luciendo sus aparatosas escopetas, unos tipos a los que se llamaba vulgarmente guachimén (watchmen). Mantenían a raya a los posibles delincuentes, creando un espacio protector para los que disfrutaban en los locales, haciéndoles creer que nadie les interrumpiría en su gozo, y que, del camino de su coche blindado al interior del local y viceversa, no les ocurriría nada que hubieran de lamentar, salvo la resaca posterior para recuperarse, tal vez, de sus cogorzas.

Un reciente artículo de Manuel Vicent(EP 24 nov 2013) me trajo a la memoria a los guachimén. En esencia, como tengo dicho, especiales guardias de seguridad que garantizan, con su presencia pistolera, que las gentes que disponen de medios suficientes para disfrutar de un buen rato fuera de casa en un lugar de alterne, no serán molestados por los que, ya que no los tienen, pueden sentirse tentados a irrumpir en sus vidas aguándoles la fiesta.

El artículo, que se publica en la columna de colaboraciones de la última página, se titula «Zombis». Los hay, escribe Vicent, «pobres y ricos». La reflexión del articulista es sencilla, pero demoledora: Mientras en la sociedad española aumenta, a pesar de lo que ven los ojos oficiales, el número de pobres, de desharrapados, de gentes que no ganan para vivir, hay unos cuantos que disfrutan de bonanza. Estos últimos, son los «zombis ricos», que «entran y salen de los restaurantes, joyerías y tiendas exclusivas en las millas de oro, aparentemente felices».

Aquí está el tema. La sociedad se está separando en dos sustratos, que se están disociando, como sendos precipitados químicos, de la masa que forma la mayoría silenciosa, el disolvente en el que están embebidos. Están, por un lado, los que no ven motivos de preocupación por la crisis (al contrario), que no son muchos e incluso son algunos menos de los que ya eran; y, por otro, los más pobres, que son bastantes más de los que ya eran y que no ven finales de túneles, sino solo oscuridades hondas.

Vicent cree ver en los ojos de los zombis ricos, un asomo del temor de que, mientras ríen, felices, en los bares y restaurantes, como si nada fuera con ellos, les estén observando los ojos de los que pasan hambre, y, que «su fiesta sea asaltada mañana por una turba de mendigos»

Puede que a esos que no quieren ver la desgracia ajena, tapados los ojos por su propia opulencia, crean erróneamente que el tema no va con ellos, y estén tentados de llamar a más y a más guachimén para que los protejan mientras disfrutan, zombis, aislados de lo que pasa fuera. Podrán hacer construir muros más altos, instalar en sus bordes cuchillas y concertinas ordenar a los guardianes que repartan más mamporros.

Se equivocan si hacen eso, se están equivocando porque lo hacen ya. La solución al posible conflicto entre zombis ricos y pobres tiene que venir por otros lados, no de más guachimen ni muros de aislamiento. De esa forma no se evitará el «estallido social» del que «algunos advierten que la carga explosiva está ya en el aire a la espera inminente de la chispa» capaz de producirlo. (1)

Estamos en un país civilizado, ¿no? Hemos aprendido de la historia, ¿no?

—
(1) Los entrecomillados provienen todos del texto de Manuel Vicent.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: amenaza, control, defensa, delincuente, El Pais, escopetas, guachiman, guachimén, guarda de seguridad, guardia civil, Manuel Vicent, pacífico, pobres, policía, ricos, seguridad, vigilante, watchman, zombis

Cuento de otoño: Caperucita coja

26 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A todos los niños les gustan los cuentos y a algunos, mucho. A mis cuatro nietas les encantan, especialmente a las dos mayores (que aún no cumplieron los tres años). No les importa que se les cuente el mismo relato una y otra vez, e incluso diría que les parece mejor caminar por los senderos trillados, porque si se cambia la versión del cuento que conocen, enseguida te sacan la tarjeta roja. «Eso no es, abuelo», me interrumpen.

Entre sus cuentos preferidos figura, en muy alto lugar -apenas superado por El patito feo-, el de Caperucita roja,- Es encantadora la tensión con la que siguen el diálogo esperpéntico entre la ingenua niña y lobo disfrazado con el gorro de dormir y el camisón de la abuela, y el alivio con el que reciben la entrada en escena del leñador, que, con la poderosa ayuda de la imaginación, encontrará a las dos, sanas y salvas.

Una de mis nietas mayores no vocaliza aún bien, y Caperucita roja es, para ella, Caperucita coja. Creyendo que le ayudaría a ver las diferencias, inventé un cuento de una niña que tenía una piernecita más corta que la otra, y que andaba a saltos por el bosque, y que, en uno de sus paseos, se encontró con el «bobo felón». No tuve éxito, pues ignora lo que es ser felón, y la historieta discurrió por cauces más bien abstractos para una niña tan pequeña.

Pero los adultos no ignoramos que nuestra historia real está plagada de felones, que actúan como si fueran bobos, aunque no hacen más que aprovecharse de que estamos cojos, y que esta cojera nos impide alejarnos corriendo de su intención de engañarnos.

No hace falta realizar encuestas de aceptación para saber a ciencia cierta que nuestra inocencia de caperucitas ha sido traicionada a mansalva. No se libra del lastre de desfachatez, trampas y, en suma, felonía, ninguna de las instituciones. Aunque, por supuesto, estemos convencidos de que los que engañan son minoría, son más que suficientes. En este bosque de despropósitos, nos encontramos a cada dos pasos por gentes aviesas que, fingiéndose bobos, han utilizado, no solo nuestra credulidad, sino el prestigio de las instituciones en las que desempeñan sus cargos, en su propio beneficio y abusando de nuestra necesidad.

No preciso citar a nadie, porque el mal está ya en boca de todos. No hay un hueco, del rey abajo, ninguno, en el que no haya señales de malicia. Veo a los bobos felones contestando, taimados, a nuestras preguntas de ¿Por qué lo hicisteis?

-Para servirte mejor.
-Porque no podíamos estar al tanto de todo.
-Ya les habíamos advertido de que no lo hicieran.
-Hay que mantener la presunción de inocencia.
-No se podía actuar de otro modo.
-Todos han hecho lo mismo.

Pues ya lo ven, están descubiertos. Aliado insospechado, el diablo cojuelo ha levantado uno tras otro los tejados de esta ciudad para poner al descubierto las desnudeces de los que se creían bien pertrechados, disfrazados de corderos, esto es, de bobos, de bien intencionados.

¿Cómo acabará el cuento? No lo se muy bien, pero veo cada vez más aislados a los que carecen de razones para justificar el tamaño de sus ganancias, lo desmesurado de sus gorros de oropel, la camisa abultada por las bolsas que birlaron. Somos muchos los que estamos del lado de las Caperucitas cojas. Y esperamos que aparezca en acción el leñador de la verdad, ése que, abriendo el vientre de la desfachatez, saque de nuevo a la luz nuestra esperanza, sana y salva.

Veo que en el bosque hay algunos leñadores, ocupados en recoger ramas y astillas y evitando afectar a los árboles altos de este bosque.

Mi tendencia al pesimismo me indica que los jugos gástricos de la codicia han debido haber hecho de las suyas, y, cuanto más tardemos, más convertidos en piltrafas encontraremos los buenos deseos que se han engullido. Mientras creemos estar atendiendo a las explicaciones sobre el estado de nuestra democracia y la recuperación de la economía, interesándonos por lo que pensamos son las respuestas sinceras de la abuela, lo que escuchamos son los argumentos perversos de los lobos feroces, digo, de los bobos felones, que siguen tragando Caperucitas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sociedad Etiquetado como: abstracto, bobo felón, caperucita coja, cuento, cuento de otoño, democracia, engaño, escena, felonía, leñador, lobo feroz, nieta, pierna, vocalizar

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