Al socaire

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La voz del pueblo

20 enero, 2016 By amarias 2 comentarios

En el concepto resbaladizo y sinuoso de democracia, hay un componente bastante perverso que aparece cuando se consulta al pueblo -es decir, a la generalidad que se supone resultará afectada por la decisión que se tome- qué es lo que opina sobre una cuestión concreta.

Claro está que, como no se va a entregar al personal al que se interroga un cuestionario completo con las diferentes opciones, ni mucho menos, se va a facilitar a cada individuo la posibilidad de expresar matices, condiciones o añadidos en unas hojas supletorias, la cuestión queda reducida a que diga sí, no, o nada (paleta en blanco o quedarse en casa) o  a que se deje convencer por la labia, el careto o el programa de quienes han decidido dedicarse, de por vida, o por una temporada, a manejar los dineros públicos.

En particular, si se trata de un asunto tan complejo (aunque no necesariamente el más delicado) como designar representantes de la población por una temporada larga, incluida la opción de que entre ellos nombren un Presidente de Gobierno que ordene los asuntos de la caja común, no dejará de sorprender al votante juicioso e independiente, la cantidad de opciones a las que entregar su voto.

El dicho popular indica que «si llueve como si hace calor, el culpable es el alcalde». (1) Con mayor razón, si la economía va mal o regular, el culpable es el partido de Gobierno, y, en este caso, además, en España hemos tenido la fortuna de que el Jefe de Gobierno es un señor bastante mayor y al que, perdóneseme la osadía, no parece haberle dado natura el don de la labia jacarandosa.

Como tocaba convocar elecciones generales, el momento parecía oportuno para lograr una alternancia, que diese nuevos aires -no ventarrón- al paquebote en donde viajamos todos los españoles. Me gustaría haber subrayado «todos», pero ahí lo dejo, porque no hay que menospreciar la sagacidad del lector.

Dicen que el pueblo, pues, habló. Y lo hizo con claridad tan sutil que no hay analista que se aclare, por más que se estrujen las meninges, se tracen líneas rojas o verdes por los portavoces de los partidos y se barajen al tuntún o de buena fe las combinaciones para formar gobierno, pues existen cuatro agrupaciones -de los cientos que se postularon- que andan más o menos igualadas y que, si se combinan dos a dos, no alcanzan mayoría simple para nombrar quien lo presida.

¿Tenemos un país ingobernable? En absoluto. Aunque la Historia tenga ejemplos de Estados que se fueron al garete por la ambición, insidia o dejación de sus mandatarios, no es ese el riesgo que corremos. Lo que nos ha pasado es que las opciones de los cuatro partidos que han salido como minivencedores de esta contienda electoral tienen cosas buenas y malas, según cómo se mire, pero ninguno ha conseguido seducir de manera convincente a algo más de la mitad de los votantes.

Porque, de eso se trata, cuando se pide al pueblo que elija: de elegir entre dos opciones, carne o pescado; de postre: arroz con leche o café solo. Y que una de ellas obtenga la mayoría -aunque sea por un pelo, o incluso, que lo sea de esa mínima manera-.

El país estaba ya adquiriendo la costumbre de escoger entre Derecha liberal o Socialdemocracia, que a mí me sigue pareciendo de lo más saludable. Aparecieron más opciones, de las que dos resultaron destacadas: Podemos (bajo el lema subterráneo de Cambiarlo todo de momento y Luego ya se verá) y Ciudadanos (con su eslogan de Somos capaces y sensatos y, además, separaremos la caja común de la propia).

Todas tienen su puntito, sobre el papel. Pero, como la inmensa mayoría no leerá papeles, el asunto de decidir se trasladó a los caretos y a la labia, con el resultado conocido. Lamentablemente, el Menú no permite combinar tantas opciones y, aunque las encarguemos a la mesa, lo que tendríamos garantizado es un empacho colectivo.

Por tanto, es preferible que no se alcancen acuerdos en esta ronda. Que se vuelvan a sus rediles, mediten los muñidores de cocina que les falta a cada una de las opciones para alcanzar la mayoría, y que se presenten con nuevos platos a la mesa. Porque si han de ir modificando las enjundias, las salsas y el porqué cuando estamos sentados, con el hambre que tenemos, presumo que no habrá Hoja de reclamaciones a la que dirigirnos con solvencia.

—

(1) Circulan múltiples variantes de esta imputación gratuita. Me gusta especialmente, ésta, en bable occidental: «Cuando llueve y fai aire, tola culpa tienla l’alcalde; cuando llueve y fai sol, tola culpa tienla el rexidor».

 

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: acuerdo, elecciones, gobierno, programa, pueblo, reclamaciones, repetición, voz

Barajar y volver a repartir las cartas, pero…¿cuál es el juego?

4 enero, 2016 By amarias 1 comentario

La consolidación de la sospecha de que la fragmentación de las preferencias manifestadas en las elecciones generales y catalanas hace inviable la formación de un gobierno con las mínimas garantías de estabilidad, empuja hacia la convocatoria de unas nuevas elecciones.

Cuando escribo este Comentario, hay aún voces que defienden que es posible llegar a algún acuerdo, prendido con alfileres de voluntarismos esencialmente frágiles, para investir, respectivamente, a un Presidente de Gobierno y a un President de la Generalitat de Catalunya. Con parecida panoplia imaginativa que la que se utiliza para prever la evolución de la situación económica cuando se estanca la crisis, se especula sobre posibles coaliciones, incluso con cambio de candidatos presidenciables.

Así, según el color del comentarista, o los intereses de los portavoces de partido, los nombres de Rajoy y Sánchez iluminan la pirinola o Mas se desdibuja del panel como el gato de Chehshire y parecida sonrisa.

Me parece muy grave que, en esta pugna por reparto de un poder cuyos efectos para el ciudadano normal (el no politizado) se han convertido en una mera especulación, no se esté hablando de programas de gobierno, sino de melifluas líneas rojas.

¿Es importante, de veras, realizar un referéndum en Catalunya, para que se vuelva a votar acerca de su independencia? ¿Va a obtenerse un resultado que no signifique -además de la obvia creciente abstención, dimanante del desinterés galopante por la cuestión- sino que la sociedad está dividida, que es lo mismo que confusa?

¿Importa mucho, con serenidad, que creamos que la tenue (por imperceptible y frágil) recuperación de la economía que dice haber conseguido el Gobierno ahora en funciones, necesita, para eclosionar, más dosis del mismo placebo?

Estoy entre los que defienden que, tanto si han de convocarse -como parece- nuevas elecciones, como si no, lo que interesa es lo que van a hacer los gobiernos que se constituyan. Qué actuaciones concretas, con qué medios, a qué coste. Y, por supuesto, con qué cuentan -en personas, relaciones, ideas- para llevarlas a cabo.

Porque si solo se trata de barajar una y otra vez las cartas, sin cambiar ni rostros ni concretar los programas (no fantasías, por favor: acciones específicas, indicando cómo se van a llevar a cabo, con qué apoyos, y de dónde sacarán los dineros y las capacidades), será tiempo perdido. Peor aún: ahondaremos en la miseria, por mucho que nos la quieran revestir de fantasía.

Cómo crear empleo para los jóvenes (y es justo que protesten indignados los que no lo tienen, pero eso no mejorará si situación). Repartir mejor y de forma más eficiente las partidas de gasto público (y habrá que llamar a capítulo a los despilfarros autonómicos, regenerando economías de escala). Apoyar a las empresas más eficientes e impulsar la generación de otras nuevas en sectores estratégicos y de futuro (y, para eso, habrá que combinar sabiamente la economía de mercado con la de Estado); etc.

Me repito, lo sé. Lo preocupante es que no seamos muchos los que tenemos la sensación de clamar en el vacío.

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Catalunya, crisis, elecciones, empresas, gobierno, Mas, Pedro Sánchez, plan, Podemos, PSOE, Puigdemont, reactivación

La teoría del pacto

25 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Los resultados de las elecciones municipales y autonómicas en España en 2015 han servido para poner de manifiesto varias cosas, que los especialistas en analizar a posteriori -lo que tantas veces no han sido capaces de predecir-, se encargarán de remover una y otra vez, sacándole todo el jugo posible.

Como el mayor interés del presente descansa en producir los hilos que sirven de apoyo para construir un futuro mejor, me gustaría compartir algunas reflexiones sobre las consecuencias de los posibles pactos que supondrían alcanzar las mayorías para garantizar lo que se ha dado en llamar «estabilidad de gobierno».

Desde luego, este análisis debe tener en cuenta la diferente situación que se presenta según se trate de municipios o de autonomías, de acuerdo con la legislación que rige la interpretación de los resultados en los comicios. En los Ayuntamientos, el alcalde electo es el cabeza de la lista más votada, aunque si no tiene la mayoría simple, un pacto entre otros partidos puede suponer que esta coalición post electoral le arrebate la alcaldía, en la votación de investidura.

En Madrid, parece seguro que un pacto entre Ahora Madrid y el PSOE hará a Manuela Carmena alcaldesa de la capital de España, aunque Esperanza Aguirre haya capitaneado la lista más votada, con un concejal más que los conseguidos por esa agrupación controlada por Podemos. El talante conciliador de Carmena, su serenidad como valor personal y los mensajes con irrefutable presunción de sinceridad por los que la candidata expresa su voluntad de tender puentes entre los extremos ideológicos de la ciudad, predisponen a suponer que dará a esta ciudad la dosis de apaciguamiento colectivo que precisa.

Bienvenido sea el pacto, pues, a posteriori de las votaciones, si bien quiero poner de manifiesto que los pactos entre partidos con características ideológicas marcadas no suelen funcionar. No sirven para generar estabilidad persistente durante la legislatura -acaban rompiéndose por los motivos más diversos, incluidos el trasfuguismo de alguno de los representantes- y, sobre todo, tienen el grave riesgo intrínseco de hacer perder la visibilidad de la identidad del partido que ha entrado como minoritario en la coalición, que arriesga por ello el que en las próximas elecciones sea castigado, tanto si las cosas han ido bien como, sobre todo, si han ido mal.

En fin, me apresuro a señalar lo que considero el factor diferencial de Madrid en estas elecciones, y su valor para avanzar en democracia.

Porque creo que el gran mérito de Ahora Madrid y del PSOE en esta jurisdicción no ha sido poner de relieve las diferencias ideológicas, sino el haber hecho pivotar la campaña en dos candidatos de consenso, razonables y serios: Manuela Carmena y Angel Gabilondo.

Ambos serían buenos alcaldes, en cuanto representan el buen sentido plural que debe presidir una sociedad madura y progresista, y en donde el primer regidor, precisamente por vivir el día a día de la ciudad, ha de estar lo más lejos posible de las discrepancias teóricas para atender a la solución de los problemas diarios y la mejora de la población en la que viven.

Como Gabilondo no compite por la alcaldía, ya que figuró en la lista del PSOE para la Presidencia de la autonomía, la posibilidad de que pudiera haber sido ese buen alcalde que Madrid necesita pertenece al terreno de la imaginación. Y en el campo que le compete, no tiene opciones reales de batir a Cristina Cifuentes, a la que, -y lo digo sin solicitar el perdón a mis amigos de la izquierda razonable, ni pretender el aplauso de mis amigos de la derecha liberal-, veo como una potencial buena presidenta de la Comunidad de Madrid, dotada también del sentido conciliador y positivo que necesita esta sociedad vapuleada por la crisis, la corrupción y la incomprensión hacia el que piensa lo contrario, sin saber matizar por qué.

Tendremos en Madrid, pues, si mis previsiones son correctas, dos pactos de signo diferente: PP y Ciudadanos, para aupar a Cifuentes a la Presidencia de la autonomía, y el de Ahora Madrid (con su núcleo en Podemos) y PSOE, para que Carmena sea alcaldesa. Más emoción, casi imposible. La teoría del pacto, puesta a prueba.

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Ahora Madrid, alcaldesa, autonomía, carmena, carmona, cifuentes, elecciones, Gabilondo, Madrid, pacto, presidenta, PSOE

De políticos y canciones

1 abril, 2015 By amarias 1 comentario

Una de las obras maestras de la literatura, de esas pocas creaciones de las que se puede disfrutar aunque por ellas hayan pasado siglos, guerras, pueblos y costumbres, es la Canción de Rolando (La chanson de Roland). (1) Sin detenerme a detallar el argumento -que los jóvenes bachilleres de mi generación recordarán, al menos, a grandes rasgos- apunto aquí solamente, para los que se contentan ahora con un par de brochazos, que el anónimo cronista detalla una traición y una proeza.

El héroe Rolando muere, junto a sus seguidores, tras sostener una imposible batalla contra un enemigo (no importa hoy al caso que allí sean seguidores de Mahoma), muy superior en número y que, además, por la felonía de un alto noble, familiar envidioso del elogiado, cuenta con la ventaja de la sorpresa.

Rolando se resiste valerosamente, vende cara su segura derrota y, solo cuando conoce que su muerte, herido ya mil veces, es inmediata, accede a la súplica de los suyos de pedir ayuda a Carlomagno, que está volviendo con el grueso del Ejército a sus palacios, y cuya retaguardia estaba protegiendo. Toca el olifante; el emperador acude y venga su muerte, consiguiendo una victoria total.

La Canción que aquí se escucha más en esta época no es la de Rolando, sino la de Robando. No es, por supuesto, ésta última, un episodio épico, ni arrastrará gloria alguna para sus protagonistas, que no son héroes, sino villanos.   No hay gesta, sino malicia. Se baten, sí, utilizando artilugios y artimañas, pero contra las mesnadas de la verdad y la justicia. Sus recursos son la esperanza en la superación de los plazos, la prescripción de sus delitos, la confianza en una artificiosa defensa legal, el beneficio del preciado indulto y, a no desdeñar, el cansancio colectivo, el olvido de los pecados, la redención por la expiación singular del tú-también.

En esta batalla trapacera, constituida en ceremonia de la confusión, en la que casi nada es como parece, y las promesas de ayer no son más que espejismos, y es imposible conocer si la solución está al alcance y si los que están al mando han tocado el cuerno para pedir más auxilios para ellos o para todos, se precisa que alguien ponga serenidad, ofrezca calma.  Ya está bien de mensajes en que los buenos son siempre los nuestros y los malos, los que militan con los otros.

Las elecciones de mayo, al menos en Madrid, ofrecen una oportunidad excelente para probar la capacidad de ciertas personas, a despecho de partidos, e incluso de ideologías.

Se trata de poner fin a la Canción de Robando, y recuperar, sino a los héroes, al menos, a los honestos y serios. Con su ejemplo, los demás ciudadanos, volveremos a las tareas propias despojándonos de la obsesión por criticar las ajenas. Necesitamos obtener la tranquilidad de que al mando del sistema tenemos personas creíbles, capaces de controlar la presumible presión de sus partidos, eficaces coordinadores de sus equipos, geniales impulsores de las ganas de todos, empeñados en hacer las cosas bien, y en obligarnos a todos a que hagamos lo que nos corresponda lo mejor que sepamos.

Hay una remota posibilidad de que Angel Gabilondo (cabeza de lista por el PSOE para la presidencia de la Comunidad de Madrid) y  Manuela Carmena (encabezando la variopinta relación de inquietudes que aglutina Podemos/Ganemos Madrid/Etc.), resulten ganadores en las elecciones de mayo.

No hago propaganda de partidos, que no me interesan. Tampoco me prodigo en el elogio de personas, aunque la vida me ha proporcionado la oportunidad de conocer a muchas, varios miles.

Me refiero a los dos citados porque son gente culta, y dan una imagen tolerante, inteligente, pacífica. Resultan ser gente experimentada, abierta, tranquila. No los veo fanáticos, sino aficionados al arte de pensar qué será mejor, y tratar de llevarlo a término.

Si no tuvieran un partido detrás, los votaría sin dudar. Supongo que bastante gente los votaría también. El que sean cabeza de lista de una agrupación política, me obliga a analizar con sumo cuidado el resto de los que la forman, sus tensiones internas, su homogeneidad ideológica, la trayectoria de sus miembros, sus declaraciones y experiencia concretas; por no hablar, de la coherencia de sus postulados con lo que yo entiendo que es practicable, razonable, oportuno…Muy complicado.

Y ahora viene la mayor carga de arena. Temo que, si los que indico más arriba fueran elegidos en las urnas, no duren en sus puestos mucho tiempo. Intuyo que, cansados de no poder hacer aquello que pensaban, desanimados por la tensión que provoca tener que avanzar entre zancadillas más que contando con apoyos, acabarán dimitiendo. Mayor probabilidad de tal posibilidad de abandono atribuyo, claro está a Carmena que a Gabilondo. No en vano este último ha sufrido ya en sus carnes la desilusión de no llevar a cabo lo que le parecía sensato, y le creo, por ello, más curtido en aguantar las heridas de la falta de acuerdos.

¿Conseguirán resistir los embates? ¿Seguirán fieles, como Rolando, al mantenimiento de su posición (que no de su puesto), sosteniendo su credibilidad? ¿Aguantarán traiciones, felonías, deserciones? ¿Elegirán a sus equipos de entre aquellos que estén dispuestos a luchar hasta el fin, o sucumbirán a presiones? ¿Tocarán el cuerno para pedir ayuda demasiado pronto, demasiado tarde, nunca?

Si se produce ese imposible de tener a dos personas de ese peculiar talante a la cabeza de las  instituciones más próximas a los madrileños, se abrirá un período muy interesante.  También por su edad (que otros juzgarán provecta), debe venir la enseñanza de serenidad que echamos de menos en la caldera de la crispación que otros alimentan.

—

(1) Rolando es, en la adaptación habitual al castellano, Roldán. Pero a mí me gusta recordar el original más fielmente.

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La rebelión de las élites

15 marzo, 2015 By amarias Deja un comentario

La decadencia en credibilidad de los dos partidos que habían resucitado la ilusión popular por la reconstrucción de un bipartidismo pacífico (es decir, por su misma esencia, engañoso), ha puesto el acento político sobre la incertidumbre que se nos avecina respecto a la gestión de la cosa pública.

No tengo la menor intención de entrometerme en la interesada pugna de los representantes de los diferentes partidos políticos que optan ahora (elecciones de mayo de 2015) por hacerse con una parte del pastel de los presupuestos de las Administraciones. Mi desconfianza espontánea respecto a los móviles particulares cuando se erigen en representantes de los intereses de aquellos a quienes, precisamente, han solicitado que depositen en ellos su confianza, viene de antiguo -tanto casi como mi mayoría de edad, y no quiero alardear de perspicacia temprana-.

No creo en la genialidad política, e identifico casi sin matices liderazgo con ambición personal, en ese terreno resbaladizo en el que algunos pretenden tener la solución al jeroglífico de la mejora del bienestar colectivo. Creo en el trabajo conjunto de los mejores, de aquellos que poseen las claves para avanzar en las soluciones, de quienes tienen mucho que perder y, sin embargo, se arriesgan a defender a los que nada tienen, para auparlos a situaciones de igualdad.

Es decir, creo en lo que la Historia y, en particular, la de España, se ha revelado como una rareza y en la que han sucumbido -incluso físicamente, asesinados, desterrados, marginados- una buena parte de los mejores individuos (intelectual y humanamente hablando) de los hijos de esta tierra que, en algún momento, hemos llamado Patria.

La fórmula para avanzar en la mejora colectiva es tan simple que hasta produce reparo pretender identificarla: hay que mover la situación, y de forma permanente, hacia la generación de riqueza y atender a su mejor distribución entre los que menos poseen. No tengo tampoco dudas de que la única manera de conseguir ese propósito es mediante una combinación de la economía de mercado (con mínimas restricciones, pero con vigilante control) y la gestión desde el Estado de los elementos básicos que impulsarán ese desarrollo: la educación, la sanidad, y la gestión impositiva.

La experiencia como observador me ha hecho desconfiar de algo que se suele utilizar como axioma: la separación de los poderes, judicial, legislativo y de gobierno. La teoría suena magnífica, pero en la práctica es irrealizable. Todo poder debe tener la servidumbre de ser supervisado, y la única forma de revisar algo creado por conveniencia de una colectividad es arbitrando mecanismos desde la propia colectividad, que los mantengan como independientes de esos poderes y, para lograr esa independencia, han de ser periódicamente renovados.

Sé que la palabra élite suena horrible a una mayoría de ciudadanos, que han sido, desgraciadamente, mal educados respecto al significado que debería darse a la autoridad. Hoy todos se creen con el derecho (a veces, incluso, con el deber) de opinar o poder opinar sobre todo. Y esto de la vida pública no es como el fútbol: no se trata de meter goles, de ganar partidos, de tener atletas bien pagados y con característica casi sobrehumanas en la formación a la que veneramos como macho cabrío expiatorio de nuestras limitaciones.

Me importa un comino si alguien alardea de ser honesto. Claro que tiene que serlo, pero, además, debe tener la seguridad y la tensión de que analizaremos su comportamiento. Me vale lo mismo (nada) que se presente como quien tiene la solución para sacarnos de cualquier encrucijada, con fórmulas de catecismo ideológico: menos impuestos, o más, o apoyar a los autónomos, o nacionalizar a algunas entidades, o defender la paridad de sexos en los comités, o crear mini trabajos, o reducir el salario, o presionar sobre los beneficios de los grandes grupos empresariales.

El movimiento se demuestra andando, y en esto, los españoles somos muy torpes. Copiamos del éxito de otros sin analizar si nos conviene esa medicina, despreciamos las propuestas del vecino porque conocemos a su familia desde siempre (es un decir), queremos tener hijos universitarios pero ridiculizamos cualquier opinión que provenga del saber, estamos perfectamente capacitados (alardeamos) para opinar de energía, minería, tecnología, globalización, cambio climático, labor del funcionario, capacidad para gestionar, nivel de prestaciones públicas, etc. Atendemos con vehemencia a juzgar los resultados de lo que nos interesa pero no somos capaces de analizar con objetividad lo que hace falta sacrificar para conseguirlo.

Por eso, estaremos siempre empezando, alucinados por la exhibición de cambio que prometen iluminados que no saben de Historia, ni de Tecnología, ni de Economía, ni de Sanidad, ni de Educación. Solo parecen haberse especializado en levantar la voz, chillar que son los mejores, los que pueden, los que más crédito merecen.

Me gustaría que escucháramos a las élites. No, por supuesto que no son la casta. No suelen hablar, aunque no quiere decir que estén callados. Trabajan, muchas veces en la soledad o en equipos reducidos, por conseguir mejoras. Investigan, razonan, argumentan, estudian, actúan en sus ámbitos. Son nuestros mejores.

No se dedican a la política. No están, muy posiblemente, entre los jueces, al menos, no entre los que llamamos mediáticos. No tienen renombre como médicos o ingenieros ilustres. Puede que nunca hayan alcanzado una cátedra. Es muy probable que vivan modestamente, con los dineros que su labor reposada y digna les ha permitido conseguir, a despecho de los empujones para subir de otros más hábiles para moverse entre las tinieblas.

España, por lo que parece, va a encontrarse en la situación de repartir nuevamente las cartas políticas que darán resultado a una situación de pluripartidismo, en la que el entendimiento respecto a lo que hay que hacer se hará, por momentos, confuso. Es una lástima. Porque la idea que habría perseguir, desde mi modesta posición de observador al margen de los partidos, con la mochila personal repleta de experiencias y de conocimiento de currícula ajenos, es la misma que tuve hace muchos años: solo avanzaremos colectivamente si atendemos a los mejores y solo hay una manera de avanzar con resultados: mejorando día a día, tramo a tramo, lo que tenemos para que nuestra sociedad sea más solidaria, más receptiva a las necesidades de los que menos tienen, más atenta a aupar a los mejores, a los que más saben, en las tareas de responsabilidad colectiva.

 

 

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Regeneración o trasplante

15 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Empiezo este Comentario felicitando a Pedro Sánchez Pérez-Castejón, aunque me apresuro a puntualizar que él sabrá porqué, porque yo no estoy tan seguro de que su nueva andadura política le vaya a deparar satisfacciones.

El aún considerado partido mayoritario de la oposición al Gobierno del aún tenido por partido representante de la mayoría del pueblo español, lo tiene crudo. En la deslucida «campaña» para hacerse con el puesto de Secretario General del PSOE, luego de la renuncia del profesor Alfredo Pérez Rubalcaba, tanto Pedro Sánchez -la eliminación del apellido materno dota a su nombre de una connotación más popular, casi anónima-, tanto él como los otros candidatos han puesto el énfasis en la «regeneración» del partido.

Con casi 200.000 afiliados, de los que aproximadamente un 30% manifestaron su apoyo al nuevo responsable de fijar la estrategia electoral del partido que fundó Pablo Iglesias («¡el bueno, el nuestro!», en la desafortunada, pero espontánea innecesaria matización de Sánchez en declaraciones surgidas cuando defendía su postulación), el PSOE está necesitado, como nunca de un cambio de rumbo.

Lo demandan sus actuales miembros con carné, lo exigen los que aún se consideran simpatizantes y lo proclaman a gritos, desde su hipotética mayoría silenciosa, quienes están convencidos de que hay que encontrar una nueva vía para la social democracia, porque el paquebote en el que se refugiaban los ideales de cambiar, «moderadamente», la sociedad española, hace agua por tantos sitios que ha sido abandonado masivamente por quienes en algún momento confiaron en que su ideario, cada vez más imaginario que plasmado en hechos, pudiera servir para mejorar la situación del país.

Si estuviera en la piel de Sánchez -lo que hago como simple ejercicio de no buscada complicidad- me preocuparían, ante todo, dos cosas: robustecer el partido poniendo en primera línea a los miembros más activos en sostener una recuperación de principios ideológicos y, aún más importante, lanzar un mensaje muy claro de comprensión y complicidad hacia quienes no militan, pero son imprescindibles para que su voto otorgue la mayoría con la que gobernar el país.

Son dos operaciones muy difíciles aunque, por fortuna, encajables la una en la otra, como un par de matriescas rusas. Son difíciles porque surgen de la necesidad de revisar un esquema agotado, estéril para la actual socio-economía. Los viejos postulados socialistas -ya tantas veces revisados desde la cúpula- no son atractivos para la inmensa mayoría, al menos, no para que movilicen un voto favorable.

El sostenimiento de un estado de bienestar, como el que sirvió para encandilar a quienes no hicieron bien lo números ni supieron apretar las clavijas a los más beneficiados por una economía de mercado desbocada, resulta ahora imposible, por lo que hay que detectar muy bien los ajustes que tienen que ser, circunstancialmente, asumidos desde la izquierda, y plantear, aún mejor, los sacrificios que deben ser soportados, no por los que menos poseen, sino por los que siguen acumulando plusvalías.

Regeneración no puede significar, por ello, confiar en que baste plantar un esqueje extraído del tronco vegetal, y regarlo con nuevos rostros y el ardor que se supone en la juventud no mancillada ni por la corrupción ni por el desánimo. Hay que trasplantar lo que parezca más consistente y sano, y fertilizarlo con ideas que solo pueden surgir de un debate amplio, en el que participen -¡ay!- no solo los militantes, sino los simpatizantes, e incluso (tal vez, sobre todo) los que han dado la espalda al partido que aún confía en su fuerza para ganar la mayoría.

Es un momento interesante, desde luego, aunque no me parece todavía apasionante. Encuentro que la edulcorada campaña no ha conseguido despertar emociones y que al elegido por esa minoría de militantes -insuficiente para evidenciar el arrebato de satisfacción ante una nueva etapa- le falta concreción en lo que está decidido a proponer como programa.

Lo tiene difícil. El trasplante es imprescindible. Si no consigue que el Partido Socialista Obrero Español encaje con los Partidos Socialistas europeos más eficientes -desprendiéndose de obrerismos sin razón de ser y trascendiendo de españolismos para universalizarse-, seremos testigos de una hecatombe de lo que Pablo Iglesias (¡ni el bueno, ni el nuestro!) pergeñó para otro momento de la Historia de España, arrumbado, confiemos, para siempre.

 

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Demócratas e Hipócritas

10 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

«Marchaban los troyanos, semejantes/a ovejas de un rebaño numeroso/que en establo de rico ganadero/mientras de su blanca leche las ordeñan/balan y balan sin cesar si escuchan/la angustiada voz de sus corderos.»(1)

El asunto es tan viejo como el hombre en el mundo. Aquí tiene que haber, como en todo gremio, manada, rebaño o situación, alguien que dirija. Podrá ser el mejor, el más sabio, el más osado, o alguien que pasaba por ahí y fue confundido con enviado de los dioses. Lo importante es que sea aceptado por el grupo como el conductor de la grey.

Porque de esa forma, si el tropel de seguidores, dirigido de forma equivocada o por producto del azar, se despeña, cae en manos de las fieras, o se pierde en las selvas del acontecer, los que sobrevivan tendrán a quien echarle la culpa y, enterrando su memoria con anatemas y odios, no tardarán en olvidarse de lo que les pasó y cómo se les indujo a tal descalabro.

Por el contrario, si por haber acertado en la guía, o por producto del azar, las huestes encuentran la salida a sus males, venerarán al caudillo como un dios, le atribuirán aún más historias, batallas y victorias, y generarán con el paso del tiempo la leyenda que, trasmitida de padres a hijos por generaciones, acabará desdibujándose de tal modo, que no la reconocería ni el más avispado de los exégetas.

¿Tiene esto que ver con la democracia? Entiendo que sí, en especial para los que no creemos en ella. Ahora que está tan de moda confesarse como demócrata, por haber atribuido a la democracia la solución a todas las encrucijadas, reconocer que no se es de ese pelaje, merecerá la condena por perjuro, canalla, idólatra y egoísta pendenciero.

No me veo así, y por ello, me permito acusar, por mi parte, a los hipócritas que defienden la democracia en todos los momentos en que se deben tomar decisiones. Creo que el aforismo de «un hombre, un voto», debe ser terriblemente matizado. No creo siquiera en esa apelación, de signo mágico, al supuesto de que «el pueblo nunca se equivoca».

Podría citar miles de ejemplos en los que no sometería a referéndum una situación y otros cuantos en los que, si me aventurara a hacerlo, lo haría entre pertenecientes a grupos muy selectos. En técnica, en medicina, en economía, en sociología y… sí, incluso en política.

Pero este comentario es ya demasiado largo. Además, tenemos experiencia muy reciente del para qué nos ha servido. Y, o mucho me equivoco (y así lo desearía), o la aumentaremos a la vuelta de la esquina.

—–

(1) La Iliada, Homero, Libro IV, versión libre de este aprendiz, utilizando como base la estupenda traducción del griego de José Gómez Hermosilla, Librería de Perlado, Páez y C (1913)

Publicado en: Economía, Política, Sin categoría Etiquetado como: borregos, democracia, elecciones, ganado, hipócritas, Homero, Iliada, líderes, selección

Cuento de Primavera: El candidato incómodo

19 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La recepcionista observó de arriba abajo al hombre que tenía ante sí. Aparentaba tener unos cincuenta y tantos años, y, a pesar de la petición que le había formulado, parecía normal. Pacífico. No lo había visto antes, no tenía características físicas resaltables, estaba correctamente vestido -no había pirsíns en sus orejas, no llevaba pantalones a media pierna o chancletas-.

-Disculpe, no entendí bien su nombre. ¿Se llama usted…? -dijo la joven, para ganar tiempo. El visitante había solicitado ver al Presidente del Partido, pero ella tenía órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie que no perteneciera a la Junta Directiva. La Ejecutiva estaba reunida desde primeras horas de la mañana discutiendo los puntos fuertes del programa electoral que se presentaría a los medios de comunicación, que habían sido convocados para la rueda de prensa a la una de la tarde.

-Me llamo Ciudanelo Concientrado -dijo, pausadamente, el desconocido.

-¿Y el motivo por el que desea ver al Presidente es…?

El Sr. Concientrado expresó su propósito con naturalidad.

-Como le dije antes, quiero presentarme como candidato a las próximas elecciones.

La señorita recepcionista repasó, como si pretendiera la confirmación, lo que ya había escuchado con anterioridad, resaltando lo que le resultaba de una incongruencia insalvable.

-Pero usted me ha dicho que no es miembro del Partido, ni conoce a nadie de la directiva..´.

-Puede añadir algo más -indicó Concientrado- no tengo ni idea del programa de este Partido, ni me interesa. Solo quiero presentarme ante quien tenga la autoridad en esta organización para ofrecer mi candidatura como cabeza de lista a las próximas elecciones. Eso sí, con una condición: será con mi propio programa.

La joven se fijó entonces en que el individuo tenía en la mano un folleto de colorines en el que, por lo que podía intuirse, figuraban varias frases escuetas, escritas con letras bastante grandes. Perfeccionó su impresión inicial de que, a pesar del aspecto normal, el tipo debía estar mal de la cabeza.

Concientrado parecía haber tomado carrerilla en la expresión del propósito que le había guiado hasta allí, porque continuó, -haciendo caso omiso de lo que, como cualquiera habría descubierto, era una oposición formal de la empleada-, dando sus explicaciones:

-Usted no me conoce, y no creo que me conozca tampoco ninguna de las personas de la Ejecutiva de la agrupación política que le emplea como recepcionista.  No se ni quiénes son. Tengo sesenta y un años, he conseguido una posición desahogada como profesional. No tengo necesidades económicas ni ataduras empresariales, personales o políticas. No debo nada a nadie. Estoy al cabo de todas las calles y enfocando ya la etapa final de mi vida. Por eso, he creído que ha llegado el momento de devolver a la sociedad los réditos de lo que me ha dado, ofreciéndole mi visión de lo que habría que hacer para solucionar los problemas actuales.

La joven respiró, aliviada, al advertir que Jorgesindo de la Dehesa, el responsable de Relación con los Media, acababa de salir de la Sala de Reuniones para tomar aire.

-Sr. de la Dehesa, ¿tiene un momento para atender al Sr. Concientrado? -preguntó, al vuelo.

-Lupicinia, sabes que estoy muy ocupado, no tengo tiempo para..-se excusó el interpelado.

Concientrado le tendió la mano.

-Mi mensaje es directo, Sr. de la Dehesa. Quiero ser cabeza de lista de su partido en las próximas elecciones. Traigo mi programa, y solo necesito un partido para ganar. He elegido el suyo porque figuran ustedes como uno de los tres que están igualados en las encuestas, aunque con la particularidad de que aún no han dado a conocer su programa. Eso me interesa. Se trata, al fin y al cabo, de evitar el desgobierno que provocarían tres programas, tres alternativas igualadas en representación…

El Sr. de la Dehesa echó una mirada de escrutinio sobre el personaje.

-Lo siento, Sr. Concentriado -(Concientrado, le corrigió el interpelado)-. Estamos justamente ahora decidiendo los puntos claves de nuestra oferta electoral, y estamos muy apurados. Además, como comprenderá, las listas están cerradas.

-Ahí está el punto -incidió el extraño-. Mi propuesta no tiene ninguna contaminación política, por lo que no me importa quiénes vayan conmigo en la candidatura. Incluso, sería deseable que fueran ciudadanos anónimos, desconocidos. No caiga en el error, sin embargo, de pensar que mi programa carece de carga ideológica. La tiene, y mucha. Pero me resultaría inaceptable que no pudiera ser asumida por un partido que pretendiera gobernar para la mayoría. Ofrezco mi experiencia, mis conocimientos y mi capacidad.

-Todos los candidatos…- intervino De la Dehesa; quería decir algo respecto a que ese era el espíritu que guiaba a los seleccionados por la lista de su partido. Pero Concientrado estaba embalado.

-Todos los candidatos -dijo, utilizando su comienzo de frase- se centran en temas marginales, con ideas de poco contenido y sin exponer soluciones: ¿la corrupción de los demás partidos?: no me interesa; ¿lo bien o mal que lo hacen o va a hacer los demás?: es una petición de principio o una opinión sin refrendo formal. ¿Dónde están las fórmulas concretas para solucionar el problema del paro? ¿Aumentar impuestos? ¿Incrementar el consumo? ¿Animar a que todo el mundo invierta sus ahorros?: todo lo que se propone tiene partidarios y detractores. Por no hablar de lo que no admite  discusión: ¿Proteger el ambiente? ¿Generar más recursos? ¿Mejorar el poder adquisitivo? ¡Claro! Pero no me digan lo que hay que hacer, sino cómo hacerlo.

-Puedo estar de acuerdo con Vd. en el análisis, pero no en el diagnóstico -admitió el Sr. de la Dehesa, por decir algo-. Nosotros estamos, justamente, analizando las propuestas para resolver las cuestiones que preocupan a la sociedad, y le aseguro, que nuestra voluntad es…

-Conozco esa forma de argumentar, pues es la que hemos oído muchas veces. Pero, le repito:¿saben cómo hacerlo? -la pregunta resultaba insolente, pero el Sr. Concientrado, continuó, sin esperar la respuesta del otro-. Estoy seguro de que no, pero no se preocupe. Nadie tiene la respuesta perfecta. No existe mente humana que pueda pretender tenerla. El futuro es esencialmente imprevisible, depende de demasiadas variables que no controlamos, y la historia demuestra que el ser humano no sabe hacer predicciones infalibles. En mi programa, del que le hago entrega en este momento oficialmente de una copia -le alargó un ejemplar-, indico la fórmula de encontrar las respuestas. No digo que las tenga, sino que sé la manera de detectarlas en el camino.

Al Sr. de la Dehesa aquellos papeles le tenían sin cuidado. Los recogió, aparentando comprensión y un interés formal, y, con tono afable, le indicó algo así como «Muchas gracias, lo estudiaremos con atención». Se disponía a volver a la sala de Reuniones, en donde suponía que ya estarían inquietos por su ausencia.

Concientrado no era tan fácil de desviar.

-No tengo la menor idea de si ustedes pretenden enfocar su programa con base a proponer aumentar los impuestos a los más ricos, animar algo al consumo, invertir aún más en quién sabe qué infraestructuras, privatizar más, reducir hasta donde les parezca el gasto público, disminuir o congelar las pensiones, cambiar el plan educativo o la forma de impulsar la investigación, aumentar o eliminar las prestaciones sociales o, simplemente, piensan que les bastaría con salir del paso con cuatro obviedades, y tener suerte de despertar la simpatía por su candidato en algún debate televisivo,  para conseguir la mayoría en las elecciones y dejar pasar otros cuatro años confiando en que la coyuntura mejore y alardear después de que ha sido gracias a su programa…

De la Dehesa farfulló algo. No se le entendió.

-Me he tomado la molestia, aunque lo he hecho con gusto -prosiguió Concientrado- de reunirme con más de doscientas personas de los más diversos sectores -empresarios, defensores ecológicos, parados, funcionarios públicos,  jóvenes con ideas, profesores universitarios, jubilados, sí,…, también algunos políticos…- y he sacado mis conclusiones, que están aquí, en este programa. Todo el mundo tiene alguna idea, pero su coincidencia mayor es echar la culpa a alguien distinto de ellos mismos, acerca de lo que está pasando.

De la Dehesa, que no quería aparecer como insolente, se había detenido en su marcha por el pasillo. Concientrado se animó a contar algo más:

–La clave de este programa, como le decía, es que no hay programa, sino el compromiso de que todas mis actuaciones serán transparentes para la totalidad de los ciudadanos.  Concibo la política como un servicio, no como una profesión, ni como una carrera de obstáculos. Los que colaborarán conmigo serán personas que no estarán preocupadas ni por su salario, que no tendrán, ni por aumentar sus méritos, porque ya no los necesitarán. Ofrecerán sus capacidades. Todas nuestras reuniones, las de todo el Gabinete, serán públicas. Cuando nos reunamos con cualquier agente social o económico, todo el mundo podrá valorar lo que proponemos que se haga, o se deje de hacer y conocerá directamente las resistencias, si las hay, o las propuestas, si se les ocurren, de los que opinen lo contrario. Como en el programa solo ofrezco capacidades, ya que los objetivos serán de toda las sociedad, pondremos en pie una actuación flexible, adaptativa, coherente con lo que se crea mejor en cada momento y, por todo ello, estrictamente revolucionario.

Al Sr. de la Dehesa, que llevaba ya veinte años como responsable de Prensa, se le ocurrió algo:

-Sr. Concientrado, eso que propone es una solemne tontería. ¿Transparencia, dice? ¿Para qué? ¡La política es una profesión! ¡Su programa carece de ideología! ¡Hace falta un programa, se cumpla o no se cumpla, porque la gente tiene que saber qué vota! Y permítame que le diga una clave, algo sustancial: ¡Hay que vender optimismo, soluciones, aunque sean quiméricas! Su idea de una candidatura sin programa es infantil, no tiene viabilidad. Es…ridícula.

El candidato incómodo sonrió tristemente.

-En realidad, no esperaba otra respuesta. No es el primer partido que visito hoy. Todas las personas con las que me he entrevistado, me han expresado más o menos lo mismo, y con ello, confirmo, lamentablemente, lo que sospechaba, y, con base en ello, tomo mi decisión.

-¿Qué sospechaba? ¿Qué decisión ha tomado? -no pudo evitar preguntar, curioso, el Sr. de la Dehesa. La señorita recepcionista, que había estado atendiendo al teléfono exterior, y solo había seguido parte de la conversación, sonrió mecánicamente.

-Votaré en blanco en estas elecciones. Seguiré haciendo mi trabajo lo mejor que pueda, pero que ningún partido cuente conmigo para respaldar su incapacidad de ser transparentes, humildes, adaptativos.

El candidato incómodo dio media vuelta, y sin decir más palabras, se fue tranquilamente por la puerta, dejando al responsable de Relación con los Media, aliviado.

-Hay por ahí cada personaje…-comentó a Lupicinia, ya mientras entraba de nuevo en la sala de Reuniones donde se siguió perfilando el programa electoral del partido.

Los tres partidos principales obtuvieron un número similar de votos, y, en la negociación posterior a las elecciones, se repartieron las carteras ministeriales.

FIN

 

 

 

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: alternativa, candidato, crisis, cuento de primavera, cuentos, elecciones, incómodo, programa, soluciones

Aznar en el dédalo del PP

22 mayo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La ocasión hubiera llegado, tarde o temprano. Pero José María Aznar, el ex-Presidente de ese pequeño país que consiguió otrora, osado, poner los pies sobre la mesa del amo del mundo, -un Bush Jr. de la saga de ese mismo nombre-; el monstruo de las finanzas que trastocó la díscola economía de una de las mayores potencias mundiales en desajustes, introduciéndola en el euro, para que, cuando viajasen a Berlín, los jefes de Gobierno no tuviesen que llevar sus calculadoras para traducir la equivalencia en pesetas de los intereses de los préstamos bancarios; en fin, el Pequeño Príncipe que consiguió que su apagado meteorito se convirtiera en estrella fulgurante gracias a hablar idiomas en el near approach, no pudo esperar más y se presentó en Antena 3 el 21 de mayo de 2013 para desarmar la bolera, armar la de vámonos Juana, marcarse unos chotís.

Sometido a las capciosas preguntas de una selección de periodistas, Aznar no rehuyó ninguna respuesta, aclaró todas las dudas, dejó patente tanto su voluntad como sus desapegos. Los análisis posteriores han destrozado, desgranándola hasta sus átomos y electrones, la entrevista. Aznar no ama a Rajoy. Aznar está preparado para volver a ser presidente. Aznar no sabía que a su hija le iluminaron la boda con dineros opacos y turbios manejos.

Ah, de Aznar.

Mi modesta interpretación de los mensajes de quien fue, sin dudas, para un selecto grupo de votantes del PP, el mejor presidente de la democracia española, va quizá en otra dirección. José María Aznar, cuando el gobierno del presidente Rajoy se está peleando, sin éxito ni aparente ni subterráneo, con la más fea situación económica de la historia reciente, inspirado por quienes le aplauden las gracias y añoran su dogmática capacidad de convicción, ha decidido entrar en el laberinto del PP, aquel en el que Mariano está perdido, para señalar a sus votantes, -los incondicionales y los posibles-, que él sí conoce la salida.

Y lo ha señalado, a mitad de la legislatura, con el dedo firme de avezado descubridor de tierras ignotas. «No os preocupéis por el desgaste de este equipo de subalternos» -vino a decir-, «gentes a las que les falta mi capacidad intelectual y de relación: yo estaré allí, cuando llegue el momento, para recordar el programa perdido y conduciros de nuevo a la verdadera fe y a la tierra prometida».

Para alguien que lo tiene todo, que ha conseguido publicar al menos un best seller; que ha situado ,en una delicada operación política, a su mismísima esposa, lega, en la alcaldía del mayor poblachón manchego que el mundo ha dado; que ha casado, con bombos y platillos, a su hija con un devoto juvenil; que da sin parar conferencias en inglés, cobrando, para explicar a alumnos de Historietas Españolas Modernas (Modern Spanish Tales) la incapacidad asociada al puesto de Presidente de Gobierno de todo aquel que no se apellide Aznar, etc., etc., la decisión podría parecer harto difícil.

No para José María Aznar, cuando siente la llamada del deber. Y, por lo que cabe deducir de su actuación, le han vuelto a llamar. Para que haga, sí, los deberes, postulándose, convirtiéndose en opción de recambio, prometiendo a los fieles, que no se desanimen, que el sabe cómo avivar la fogata de las ilusiones con sus fuelles bajo la manga. Manténganse, devotos, a la espera de que las tormentas de Gürtel amainen, se archiven, sobresean u olviden, confíen en que a partir de octubre aflojará algo el otro cinturón alemán, éste de marca Merkel, y no duden de que los opositores socialistas seguirán entretenidos en el dédalo del PP, jugando al escondite y gritando te pillé, canto la queda por mí y mis compañeros.

(Creo, incluso, que la situación se puede acompañar de la canción de Andrés Calamaro, «Con la frente marchita»: «Yo adivino el parpadeo/de las luces que a lo lejos/van marcando mi retorno./Son las mismas que alumbraron/con sus pálidos reflejos/hondas horas de dolor. /Y aunque no quise el regreso,/siempre se vuelve al primer amor.»

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: Agag, Antena 3, deber, declaraciones, dédalo, elecciones, gobierno, Gürtel, José María Aznar, laberinto, Merkel, opción, postulación, presidente, Rajoy, socialista

Adónde vamos a parar

26 febrero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

No lo planteo como pregunta -faltan los signos de interrogación en el título- aunque tampoco me jactaría de mantenerlo como respuesta. «Adónde vamos a parar» debe ser entendido entre señales de admiración, o más apropiadamente, de asombro y hasta menosprecio.

Me imagino que hacer de relator (con título o no en las Universidades de Ciencias de la Información, antes Periodismo) de lo que está pasando, con la cantidad de material disponible, debe ser una gozada. Cada tarde basta seleccionar cualquiera de las cerezas enmerdadas que la actualidad nos ha tirado en el cesto de la basura social, y los artículos glosando el suceso elegido, e incluso extrayendo posibles consecuencias a diestro y siniestro y rasgando algunas vestiduras para que se vean los trozos de carne ensangrentada, son cosa hecha. Como coser y cantar, pan con queso, miel sobre hojuelas.

Menos -o ninguna- atención merece la cuestión del posible final a todo esto. A la escala que nos importa más, que es la nacional, los que más presencia tienen en las calles señalan, camuflados entre la multitud absorta, dos puertas de salida: la República (no se bien dónde se tejen las banderas tricolores, pero debe ser negocio, porque cada día hay más, y doy por seguro que no van a faltar ni en la Feria de abril en Sevilla ni en las procesiones de Semana Santa, si este año no llueve) y la dimisión del gobierno del Partido Popular, enfangado en su incompetencia, no ya para dar la remontada al país (lo que se disculparía, dada la dificultad de la encomienda y la endeblez de los mimbres), sino en explicar con algo más que con balbuceos, desplantes y tonterías, las torpezas y pecados que se le van descubriendo a tropel en su trastienda ideológica, donde guardaban el pendón.

Puertas de salida no hay muchas, es cierto, y por ello, no faltan quienes se empeñan en estrellarse contra las paredes, dándose trompazos que les aturden la cabeza. Una pared muy sólida (para romperse en ella las narices) es la de acusar a los responsables del partido teóricamente contrario (ya no sé en qué) en haberlo hecho, hacerlo,y propornerse hacerlo muy mal, intenten lo que intenten. Pues allí van, una y otra vez, en soledad o en grupúsculos de amigos, los que comen y beben de la política, dando juego a los cómicos que han vuelto a salir de sus casitas y disfrutan imitándolos, porque dan risa con solo hacer lo mismo, pero en serio.

Aunque oficialmente (y en la práctica) España ha dejado de ser católica, se me ocurre que podíamos mirar a Roma para encontrar un posible modelo que nos ilumine sobre lo que convendría hacer en caso tan extremo. No me refiero a las elecciones generales italianas que han tenido lugar en estos días (y que ya ni siquiera nos sirven de referencia, pues estamos tan próximos en el codo a codo por llegar primeros al esperpento, que haría falta el fotofinish para dilucidar qué sociedad está más desencajada, si ellos o nosotros).

Me refiero al Vaticano y al procedimiento de elección de Papa.

La Iglesia católica, el mejor mecanismo ideado por el hombre (solo o en compañía de Dios) para combinar los negocios del espítritu y de la carne, ha ideado que los cardenales, cuando deben elegir sucesor al Papa difunto o dimitido, se reunirán en Cónclave y no saldrán del recinto vaticano hasta que no se pongan de acuerdo en quién ocupará la sede vacante.

La fórmula me parece excelente. Encerremos a los que plantean discrepancias sobre una medida y, hasta que no se pongan de acuerdo en lo que hay que hacer, que no salgan.

Así, al menos, no tendremos tanto ruido los que, sencillamente, deseamos trabajar tranquilos.

Publicado en: Religión, Sociedad Etiquetado como: adonde vamos a parar, bandera republicana, Cónclave, dimisión, elecciones, gobierno, Italia, Papa, Partido Popular, procesiones de semana santa, puertas, reproche generalizado, Vaticano

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