Al socaire

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Archivo de febrero 2014

Cuento de invierno: Amores lejanos

14 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Todos los años, la víspera del día de San Valentín, Desperato Solitudo enviaba más de doscientas cartas a otras tantas direcciones de gente que conocía.

A decir de verdad, no eran personas con las que tuviera una gran relación, en el sentido, de una relación de amistad profunda. Sabía cómo eran, -color del pelo, características del rostro, medidas básicas de su contorno corporal, algunas aficiones, …- y, obviamente, dónde vivían.

Si fuera compelido a expresar la profundidad de su conocimiento respecto a esas personas, se vería obligado a reconocer que tenían pocos secretos para él. Eso creía, al menos, Con tanto mimo, con tal intensidad y diligencia, había realizado su labor de investigación -desde tiempo atrás- que, se podría expresar que formaban, si fuera permisible hablar de ese modo tan peculiar, parte de él. Eran imprescindibles para su vida, formaban parte de su bienestar.

Hasta tal punto llevaba observándolas, anotando con sumo cuidado sus medidas más íntimas, sus gustos, cadencias, sus colores preferidos. Podía alardear de conocer los caracteres, no solo suyos, sino de sus amistades y, en no pocos casos, de sus conocimientos. Si se le permitiera repasar sus anotaciones, puede que en bastantes casos se encontrara la referencia de los lugares que frecuentaba y aquellos que -por razones que también se había preocupado de descubrir- procuraban evitar en lo posible.

Todas esas personas de las que Desperato guardaba tanta información tenían en común una característica: eran mujeres. Mujeres, no todas exactamente jóvenes, pero sí la mayoría. Algunas, jovencísimas.

Presiento que el lector, al llegar a este punto del relato, habrá esbozado una mueca de disgusto y habrá de inmediato dejado volar su imaginación hacia esos otros personajes, reales o imaginados, que han hecho de su obsesión por lo femenino un vicio inconfesable.

Un deseo frustrado de abarcar lo insondable, enfermizo, tópico, que ha conducido a tantos seres presos de su apetencia desgraciada a crímenes abominables, a violaciones absolutamente reprobables, a secuestros, a quién sabe qué horribles vejaciones o suplicios de las que las mujeres eran, en todos los casos, los sujetos pacientes, las víctimas, las desgraciadas.

Alto ahí. Desperato Solitudo era un observador conciso, educado, discreto, sagaz, pero en absoluto un vicioso. Desperato Solitudo era un profesional. Un gran profesional, en verdad.

Hora es ya que despleguemos la razón por la que este probo ser, tan pulcro en el vestir como diligente en la anotación de sus observaciones, estaba entregado a esa investigación del sexo o género femenino, que de las dos maneras tiende ahora a decirse, sin que se haya atinado a saber muy bien en qué consiste, si la hubiera, la diferencia.

¿Por qué más de doscientas cartas, qué decía en ellas, cuál era el sentido de enviarlas, precisamente, el día de San Valentín, que, como sabe hasta el escolar menos ilustrado de Primaria, es el Día de los Enamorados?

¿Estaba él, acaso, enamorado de más de doscientas mujeres? ¿Era un potencial polígamo, aunque solo fuera por arrebato de su imaginación calenturienta?

En absoluto, Desperato Solitudo era, repitámoslo, un tipo serio. Un buen trabajador, con un negocio floreciente, y, a pesar de la crisis, boyante.

Si antes de haber caído en el lastimoso resultado de una equivocada pesquisa, nos hubiéramos fijado en el letrero, luminoso por la noche, que anunciaba el negocio de Solitudo, hubiéramos comprendido mejor:

Decía: «Solitudo, fajas y sostenes a medida».

Y lo que Desperato Solitudo enviaba, acompañando aquellas más de doscientos sobres cerrados, conteniendo otras tantas cartas, se supone que de amor o deseo, y que él no había escrito, sino que, simplemente, había anexado, -con toda pulcritud y delicadeza, cuidando los detalles-, eran cajas conteniendo las más diversas prendas íntimas. Bellísimas braguitas, calzones, sostenes, ligas o medias, que otros enamorados había elegido en tan señalada fecha. para regalar a sus amantes, novias, esposas

Lo que sí era de su coleto, era una tarjeta con el nombre y dirección de su comercio y la precisa indicación: «Al tratarse de prendas de uso personal, no se admiten devoluciones».

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: bragas, cuento, cuento de invierno, enamorado, ligas, medidas, prendas íntimas, regalo, San Valentín, sostenes

Cuento de invierno: Tambores y silbatos

13 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Dándole el enfoque de una anécdota personal, cuenta Benjamin Franklin que, cuando era un niño de siete años, seducido por el estridente sonido de un silbato que llevaba otro muchacho, le ofreció todo el dinero que llevaba encima, a cambio de él.

Cuando volvió a casa, estuvo tocando el pito, complacido, molestando con ello a toda la familia y convencido de haber hecho una compra fantástica. Sin embargo, cuando confesó lo que había pagado por él, todos se burlaron de que hubiera pagado tanto por una bagatela de ese calibre; y, confuso y cansado de tocar aquel adminículo de tan escasas posibilidades, se pasó mucho tiempo añorando todo lo que hubiera podido comprar con el dinero que había malgastado en el silbato.

Benjamin Franklin saca una consecuencia algo amarga: «I believed that a great part of the miseries of mankind were brought upon them by the false estimates they han made of the value of things, and by their giving too much for their whistles.»

Podemos hablar de silbatos, o de tambores, o de griterío, sin más. Puede los que pitan, tamborilean o vociferan no nos quieran vender el silbato, sino que, haciéndolo sonar, pretendan ensordecernos para que compremos cualquier otra mercancía, a un precio que no corresponde a su valor.

Los trucos son múltiples; anuncios de televisión en los que famosetes de todo pelaje, convenientemente pagados por poner su careto de credibilidad, alardean de las ventajas que han obtenido por abrir determinadas cuentas bancarias, suscribir ciertos seguros, comprar no sé que vehículos, aparatos, yogures o colonias que, nos aseguran, nos aportarán bienestar, mayor capacidad de seducción o alivio para los intestinos colapsados, que es el efecto que, al parecer, han tenido para ellos.

Tengo en casa un tambor de juguete y algunos silbatos (que me entregaron como recurso sonoro en una manifestación que se convocó por el Colegio de Ingenieros para protestar sobre el proyecto de Ley de Servicios Profesionales, y que no tuve ánimos para utilizar). A mis nietas -a las cuatro-, de entre todos los juguetes que tenemos a su disposición, son los que más les atraen, al menos, inicialmente.

Cuando abrimos el «armario de los juguetes», se abalanzan sobre ellos y empiezan a hacerlos sonar con fruición. Pero se cansan muy pronto, especialmente las más pequeñas -un año escaso- sin necesidad de que les advirtamos los mayores de que nos están molestando; las mayores -en su tercer año-, aguantan un poco más, un par de minutos, hasta que les hacemos ver la disponibilidad de otras opciones mejores que hacer ruido.

Es sorprendente que en el mundo de los adultos, tengamos a tanta gente tocando tambores y silbatos. Y aún más, que no sepamos, en muchos casos, qué es lo que quieren vendernos: si el silbato o algo de verdadero interés para nuestra sociedad, tan necesitada de objetivos compartidos.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: anuncios, Benjamin Franklin, cuento, cuento de invierno, objetivos, precio, silbatos, tambores

Cuento de invierno: Juegos peligrosos

12 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

No ha trascendido, por quién sabe qué razones, pero Blancanieves y Cenicienta se hicieron muy amigas. Por una parte, resultaba comprensible, ya que eran de edades parecidas y muy hermosas. Cuando sus ocupaciones en el País de las Hadas les dejaban algo de tiempo libre,  abandonaban sus respectivos territorios para verse, echar unas risas juntas y contarse cómo les iban.

Se querían con locura.

Sus caracteres diferentes estaban, con seguridad, en la clave del misterio de su profundo afecto. Blancanieves era temperamental, espontánea, irreflexiva. Cenicienta era lo contrario: cerebral, calculadora, incluso algo fría; las malas lenguas del País de las Hadas (que nunca faltan en todos los sitios, porque son como el pimentón picante al chorizo) se referían a ella como «La Cenicienta», insinuando turbios manejos entre ambas y quién era la dominadora.

Ambas vivían como lo que eran, como princesas.  Tal vez estaban algo hartas de comer perdices (y eso que los cocineros reales procuraban aderezarlas de las maneras más variadas: en pepitoria, al ali-oli, escabechadas, rebozadas en pan rallado, al chocolate, al chilindrón, con pipas de girasol, etc.). Tal vez recordaban, respectivamente, en sus momentos bajos de ánimo, los paseos con los pequeñitos y los descansos relajantes en la urna de cristal …pero, fuera de ellas mismas y sus íntimas confesiones, nada trascendía.

Parecían felices con sus príncipes, que, por cierto, tenían aficiones comunes: cazar, recorrer el mundo, tener aventuras -confesables e inconfesables- e ir de acá para allá saludando a las buenas gentes que ocupaban sus dominios, quienes les correspondían levantando los tridentes y las azadas en signo inequívoco de respeto.

Un día, el buhonero del País de las Hadas, que iba de un sitio a otro vendiendo casigalinas producidas en Taiwan y difundiendo chismes locales, contó que había visto a Cenicienta y a Blancanieves en una cabaña abandonada del bosque desencantado, y que, por lo que había podido atisbar, lo estaban pasando bien junto a una tercera persona.

-¿Cómo era? -le preguntaban, obviamente intrigados, varias clientes de su batiburrillo, mientras guardaban cola.

-Yo quiero unos botones que me hagan juego con esta tela de tul turquesa -decía la que estaba siendo atendida.

-No pude verla bien -reconocía el vendedor ambulante.

-¿Era hombre o mujer? ¿De alcurnia principesca o de ralea piojosa? -inquiría uno de los paisanos.

-Nada soy capaz de afirmar con certeza. Solo puedo jurar que de la cabaña salían gritos de alegría y que, atado en uno de los árboles cercanos, estaba un tercer caballo, que no era blanco ni bermejo, sino bayo. -aderezaba, con su verborrea, el vagabundo de las baratijas.

-!Vaya! -concluían todos.

El rumor de que algo raro estaba pasando en el bosque desencantado del País de las Hadas corrió como la pólvora, y llegó a los palacios de los príncipes y, más concretamente, al despacho principesco del esposo de Blancanieves y al no menos respetable escritorio del marido de Cenicienta.

-Sospecho que te la están dando con queso -bramó, con furia real, el primero en enterarse, a quien le faltó tiempo para ajustarle los cuernos a su amigo.

-Pues a ti se te ven las prominencias calcáreas hasta desde la casita de los tres cerditos -replicó el segundo, que era de talante algo más reposado.

Conviniendo que algo debían hacer y deseando, ante todo, descubrir la tostada, enjaezaron los caballos, tomaron en ristre las lanzas de vencer dragones y se fueron al galope hasta el bosque desencantado, en donde, con su perspicacia y el auxilio de los pajarillos, confiaban en descubrir la cabaña en donde el trío tenía sus reuniones.

Efectivamente, la encontraron. Estaba vacía de gentes, y casi también de mobiliario y enseres: una mesa, varias sillas, una alacena con chocolates y otras golosinas, un tapete verde, dos botellas mediadas de aguamiel y pocas cosas más. No repararon en que una de las paredes estaba recubierta de un tafetán harto andrajoso.

Como atardecía, decidieron quedarse a pasar la noche por allí cerca y, como tenían algo de hambre, se atiborraron de chocolatinas que, como es sabido, en especial si están rellenas de avellanas o almendras, cuando empiezas a comer no hay forma de parar. No les preocupaba que les echaran de menos en sus palacios, puesto que el trabajo de los príncipes, particularmente los de cuentos, no es ni intenso ni continuado.

Por otra parte, aunque los cuentos no están escritos siempre para niños, no suelen detenerse en las actividades de los mayores antes de dormir, que solo interesan en las películas. Digamos, para cerrar este apartado, que tampoco Cenicienta y Blancanieves les echaron de menos, ya que dormían en alcobas separadas de sus esposos.

A la mañana siguiente, les despertaron unas risas cantarinas. No les fue difícil reconocer en ellas a sus emisoras, las princesas Blancanieves y Cenicienta que, en efecto, aparecían acompañadas de una tercera persona, embozada. Todas ellas estaban a punto de entrar en la cabaña.

-¡Alto ahí! ¡Sois descubiertas! ¡Confesad vuestro lascivo pecado! -dijeron, casi al unísono, o algo parecido.

Las jóvenes se sintieron desoladas.

-No es lo que os imagináis -explicaron.

Pero los príncipes no se arredraron y, con decidido ademán, se abalanzaron sobre el bulto cubierto, al que hicieron rodar por el suelo.

Les extrañó su frágil contextura y, más aún, lo delicado de sus hechuras. Su rostro era bello, incluso les pareció (por efecto de la novedad) más bello que el de sus esposas.

-¿Quién sois? -quiso saber el príncipe que se había casado con la del complejo de Edipo superado.

-Soy La Bella Durmiente -murmuró la joven caída, esbozando una mueca de dolor, pues temía que le hubieran roto la muñeca.

Mientras le ayudaban a levantarse y pedían, como les parecía oportuno para la delicada situación, disculpas a las tres por un comportamiento tan poco reverencial, los príncipes no se recataron en preguntar:

-Pero, ¿se puede saber qué hacías aquí,  lejos de vuestros palacios?

La respuesta aclaró muchas dudas.

-Somos ludópatas vergonzantes. Nos reuníamos para jugar al julepe, al abrigo de miradas curiosas, según creíamos, en esta cabaña que hemos alquilado a la bruja Piruli -dijo Blancanieves.

-¡Ah! -exclamaron los príncipes, a los que se les cayó la venda simbólica que llevaban puesta.

Después de las excusas, la petición de múltiples perdones y todo eso que se ofrece cuando se nos ha corrido de vergüenza propia, los jóvenes varones se volvieron a sus palacios, en donde, según sus agendas, tenían previstas un par de recepciones y dos o tres conciliábulos.

Cuando se despedían, en la encrucijada que les conduciría a sus respectivos palacios, el príncipe que estaba casado con la que había sido tratada -con éxito- por el síndrome de trastorno obsesivo convulsivo, expuso una reflexión inesperada:

-Colega, vengo dándole vueltas desde que cabalgamos, habiendo dejado a las tres princesas en la cabaña, sentadas en torno a la mesa del tapete. Para ese juego del julepe, ¿no son necesarios por lo menos cinco jugadores? ¿Viste que hubiera más sillas? Tras el tafetán piojoso, ¿no habría una habitación con camas en las que solazarse en juegos rijosos?

-Son muchas preguntas y no tengo ahora la cabeza para ocuparme de ellas -contestó el otro, clavando las espuelas en los ijares de su cabalgadura, que salió por los aires.

Como no era cosa de volver sobre las andadas,  lo dejaron estar, y nunca les faltaron otras preocupaciones, por lo que, con esa mala memoria de los personajes de los cuentos, olvidaron la anécdota de los presuntos juegos peligrosos en los que la maledicencia y el buhonero habían metido a sus princesas y a la Bella Durmiente que, como simple comentario adicional, era tan bella como las otras.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Bella Durmiente, Blancanieves, bosque, buhonero, Cenicienta, complejo de Edipo, cuento, cuento de invierno, juego, julepe, País de las Hadas, principe, TOC

Cuento de invierno: Aprendiendo a no competir

11 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

coctelimposibleDibujo AngelArias

Todas las escuelas de negocios pretenden enseñar a sus alumnos a ganar. En la convicción  de que nos encontramos en un mundo competitivo, se asume que para tener éxito hay que disponer de determinadas habilidades no naturales que, cuando las aprendemos, nos sitúan en el camino de los triunfadores.

Los centros comerciales disponen en la sección de librerías de un pedestal especial en el que, bajo la advocación mágica de «Libros de empresa», sabios en el arte de convencer ofrecen consejos para liderar, mandar, y obviar el fracaso -o, por lo menos, aprender de él-. La fórmula consiste, en suma, en expresar con ejemplos sencillos, extraídos de la imaginación y de los animalarios, como mantras, que existe una estrategia para el éxito y que, si se dispone de ella, el mercado nos brindará sus oportunidades, como una sandía abierta por la mitad.

Torquibando Loguarde, diplomado por la escuela de negocios NOSSABE, es el autor de un manual singular, en el que ha pergeñado una estrategia para perdedores. Publicado en enero de este año, su libro, que gozó de una subvención de la ONG Lostintheway, mereció críticas  feroces de algunos gurús del mercado que lo acusaron de terrorismo empresarial, siendo retirado a los pocos días de los estantes.

La idea de Torquibando, según reconoció en una entrevista que no llegó a ser publicada, a un redactor del Semanario The Economissing, le sobrevino cuando estaba buscando desesperadamente un lugar en donde solucionar una repentina apretura de vientre (había desayunado mermelada de grosellas), y se encontró con que todos las cafeterías, bares, restaurantes y comercios que hallaba, esgrimían el letrero de «Aseos solo para uso de nuestros clientes». Apremiado por la necesidad, tuvo que comprar una pirinola en un hipermercado (que, según confiesa, no necesitaba para nada) y, para colmo, tampoco le sirvió para lo que precisaba pues, en el colmo de la mala suerte, se fue por los pantalones antes de llegar al lugar de servicio.

He conseguido el  texto de aquella entrevista de publicación frustrada, gracias a la amistad con un miembro del Consejo Editorial de The Economissing. En las propias palabras de Torquibando, su propuesta consistía en lo siguiente:

«Se trata de aprender a no competir, dejando a un lado la tendencia natural a ser considerado como perteneciente a la élite de nuestras complejas y desquiciadas tribus. Enfrentarse en peleas con el resto de nuestros coetáneos para destacar sobre ellos y así poder gestionar una parcela mayor de poder y ganar, por esta razón, más dinero y más poder, no mejora la productividad general. Al contrario, la reduce, porque en combatir a los que creemos más capaces que nosotros, se pierden, inútilmente energías, se desanima a muchos que no cuentan con apoyos y se incrementa la corrupción de las estructuras».

Torquibando no estaba, según aclaró, en realidad, apoyando el abandono de la batalla por la supervivencia. Más bien, apoyaba «reservar las fuerzas para utilizarlas en el momento adecuado, pues es imposible luchar contra los corruptos». Al igual que en el dominó, en el que el jugador que dispone de muchas fichas de un mismo palo, debe saber conservarlas para ponerlas sobre la mesa en el momento más tardío del juego, cerrando así la posibilidad de acceso a la pareja contraria, quien disponga de habilidades o virtudes o esté dotado de una inteligencia especial, y no quiera que sus naves queden destruidas por el fuego granado de quienes defienden sus posiciones de privilegio, debe aparentar ser imbécil.

En su libro, del que tengo un ejemplar dedicado, indica que «la estrategia de perdedor ha de mantenerse en tanto sea posible, adornándola con equivocaciones y errores controlados que harán pensar a quienes nos rodeen que se encuentran ante alguien al que no han de temer en absoluto, despertando el sentimiento de lástima hacia nosotros, que, como es sabido, es vecino al de aprovechamiento de la debilidad del prójimo.»

Torquibando fue contrario a las estrategias encaminadas simplemente a ganar, y que se basan en aprovechar las oportunidades en las que poder desarrollar nuestras teóricas habilidades o ventajas comparativas. Al no encontrarnos en un mercado perfecto, en el que lo que más falta es la honestidad, creyó un error entrar en competencia con nuestros congéneres, ya que todos los que se consideren iguales tendrán, exactamente el mismo deseo y, lo que es peor, constataremos, si somos sinceros, que habrá muchos superiores a nosotros, a los que nos enfrentaríamos sin tener ninguna opción, salvo que faltáramos a la ética, lo que Torquibando descarta.

«Si en el año 1750 después de Cristo, cuando la Humanidad contaba con menos de 800 millones de personas, ya se habían generado miles de cerebros superdotados que causan nuestro asombro, podemos imaginar, sin réplica, que hoy en día, con más de 6.000 millones de habitantes, la Tierra tendrá 16 o más  Leonardos de Vinci,  otros tantos Maquiavelo,  diez Laplace, una decena y media de Poincaré, siete Huanchu Doaren, etc., etc. »

Si no competimos,  podremos dedicar nuestro tiempo a realizar las tareas sencillas que se nos encomendarán por quienes se crean superiores a nosotros, reservando la energía para colaborar, fuera de mercado, en hacer que la sociedad funcione algo mejor.

Reconozco que, si los escritos de Zygmunt Bauman ya me habían abierto algunas esperanzas de que la Humanidad abandonase la lucha biológica por la supervivencia y se dedicara a cooperar por el bienestar del conjunto , las ideas de Torquibando me emocionaron.

Enterarme de que había fallecido, víctima de un ataque de caspa, fue una dura sorpresa, de la que me cuesta reponerme. No estuvimos muchos en su sepelio; apenas la familia -estaba divorciado, no tenía hijos, y vivía solo, con la única compañía animal de una pareja de periquitos machos-, su casero,  unos cuantos amigos que, según me pareció, no se conocían entre sí y un desconocido de todos, que era yo, deambulando perdidos por la sala del tanatorio en donde su cadáver era exhibido como en una pecera.

Había ordenado que su cuerpo fuera incinerado, junto al manuscrito y los ejemplares de su libro que habían sido retirados por la censura y que alguien trajo en una furgoneta, deseo específico que fue aceptado a regañadientes por el tipo del crematorio.

Volví a casa y me agarré al ejemplar de «Aprendiendo a no competir», como a un tesoro.

FIN

 

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Aprendiendo, bienestar, competir, corrupción, cuento, cuento de invierno, estrategia, fracaso., gurú, libro de empresa, triunfar

Cuento de invierno: Rigor a la carta

10 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

Riguroso Poveda era muy exigente. Antes de salir de casa, se cercioraba de que el traje no tuviera arrugas, manchas de grasa o algún dobladillo descosido. La raya del pelo, ya algo ralo, parecía estar delineada con tiralíneas; el bigote, recortado al milímetro; las gafas de concha, pulcras; los zapatos, refulgentes cual patena.

Si el exterior lucía inmaculado, el interior no le iba a la zaga. Catedrático de Ampliación Vastísima de Matemáticas Orondas, en la Escuela Politécnica de Selección de Ingenios, su orgullo no tendría parejo ni en el emperador del pollo frito. Cuando impartía, cada año lectivo, la primera lección de su asignatura, escoltado por los tres ayudantes, a quienes hacía sentar en primera fila, junto a los alumnos, atraía curiosos incluso de disciplinas nada afines.

Constituía todo un espectáculo, verle interesarse por los conocimientos de aquellos a quienes, con su intensa sabiduría, le correspondería desbravar, adoctrinar, amedrentar, sojuzgar aquel semestre. Como no disponía aún de la lista oficial de matriculados, estaba  obligado a sacar a la palestra a los infelices que utilizaba para escarnio, guiándose únicamente por el azar o su intuición.

No fallaba. Acá y allá detectaba incompetentes, ineptos, ignorantes, fatuos, asnos para conocimientos que el juzgaba obvios, pertinentes, de inexcusable omisión, de incalificable ausencia.

-¡Será imposible convertir a Vd., con esa materia prima con la que acude a mí a ninguna otra sustancia que a puro material de desecho! ¡Es Vd. una escoria intelectual, un caso irremisiblemente perdido!

Y el alumno se volvía al asiento, con aspecto compungido, haciendo cortes de manga a las espaldas del ilustrado orate.

-¿No le han enseñado aún lo que son las transformadas discretas de Fourier? ¿No oyó hablar hasta ahora de la convolución circular? ¿Confunde el algoritmo de Bluestein con el de Rader? ¿Y piensa Vd. que le hagan caso cuando tenga que hacer una reconversión forzosa?

Algunos de quienes formaban el auditorio debía esconderse tras las tapas levantadas de los pupitres para que no se les advirtiera tronchándose de risa con las ocurrencias.

El profesor Poveda, cuando se recluía en su casa, -en donde vivía con una hermana algo trastocada -que era la que se encargaba de los zurcidos y labores menestrales, incluidas la adquisición y preparación de víveres y a la que la maledicencia atribuía, erróneamente, un régimen de carnal coyunda-, se pasaba el tiempo en que no repasaba lo que ya sabía, mirando por la ventana.

-Mira esos dos, Esteonora -apremiaba a su hermana, para que viniera a su lado-. Parecen el resultado del algoritmo de Bolzano, encerrado él en un reducido espacio incomunicado, de tanto como ella lo atosiga.

Y Esteonora, que se había hecho experta en tocar la flauta travesera, sonreía.

Sucedió que, un buen día, a Riguroso Poveda lo llamaron para ser miembro del jurado que otorgaba el Premio a la Creatividad Científica, en representación de la comunidad local. Tenía, desde luego, currículum y, aunque no era apreciado en todos los sectores, no eran pocos los que se jactaban de que, gracias a sus enseñanzas, habían podido comprender mejor el sentido fatuo de la existencia.

Riguroso Poveda asistió a la primera reunión del comité, como corresponde, ataviado con su mejor traje, en uno de cuyos ojales había encajado la insignia de oro y brillantes que le acreditaba como colaborador asociado o correspondiente de la Rusian Scientific Society of Qualified Eccentric Persons (RSSQEP).

Cuando se le dio a leer la relación de posibles galardonados, manifestó de inmediato su total discrepancia.

-No encuentro que ninguno de ellos sea merecedor del Premio. Les falta algo sustancial -expuso, con determinación.

-¿Qué es, profesor Poveda, lo que echa en falta de estos ilustres colegas, que, por cierto, han sido ya reiteradamente premiados en otros certámenes de mayor calidad que el nuestro?

El profesor Poveda, que había visto su nombre en la relación, indicó, con acerada parsimonia.

-Lo que les une a todos en su carencia es, sin duda, no estar muertos. Todos ellos viven por ahora y, por tanto, huelga que se les premie. No hay razón para limitarse tanto, ensalzando a quien aún no ha terminado su obra.

Y concluyó:

-Este premio solo debería ser otorgado a un difunto, pues será la medida de que todos sus méritos, descubrimientos y hallazgos no podrán, por naturaleza, aumentar. Así se extenderá el galardón a alguien que tenga su vida cumplida y cerrado para siempre el archivo que pudiera hacerse con los productos de su creatividad.

La propuesta pareció, tras una larga discusión, aceptable, ya que no absolutamente pertinente y, por mayoría simple, se aprobó la moción.

-¿Qué haremos, sin embargo, si todos los propuestos en esta lista están, por lo que nos consta, vivos y coleando todavía? -demandó el Presidente del Comité.

-Eso tiene fácil arreglo -expresó, con su habitual decisión y prístina ocurrencia, el profesor Riguroso Poveda.

Y así diciendo, para consternación de los más, sacó una pistolita del bolsillo, y allí mismo se descerrajó la cabeza.

FIN

 

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Cuento de invierno: Saber para olvidar

9 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Alguna vez hemos escuchado que para ser auténtico sabio hay que saber lo que se ignora, juego de palabras de apariencia estúpida si no se fuera capaz de descubrir que ese segundo saber al que se refiere el aforismo consiste en poner límites a los territorios de la ignorancia, sin preocuparse por adentrarse en ellos.

Por otra parte, con el avance implacable de la edad, todo ser humano comprueba que va ignorando incluso lo que sabe, con lo que, si la vida del sujeto, ya sea instruido o analfabeto, llega a ser lo suficientemente longeva, se llega a un estado de ignorancia perfecta, un incompetente incluso para recordar el propio nombre.

Resulta emocionante comprobar, sin más que aguardar a que la naturaleza haga su cruel trabajo, que el mayor de los sabios puede volverse incapaz de apuntar una sola certeza en la página en blanco de su memoria. Una preparación, por lo demás, sorprendente, para lanzarse por el camino de alcanzar la omnisciencia que suelen prometer las religiones verdaderas, ya que se sale de este mundo físico, si se llega a completar el ciclo vital sin interruptus, desprovisto de cualquier resto de inmundicia lógica adquirido en él.

Tengo ahora en mis manos uno de los libros de Jean Henri Fabre (1823-1915), naturalista, entomólogo y poeta, que corresponde a la deliciosa colección «Souvenirs Entomologiques». Fabre fue un observador cuidadoso de la naturaleza, y sus escritos, cargados de poesía y con un vocabulario esplendente, sugieren los elementos descritos, con tanta perfección y riqueza de términos, que suelen hacernos creer frecuentemente que los tuviéramos a la vista.

Cuenta Fabre que, un día, Louis Pasteur (1822-1895) llamó a su puerta. Aunque no recoge la fecha, supongo que debía ser sobre 1865, cuando el Gobierno francés encargó a Pasteur estudiar la plaga que estaba destruyendo la industria de la sericicultura en la región de Aviñón. Ambos tenían la misma edad, se encontraban en la plenitud de sus vidas y, aunque ya habían realizado trabajos destacables, puedo imaginar que Jean Henri no tenía razones especiales para admirar a Louis, del que «había leído su hermoso trabajo sobre la disimetría del ácido tártrico» y «había seguido con vivo interés sus investigaciones sobre la generación de los infusorios».

A Fabre le sorprendió que Pasteur no tuviera ni idea de lo que era una crisálida, la metamorfosis o cualquiera de los «mil menudos secretos de la entomología» que sabría «el último niño de la escuela» y…sin embargo, reconoce al recordar esta anécdota «iba a revolucionar la higiene de los criaderos y los gusanos y aún la medicina y la higiene en general».

La conclusión que extrae Fabre de esta observación de la ignorancia de aquel colega que merecería los más altos laureles, me ha parecido espléndida. «Animado por el magnífico ejemplo de los capullos, me impuse adoptar el método ignorante en mis investigaciones sobre los instintos. Leo muy poco (..) No se nada, tanto mejor: mis interrogaciones serán más libres (…)»

No estoy seguro de si esto parecerá un cuento al lector. Si lo incluyo aquí es porque, cuanto más medito sobre el método ignorante, más sabio me parezco. Tal vez a Vd. le pueda suceder lo mismo.

Y si no fuera así, me permito recordarle que, al final, …todos calvos y, aunque nos cueste admitirlo, ignorantes.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuentos, cuentos de invierno, entomólgo, Fabre, gusano de seda, ignorancia, infusorio, olvidar, Pasteur, saber, sabio, sericicultura

Cuento de invierno: Razones de dragones y Princesas

8 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Las Princesas son, como los Reyes, los centauros o dragones, creaciones imaginarias, que solo tienen su razón de ser en los cuentos. Todo el mundo es consciente, cuando está sobrio, que no pueden existir personajes de sangre azul, ni cuadrúpedos con cabeza humana ni serpientes aladas que echen fuegos por las fauces.

Como criaturas irreales, de las que no es posible conocer con la más benévola certeza, qué piensan, hacen o destruyen, la imaginación de las gentes, a lo largo de los siglos, ha ido tejiendo en torno a esos seres un entramado mitológico. Lo curioso es que, olvidando los orígenes, muchos creen -o son obligados a creer- que tales construcciones mentales existen.

En el país de Valgamediós, en la zona limítrofe entre la imaginación y la certeza, vivía una familia real. Su inexistencia era pacífica, puesto que se limitaban a ocupar la zona encantada en la que nadie osaba penetrar, pues la amenaza de graves calamidades y desgracias a cuantos se aventurasen en esa tierra desconocida a los mortales, era suficiente para mantener a raya a los curiosos.

Como en todos los cuentos, había en la corte imaginaria, privilegios, lacayos, carrozas, fiestas, pleitesías y admiración fantasiosa respecto a lo que se suponía podía ser la vida de los habitantes del castillo encantado. A veces, alguien se jactaba de haber penetrado -echándole mucha imaginación-, como furtivo, en el territorio onírico, y contaba historias fabulosas del carácter campechano del Rey, de la inteligencia sobrenatural de la Reina y de la gracia y donosura de los Príncipes y Princesas que poblaban las páginas del cuento.

Un día, sin embargo, sucedió algo increíble. Los personajes del cuento empezaron a aparecer en la vida real, es decir, en la vida normal y aburrida, de los habitantes de Valgamediós.

Primero, alguien dijo que el Rey había sido visto con una plebeya, de la que, se elucubró de inmediato, estaba enamorado. Luego, fueron varios los que afirmaron haber conocido, de muy buena tinta -esto es, tinta indeleble-, aventuras reales con pastoras, artistas de cabaré y esposas de capitanes de su guardia real, aquellos que velaban para que la frontera no se traspasara.

El asunto empezó a ser muy serio, cuando el Príncipe heredero se enamoró perdidamente de una persona de carne y hueso y decidió casarse con ella.

Todos los encargados de mantener la fantasía se opusieron al desatino.

-Me caso -explicó el Príncipe ilusionado- y no me importaría perder mi condición inmortal para dar cumplida satisfacción a mi deseo. El Rey le explicó que no había ninguna necesidad de dar ese paso, pues los privilegios de los habitantes de la fantasía implicaban que sus deseos podían ser satisfechos sin tener que perder prerrogativa alguna.

-¿No puede ser que, dada nuestra condición inmortal, contagiemos al menos a una persona real de nuestra esencia? ¿No dicen los libros de cuentos, que son nuestra guía, que todo lo puede el amor? ¿No será esa unión que pretendo, la forma de convencer a quienes creen en nuestra existencia, que nuestro mundo y el de ellos tienen puntos de encuentro?-argumentaba el Príncipe, contemplando con melancolía inusitada lo que, en su terquedad -lanzada desde lo imaginario a lo real- pretendía eran caminos de felicidad que no podría alcanzar mientras se mantuviera preso en los límites de lo onírico.

Fue imposible convencerlo. Y, lo que es aún peor, sus hermanas, las Princesas, siguieron por ese camino.
Abandonaron, para consternación de quienes los habían creado y disgusto de quienes formaban parte de la irrealidad de la Realeza, los terrenos que les estaban destinados, y se confiaron en los brazos del amor.

Nadie les dijo que el amor era un antídoto muy útil para los mortales, que les hacía -al menos, por momentos- olvidar su condición perecedera, pero resultaba una pócima destructiva para quienes procedían del mundo de los cuentos.

Esa vulnerabilidad fue aprovechada por un dragón, que, echando fuego por sus bocas, se dedicó con todo su ahínco a hacer lo que es propio de tales seres mitológicos, que es seducir a Princesas y Príncipes incautos y consiguió atrapar a una de las Princesas.

El dragón de este cuento no tiene torre de marfil, sino mazmorras, y, llevado por otra imaginación, ha sometido a la cautiva a la más exhaustiva observación, exponiendo sus intimidades sin pudor. Las páginas del cuento se han poblado de cántaros rotos, secretos descubiertos del campo de la imaginación.

No hay en la realidad, como sucede en los cuentos, un Príncipe encantador que corte con su espada invencible la cabeza de los seres mitológicos que se pongan en su camino. Los procedimientos son tediosos, imprevisibles por el resultado, amargos en su naturaleza.

Los Reyes y las Princesas no pueden utilizar en ese espacio sus virtudes imaginarias, sino que, al ser iguales a los demás son, por ello, muy vulnerables. En el territorio del dragón, el destino de los miembros de sangre azul es ser devorados sin piedad.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: amor, centauro, cuento, cuento de invierno, curioso, dragones, furtivo, mortal, princesas, principe, privilegios, secuestro, torre, unicornio, zona encantada

Cuento de invierno: El cuervo y el huevo

6 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Érase una vez que se era, un país dominado por las alimañas. Sin que se supiera muy bien la razón, las tierras, las aguas de mares y ríos y hasta el aire de ese país, estaban controlados por los animales depredadores más abominables.

Para fijar las ideas, y que el lector no caiga en confusiones que pudiera hacerle malentender el sentido de esta historia, sucedía que en los prados y los bosques, y en todo el terreno firme que pudiera abarcarse con la vista, dominaban las hienas, los coyotes, los lobos carroñeros y las víboras de todo pelaje, coexistiendo con las tarántulas y otros bichos venenosos; en las aguas dulces, los lucios y los cocodrilos campaban por sus respetos y en las saladas, vibraban los tiburones y otros escualos, junto a los cangrejos, los gobios y las medusas, y lo hacían con todo su maligno esplendor y máxima desfachatez; y en el aire, los cuervos, las urracas y los buitres se habían constituido en los controladores, en su propio beneficio, de cuanto pretendieran los demás animales alados, a los que avasallaban sin piedad.

Es cierto que había leones, tigres, elefantes e hipopótamos (por ejemplo) que, por su tamaño y natural destreza, podrían haber mantenido a raya a animales que, en la escala de fuerzas comparadas, hubieran podido establecer su ley. Nada cabría objetar, teóricamente, a que, si se librara una batalla de igual a igual, los cachalotes y las ballenas hubieran podido ahuyentar a los escualos, los córvidos se sintieran amedrentados por las águilas o los lucios por los manatíes, …

Pero no era así, sino al contrario. En el país de esta historia, reinaba la calma, a pesar de la patente injusticia.

Podía calibrarse la cuestión como producto de la dejación de los más poderosos y del omnímodo poder reproductor de lo que se había dado por conocer como El Sistema, un complejo entramado de favores y dádivas, acogidas al principio de do ut des, que se enseñaba en las escuelas de Derecho, y que la práctica había adulterado. También podría alegarse, buscando entre las cenizas y los despojos, que la falta de unión y la torcida representatividad, en las pirámides sociales y en los estamentos de poder, de quienes detentaban, de lejos, las mayorías, les había conducido a ese penoso y desaforado extremo, en el que el voto de muchos no valía más que para limpiarse las heces de los que anidaban arriba.

Pero no es cosa ahora de profundizar en las razones históricas, sino de atenernos a la real situación que se había implantado en aquel territorio, alejado de las sanas reglas de la naturaleza, que rigen la convivencia y el respeto común.

En lo que interesa contar ahora, y ciñéndonos a lo que pasaba en el aire, los buitres y los córvidos, como quedó expresado, hacían lo que les parecía mejor a sus intereses y, lo que es ciertamente lamentable, contaban con la aquiescencia de los poderes fácticos del reino alado, que se doblegaban a lo que aquellos querían, cuando no por apoyo explícito, por dejación excrable.

Sucedió que a un cuervo muy plumoso se le antojó el nido que había construido una pareja de jilgueros, en la que una pacífica familia de fringílidos, venía, año tras año, alimentando a su prole. Era, en verdad, un hermoso nido, fabricado con paciencia, imaginación y cariño por los trabajadores pajarillos, que, además, con sus floridos cantos, alegraban las mañanas de cuantos pasaban por allí, que se hacían lenguas de tanta armonía como habían sido capaces de crear en un paraje, por demás, desolado.

Una mañana, aprovechando que ambos progenitores estaban a la búsqueda de insectos con los que atender a sus polluelos, llegó el taimado cuervo, acompañado de otros de su banda, tiró por la borda a los indefensos hijuelos, y se instaló tan pancho en el nido ajeno, dispuesto a disfrutar de la casa que no era suya, de las vistas cuyo disfrute no le pertenecía, y, por supuesto, sin tener el menor remordimiento por haber sacrificado víctimas inocentes para satisfacer su cruel intención.

Los desolados padres, tan pronto se percataron del desaguisado -que aún no había sido consumado, pues volvieron de su tarea a tiempo de ver a la pandilla de cuervos sacrificando a su familia – después de enjugar sus lágrimas como bien pudieron, acudieron a las instancias jurídicas que funcionaban en el territorio, cuya función y no otra era, obviamente, mantener oficialmente el orden y hacer cumplir las leyes.

Hagamos un paréntesis. Era notable, y actuaba este extremo como barrera de humildes, que los órdenes jurisdiccionales se movían con gran lentitud, acumulando las peticiones de restablecimiento de la justicia, lo que servía, por supuesto, a los intereses de los depredadores y no al cumplimiento de las disposiciones que, con resultados inquietantes, habían sido promulgadas en teoría para defender lo que, aún entre animales, se entendía como estado social y de derecho.

En primera instancia, a pesar de lo fundamentado de la petición de los mancillados jilgueros, el juez animal -una lechuza corta de vista- dio la razón al cuervo. Puede ser que tuviera intereses espurios para actuar de esa manera, aunque no había forma de probar tal sospecha. En aplicación de esa sentencia judicial, el cuervo se asentó en el nido, y, ejecución provisional de ese derecho que se le otorgaba, amplió la casa ajena a su conveniencia y, llamando a su pareja, se disponía, siguiendo las leyes de su propia naturaleza, a poner los huevos que correspondían a su calaña, consumando así la expropiación. Pues dice el refrán, cuando no exista el fuero, pon el huevo.

No contaba el cuervo con que en segunda instancia y aún en tercera, la sentencia que le había autorizado al despojo, resultó revocada. El consejo de estorninos y pájaros carpintero, les quitó la fuerza de las razones. Los jilgueros se sintieron en buena parte recompensados por el hacer de los órganos superiores y solicitaron, respetuosos, que se cumpliera la sanción definitiva, y se ordenase el desalojo de los cuervos, restituyéndoles su propiedad perdida y resarciéndoles, al menos económicamente, de las pérdidas sufridas.

Pero si la cuestión parecía resuelta, no lo fue por la habilidad de los cuervos para abrir un nuevo capítulo inesperado en la historia. Cuando supieron de la condena, subarrendaron de inmediato el nido a un córvido cojo y demandaron de la justicia que, en amparo del derecho de los animales minusválidos a disponer de una vivienda digna, se autorizara al handicapado a ocupar la casa.

El juez de las aves que entendió del caso en primera instancia -un inteligente ejemplar de oropéndola, ejemplar que ya escaseaba en aquellos predios-, no se dejó engañar por la añagaza, y falló en contra de la pretensión, que estimó completamente falsaria. Los jilgueros tuvieron, con ello, un soplo de aire fresco, que les imbuyó de redoblada confianza en la justicia.

Ah, pero no acabó aquí la historia, que va camino de ser larga. El córvido cojo y los córvidos sagaces, gente esta última con poderosas influencias entre los animales superiores, actuando éstos -decían- en apoyo del incuestionable derecho del inválido a tener su nido, apelaron a instancias más altas.

Para consternación de los sufridores fringílidos, que ya habían perdido en lo que iba de pleitos, todos sus ahorros en granos y falsas esperanzas, los tribunales más altos -esta vez, formados por cuervos disfrazados de halcones y urracas con pintas (de pájaros bobos)- fallaron en contra, acreditando el derecho del córvido cojo a habitar una casa digna, sin entrar a considerar la forma en que había sido obtenida, ni los nidos que estaban desocupados capaces para ese uso, ni los reales intereses que se movían por detrás, que eran las cuerdas de los córvidos orondos.

Nos encontramos así frente a una aparente paradoja. El nido de jilgueros expropiado no puede ser morada para córvidos sanos que desplazaron a sus legítimos dueños, como decretaron los altos tribunales pero sí puede ser expropiada, por decisión de otra sala de los mismos altos tribunales, vivienda de un córvido cojo.

Muy contentos, los córvidos sagaces, con la sentencia en la mano, dieron unos dineros al córvido cojo, estéril, agradeciéndole sus servicios, y se instalaron, tranquilamente, en el nido de jilgueros, en donde pusieron varios huevos, garantizando así su descendencia. Por lo que fue antes el huevo que la gallina, quiero decir, el cuervo.

Esa es la justicia imperante en el país donde las leyes se distorsionan al gusto de las alimañas. Al menos, por lo que vamos viendo.

FIN

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Cuento de invierno: Verdades de sabios y barqueros

5 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

De vez en cuando, llegaban incluso a la calle las explosiones de risotadas de los asistentes al espectáculo. En las paredes, carteles en colores anunciaban, señuelos irresistibles, que «La diversión está garantizada» y, como refuerzo argumental, junto al nombre de actores, cabareteras, cupletistas y hasta el de un supuesto cómico -con letras aún mayores-, otra frase contundente: «Olvide por un momento sus preocupaciones».

La función llevaba algún tiempo empezada. Habían actuado, danzando con sus cuerpos semidesnudos, una decena de jóvenes muchachas, a las que un petimetre interrumpía la cadencia de vez en cuando, empujándolas hasta hacerlas perder el equilibrio.

La sala se encontraba abarrotada de un público entregado, jovial, distendido. En el centro del escenario, fuertemente iluminado por los focos, un actor, que aparentaba no tener más de treinta y pocos años, subido a una especie de púlpito, contaba chistes e historias, nuevas y viejas, divertidas algunas, vulgares las más.

La calidad de los chascarrillos y anécdotas no parecía afectar en absoluto el ánimo de la concurrencia, que aplaudía sin reservas, riendo a placer, e incluso, de cuando en cuando, lanzaba exclamaciones y gritos de admiración y complacencia.

-¡Olé tu gracia! -llegó a decir una señora, levantándose del asiento, con una dedicación tan enfervorecida que cabría sospechar que se trataba de la madre del artista.

En esas se estaba, cuando entró en la sala una pareja de mediana edad, con las cabezas cubiertas por sendos sombreros que a todos parecieron estrafalarios. Avanzaron por el pasillo central y, guiados por el acomodador, acabaron sentándose con estrépito en la primera fila, justo delante del cómico-payaso. Tal vez provocados, recogieron algunos murmullos de desaprobación, e incluso llegaron a sus oídos un par de improperios:

-¡Fuera esos gorros! -gritó un tipo de la tercera fila.

-No se desmelene, joven. Somos los propietarios del local y aquí hacemos lo que nos venga en gana. Podríamos ordenar la evacuación si nos apeteciera, y quedarnos solos con el espectáculo -expresó la mujer, encarándose con quien así había hablado.

-¡Lo que faltaba por oir! ¡Este local es público, pertenece al Ayuntamiento! -apremió otra vez.

-Pues eso. Por si no lo sabía, mi esposo es el mismísmimo alcalde. Así que, compórtese -reincidió la señora, tan pizpireta.

El cómico reclamó orden y silencio, los ánimos se calmaron al poco y los recién llegados se acomodaron en los asientos que les correspondían. El espectáculo continuó.

-Esta pequeña circunstancia que acaba de suceder me recuerda una historia de un barquero que fue contratado por un banquero para cruzar un río.

El contador de cuentos se paró, y optó por corregirse de inmediato.

-No, no. Me corrijo. No era un barquero, era un sabio. Un sabio bastante petulante que contrató a un banquero. Tal vez, ahora que lo pienso, el asunto tenga algo que ver con la economía sumergida, ahora que ha salido a flote.

Risas en la sala.

-¡Ah, no! Perdonen. Me estaba confundiendo completamente.(Hizo ademán de manejar un catalejo). Bis veo, qué veo. En realidad, ahora lo veo mejor, si me ajusto los lentes de mirar el pasado. Veo a un sabio que está en la misma barca que un barquero. Se encuentran en medio de un lago muy grande. (Parecía estar describiendo lo que observaba, en medio de una sesión de siquiatría). Si fuera el banquero de antes, diría que estaba pescando oportunidades. Aquí una vivienda desahuciada, allá una empresa agobiada por las deudas…Pero, no, éste sabio está pescando peces.

Se hizo un silencio. El cómico siguió gesticulando.

-De pronto, se desató una tormenta. No una tormenta de ideas, de las que están ahora tan de moda, sino una más clásica, terrible, a medio camino entre la tormenta del diluvio universal y la que hundió el Titanic: con truenos, relámpagos, y granizo. Daba mucho, mucho miedo. Especialmente si no estabas en tu casa, calentito, viéndolas venir, sino en medio de un lago, sobre una pequeña barca.

Silencio en la sala.

-El barquero, que era prudente y experimentado, propuso volver de inmediato a la orilla, pero el sabio, que era petulante y engreído, quiso quedarse. Estaba teniendo mucha suerte con la pesca. «Yo he pagado tres horas de barca, y tres horas quiero. Además, cuando el agua está revuelta es cuando más pican», decía. El barquero, por su parte, opinaba que los peces no iban a salir del agua por sí mismos y estarías allí al día siguiente, así que lo mejor era largarse para estar no correr el peligro de que un rayo cayese sobre sus cabezas y las convirtiera en material de recuerdo, como las figuras de Pompeya.

Silencio.

-«Es matemáticamente imposible» explicó el sabio, poseído de sí y, sobre todo, del no, mirando su reloj, en el que contó los segundos que transcurrían desde que se veía el relámpago hasta que se oía el ruido del trueno. «Veinte segundos, cuatro kilómetros. -dijo- La tormenta está aún muy lejos. Además, es de todos sabido que la probabilidad de que un rayo caiga sobre una barca en un lago es infinitesimal».

Silencio.

-No bien acababa de pronunciar la palabra «infinitesimal» cuando un rayo terrorífico cayó, con estruendo, en la caña que sostenía el sabio, que tenía, según parece, algún elemento de grafito y de la que el erudito no había leído la advertencia de que no se debía usar en caso de tormenta. El intelectual no se carbonizó, ni se murió, ni perdió nada más que la caña. Porque la caña se le soltó de inmediato de su mano, cayendo al agua. Sin embargo, el pobre barquero cayó de espaldas y se rompió un brazo por el golpe. (El actor se tiró al suelo y se levantó, inmediatamente, doliéndose del brazo).

Algunas risas.

-«Tendrá que remar usted, porque yo no puedo», expresó el pobre barquero, retorciéndose de dolor. «Me ha estropeado la pesca», le reprochó el sabio engreído, que era también petulante y apestoso. «Ahora estaban picando como nunca», continuó, quejándose a rabiar. «No se remar, pero puedo aprender si me dice donde guarda el libro de instrucciones». Por cierto, debo precisar que los dos hombres no podían utilizar los teléfonos móviles, porque se habían encharcado con el agua de lluvia y no tenían granos de arroz para secarlos ni otros de repuesto, a poder ser, insumergibles.

Risas y silencio, a partes iguales.

-El barquero, entre gritos y ayes, explicó que no había ningún libro de instrucciones en el que se pudiera aprender a remar, porque a remar se aprende solo con la práctica. Así que rogó al sabio, que era engreído, petulante, egoísta y, además, bastante apestoso, que se aplicara a los remos, y probase a manejarlos correctamente. Pin, pan, pin, pan, así lo hizo. En efecto, la barca avanzó algo, dando unas vueltas sobre sí misma, aunque, con la tormenta, que no solo no había terminado sino que estaba en su apogeo, es decir, en la misma picorota, se levantaron unas olas terribles, como tsunamis en miniatura, que consiguieron volcarla a la de tres. El sabio, el barquero, los aparejos y la pesca, todo, cayó al agua en un santiamén, quiero decir, en el lago.

Silencio.

-«¿Sabe usted nadar», le preguntó el barquero al sabio apestoso y egoísta. «-No muy bien», contestó éste. «-Pues a mí de nada me ha de servir, con este brazo roto», se lamentó el barquero. «Así que no tenemos otra solución que ponernos a rezar y esperar a que se cumpla nuestro destino», dedujo, de forma pragmática, el buen hombre.

Silencio. Una voz desde lo profundo de la sala: «¡Esa historia no tiene ni pizca de gracia!». La pareja de la primera fila, los dos que habían llegado tarde, se miraron. Sin inmutarse, el cómico-actor, prosiguió con su cuento:

-«Soy agnóstico», expresó el sabio, y continuó. «Pero, en este cuento, a diferencia de ese otro en el que el sabio no sabía nadar y el barquero, que no sabía nada, se salvó, aquí el que sabe nadar soy yo, así que usted será el que cumpla su destino, rezando, y yo quien me salvaré». Y así diciendo, se alejó de la barca, mal que bien, nadando, una mano delante y otra atrás, hacia la orilla.

El cómico avanzó cuanto pudo al borde del proscenio, y, levantando un brazo, explicó:

-Yo era el barquero, y, como ven, me salvé. El sabihondo apestoso que me dejó en medio de la tormenta, con el brazo roto, era, en realidad, el que hoy tienen ustedes como alcalde, aquí presente, y al que he tenido el gusto de invitar a esta función. Como ven, el se salvó también, pero no volvimos a vernos hasta hoy, ya que yo me dedico desde entonces a contar historias.

Se inclinó hacia la pareja de la primera fila, y en tono educado, pero firme, preguntó:

-¿Me quiere usted, por fin, devolver el flotador sobre el que está sentada su señora, señor alcalde?

Risas sin sentido. Se oyó un bufido, como el desinflar de un globo.

FIN

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Cuento de invierno: Homo Inutilis

4 febrero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

Vio al encargado-jefe avanzar, tan rígido e inexpresivo como siempre, hasta su despacho, un reducto con mamparas que apenas le concedía algo de intimidad. Entró sin llamar, como un autómata, y notó, en un instante, que su frialdad contagiaba a la atmósfera; sintió un escalofrío.

-Buenos días, -dijo Meguelindo, levantándose del asiento, con indisimulado respeto.

Pero no esperaba respuesta. Meguelindo Doctorato conocía por experiencia de bastantes años que los buenos modales no formaban parte del ideario de AISCO (Advanced Integrated Solutions Co.). En todo caso, podría admitir que había sido una especial deferencia, que el encargado-jefe no hubiera utilizado, como era preceptivo según la normativa interna, intranet para enviarle un mensaje o una instrucción de trabajo.

Pero esa excepcionalidad solo revelaba que la comunicación que iba a hacerle le afectaría de forma personal, directa y terrible.

El encargado-jefe puso sobre la mesa, moviendo su brazo articulado, una caja negra.

-A partir del próximo mes, este aparato será su sustituto.

Meguelindo miró desolado la caja, comprendiendo de inmediato que, fuera lo que fuese lo que tenía enfrente, su vida estaba a punto de cambiar. En una película rápida, pasaron por su mente los muchos años de Universidad, las estancias de perfeccionamiento en Estados Unidos y Alemania, la incorporación a aquella empresa de alta tecnología como premio a tanto esfuerzo, las sucesivas reestructuraciones, la crisis sistémica, la crisis total, la reducción de empleo en aras de la automatización, la búsqueda obsesiva de rentabilidad de la que él mismo había sido uno de los principales artífices.

Por supuesto que no el único responsable. Había más involucrados, pero no conocía cómo funcionaba exactamente el Sistema. Hacía tiempo que había perdido contacto con quienes fijaban los objetivos del grupo. El se limitaba a hacer bien su trabajo, y punto. Cobraba puntualmente su salario, y punto. Le importaba su familia, no lo que pasara con los demás, porque cada uno es responsable de enderezar su vida y orientarla de acuerdo con los intereses propios.

-¿Estoy despedido? -preguntó, quitándose las gafas con las que ya compensaba su incipiente presbicia, y apagando, instintivamente, el ordenador en el que acababa de cargar el nuevo programa mixto de mantenimiento preventivo, optimizado con algoritmos paliativos complejos (OMPMACM), que le habían enviado desde el departamento de Recursos Robóticos.

-El Sistema no pretende causar daño, no está programado para el daño. La optimización global con máximo beneficio es el único objetivo. La sustitución permitirá que Vd. pueda dedicarse a trabajos más acordes con su naturaleza.

El encargado-jefe construía sus frases siempre ordenadas de la misma forma: sujeto, predicado verbal y complemento que les confería un tono aún más distante. Su cerebro estaba construida para que sus mensajes resultaran claros, inteligibles, directos para cualquiera.

Meguelindo Doctorato podía haber preguntado cuáles serían esos trabajos más acordes con su naturaleza. No lo hizo, porque, cualquiera que fuera la respuesta que el encargado-jefe le hubiera dado, no le hubiera servido para nada.

¿Sentir emociones y evasión sin moverse de casa? ¿Conectarse a dosificadores que le proporcionarían placeres sensuales, gustativos, deportivos,…? ¿Recuperar del sótano viejos libros impresos, ya comidos por las carcomas y las ratas?…No, no. Sabía bien, porque había visto en resultado en el deterioro de anteriores colegas, que, una vez se abandonaba el mundo del trabajo -siempre a disgusto, siempre forzados-, al homo inutilis le esperaba el gélido abrazo de la desidia, el desánimo, la apatía, que le iría cercando como una yedra se enhebra sobre el árbol herido.

El encargado-jefe se fue, dejando la puerta abierta y la caja sobre la mesa. En el inmenso taller, el ruido de las máquinas que, durante tantos años, había sido para Meguelindo apenas un sonido de fondo instrumental, se le convirtió en algo ensordecedor. Miró las decenas de autómatas, perfectamente alineados, ocupando el espacio con aprovechamiento imposible de mejorar, todos ellos realizando su trabajo con una eficiencia insultante. Mucho mejor, desde luego, que las miles de personas a las que, a lo largo de los años, habían ido sustituyendo.

Sin fallos.

De la caja negra surgió una voz metálica:

-En los próximos tres días, estaré a su lado, para terminar la captación de toda su experiencia práctica. Desde hace meses, vengo absorbiendo todos sus conocimientos, por observación telemática continuada. Estoy programado para resolver las más complejas cuestiones con máxima optimización. En memoria tengo ya incorporados todos los trabajos e informes realizados por Vd. en su vida laboral en esta empresa. Usted no tiene que prestar atención, solo seguir haciendo su trabajo normal y seleccionaré lo que resulte pertinente.

Meguelindo Doctorato hubiera querido quejarse ante el representante del sindicato. Pero no había. Hubiera querido gritar que era injusto el tratamiento que se le estaba haciendo, después de tantos años de servicio. Pero nadie le hubiera atendido.

Hubiera deseado hablar con algún compañero sensible acerca de las más elementales reivindicaciones laborales.

Pero era el único ser humano que quedaba en plantilla en aquella empresa. Es decir, hasta ahora, hasta dentro de tres días, para ser exactos.

Tuvo el deseo de romper la caja, abrirla para descubrir su contenido. No lo hizo, porque estaba seguro de que se trataba de una muestra sin valor, una añagaza más del Sistema para desorientar, y que estaría vacía, como todas las demás.

FIN

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