Al socaire

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Cuento de primavera: El amorcillo despistado

21 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Poco el mundo sabe que los amorcillos, que han sido representados no pocas veces en frescos y pinturas, existen. Esos niños imbuidos de una infancia eterna, que juguetean, inconscientes de su desnudez voluptuosa, con flechas, mariposas, racimos de uva o copas de vino, tienen la misma realidad que faunos, náyades, dioses, sátiros o bacantes, por nombrar solo algunos de los innumerables seres que pueblan el universo de la Mitología.

Entre los amorcillos, los hay más hermosos o más feos, más o menos atrevidos, poco o nada sensatos. Sus mentes infantiles al fin y al cabo, no han podido ni podrán madurar ni adquirir vicios o malicias, y, por tanto, son, en su capacidad de improvisar sin valorar las consecuencias de sus actos, imprevisibles.

No existen, hasta donde se conoce, guarderías celestiales, por lo que los amorcillos campan libremente por todo lo largo y ancho del espacio disponible. Siendo éste, ene-dimensional e infinito, y a pesar de ser ellos muchos, sería una rareza improbable encontrarse con alguna de estas criaturas, sino fuera porque, como moscas a la miel o granos a la cara de la adolescente, tienden a juntarse en tropeles allí donde se reúnen los humanos, teniendo especial predilección en aplicar sus juguetones ardides a hombres y mujeres jóvenes, a los que hacen perder fácilmente la razón por los vericuetos de las delicias del sexo, obnubilando incluso a algunos -sin importarles edad ni condición ni género- para escalar los riscos imponentes de la lujuria, en donde los exploradores carentes de preparación se arriesgan a morir por falta de oxígeno o exceso de capricho.

Como quedó expresado, estos celestiales niños no son responsables ni conscientes del resultado de sus triquiñuelas, pues ellos, puros como el agua del deshielo polar, no sienten ni padecen de lo que provocan en sus víctimas, que de esta forma puede cabalmente denominarse a aquellos humanos en los que se ceban con sus gracias y artilugios, pues si unos causan placer, otros dan lástima.

Uno de estos amorcillos, llamado Pistus, se fijó en una joven, ayudante de peluquería, y la tomó con ella, para disfrute de sí.

Puede que fuera por el color de su pelo -de un verde intenso veteado de rayas rojas y azules-, por los complicados tatuajes de su espalda y brazos (en lo que tenía visible, pues había más), que asemejaban dragones y extrañas flores, o, simplemente, porque, cuando dejaba de trabajar en el sitio de trasquilar y hacer las uñas, y, en llegando a la casa de huéspedes en donde compartía habitación con dos gatos que tenía recogidos de la calle, se metía por la nariz una dosis de polvos misteriosos, para luego hacer el recorrido, con ánimo despendolado, y hasta altas horas de la noche, por los más oscuros garitos de la ciudad.

Pistus la siguió toda una noche, y no encontró en ese periplo el menor motivo para reírse, quedando muy decepcionado.

La muchacha aceptaba invitaciones a troche y moche para beber cualquier brebaje, se abrazaba, alzando risotadas, con desconocidos de aspecto sospechoso, danzaba a su ritmo sin guardar la compostura, reñía a voces con quien se interponía poniendo paz entre las grescas, recibía amenazas de muerte junto a palmadas al trasero, trastabillaba cuando no caía y se arrastraba si no se tenía en pie. De madrugada, volvió, tropezando con todo, a la casa de mala muerte en donde tenía habitación y sus dos gatos, y se dejó caer, desfallecida, sobre el catre revuelto, vomitando en las sábanas.

Pistus, como cualquier amorcillo, no entendía de los comportamientos humanos adultos, pues solo le interesaban los efectos que provocaba en ellos con sus trucos, con los que aquello que vio no guardaba semejanza. Convencido de que los polvos que la joven se introducía por las napias estaban caducados, y suponiendo que habían sido dejados allí por algún otro amor olvidadizo, se fue tan campante al cajón en donde guardaba la infeliz su ración de droga de aquel día, y se la cambió por polvos del amor frescos, que tenían los mismos aspecto y textura que los que creía viejos.

Llegó la peluquera, respiró hondo aquellos polvos, y salió, como cada día, a su aventura. Pistus, invisible, pero teniéndose al lado, con plena confianza en los efectos de su pócima, se preguntaba quién sería el destinatario de la fuerza mágica del amor que despedía a raudales la peluquera y que en la más alta dosis imaginable, se había metido sin saberlo por la pituitaria.

Apenas había andado varios pasos por la acera, se encontró con alguien que le preguntó, sin ocultar la urgencia, si conocía de una farmacia por las cercanías.

-Se de una que abre las veinticuatro horas del día, pero queda algo lejos -le contestó la joven, que es momento ya que digamos se llamaba Guriela-.

Y se sorprendió a sí misma, diciendo:

-Pero no te preocupes, que yo te acompaño, pues no tengo nada que hacer mejor en este momento.

Pistus, revoloteando entre ambos, hacía cosquillas a uno y otro de aquellos humanos, ya entre los sobaquillos, ya donde los muslos cambian de nombre y de lisura.

-Es usted muy amable. Y se lo agradezco especialmente, pues he tenido que dejar a mi hijita sola en casa. Está ya próxima la hora en que debe tomar su medicina, que, por imperdonable despiste, he dejado que se agotara. Los efectos, si no le proporciono la dosis, serán terribles.

-¿Qué puede pasarle? -preguntó, con invencible curiosidad, Guriela, que, al lado, hacía de guía por las enrevesadas callejuelas hasta la farmacia de guardia. Se notaba extraordinariamente receptiva a cuanto pudiera provenir de aquella persona a la que aún no conocía.

Ella era una mujer tal vez de cuarenta años, vestida con gusto y hasta cierta elegancia; de su rostro, destacaban unos ojos grandes, de mirada intensa. No se podría decir que fuera hermosa, pero todo en ella aparecía cuidado. Con mirada profesional, Guriela no dejó de advertir que su acompañante tenía las uñas pintadas con una laca en un tono que acababa de salir al mercado, y que su cabello, a pesar de lo avanzado del día, se mantenía con unas deliciosas ondas suaves, muy atractivas.

Se llamaba Colidia.

Pistus, cuando se cansó de lanzar flechas embriagadas de amor y soltar mariposas y fragancias de ternuras convulsas, volvió con los otros amorcillos, a hacer, como solían, la recapitulación de sus aventuras. Cuando contó lo que había hecho, uno de aquellos niños eternos, se echó las manos a la cabeza.

-¡Te has confundido de medio a medio! ¡Has hecho que dos humanos del mismo sexo, dos mujeres, se enamoren perdidamente! ¡Eso va contra las leyes naturales de las especies!

-¿Qué me dices? -inquirió Pistus- ¿Crees que con solo unos polvos y un par de flechas podríamos cambiar las inclinaciones sexuales de los humanos?

-Pues no lo se -reconoció el amorcillo que había hablado primero, cruzándose de piernecitas sobre una nube-. ¿Por qué no se lo preguntamos a Afrodita Pandemos, que es la más enterada de todas estas cosas?

Allá fueron todos, en confuso tropel, en la idea de preguntarle a Afrodita Pandemos, que acababa de separarse de Hefesto, y jugueteaba en su lecho con Eros, entre un revolotear de palomas y un olor a mirtos y rosas bastante empalagoso.

-Afrodita, perdona la interrupción -dijo uno de los amorcillos más osados- queremos preguntarte algo. ¿Crees posible que, con el poder que nos ha sido dado, consigamos que dos mujeres o dos hombres…

De pronto, se interrumpió. De entre las sábanas, algo bulló y asomó la cabeza de Hera, muy sonriente, aunque algo colorada, si bien no tanto como la manzana que estaba mordisqueando.

Los amorcillos se alejaron discretamente, comentando, entre risas nerviosas, lo que creían haber visto o intuido, y, como son seres que existen al margen del tiempo, reconstruyeron sus ideas sobre las inclinaciones de sus víctimas pasadas, recuperando escenas que habían interpretado, en su momento, de otra manera.

Pistus, azorado, volvió al lugar en donde había visto por última vez a las dos mujeres, seguido por unos cuantos amorcillos.

No encontraron rastro de su anterior presencia en aquel sitio y, como eran incapaces de retener los rostros de los humanos, no fueron capaces de volver a identificarlas, jamás, entre tantas situaciones que, ahora, les resultaron todas parecidas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: amor, amorcillo, cuento, cuento de primavera, dosis, peluquera, pituitaria

Cuento de primavera: Obvio y Paradójico

20 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Como es sabido, a los entes que habitan en ese área de imprecisos contornos que se entiende por metafísica -y que, dicho sea de paso, no debe identificarse, sin más, con la imaginación- les gusta darse un garbeo por los terrenos de lo físico.

Es comprensible tal actitud, pues a todos los seres, en especial, a los más dinámicos, acaba siendo insoportable recorrer eternamente los sitios que corresponden estrictamente a su naturaleza. Es imprescindible cambiar de aires de cuando en vez, porque de esa forma se estimulan reacciones y sensaciones nuevas, produciendo efectos muy agradables.

Pocos entes metafísicos se podrían considerar más activos que Obvio y Paradójico. Estaban presentes en casi todas las conversaciones humanas. Se encontraban, cada uno asumiendo su papel a la perfección, en las reuniones importantes como en los encuentros más intrascendentes.

-Todo el mundo tiene algo que decir; el que sea o no interesante, es otra cuestión., -era una de los pensamientos preferidos de Obvio.

-Son los que callan quienes merecen la mayor atención, porque quien calla, generalmente discrepa -argumentaba Paradójico.

No eran amigos, sino rivales. Paradójico despreciaba a Obvio y Obvio desconfiaba de Paradójico, al que consideraba peligroso, y procuraba mantenerse alejado de él, lo que, por supuesto, no conseguía casi nunca. Incluso en el tratamiento de los asuntos más triviales, como podía ser hablar sobre el tiempo mientras se encontraban dos humanos en el ascensor, Obvio veía, no sin sorpresa y a veces, con disgusto, asomar la pata pilosa de Paradójico.

-Hoy parece que va a llover -decía, por ejemplo, la anciana que vivía sola en el tercero izquierda de un bloque con muchos vecinos, deseosa de entablar conversación con cualquiera sobre no importa qué tema.

-¡Caramba, se me olvidó  felicitar a mi madre ayer, que fue su cumpleaños! -era la incongruente expresión del joven del sexto derecha, que  había asociado, sin aparente explicación, la verruga en el rostro de la señora con la imagen de su mamá preguntándole reiteradamente, si su padre, del que estaba divorciada, habría llamado.

Por razones que no merece la pena explicar, Obvio y Paradójico habían decidido hacer las paces, al menos, por una temporada, que Obvio había identificado como «de higos a brevas» y Paradójico «de tanto en cuanto». Seguían viéndose muy diferentes, aunque estaban dispuestos a admitir, como vía de experimentación, que no eran absolutamente incompatibles.

Cierto es que Paradójico, que se consideraba creativo y estimulante, entendía que esa tregua le resultaría completamente inútil, y hasta contaminante, pero Obvio insistió tanto en que debían concederse un respiro en su sempiterna rivalidad, que acabó accediendo.

-En la variedad está el gusto -dijo Obvio, satisfecho-. Todos los días gallina, amarga la cocina.

-Gallina hablando de plumas -fue el escueto comentario de Paradójico.

En uno de los primeros paseos que hicieron juntos por los terrenos de lo físico, independientes de cualquier contaminación humana, se encontraron con una Ruina. Paradójico obligó a Obvio a detenerse, curioso por saber qué hacía allí aquel montón de piedras.

-Es una simple Ruina -le apremiaba Obvio a seguir el paseo.

-Todas las Ruinas han tenido un momento de Triunfo -replicó Paradójico. Y, acercándose más, preguntó a la Ruina:

-¿Cómo te llamas? ¿Qué has sido?

La Ruina se movió algo, despertando de su letargo. La yedra había había cubierto casi por completo lo que parecían antiguas paredes de un edificio muy amplio, del que solo quedaban en pie unos muñones de piedra.

-Ahora no tengo nombre, pero en mi memoria guardo haber sido el Palacio de los nobles que fueron dueños de esta comarca hace siglos. -dijo, sin ocultar un suspiro -. En mis salones se celebraban fiestas fabulosas, y mis aposentos han sido testigos de amores, devaneos, desvaríos…

-Para el carro, Ruina -le interrumpió Obvio-.  A nadie importa lo que fuiste, sino lo que eres. Hoy por hoy, eres solo una Ruina.

-Te equivocas, como siempre, Obvio -dijo Paradójico, que sentía repentina simpatía hacia la Ruina-. Veo en estas piedras que para ti no tienen valor, el mensaje de un pasado espléndido. Adivino, bajo esa yedra, el trabajo que realizaron los canteros. Puedo sentir la música que llenó estos huecos, y el brillo de los ojos de las damiselas esperando que alguien las saque a bailar…

-Solo percibo piedras, hojas secas, polvo y abandono -replicó Obvio-. Si esto es ahora una Ruina, por algo será.

Paradójico tuvo de repente una inspiración:

-Tienes razón, colega. Las piedras que fueron Palacio y Salón de Baile y testigo de fiestas y de risas, cumplen ahora una función igualmente digna: servir de demostración a la fugacidad de cualquier existencia, y enseñar a los humanos que nada conserva su valor eternamente.

-Eso que dices es obvio -comentó Obvio, con admiración-. Podría haberlo dicho yo, y no mejor.

-No creas, es paradójico -le contrarió Paradójico-. Porque acabo de fijarme en el cartel que está junto a la Ruina y en él he visto escrito: «Palacio de los Condes de Pasidueñas. Siglo XVI». Es decir, le han puesto a la Ruina el mismo nombre que tenía cuando gozaba de todo su esplendor.

Y, despidiéndose de la Ruina, siguieron su paseo, mientras les duró aquel sano entendimiento.

FIN

 

 

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Cuento de Primavera: El candidato incómodo

19 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La recepcionista observó de arriba abajo al hombre que tenía ante sí. Aparentaba tener unos cincuenta y tantos años, y, a pesar de la petición que le había formulado, parecía normal. Pacífico. No lo había visto antes, no tenía características físicas resaltables, estaba correctamente vestido -no había pirsíns en sus orejas, no llevaba pantalones a media pierna o chancletas-.

-Disculpe, no entendí bien su nombre. ¿Se llama usted…? -dijo la joven, para ganar tiempo. El visitante había solicitado ver al Presidente del Partido, pero ella tenía órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie que no perteneciera a la Junta Directiva. La Ejecutiva estaba reunida desde primeras horas de la mañana discutiendo los puntos fuertes del programa electoral que se presentaría a los medios de comunicación, que habían sido convocados para la rueda de prensa a la una de la tarde.

-Me llamo Ciudanelo Concientrado -dijo, pausadamente, el desconocido.

-¿Y el motivo por el que desea ver al Presidente es…?

El Sr. Concientrado expresó su propósito con naturalidad.

-Como le dije antes, quiero presentarme como candidato a las próximas elecciones.

La señorita recepcionista repasó, como si pretendiera la confirmación, lo que ya había escuchado con anterioridad, resaltando lo que le resultaba de una incongruencia insalvable.

-Pero usted me ha dicho que no es miembro del Partido, ni conoce a nadie de la directiva..´.

-Puede añadir algo más -indicó Concientrado- no tengo ni idea del programa de este Partido, ni me interesa. Solo quiero presentarme ante quien tenga la autoridad en esta organización para ofrecer mi candidatura como cabeza de lista a las próximas elecciones. Eso sí, con una condición: será con mi propio programa.

La joven se fijó entonces en que el individuo tenía en la mano un folleto de colorines en el que, por lo que podía intuirse, figuraban varias frases escuetas, escritas con letras bastante grandes. Perfeccionó su impresión inicial de que, a pesar del aspecto normal, el tipo debía estar mal de la cabeza.

Concientrado parecía haber tomado carrerilla en la expresión del propósito que le había guiado hasta allí, porque continuó, -haciendo caso omiso de lo que, como cualquiera habría descubierto, era una oposición formal de la empleada-, dando sus explicaciones:

-Usted no me conoce, y no creo que me conozca tampoco ninguna de las personas de la Ejecutiva de la agrupación política que le emplea como recepcionista.  No se ni quiénes son. Tengo sesenta y un años, he conseguido una posición desahogada como profesional. No tengo necesidades económicas ni ataduras empresariales, personales o políticas. No debo nada a nadie. Estoy al cabo de todas las calles y enfocando ya la etapa final de mi vida. Por eso, he creído que ha llegado el momento de devolver a la sociedad los réditos de lo que me ha dado, ofreciéndole mi visión de lo que habría que hacer para solucionar los problemas actuales.

La joven respiró, aliviada, al advertir que Jorgesindo de la Dehesa, el responsable de Relación con los Media, acababa de salir de la Sala de Reuniones para tomar aire.

-Sr. de la Dehesa, ¿tiene un momento para atender al Sr. Concientrado? -preguntó, al vuelo.

-Lupicinia, sabes que estoy muy ocupado, no tengo tiempo para..-se excusó el interpelado.

Concientrado le tendió la mano.

-Mi mensaje es directo, Sr. de la Dehesa. Quiero ser cabeza de lista de su partido en las próximas elecciones. Traigo mi programa, y solo necesito un partido para ganar. He elegido el suyo porque figuran ustedes como uno de los tres que están igualados en las encuestas, aunque con la particularidad de que aún no han dado a conocer su programa. Eso me interesa. Se trata, al fin y al cabo, de evitar el desgobierno que provocarían tres programas, tres alternativas igualadas en representación…

El Sr. de la Dehesa echó una mirada de escrutinio sobre el personaje.

-Lo siento, Sr. Concentriado -(Concientrado, le corrigió el interpelado)-. Estamos justamente ahora decidiendo los puntos claves de nuestra oferta electoral, y estamos muy apurados. Además, como comprenderá, las listas están cerradas.

-Ahí está el punto -incidió el extraño-. Mi propuesta no tiene ninguna contaminación política, por lo que no me importa quiénes vayan conmigo en la candidatura. Incluso, sería deseable que fueran ciudadanos anónimos, desconocidos. No caiga en el error, sin embargo, de pensar que mi programa carece de carga ideológica. La tiene, y mucha. Pero me resultaría inaceptable que no pudiera ser asumida por un partido que pretendiera gobernar para la mayoría. Ofrezco mi experiencia, mis conocimientos y mi capacidad.

-Todos los candidatos…- intervino De la Dehesa; quería decir algo respecto a que ese era el espíritu que guiaba a los seleccionados por la lista de su partido. Pero Concientrado estaba embalado.

-Todos los candidatos -dijo, utilizando su comienzo de frase- se centran en temas marginales, con ideas de poco contenido y sin exponer soluciones: ¿la corrupción de los demás partidos?: no me interesa; ¿lo bien o mal que lo hacen o va a hacer los demás?: es una petición de principio o una opinión sin refrendo formal. ¿Dónde están las fórmulas concretas para solucionar el problema del paro? ¿Aumentar impuestos? ¿Incrementar el consumo? ¿Animar a que todo el mundo invierta sus ahorros?: todo lo que se propone tiene partidarios y detractores. Por no hablar de lo que no admite  discusión: ¿Proteger el ambiente? ¿Generar más recursos? ¿Mejorar el poder adquisitivo? ¡Claro! Pero no me digan lo que hay que hacer, sino cómo hacerlo.

-Puedo estar de acuerdo con Vd. en el análisis, pero no en el diagnóstico -admitió el Sr. de la Dehesa, por decir algo-. Nosotros estamos, justamente, analizando las propuestas para resolver las cuestiones que preocupan a la sociedad, y le aseguro, que nuestra voluntad es…

-Conozco esa forma de argumentar, pues es la que hemos oído muchas veces. Pero, le repito:¿saben cómo hacerlo? -la pregunta resultaba insolente, pero el Sr. Concientrado, continuó, sin esperar la respuesta del otro-. Estoy seguro de que no, pero no se preocupe. Nadie tiene la respuesta perfecta. No existe mente humana que pueda pretender tenerla. El futuro es esencialmente imprevisible, depende de demasiadas variables que no controlamos, y la historia demuestra que el ser humano no sabe hacer predicciones infalibles. En mi programa, del que le hago entrega en este momento oficialmente de una copia -le alargó un ejemplar-, indico la fórmula de encontrar las respuestas. No digo que las tenga, sino que sé la manera de detectarlas en el camino.

Al Sr. de la Dehesa aquellos papeles le tenían sin cuidado. Los recogió, aparentando comprensión y un interés formal, y, con tono afable, le indicó algo así como «Muchas gracias, lo estudiaremos con atención». Se disponía a volver a la sala de Reuniones, en donde suponía que ya estarían inquietos por su ausencia.

Concientrado no era tan fácil de desviar.

-No tengo la menor idea de si ustedes pretenden enfocar su programa con base a proponer aumentar los impuestos a los más ricos, animar algo al consumo, invertir aún más en quién sabe qué infraestructuras, privatizar más, reducir hasta donde les parezca el gasto público, disminuir o congelar las pensiones, cambiar el plan educativo o la forma de impulsar la investigación, aumentar o eliminar las prestaciones sociales o, simplemente, piensan que les bastaría con salir del paso con cuatro obviedades, y tener suerte de despertar la simpatía por su candidato en algún debate televisivo,  para conseguir la mayoría en las elecciones y dejar pasar otros cuatro años confiando en que la coyuntura mejore y alardear después de que ha sido gracias a su programa…

De la Dehesa farfulló algo. No se le entendió.

-Me he tomado la molestia, aunque lo he hecho con gusto -prosiguió Concientrado- de reunirme con más de doscientas personas de los más diversos sectores -empresarios, defensores ecológicos, parados, funcionarios públicos,  jóvenes con ideas, profesores universitarios, jubilados, sí,…, también algunos políticos…- y he sacado mis conclusiones, que están aquí, en este programa. Todo el mundo tiene alguna idea, pero su coincidencia mayor es echar la culpa a alguien distinto de ellos mismos, acerca de lo que está pasando.

De la Dehesa, que no quería aparecer como insolente, se había detenido en su marcha por el pasillo. Concientrado se animó a contar algo más:

–La clave de este programa, como le decía, es que no hay programa, sino el compromiso de que todas mis actuaciones serán transparentes para la totalidad de los ciudadanos.  Concibo la política como un servicio, no como una profesión, ni como una carrera de obstáculos. Los que colaborarán conmigo serán personas que no estarán preocupadas ni por su salario, que no tendrán, ni por aumentar sus méritos, porque ya no los necesitarán. Ofrecerán sus capacidades. Todas nuestras reuniones, las de todo el Gabinete, serán públicas. Cuando nos reunamos con cualquier agente social o económico, todo el mundo podrá valorar lo que proponemos que se haga, o se deje de hacer y conocerá directamente las resistencias, si las hay, o las propuestas, si se les ocurren, de los que opinen lo contrario. Como en el programa solo ofrezco capacidades, ya que los objetivos serán de toda las sociedad, pondremos en pie una actuación flexible, adaptativa, coherente con lo que se crea mejor en cada momento y, por todo ello, estrictamente revolucionario.

Al Sr. de la Dehesa, que llevaba ya veinte años como responsable de Prensa, se le ocurrió algo:

-Sr. Concientrado, eso que propone es una solemne tontería. ¿Transparencia, dice? ¿Para qué? ¡La política es una profesión! ¡Su programa carece de ideología! ¡Hace falta un programa, se cumpla o no se cumpla, porque la gente tiene que saber qué vota! Y permítame que le diga una clave, algo sustancial: ¡Hay que vender optimismo, soluciones, aunque sean quiméricas! Su idea de una candidatura sin programa es infantil, no tiene viabilidad. Es…ridícula.

El candidato incómodo sonrió tristemente.

-En realidad, no esperaba otra respuesta. No es el primer partido que visito hoy. Todas las personas con las que me he entrevistado, me han expresado más o menos lo mismo, y con ello, confirmo, lamentablemente, lo que sospechaba, y, con base en ello, tomo mi decisión.

-¿Qué sospechaba? ¿Qué decisión ha tomado? -no pudo evitar preguntar, curioso, el Sr. de la Dehesa. La señorita recepcionista, que había estado atendiendo al teléfono exterior, y solo había seguido parte de la conversación, sonrió mecánicamente.

-Votaré en blanco en estas elecciones. Seguiré haciendo mi trabajo lo mejor que pueda, pero que ningún partido cuente conmigo para respaldar su incapacidad de ser transparentes, humildes, adaptativos.

El candidato incómodo dio media vuelta, y sin decir más palabras, se fue tranquilamente por la puerta, dejando al responsable de Relación con los Media, aliviado.

-Hay por ahí cada personaje…-comentó a Lupicinia, ya mientras entraba de nuevo en la sala de Reuniones donde se siguió perfilando el programa electoral del partido.

Los tres partidos principales obtuvieron un número similar de votos, y, en la negociación posterior a las elecciones, se repartieron las carteras ministeriales.

FIN

 

 

 

 

 

 

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Cuento de primavera: Los dos maestros

18 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En la Universidad de Constimpalo, cursaba el último curso de la Facultad de Ciencias Útiles para la Vida, un alumno ni muy bueno ni muy malo, que se llamaba Curiosindo Preocupancio.

Estaba a punto de conseguir el preciado título, pues le quedaban solamente dos asignaturas para acabar la prestigiosa carrera, que, según el denso programa de créditos y clases prácticas que había procurado seguir con aceptable aprovechamiento, le habría de capacitar para lanzarse al siempre apasionante, aunque igualmente misterioso, viaje personal por la existencia.

Queriendo prepararse bien para esas dos pruebas finales,  y deseando obtener la seguridad de que había conseguido el objetivo perseguido por aquella carrera universitaria a la que había dedicado los años de su juventud, se decidió a pedir una entrevista a los profesores de ambas, para que le dieran sus últimas orientaciones.

Curiosindo no tuvo mayores problemas para obtener una cita, dentro de las horas de tutoría que sus maestros tenían asignadas. El primero en recibirlo fue D. Fulgencio Propulso, catedrático de Ampliación de Procesos Esenciales. El Dr. Propulso tenía fama de ser muy estricto, y las pruebas o exámenes finales, incluso aunque la asignatura que impartía correspondía al último curso de la carrera, eran muy complicados.

-Dígame, joven -le invitó a hablar, acompañando las palabras de un gesto que le señalaba una silla ante la mesa que estaba alfombrada de decenas libros abiertos y cuadernos de notas-. Le advierto que no tengo mucho tiempo, pues estoy preparando una conferencia para mi toma de posesión en el sillón C mayúscula de la Academia de Doctores Eminentísimos.

Curiosindo no se amilanó. Después de todo, estaba a punto de conseguir el título y lo que deseaba era prepararse bien para superar la asignatura.

-Perdone mi atrevimiento -se explicó-. He hecho dos repasos de la materia completa de su asignatura, leyéndome una buena parte de la bibliografía recomendada. He tomado apuntes de sus clases y creo estar preparado, por lo que espero no tener problemas para superar el examen, salvo que tenga un mal día. No me asusta cualquier pregunta, pero me inquieta algo: ¿cuáles son las cuestiones esenciales que debería recordar el resto de mi vida, en su respetable opinión, de su asignatura y, si no le importa referirse a ello, de la propia carrera?

El Dr. Propulso le miró. En un primer momento, creyó que le estaba tomando el pelo. Mas, viendo el rostro atento e incluso preocupado del joven, tomó aire, y, con el mejor tono doctoral que pudo encontrar en su coleto, le espetó:

-Todo es importante, señor…¿Cómo me dijo que era su nombre? Ah, sí, claro. Sr. Preocupancio. Las materias de la carrera han sido seleccionadas con rigor, y, en concreto, mi asignatura, es fundamental. Recopila los conocimientos prácticos de decenas, por no hablar de millares, de científicos eminentes, a los que he añadido mi propio saber. Nada hay prescindible y, estoy seguro, a lo largo de su vida, tendrá ocasión de utilizarlo todo. Y si hay algo que no vaya a tener la oportunidad de emplear, pregúntese porqué, pues probablemente será por haber cometido algún error de visión.

El catedrático se extendió en múltiples indicaciones, recordó, mientras hablaba, su propia juventud, describió, con bastante detalle, su trayectoria personal, tan brillante, y le recomendó cinco o seis lecturas complementarias. Curiosindo salió del despacho del catedrático de Ampliación de Procesos Esenciales con los pies fríos y la cabeza caliente.

Como tenía hora, de forma inmediata, con el profesor de Conocimientos Básicos, se dirigió, corriendo, para no llegar tarde, al ala oeste de la Facultad, en donde se encontraba el titular de la asignatura, Dr. Suspicious Directa. Tenía la puerta del despacho abierta, y le pareció a Curiosindo que estaba lanzando dardos contra un blanco situado en una de las paredes.

El joven le contó prácticamente el mismo discurso que al colega al que acababa de ver.

-¿Lo más importante, dices? -se preguntó, a sí mismo, asimilando la pregunta, el Dr. Directa-. La verdad, creo que el que seas capaz de formular la cuestión en esos términos, demuestra que tienes la madurez suficiente para que te apruebe la asignatura, por lo que no hace falta que te presentes al examen. Tienes notable.

Curiosindo se azoró.

-No…no pretendía eso, Dr. Directa. Yo lo que quería, en realidad…

El Dr. Directa le interrumpió.

-Se muy bien lo que quieres, y yo mismo me lo he preguntado muchas veces. ¿Qué es lo que sabemos en realidad? Muy poco. Es, sobre todo, la actitud, lo que cuenta, no lo que se sabe. Porque lo que creemos conocer solamente es útil para la vida si somos capaces de ponerlo continuamente en cuestión, es decir, en solfa.

El profesor echó mano de un cajón de su mesa, en la que Curiosindo solo descubría un libro abierto, un papel y un bolígrafo; también vio que la papelera estaba llena de papeles arrugados. Del cajón sacó una hoja en la que había varias líneas, escritas a máquina.

-Esto es lo que se me ha ocurrido como esencial, cuando, hace unos años, me hice la pregunta. Me parece que aquí está todo o casi todo. Si echas en falta algo, añádelo por tu cuenta, y no hace falta que me lo digas a mí. Guárdalo para ti, y úsalo siempre que quieras.

Curiosindo salió del despacho con aquella hoja de papel en la mano. A medida que la iba leyendo, le surgieron nuevas ideas. Al día siguiente, la volvió a leer, y le aparecieron otras nuevas.

Le pareció, en verdad, una página mágica. De un gran maestro. Cuando terminó la carrera, la hizo enmarcar y, si no me equivoco, es la primera cosa que pone en su despacho, antes incluso que la fotografía de su mujer, de sus hijos, de los apuntes de Ampliación de Procesos Esenciales que, por cierto, no ha vuelto a sentir la necesidad de abrir, aunque también obtuvo la calificación de notable, una de las mejores de su promoción.

FIN

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: alumno, catedrático, consejo, cuento, cuento de primavera, maestro, petulancia, profesor, rigor, sinceridad

Cuento de primavera: La rueda

14 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Las historias más entretenidas son aquellas que hablan de amor y lujo, por supuesto. Todos los cuentistas lo saben. Como donde hay amor, florecen la envidia y el odio, y como el lujo se sustenta necesariamente en la escasez y la pobreza, un relato que se precie de realista debe combinar todos esos elementos.

Lo que no es aceptable, siguiendo las normas del buen gusto literario es que, al final, en ese momento en el que se reparten los premios y los castigos a los personajes de la obra, el autor condecorara a los peores, liberara a los asesinos, hiciera amados a los adúlteros, ensalzara a los aviesos, o destinara a gozar en su penuria a los miserables.

Advierto, pues, que esta obra va del revés. A la rueda de fortunas, acaeceres, simplezas y desgracias en la que se generan las vidas de los humanos, le basta con entregar a la publicidad un único ejemplar de cada vez: el nuestro. Y, por las muestras, el principio, el medio y el final, le traen sin cuidado.

Godofrit AlDaminante era jeque, emir o jerifalte de un país muy reducido. Con una tradición de mercachifles en lanas de cachemir y sedas de gusano, todas de regular calidad, ese feudo miserable se había transformado en una factoría de hacer riqueza, gracias a haberse descubierto, en el curso de la preparación de unas prospecciones petroleras, que en los terrenos de aluvión de lo que había sido el cauce del río Kaá, hoy un secarral, existía un depósito de torianita.

Tirando de aquel hilo, se encontró una descomunal madeja rocosa que garantizaba unos royalties tan jugosos que la renta per cápita del país se situó entre las más altas del globo.

AlDaminante tenía todo cuanto se puede desear en este mundo: casas lujosas en múltiples lugares, desde París a Putingrado, manjares deliciosos, incluso a contraépoca y natura, mujeres cariñosas de las que gozar y de todas las razas y pareceres. Tenía, por complementos, un ánimo tan laso como disoluto, adornando una salud aún aceptable.

De todo ello, se debe reconocer, usaba con mesura.

No era, sin embargo, completamente feliz. Su hijo mayor, apodado Godín, y que llevaba sus mismos nombre y apellido, el llamado a heredar el poder total en aquel árido conglomerado generador de riquezas, era un indolente.

-¿Para qué debo preocuparme? -le espetaba a su padre, el desvergonzado, dilapidando a manos llenas, en gozos, sombras y caprichos, cuanto tenía a su disposición-. Nada me falta ni faltará. A tu muerte, tendré todo lo que se puede desear y, aunque viva doscientos años, no seré capaz de gastarme toda la fortuna que heredaré, por lo que todo el mundo me fía con la promesa de que le recompensaré mañana.

Godofrit senior se desesperaba. El hijo no había conseguido terminar los estudios de Economía Universal, a pesar de haber contado con los mejores maestros particulares y del soborno a un par de profesores y la amenaza de dejar castrados a otros tres. No se interesaba por ningún negocio que no fuera de naipes, ruleta o dados. Y, para añadidos, carecía de interés por cuanto no le pudiera pasar por algún sentido, con tal de que le proporcionara goces, placeres o esa relajación viciosa de quien está siendo o ha sido maltratado y sabe que es mentirijilla.

-No quiero dejar a mi hijo expuesto a su simpleza -comentaba el padre con uno de sus consejeros áulicos-. Quiero convertirlo en alguien respetable, en un ser que sea venerado, ya que no por su inteligencia, ni por su destreza, ni por su carácter, que lo sea por haber inventado algo que sea imprescindible para el bienestar de sus súbditos.

-Eso está bien pensado, oh, señor. Pero, ¿qué podrá ser? -le contestaba el sabio, que había sido cabrero en su niñez y, en el tiempo libre, había estudiado los libros sagrados y ahora veía mucha televisión-.Todo está inventado ya. Los científicos de los países más desarrollados han resuelto todo lo que se podría necesitar y no se detienen en proponer cada día, miles de nuevas invenciones, que sustituyen, con éxito a las antiguas.

-Arréglate como puedas -le cortó el jeque-. Mi hijo ha de ser querido por haber resuelto un problema fundamental. Inventa lo que sea. Para estimularte en tu creatividad, que se que es mucha, te doy diez días. Si al cabo de ellos, no me haces una propuesta convincente, te haré cortar la cabeza y daré tu cerebro a mis mastines.

El pobre consejero se quedó pálido. No tenía mucha formación. No sabía de ciencias ni de leyes. Estuvo nueve días y sus noches dándole vueltas al problema. Consultó con los astros, con las tabas, con la sangre de los carneros. Con su mujer. El tiempo pasaba, y no se veía sino con la cabeza hueca enhiesta en un palo y los restos del cerebro en el estómago de los cánidos del tirano.

Al décimo día, cuando iba al Palacio para responder de su inútil meditación ante el jeque, en un carrito empujado por un miembro de la casta más ínfima, tuvo una idea descabellada.

Godofrit senior se quedó estupefacto cuando oyó la propuesta.

-¿La rueda? ¿Inventar la rueda? ¿Quieres que mi hijo vuelva a inventar la rueda? -estaba a punto de estallar de cólera- ¡No he oído tamaña tontería en toda mi vida!

-No te desesperes, señor. -argumentó, con calma, el consejero áulico-. Se trata, ante todo, de retirar de las calles, de los palacios, de las casas, todo lo que sea redondo, todo lo que se parezca, incluso, lejanamente, a una rueda. Perseguiremos a cuantos guarden en sus casas rodetes, cilindros, timones, cajas circulares, roscas, tornos, etc. Hagamos desaparecer todas las ruedas y sus semejantes de este país, cerrando las fronteras a cualquier entrada de ruedas, o elementos con ruedas. Tú mismo, como modelo superior a seguir, utilizarás solo cosas cuadradas, rectangulares, punzantes, con aristas picudas.

Godofrit escuchaba con atención. El consejero seguía.

-Dentro de cinco años, que es el tiempo en que la memoria humana se renueva, nadie recordará lo que es una rueda. Se habrá perdido toda huella, el menor vestigio sobre este elemento, hoy imprescindible. Y entonces, Godín, reaparecerá en escena, y reinventará la rueda.

A Godofrit le gustó la idea, y la pusieron en práctica.

FIN

 

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Cuento de primavera: La torre de Papel

13 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Carciondo Percalio y Palmira Carmano, se habían casado muy enamorados. Desde niños, vivían en el mismo barrio, un conglomerado de insulsos edificios construidos a mediados del siglo pasado, de esos que llamaban de protección oficial. Se conocían a la perfección, hasta el punto de que -habían llegado a decir- podían leerse el pensamiento.

Carciondo era perito industrial; habilidoso e intuitivo para entender el funcionamiento de los mecanismos, había patentado un artilugio salvaescaleras,  ligero de peso, que no solamente se plegaba sobre sí mismo hasta una compacidad inverosímil -permitiendo su ubicación en espacios reducidos-, sino que no precisaba conexión eléctrica ni baterías. La empresa que había creado con esa idea le había hecho multimillonario, si bien le ocupaba mucho tiempo, hurtándoselo  del que sería aconsejable para mantener el equilibrio familiar.

El incremento de fortuna les hubiera permitido,  naturalmente, mudarse a una de las zonas mejores de la ciudad, pero, por comodidad y afecto a los orígenes, permanecían en el mismo sitio que les había visto crecer. Eso sí, habían comprado todos los pisos que daban al mismo descansillo (desde el A a la J), uniéndolos.

Allí vivían los cuatro, pues el matrimonio había tenido por descendencia a un varón y una hembra, en edad aún escolar, en el momento de escribir este relato.

Todo iba tan bien, que forzoso era presagiar alguna tormenta en un clima empalagosamente calmo. Así fue. Con la llegada del climaterio masculino, Carciondo empezó a sentir celos de Palmira. Tal actitud carecía, por supuesto, de motivación. Al menos, al principio.

-¿Dónde estás? -telefoneaba, desde la empresa, a Palmira, con una frecuencia que llegó a ser escandalosa.

Al principio, Palmira, no se sintió molesta, sino, más bien, al contrario. La preocupación del que te ama por tus movimientos, tiene un trasfondo halagador.  Los dos hijos adolescentes ocupaban, además, mucha atención del ama de casa, que la asistente que tenía contratada apenas aliviaba y que no es necesario detallar, pues son de todos conocidos.

Cuando las llamadas de control empezaron a ser insistentes, y las encuestas del marido sobre lo que estaba haciendo la mujer pasaron a ser detalladas y prolijas como las encuestas de opinión, la persecución o seguimiento que se le hacía las sintió tan cercana e insoportable, que, un día, sin poder ya contenerse, la esposa estalló.

-¿Qué te importa lo que hago? ¡Tantas veces me has dicho que vas a venir a cenar y, con la cena preparada, no apareces hasta las dos o tres de la madrugada! ¿Para qué quieres saber dónde estoy? ¿Para vigilarme? ¡No conoces ni a tus hijos! ¡No sabemos nada de ti, desde que te vas a primera hora hasta que reapareces para despertarme, porque ya llevo tiempo metida en la cama!

A pesar de la advertencia, Carciondo no cambió de actitud, como debería haber sido su decisión, si la hubiera querido calificar de sabia.

Por el contrario, sospechando con elaboración enfermiza que Palmira le traicionaba los votos de fidelidad -llegaba a preguntarse, muchos días, repasando los nombres de los vecinos, quién, cuántos, con quiénes, se entendía la buena señora-, contrató a un detective para que la vigilara las veinticuatro horas del día.

El detective le hizo, en el tiempo establecido, un informe completo, que demostraba a las claras la inocencia de la esposa y, de indirecto, lo turbio de los manejos mentales del marido. Pero a Carciondo no le valió. Quiá. Incorporó al investigador de los comportamientos ajenos, a su lista de los potenciales, reales o ficticios seductores de Palmira, y organizó una batalla campal sin parangón con la que era su compañera desde la adolescencia.

-¿Por qué no me cuentas lo que hiciste? ¿Qué me ocultas?¿Te acuestas con el zapatero? ¿Con Marcelio? ¿Con Réntulo? ¿Con todos? -acosaba a su esposa, elevando la voz, en una secuencia incómoda, que se repetía con el mismo libreto muchas noches, incluso delante de los hijos, porque, cambiando de costumbres, aparecía inesperadamente a la hora de la cena, para marcharse luego, dando un portazo solemne.

-¡Me voy con la otra, ya que tú me traicionas como a un perro! -gritaba desde el portal, antes de irse a llorar de soledad a cualquier parte.

Carciondo no bebía, aunque la tensión le había conducido a ser -ocasional primero, regular después- consumidor de cocaína y pastillas de colores, que le proporcionaba un administrativo de la empresa, que tenía amigos colombianos mal relacionados.

En las escenas que organizaba en sus espejismos caprichosos, a veces rompía platos, y otras, empujaba o daba manotazos a quien se le pusiera delante. La situación fue, en fin, insostenible. Palmira, aconsejada por la Asociación Local de Mujeres Maltratadas, pidió la separación y, como no estaba dispuesto a dársela de forma amistosa, la solicitó por escrito en los Juzgados de Familia.

Carciondo, despechado sin porqués, contrató al mejor abogado que le recomendaron, especializado en conflictos matrimoniales, quien preparó una contestación a la demanda muy cuidada, negando pruebas, solicitando otras y, en particular, aportando una propuesta de Convenio Regulador por la que se le negaba a la mujer otra cantidad que no fuera una mínima pensión y unos dineros de pacotilla para los estudios y mantenimiento de los hijos, hasta que alcanzasen la capacidad de tener ingresos propios, además de incorporar referencias gratuitas, y, naturalmente, molestas, a la supuesta ludopatía de Palmira, a sus escarceos en camas ajenas, a sus desvíos en las obligaciones conyugales, fueran las que fuesen.

La Asociación Local propuso a la esposa un bufete matrimonialista que, si no era tan bueno como el de Carciondo, no se le separaba ni dos milímetros en los barremos de la perfección jurídica, si los hubiera. Habida cuenta de que el matrimonio se había acogido al régimen de separación de bienes, (allá cuando el espeso se lanzó a la aventura empresarial), este elenco de letrados preparó una contestación ejemplar, poniendo de relieve la construcción artificial de esa figura -levantando el velo, o la falda de la impostura, como puede decirse-. Su réplica incorporó el detalle de los beneficios que reportaban los salvaescaleras al esposo, reclamando, no ya la mitad, sino los dos tercios de la empresa, el chalet en la sierra y el apartamento en Castellanata y, por supuesto, el usufructo vitalicio de la casa familiar.

En primera instancia, el juez -un excelente muchacho que tenía a su madre inválida por una parálisis impeditiva y que conocía el mérito del salvaescaleras- dio mucha razón a Carciondo. En la Audiencia, le quitaron muchísima. Los montones de papel se acumulaban sobre las mesas, revisando cálculos, aportando nuevos argumentos, con propuestas y contrapropuestas de Acuerdos Regulatorios y Desacuerdos Descompensatorios.

El bufete que defendía las posiciones de Palmira, había denunciado a Carciondo, dicho sea al paso, por malos tratos en el Juzgado de Violencia contra la Mujer. El excelente abogado de Carciondo, no se quedó atrás y, al tiempo que defendía a su cliente negándolo todo y atribuyendo a la enfermedad mental de Palmira las inquinas, presentó, firmada por su hijo -al que convenció de alguna manera- una demanda de incapacitación de la mujer.

Como medida cautelar, Carciondo tuvo que abandonar el domicilio familiar, y pasó a habitar el apartamento en Castellaneta, dejando la empresa en manos de su director de fábrica. Pasaron algunos meses y, un buen día, en un chiringuito junto a la playa, conversando con su abogado, viendo la pirámide formada con los escritos que habían presentado unos y otros, en los variados procesos en que estaban incursos, habiéndose puesto una ralla de droga de buena calidad en la nariz, se preguntó:

-¿Cuál fue el origen de esta torre de Papel?

FIN

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Cuento de primavera: Leyenda del oso

12 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

De entre los animales salvajes, el aspecto externo del mono lo hace el más parecido al hombre, siendo, sin embargo, el cerdo con el que tenemos la mayor compatibilidad histológica.

Muchos gestos humanos tienen gran analogía con los de los macacos, de los que hemos copiado la forma de manifestar aquello que nos apetece mostrar, ocultando otras intenciones, pero, nos debería dar que pensar que con el puerco posiblemente compartamos las facultades que hacemos residir en el corazón, es decir, los sentimientos y, en concreto, los afectos y…el amor.

Será por nuestra reconocida similitud con ellos, no son ni el cerdo ni el mono animales a los que admiremos. Las leyendas más antiguas ponen en el centro de atención humana, cuando se trata de poner de relieve sus cualidades para trasladarlas a los humanos, a bestias bastante más interesantes, a las que, sin duda, nuestros ancestros envidiaban.

De entre todos ellos, el oso ocupa el lugar preferente.

Cuando le pregunté a mi amigo coreano Hongchong cómo se representaba en la cultura ancestral de los pueblos mongoles el mito del nacimiento del primer ser humano, no me habló de un hombre y una mujer, sino del oso.

-Ese oso antiguo, pidió al Dios de todos los dioses que le hiciese más humano -me contó, mientras paseábamos.

-¿Cómo más humano? -le repliqué-. No había hombres, luego no podía hacer referencia a ellos.

-Más humano, en el sentido de mejor -contestó mi amigo, imperturbable-. El oso quería ser mejor, más inteligente, más bueno, más hermoso. Y el Dios de todos los dioses le hizo mejor, es decir, hombre.

-Vale. Podríamos discutir el efecto divino sobre el oso, pero hay una cosa que me intriga. ¿No había una hembra semejante al hombre-oso, con la que pudiera emparejarse y tener crías?

-No.-me aclaró, contundente, Hongchong, arrancando un pétalo de una flor de jara melífera-. Ese oso debería haber sido hombre y mujer a la vez.

¡Así que para esos pueblos mongoles, el origen se atribuía a un ser hermafrodita! ¡Interesante! Sería, según mi teoría de la simplicidad general, la confirmación de que, en los mitos más elementales, se prescinde de todo ramaje, yendo a la esencia de las cosas, y me encajaba perfectamente con el mito de Platón. Cierre categorial, pues.

Cuando llegué a casa, queriendo saber más sobre la leyenda del oso hermafrodita, busqué en internet. Fue decepcionante. No encontré huellas de tal personaje mitológico. Había, sí, múltiples osos, hembras o machos, sobre todo, en la tradición cultural quechúa como en las tártaras y mongólica, que raptaban a un ser humano del otro sexo, para llevárselo a su cueva -nuevamente el mito de la caverna- y aparearse con él o ella; de esa relación surgían seres híbridos, que mejoraban físicamente la especie humana, y se convertían, en su madurez, en líderes, ejecutantes de proezas y ganadores de batallas heroicas.

Me quedó, pues, la duda de si mi amigo se ha inventado sobre la marcha, presionado por el calor del día y el presunto agotamiento por el largo paseo, a ese oso que, según me repitió varias veces, es venerado en toda Corea como el primer hombre.

Sería, además, el último oso que queriendo ser mejor, se dejó convencer por el Dios de todos los dioses de que eso era equivalente a ser humano.

De madrugada, dando vueltas en la cama, sin poder dormir por culpa de un molesto mosquito, se me ocurrió que las dos leyendas -el oso que quería ser humano y el raptor/raptora del adolescente del sexo opuesto- podían perfectamente encajar. Lo que el Dios de todos los dioses le habría concedido al oso pedigüeño era, ni más ni menos, que la facultad de ser fértil con los humanos, por los que tenía admiración.

Cualquiera que fuese la secuencia, lo que me sigue intrigando es si se podría juzgar como perspicacia o como error, la apreciación del oso de que ser mejor, es ser más humano.

FIN

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Cuento de primavera: Un excelente fracaso

11 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando me contaron la Historia, sencillamente, no me la pude creer.

Bartolino Collegato nació en la Toscana, en una población cercana a Florencia (Firenze), famosa por sus almendras garrapiñadas. Aunque la región ha producido músicos e intérpretes de ópera renombrados, nada hacía suponer que Bartolino desarrollara una afición musical, que era ajena a la tradición familiar. Cierto que su madre, perteneciente a los Strazziato, del Véneto, había trabajado como domestica collaboratrice en casa de un director de orquesta afamadísimo, cuyo nombre no me viene a la memoria en este momento, pero, fuera de esa circunstancia, lo normal era que el niño se hubiera dedicado al dolce far niente, que era de lo que vivían secularmente los Collegato, propietarios de varias hectáreas de muy productivos almendros de las variedades Tuono y Cristomorto.

Bartolino, a pesar de su apariencia de niño normal, era poseedor de un oído sutilísimo, capaz de discernir las frecuencias sonantes y disonantes con una exactitud mayor que el más afinado de los diapasones, identificando, sin dudar, todas las que correspondían a un amplio rango espectral: concretamente, entre los 326 y los 488 herzios, -como se llegó a determinar, ya en su madurez, por el Instituto Fonográfico de Bolonia, que lo dejó certificado con todas las de la ley-.

Será preciso, tal vez, para el lector menos introducido en los misterios profundos de lo acústico, indicar, con solo un par de brochazos, no lo que define el «me gusta/no me gusta» de una producción musical para el aficionado normal, sino la deconstrucción técnico-científica de esos disfrutes y apetencias, lo que le permitirá entender la suerte o la desgracia de Bartolino.

Como es sabido, la Naturaleza vibra con una frecuencia específica, denominada base, y a esa referencia universal, señalada como un alelo en el ADN del cosmos, tienden a sintonizarse de forma instintiva, buscando su estado de equilibrio, los ritmos de todos los seres vivos. El cerebro humano encuentra,  cuando llega a su estado de reposo total, ajustando los biorritmos a múltiplos de la frecuencia base, corregida, desde luego, teniendo en cuenta los valores específicos de la presión atmosférica del lugar, la temperatura ambiental y, entre otros, la velocidad del viento soplante, lo que algunos eruditos llaman momento de ataraxis y otros espíritus, más llanos, estado de post-orgasmo o espejismo coital.

La persecución de la altura espiritual máxima del ser, el estado de tranquilidad que identifica al que lo disfruta con el Espíritu Supremo, el Hálito Sublime, que rige el Cosmos con su cadencia mística, es un objetivo lógico de todo intelecto.

Resulta indiferente que en algunas personas se manifieste el acceso a ese nivel con la boca entreabierta, manipulando un palillo desmochado por los dientes o extraviando los ojos extasiados en las órbitas. Se puede confundir, de no estar en el ajo, como estulticia crónica e incluso con profunda somnolencia. Existe y es. Si no fuera por los riesgos cancerígenos, ese estado se pondría en evidencia, como acaecía antes de la caída de Ícaro sufrida por las Tabacaleras, fumando un cigarrillo con el aire de haber descubierto sentido a la paradoja de Poincaré.

Cuando se descubrió la peculiaridad de Bartolino, era ya tarde para tomar medidas. El mal, si lo hubiera, estaba hecho; aunque, según los psico-especialistas que lo trataron, nada se hubiera podido actuar, salvo alabar el don, o compadecerlo por él. El niño venía de fábrica con una singularidad que se desconocía cómo cambiar, y, aunque se especuló si era cuestión de estropearle algo el martillo, perforarle el lenticular o tornearle los acueductos de Falopio con una sonda electrónica, por fortuna, nadie se atrevió a meterle mano ni artificios a sus oídos.

Bartolino se orientó, en fin, como no podía quizá ser de otro modo, hacia la música. Aprendió, con inusitada rapidez, a tocar cualesquiera instrumentos, que, como por arte de ensalmo, rendían en pocas semanas sus misterios ante él, arrancando el virtuoso de los mismos, espontáneamente, los más sutiles sonidos. Ya fuera el clarinete, el óboe, el violín, el trompón, el laúd o la trompeta, por enumerar solo una pequeña parte de cuantos componen las variedades emisoras de notas de las orquestas modernas, no había artilugio de hacer sonar que se le resistiera.

Hubo un tiempo breve en que le atrajo hacer de concertino, pero, dada su extraordinaria habilidad, desesperaba a los músicos que tocaban el óboe o el clarinete, quienes no tardaban en comprobar, con sana envidia profesional (es decir, odio perpetuo), que, por mucho que ajustasen sus instrumentos previamente con el diapasón más exacto, no conseguían superar la condición natural en posición de primer viola que no dudaba en asumir, con su elegancia prístina, el pobre Bartolino.

El director de la insuperable orquesta sinfónica de Brochumfield, Martin Gómez «Falsete», en donde estaba contratado como Tutti resoluto -posición en la troupe que se había creado para él-, le brindó una sugerencia, consciente como todos, del privilegio de Bartolino y, que, de manera poco sorprendente, tantos disgustos le proporcionaba, en vez de serle vía de hondas satisfacciones:

-Creo que tu posición acertada en mi orquesta es la del bombo sinfónico. Ningún instrumento como él exige, para encontrarle todo su desarrollo y expresión, la combinación de un supremo sentido musical, junto a un talante de total control personal en el intérprete.

-¿Es así? -dudaba Bartolino, que, aunque virtuoso, solo tenía por entonces dieciséis años y no entendía de malicias ni de las muchas guadañas que se emplean en la vida para segar la hierba bajo los pies de los que destacan -. Observo que los maestros del bombo sinfónico se pasan la mayor parte del concierto ajustando los múltiples artilugios de que consta su instrumento, para, al fin y al cabo, solo tener unos pocos momentos propios de interpretación en una sinfonía.

-He ahí la virtud y el misterio del bombo sinfónico. Es un instrumento que precisa para desarrollar todo su potencial, que el maestro no solo sea un buen músico, sino un gran ingeniero. Tú, que estás tan bien dotado para descubrir frecuencias, eres el intérprete idóneo, pues, para ti el ajuste ha de ser tan natural como para otros pan comido -le decía el director de la Sinfónica de Brochumfield, número uno de su promoción en Concertino, sobresaliente cum laude en el master de Dirección orquestal, y con experiencia en varias sinfónicas y coros universitarios, currículum imprescindible para llegar a dónde estaba.

Fue todo muy bien. Bartolino Collegato encontró pronto merecida fama como maestro del bombo sinfónico, tocando como nadie, además del triángulo, los platillos, las castañetas y el timbal. Era, por fin, feliz. Con solo diecisiete años, se hablaba ya de él, de su arte, como la consecuencia fortuita de la reencarnación de Rubinstein en Bethoven y Mozart, fruto de la savia confundida de los mismos ilustres D´Arezzo y Le Marie, ajustados con la gracia insuperable de Sor Sonrisas y Stravinski, que en su gloria estén.

-Nos ha llegado una obra maravillosa -le explicó un buen día, en tono inequívocamente confidencial, «Falsete», mientras Bartolino se encontraba ensayando nuevos golpes de baqueta-. Es la última sinfonía del genio Brutz Piarteç, fallecido el año pasado, que reúne todas las exigencias melódicas y rítmicas de la tendencia neoexpresionista de la que fue exponente, y nos han encargado a nosotros que hagamos la presentación de esa perfección musical en el auditorio de Bientbulchwald, con ocasión de la Fiesta del Oso anual, a la que acudirá Su Excelencia Reverendísima con su concubina.

-Oh, Señor. Es una gran responsabilidad -decía Bartolino, leyendo, de corrido, la partitura propia de las violas, cuyos sonidos reproducía mentalmente en su inconmensurable caja acústica- Qué belleza. P…pero -preguntó, con inquietud, avanzando por las hojas- ¿Cuál es el papel que corresponde al bombo sinfónico?

-Ahí está el asunto -contestó el responsable de la Orquesta-. El bombo sinfónico tiene solo un momento. ¡Mas, qué momento!. Es el de máximo clímax. Aquí -le señaló, apuntando casi al final de la partitura, con su dedo meñique, un signo clave-. En este preciso instante, a medio camino exacto entre el re bemol del chelo y un la sostenido de todos los clarinetes, encajado como un rubí en la nota más alta que pueda alcanzar la mezzosoprano, deberá producir un legato singular, completo y sonoro.

Bartolino imaginó, convulso, aquel momento. Se emocionó.

-Dada la dinámica tan fuerte que alcanzará la orquesta, por lo que veo y siento, será imprescindible combinar el desplazamiento del brazo al término justo, utilizar una maza más grande, y acompañar el movimiento de las articulaciones, en la caída in crescendo, de forma que el parche resuene de forma completa y sonora. Un golpe seco, único, expresivo…¡Qué belleza! -se admiraba Bartolino, ajustando mentalmente su vibración sonora a lo que deducía, sin fallos, del libreto.

Bartolino Collegato de la Toscana, becado privilegiado por la Ciudad de Firenze, virtuoso seguido con admiración por una minoría suprema del coro de entendidos mundiales -no, desde luego, de los que esperan a que otros aplaudan para añadir sus sonoros vítores, esperando una repetición gratuita de algún movimiento de la obra, sino de aquellos que saben distinguir las fases intermedias de una sinfonía, de su punto y final- se entrenó para la singular representación, con todo ahínco.

Seleccionó la maza justa, de entre centenares de ejemplares que probó, una y otra vez; ensayó movimientos del brazo -más abiertos, cerrados, ágiles o lentos- y hasta hizo musculación específica, entrenándose en un gimnasio; pidió a un curtidor de Sarajevo que le cambiara varias veces el parche del bombo, hasta dar con el justo; despedazó no menos de doce bombos, usó tres micrómetros ajustados electrónicamente, tomó tiempos tanto con metrónomos digitales y analógicos, guardó reposo y prescindió de carnes y pescados, engendró silencios…

El día del estreno, allí estaba, serio, imperturbable, aunque su procesión iba por dentro. La responsabilidad asumida por Bartolino era inmensa, tal como la entendía. En un solo instante, le llegaría el momento de genial lucimiento, y, con él, se vería consagrado para siempre, como dios entre los intérpretes del más difícil de los instrumentos. Habría conseguido el clímax del bombo sinfónico en la última obra, la producción cumbre y, por tanto, definitiva, del incuestionado Piarteç, el regenerador del neoxpresionismo orquestal.

La orquesta avanzó, impecable, conjuntada, vibrante, melódica, sugerente o apabullante, según los tramos.

Llegaba el punto esperado, acercándose inexorable, inmaculadamente rítmico. El corazón de espectadores y músicos, acompasados todos a una misma frecuencia, se encontraba a punto de alcanzar el clímax, un orgasmo brutal, la intratable ataraxia colectiva. El ajuste bio-rítmico a la mágica esencia del Cosmos.

Bartolino, como tenía ensayado, levantó el brazo derecho, los 43º exactos de inclinación que tenía estudiados a la perfección, ensayados hasta la exasperación de cualquiera menos ilustrado. Tensó, como sabía, los músculos del antebrazo, sintió, encajándose, la vibración del cuello, la respuesta concreta del esternocleidomasteideos. Acarició, con la mano izquierda, abierta en símbolo de paz y respeto, el lateral del bombo, como quien consuela, antes del salto, a su yegua preferida. Su cerebro latía exactamente a múltiplos de 8,01 herzios; notaba las pulsiones en todo su cuerpo.

De pronto, en esa centésima de segundo vital, algo se cruzó. No supo qué. El brazo se le movió quizás algo más rápido, apenas un ligero porcentaje más acelerado de lo que tenía estudiado. Lo que hubiera sido, como un ángel que pasa, no pudo controlarlo. Cayó la maza sobre el bombo una nada antes, un poco poquísimo más fuerte. El amortiguado resultó un si es no es menos cortante,… naderías… aunque, para él, una inmensidad de desconciertos.

Bartolino estuvo a punto de desmayarse. Sintió el fracaso, la responsabilidad cayendo, como una losa, sobre su cuerpo de intérprete.

Había desperdiciado ese momento. Una vergüenza. Tuvo ganas de llorar, vencido.

Sorprendentemente para él, todo el público se puso en pie, de golpe, y rompió en aplausos. Fue la ovación más duradera, más sonora, homogénea y brutal que jamás se había escuchado ni volvió a escucharse otra vez en Bientbulchwach.

-¡Un genio, un genio! -gritaban, enloquecidos, obligándole a saludar una y mil veces, adelantándose al proscenio.

Fue incapaz de repetirlo, aunque lo intentó, desde luego.

Abandonó la música y se dedicó, desde entonces, al negocio familiar, si bien hizo cambiar la variedad de almendras por la marcona, más redonda y carnosa. Su nombre quedó escrito entre los geniales intérpretes del bombo sinfónico, para siempre.

FIN

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Cuento de primavera: El panteón

10 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La magnificencia del inmenso salón, la seriedad solemne de los ujieres, disfrazados incluso con pelucas dieciochescas, las mórbidas capas de terciopelo adornadas con hilos de oro y plata y los birretes multicolores -según la población de procedencia de los magister, su grado y antigüedad en el cargo- y, en fin, la aparatosidad estudiada con la que el Compadre Mayor de Todos los Estamentos de la región de Gardonia, dando un golpe con el martillo de ceremonias a la vasija representando a la Diosa Ceres, fabricada en cristal de Cartara, abrió la Sesión Extraordinaria del Círculo de Poder Máximo, todos estos elementos, y muchos otros, provocaban en el escaso público asistente, autorizado por un permiso especial a presenciar la reunión, emoción y respeto.

Esa Sesión Extraordinaria había sido convocada por una doble razón: Una, objetiva, que era el hecho de que Gardonia languidecía a pasos agigantados, perdiendo a ojos vistas, incluso para el más ciego de los observadores,  el poder y bienestar del que habían disfrutado hasta hacía apenas dos lustros. La situación estaba controlada, hasta el momento, por la Guardia Pretoriana de Gardonia, que mantenía a raya a los descontentos, pero era cierto que la preocupación crecía en los Estamentos Mayores de la región.

-¿Qué debemos hacer? -había preguntado, en una Notificación Interna Confidencial, el Jefe de la Guardia Pretoriana, a su inmediato superior, el magister de Interiorismo- No parece posible meter en las cárceles a todos los opositores, ya que, me temo son en este momento más de la mitad de la población y no tendríamos sitio más que para un dos o tres por ciento

Otra razón, subjetiva, era nueva, pues se trataba de proponer soluciones. Era una cuestión insólita, y que todos los magister juzgaban elucubrante, caprichosa y, posiblemente, perniciosa.  Se comentaba que la sugerencia que se había presentado era que todos los magister dimitiesen en bloque y se nombrase para sus puestos a gentes jóvenes de Gardonia.

-No tienen experiencia, es cierto, -parece ser que se expresaba en el Informe previo- pero tienen algo que a los magister les falta: Ilusión, empuje, propios de su juventud, para cambiar las cosas y, además, tiempo y ganas, que a los viejos representantes les falta.

La propuesta debería haber sido rechazada in límine (que no se sabía bien lo que era), aunque al haber sido expresada con tanta firmeza por el recién incorporado Magister mínimus -que tenía pendiente su confirmación en esa Sesión Extraordinaria, por cierto-, la mayoría de los representantes de los Estamentos la habían aprobado, bien por confusión, bien por parafernalia.

-¿Qué perdemos, al fin y al cabo? -se habían dicho unos a otros. Aprobemos la moción y, cuando llegue el momento de revalidar el nombramiento del magister mínimus, votamos en contra y proponemos a uno de los nuestros, que será aceptado por aclamación. Mi tío abuelo es un candidato perfecto -decía, incluso, el anciano representante de la población de Perturbancia.

-Perfecto. -aprobaban con aquiescencia incólume los cofrades, babeando-. Que, antes de votar, no se olviden los ujieres de invalidar los botones sobre los escaños que no correspondan a lo deseado, para evitar que haya confusiones -sugería alguno, alardeando experiencia y pragmatismo.

Era de ver la pompa y recogimiento, siguiendo ritos precisos que habían sido transmitidos de generación en generación, con los que que todos los compadres iban ocupando sus asientos en el estrado para la Sesión extraordinaria. Ciertamente, un ojo demasiado crítico hubiera descubierto que las pinturas del salón en donde tenía lugar el acto, presentaban terribles desconchados que, en algunas partes, incluso habían sido retocados impunemente por manos inhábiles, asesinas del arte, que, desde abajo, no eran tan fáciles de detectar.

Esa mirada perspicaz habría también detectado que las telas aterciopeladas, ajadas por el uso reiterado tenían cosidos y recosidos que las afeaban tantísimo, y que las diligentes y présbitas esposas de los magister habían tratado, inútilmente, de disimular, con retales de otras procedencias, mal cosidos y encajados; los hilos metálicos eran, en muchas zonas, simples líneas de pintura trazadas por manos inexpertas, que más parecían trampantojos burlescos que delicias hilanderas.

Había, sin embargo, formando parte de la situación, y dominándola, una circunstancia que era tan sencillo descubrir a primera vista que podía pasar desapercibida.

Prácticamente todos los magister, la generalidad de los compadres, los ujieres y la mayor parte de los presentes, que, embobados, asistían a aquel acto, eran ancianos. Muy ancianos. Ancianísimos. Llegaban a los lugares que les correspondía, arrastrando los pies, apoyados la mayoría en bastones de empuñaduras de marfil y plata; y lo que era peor: casi todos tenían un Alzheimer más o menos avanzado, demencias seniles de caballo, urgencias prostáticas de tapadillo, pérdidas de memoria continuadas, pulsiones temperamentales de inexcusable tenor, todas y cada una, serias rémoras que les incapacitaban para entender casi ningún asunto, ya de continuo como a saltos de mata.

Cuando les tocaba hablar, y por supuesto que no renunciaban jamás, por experiencia, a pedir la palabra, aunque no tuvieren la menor idea de qué decir, se limitaban, salvo mínimas excepciones que no venían sino a confirmar la regla del desastroso proceder, a repetir una y otra vez el mismo discurso, deslavazando temas, con las cuatro tonterías con las que creían, en su nebuloso entender, que habían procurado  una aportación sustancial al caso que se estaba tratando, fuese el que fuera.

-Queda abierta la Sesión Extraordinaria -dijo el Magister Ceremonioso y, se extendió, tras unas palabras de bienvenida que llevaba escritas, en el recordatorio, para quienes no se había leído la convocatoria y acudían solo por las dietas y la comida, del motivo-. Se trata, como sabéis, de debatir el Plan de Futuro de la región de Gardonia. Hay una única propuesta, presentada por el magister mínimus, que se os ha enviado por paloma mensajera, aunque hemos recibido algún comentario de que no a todos ha llegado, lo que importa poco, pues no se recibió ningún comentario o sugerencia hasta el momento, lo que haremos in situ. Después, se votará la reelección o destitución del magister mínimus que está provisionalmente en el puesto, hasta que no sea ratificado.

Uno de los ancianos, el del tupé pelirrojo rizado, que se sentaba dos bancos a la derecha del Gran Magister, y del que se comentaba -sin refrendo-que había sido hacía veinte años un eficiente empresario de pompas, fastos y canastos, y que ahora disfrutaba -decía que merecidamente- de la pensión que le correspondía (y de algunas otras que no), pidió la palabra. Cuando le fue concedida, el indicado, Maese Pepostio de la Parpada Parpada, dijo:

-Propongo que hagamos un ligero cambio en el Orden del Día. Que votemos primero al reelección, y, después el Plan.

El magister mínimus protestó enérgicamente, presintiendo la jugada, y expresó, antes de que le quitasen el sonido del micrófono del estrado, desconectándole los cables de un tirón, su más profunda repulsa a la propuesta.

No fue necesario, con todo, votar la modificación, porque los murmullos de aprobación a lo propuesto por Maese Pepostio de la Parpada y las manifestaciones perfectamente audibles, de profundo desagrado, por extemporáneo, inconveniente e impropio, a lo que defendía el mínimus, fueron interpretados por el Gran Magister como que estaban todos de acuerdo en modificar las tornas, y poner el diego donde decía digo.

-Votaremos, pues, en primer lugar, la destitución o permanencia del magister mínimus provisional, Pobreturato Persistencio. Los que estén a favor de que permanezca en este estrado, que levanten la mano izquierda.

Los provectos y seniles ancianos de la Asamblea dudaban qué hacer; algunos, aturdidos, levantaron la mano derecha, por lo que su voto fue considerado nulo. Otros, siguieron tratando de encontrar un sentido a los sudokus que les había propuesto para pasar el día sus sicólogos de cabecera, dándose su decisión por emitida.

-Queda aprobada, pues, sin necesidad de nueva votación, la destitución del ex magister Persistencio, al que agradecemos los servicios prestados.

Y continuó:

-Al no poder ser presentada, porque no existe en la Asamblea ningún compadre validado para defenderla, la única Propuesta de Plan de Futuro, se levanta la sesión.

Pobreturato Persistencio, que estaba siendo retirado por los ujieres, a lo que ofrecía gran resistencia, gritaba que todo aquello era ignominioso. El público se preguntaba qué estaba pasando, pero, como no entendía gran cosa, aplaudía, porque el espectáculo parecía novedoso.

-Puede ser necesario puntualizar cuál será el Plan que seguiremos -indicó, al oído del Gran Magister, el Secretario, que, disculpándose por el tono de voz, carrasposo, aclaró, seguidamente: -Por una simple cuestión de orden formal, ya sabes.

-Seguiremos utilizando el mismo Plan que tenemos -aclaró, el Gran Magister-.

Para festejar el éxito de la Asamblea, todos se fueron a disfrutar de la comida que estaba preparada para ellos, en un restaurante cercano, que, por casualidad, se llamaba «El Panteón».

Unos pocos cientos de metros más allá, un grupo de jóvenes organizaba una manifestación.

-¿Por qué no tapiamos las puertas del restaurante? -sugirió uno de los cabecillas del grupo que continuaba formándose, a raudales, confluyendo más y más participantes, desde todas las calles y callejuelas que desembocaban en la plaza, anteriormente llamada de La Renovación, y hoy, del Eterno Retorno.

No lo hicieron, desde luego. Tuvieron una idea mejor: crearon estructuras nuevas desde las que dirigir lo importante de Gardonia, a las que invitaron a aportar su consejo y experiencia a aquellos de sus mayores que no tenían intención alguna de dominar, sino de cooperar con sus ideas en mejorar el futuro de los jóvenes, lo que, por cierto, hicieron gustosos.

Y a los viejos prebostes, a aquellos que habían controlado hasta entonces, en su propio provecho, limitando a sabiendas la renovación o eliminación de lo que ya no servía, las organizaciones de desgobierno, les dejaron, abandonados a su suerte, manoseando un Plan de Futuro que les interesaba solo a ellos: el suyo.

Pocos de estos últimos, llegaron a darse cuenta, de la pujanza de lo que creció del otro lado del Panteón -real o ficticio-en el que, por propia voluntad, incompetencia y falta de visión, se habían introducido. Era, en todo caso, tarde, demasiado tarde. Aunque solo para ellos, no para la Historia de Gardonia, que, imparable, irresistible, siguió su curso.

FIN

 

 

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Cuento de primavera: Lo que faltaba

9 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cucusfato, agradecido a la par que confuso, no estaba decidido a intercambiar muchas más palabras con el desconocido que le había pagado el billete del autobús, amén de ser el causante indirecto del regalo de la vestimenta que llevaba.

Pero el trayecto entre Guadalatejo y la capital de la comarca, aunque de apenas setenta kilómetros, que hubieran podido cubrirse a buena marcha en poco más de una hora, se alargaba durante dos y media, debido a las paradas que el vehículo se veía obligado a hacer en cada pueblo del recorrido.

-Así que eres un escapado de la clausura -le provocaba el benefactor-. ¿No te gustaba la carne que tenías a disposición? ¿Preferías el pescado?

Cucusfato callaba.

-Mi hijo estaba ya terminando el bachillerato cuando se le presentó una alergia de la que no teníamos ni idea que podía existir. La llaman alergia acuagénica. ¿Sabes lo que es? -Cucusfato negó con la cabeza, viéndose incapaz para evadir la explicación. El otro prosiguió:

-Parece que estaba provocada por un medicamento que le dieron para curarse de las anginas.  Fue a más, cada vez. No podía ni ducharse, ni bañarse. Se hizo sensible hasta sus propias lágrimas o el sudor.  ¿Te imaginas lo que puede ser eso?

Cucusfato no se lo imaginaba, pero sí entreveía al pobre primer poseedor de la chaqueta que portaba, muriéndose de un grave disgusto, que le habría provocado un mar de lágrimas. Así que, curioso y comprensivo por una vez con el caso, expresó, con lástima:

-¡Qué muerte tan terrible!

-No, no. No murió de eso. La alergia estaba controlada, por fortuna. Murió por unas fiebres reumáticas, como te dije, que se complicaron con una afección cardíaca. Padecía del corazón desde niño, el pobre.

Por fin, el autobús de línea llegó a las cocheras de la ciudad, en donde tenía su última parada. Cucusfato se despidió del amable pasajero que le había estado dando tan sutilmente la tabarra, y se encaminó a la dirección que correspondía a la Notaría.

Era cierta la sospecha de que el Notario titular había cambiado. Pero en los protocolos de la Notaría subsistían los archivos que correspondían a las disposiciones testamentarias de sus padres que, previsoramente -y por presagios de lo que podía sucederles que no viene al caso detallar- habían dejado escritas para el momento en que pudiera sucederles algo.

La titular de la Notaría acogió al muchacho con simpatía.

-¿Cucusfato García, dices que te llamas? ¿Tienes algún documento de identidad contigo?

Cucusfato le enseñó el Libro de Familia que llevaba, y la funcionaria lo analizó con detalle profesional.

-¡Ah, sí, está claro¡ -dijo, tendiéndole el documento-. Pero aquí dice que los hijos de tus padres se llamaban Teodofrosio y Cucusfata. Tu no puedes se Cucusfato, sino Teodofrosio, el mayor.

Cucusfato-Teodofrosio se agarró instintivamente a la silla.

-¿Cómo así?

-Aquí puedes verlo, muchacho. Aunque con letra casi ilegible, pone «varón» -bueno, en realidad, solo se distingue la «v» de todos estos signos caligráficos indescifrables. Así que tú tienes que ser Teodofrosio, y tu hermana, la menor, Cucusfata.

-Quiere esto decir…-elucubró el muchacho.

-Es evidente que tú tienes en este momento dieciocho años y siete meses, es decir, estás perfectamente en plazo para tomar posesión de la herencia que te corresponde.

Teodofrosio dio gracias a Dios por haberle concedido la gracia que le había pedido de manera tan singular.

-Llamaré de inmediato al albacea, para que comparezca y te explique las gestiones que ha llevado a cabo en este tiempo con el patrimonio, y puedas tomar posesión de él.

No fue compleja la localización del albacea, que resultó ser un amigo del Notario que había ocupado la plaza anteriormente, hombre de extremada pulcritud en las cuestiones de los negocios,  quien expresó, luego de las presentaciones, un alivio de trasladar el resultado de sus gestiones a quien era legítimo titular de esos desvelos.

-Fue cuestión de suerte, sin duda, más que de perspicacia -explicó al muchacho, que estaba ya repleto de las emociones que la salida del convento le estaba deparando-. He invertido la mayor parte de los dineros y rentas derivadas de las posesiones de tus difuntos padres en acciones de una compañía de tecnología coreana, y, como no deseaba complicaciones, he ido suscribiendo todas las ampliaciones de capital. En este momento, eres propietario mayoritario de la sociedad, que tiene sus tentáculos en todo el mundo y es uno de los líderes mundiales.

Teodofrosio no pudo evitar derramar algunas lágrimas de alegría y, llevado de un impulso repentino, se levantó del asiento y abrazó al albacea, que, igualmente sensible con el afecto manifestado, lo acogió entre sus brazos, conmovido.

Siendo hombre devoto, por otra parte, no olvidó confesar su pecado de haber creído que las monjas y, en particular, su hermana Cucusfata -ahora, de novicia, Hermana María Indulgente de los Desamparados-, le habían hecho una jugada.

FIN

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: acuagénica, agua, albacea, alergia, clausura, condición, cuento, cuento de primavera, edad, notario

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