Al socaire

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Barajar y volver a repartir las cartas, pero…¿cuál es el juego?

4 enero, 2016 By amarias 1 comentario

La consolidación de la sospecha de que la fragmentación de las preferencias manifestadas en las elecciones generales y catalanas hace inviable la formación de un gobierno con las mínimas garantías de estabilidad, empuja hacia la convocatoria de unas nuevas elecciones.

Cuando escribo este Comentario, hay aún voces que defienden que es posible llegar a algún acuerdo, prendido con alfileres de voluntarismos esencialmente frágiles, para investir, respectivamente, a un Presidente de Gobierno y a un President de la Generalitat de Catalunya. Con parecida panoplia imaginativa que la que se utiliza para prever la evolución de la situación económica cuando se estanca la crisis, se especula sobre posibles coaliciones, incluso con cambio de candidatos presidenciables.

Así, según el color del comentarista, o los intereses de los portavoces de partido, los nombres de Rajoy y Sánchez iluminan la pirinola o Mas se desdibuja del panel como el gato de Chehshire y parecida sonrisa.

Me parece muy grave que, en esta pugna por reparto de un poder cuyos efectos para el ciudadano normal (el no politizado) se han convertido en una mera especulación, no se esté hablando de programas de gobierno, sino de melifluas líneas rojas.

¿Es importante, de veras, realizar un referéndum en Catalunya, para que se vuelva a votar acerca de su independencia? ¿Va a obtenerse un resultado que no signifique -además de la obvia creciente abstención, dimanante del desinterés galopante por la cuestión- sino que la sociedad está dividida, que es lo mismo que confusa?

¿Importa mucho, con serenidad, que creamos que la tenue (por imperceptible y frágil) recuperación de la economía que dice haber conseguido el Gobierno ahora en funciones, necesita, para eclosionar, más dosis del mismo placebo?

Estoy entre los que defienden que, tanto si han de convocarse -como parece- nuevas elecciones, como si no, lo que interesa es lo que van a hacer los gobiernos que se constituyan. Qué actuaciones concretas, con qué medios, a qué coste. Y, por supuesto, con qué cuentan -en personas, relaciones, ideas- para llevarlas a cabo.

Porque si solo se trata de barajar una y otra vez las cartas, sin cambiar ni rostros ni concretar los programas (no fantasías, por favor: acciones específicas, indicando cómo se van a llevar a cabo, con qué apoyos, y de dónde sacarán los dineros y las capacidades), será tiempo perdido. Peor aún: ahondaremos en la miseria, por mucho que nos la quieran revestir de fantasía.

Cómo crear empleo para los jóvenes (y es justo que protesten indignados los que no lo tienen, pero eso no mejorará si situación). Repartir mejor y de forma más eficiente las partidas de gasto público (y habrá que llamar a capítulo a los despilfarros autonómicos, regenerando economías de escala). Apoyar a las empresas más eficientes e impulsar la generación de otras nuevas en sectores estratégicos y de futuro (y, para eso, habrá que combinar sabiamente la economía de mercado con la de Estado); etc.

Me repito, lo sé. Lo preocupante es que no seamos muchos los que tenemos la sensación de clamar en el vacío.

 

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Catalunya, crisis, elecciones, empresas, gobierno, Mas, Pedro Sánchez, plan, Podemos, PSOE, Puigdemont, reactivación

La energía en los programas políticos de los partidos que optan a gobernar España (1)

5 diciembre, 2015 By amarias Deja un comentario

La infatigable Yolanda Moratilla hizo de presentadora y entrevistadora de tres expertos en temas energéticos, que analizaron, el 2 de diciembre de 2015, y en un acto público en el seno del IIE, la parte energética de los programas de los cuatro partidos con más opciones de participar en el futuro Gobierno de España, en la combinación que resulte de las elecciones del próximo día 20: PP, PSOE, C’s (Ciudadanos) y Podemos.

Quienes hicieron tanto el trabajo previo como la presentación de las conclusiones, además de la catedrática de la Universidad Pontificia, fueron Isaac Alvarez (compañero de la ingeniería minera, directivo emérito de Repsol), Manuel Lozano (catedrático de Física Nuclear en Sevilla) y Victoriano Casajús (ex Director General de REE, presidente de Lysys Real).

Moratilla dilapidó aparentemente la parte misteriosa que pudiera tener el acto, al resumir, apoyándose en un par de transparencias,  los programas energéticos de los partidos, en los que se habían señalado con puntos rojos las propuestas técnicamente  irrealizables, y de amarillo, las inconsistencias detectadas en el propio programa electoral.

«Nucleares y fracking, no; renovables a tope», era -concretó- el mensaje común de los tres partidos opositores, que, en el caso de Podemos, presentaba una curiosa singularidad: apoyaba el alcanzar el 100% de empleo de energía renovable en la Administración pública (realizable, aunque caro), y clausurar el ATC, además de cerrar de inmediato todas las centrales nucleares (elucubración patafísica, aunque el adjetivo lo pone este cronista por su cuenta) .

Pero advirtió también, que, si el menos dañado por los puntos rojos era el programa propuesto por el PP, lo era más por omisión de propuestas en temas que pudieran resultar conflictivos, quizá por la idea subyacente de que, siendo el actual partido de gobierno, lo que inferirá el elector es que habrá de mantenerse en la misma línea.

A preguntas concretas de la conductora del acto, los invitados fueron desarrollando sus comentarios críticos a los programas. Posteriormente, se admitieron intervenciones y comentarios desde el público, que resultaron en algún caso, polémicos, más por el tono que por el contenido. Lo que no hubo, y lo lamento, fue una propuesta técnica alternativa de lo que podría ser un programa energético óptimo. Al final de esta reseña realizo un esfuerzo petulante en esa dirección..

Casajús, que fue, quizá, el más comprometido en la rotundidad de los análisis, expresó que sería técnicamente imposible, desde el punto de vista de la seguridad de todo el sistema, introducir un porcentaje de energía renovable tal que se comprometiera la sincronicidad.

En lo esencial, se expresó así (aunque utilizo el entrecomillado, transcribo desde mis notas manuscritas).

«Por supuesto, las energías renovables son valiosas en múltiples órdenes y lo serán cada vez más. Pero su incorporación masiva en nuestro actual sistema eléctrico es inviable. Esto es así, porque el sistema de distribución de electricidad es síncrono, -de frecuencia constante-, y ante cualquier variación externa, tiende a autoregularse para mantener su sincronismo.  La incorporación de producciones asíncronas modifica el sistema, que las máquinas instaladas no son siempre capaces de compensar. La situación se convierte en especialmente grave cuando se compromete la falta de periodicidad y la predictibilidad de la generación eléctrica, al superar ese límite por la introducción masiva de energía eólica y solar, que, por su esencia, son asíncronas y, por tanto, perturbadoras de la estabilidad.

«La teoría electromagnética de Maxwell y Cía -explicó el actual presidente de Lyxys Real, para justificar su aseveración- no fue desarrollada a partir de la observación de la realidad, sino en base a experimentos de laboratorio, que sirvieron para concebir los actuales sistemas de suministro. Necesitamos en ellos, mantener la inercia y la capacidad generadora. Para conservar la inercia, son necesarias máquinas rodantes -turbinas, grupos diesel, máquinas de vapor, ciclos combinados, máquinas hidráulicas, etc.- , y si se introducen excesivos elementos que no satisfacen las condiciones de inercia, una parte del sistema, intentan corregir ese desequilibrio y si no fueran capaces de lograrlo, se provocará su desconexión automática».

Y Casajús prosiguió, extendiéndose en la idea:

«Por su parte, las centrales nucleares son sistemas que proporcionan mucha capacidad de inercia para compensación; la central hidráulica es el elemento ideal -la tubería que comunica los rodetes tiene una reserva de energía importante-. Por el contrario, las centrales solares son sistemas estáticos puros… y, no podemos ignorar que las centrales termosolares no son más que centrales de gas… que se apoyan en el sol para conseguir la fuente de energía primaria.

«Si, en nuestro mix actual, cerráramos de golpe todas las centrales nucleares, el sistema español solo podría admitir un 40 a 50% de generadores asíncronos. Ni siquiera las centrales de ciclo combinado pueden estabilizar el sistema cuando cae la tensión y, por tanto, se altera la frecuencia: el compresor de cabecera baja la velocidad y se queda parado durante un intervalo; ya ha se ha dado ya el caso de un «blackout» (apagón total) cuando el subsistema de generación solo se disponía de centrales de ciclo combinado para alternar con aerogeneradores.»

Con esta concluyente aseveración, la promesa del PSOE de alcanzar el 70% de incorporación de energías renovables, la calificó, por tanto, de irrealizable, al menos, en un horizonte de una o dos décadas.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Energía, Política Etiquetado como: Ciudadanos, Isaac Alvarez, Manuel Lozano, Moratilla, Podemos, PP, programas electorales, PSOE, Victoriano Casajús

Tambores de guerra, proclamas patrióticas, confusiones estructurales

17 noviembre, 2015 By amarias 3 comentarios

Francia está oficialmente en guerra contra el Daesh.  Lo está, porque, interpretando como una declaración de guerra práctica el múltiple atentado en París, reconocido por el grupo de terroristas que se han adueñado de una parte de Siria e Irak, como organizado por ellos, ha respondido inmediatamente atacando varias instalaciones en Raqqa, que se considera la capital del rebelde «estado islámico».

En estos días han proliferado las manifestaciones de solidaridad con el pueblo francés, realizadas a niveles oficiales como particulares. Ha sido impresionante, en todos los sentidos de la palabra. Largos minutos de silencio, mensajes de condolencia, repulsa a los asesinos, velas, flores…Incluso se ha cantado repetidas veces, tanto dentro como fuera de Francia, el himno nacional francés.

Tal vez no se ha reparado exactamente en la letra como en lo que significa todo cántico patriótico cuando es coreado por otros pueblos, como demostración de proximidad y afecto. Para expresar sentimientos colectivos inmediatos, son necesarios los símbolos, los ritos ya establecidos: la apelación a un lugar común de inmediato acceso.

Pero, analizado en su dicción concreta, la Marsellesa es  un verdadero cántico guerrero, que expresa que «ha llegado el día de gloria» y, después de enfatizar la malsana intención del enemigo con frases inequívocas, que parecerían incluso destinadas a caracterizar ataques como los sufridos («¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? ¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras compañeras!»), repite, como estribillo: » ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones!¡Marchemos, marchemos!¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos! La Patria está amenazada».

Esta es la situación, pues. La decisión política está tomada por parte, al menos, tanto de los dirigentes franceses como norteamericanos: esas naciones, se aprestan al combate y atacan, con medios militares efectivos por su carácter de destructivo, los cuarteles en donde entienden que está la cabeza impulsora de las agresiones. Quieren llevar el escenario de la guerra lejos de su territorio, a pesar de que el ataque terrorista por el que se sienten directamente afectados ha tenido lugar dentro de sus fronteras.

Desde mi ignorancia del uso adecuado que cabe dar a  los instrumentos bélicos, a las contraofensivas, y sin entender muy bien los intríngulis por donde discurren las estrategias militares modernas en los países llamados civilizados, atisbo, sin embargo, un doble problema.

El primer problema surge de la sencilla constatación de que «el enemigo», admitiendo incluso que su centro coordinador sea único y esté localizado en algún sitio, no emplea un ejército ni utiliza instrumentos bélicos convencionales -a pesar de la aparatosa propaganda que muestra a guerreros sacados de la guerra de las galaxias haciendo ejercicios de algo parecido a las técnicas del kung fu- sino que está utilizando comandos, cédulas guerrilleras, en número indeterminado, que se hallan dispersos por el propio territorio de quienes han aceptado asumir la declaración de guerra. Individuos sin escrúpulos para matar que, con seguridad, han venido siendo adoctrinados desde hace tiempo para hacer daño hasta su propia inmolación y a los que se ha prometido dinero a sus familias y el paraíso para su eternidad.

Existe, por lo tanto, una potencial consecuencia nefasta derivada de la obsesión por apresurarse en confirmar una guerra contra un enemigo difuso: se puede tranquilizar durante unos días a la población local asustada, pero el riesgo de sufrir más ataques terroristas en el propio territorio no disminuirá (tal vez, incluso, aumente: la locura no alcanza límites por el lado de la razón).

De esa situación de tensión, dimana un  riesgo colateral y nada despreciable para las propias ciudadanías: que quienes se sienten amenazados por el terrorismo islámico, confundan, identificándolos, a mahometanos (es decir, a los fieles de una religión pacífica y respetable) con los yijadistas.

No me encuentro, por ello, entre los que se han empeñado en ridiculizar los argumentos del «general de Podemos», Julio Rodríguez, que reclama calma y sensatez antes de abordar objetivos militares no matizados en territorios ocupados por un ejército terrorista, pero en donde hay una importante población civil. Se trata de voces que provienen del trasfondo belicoso, guerrero, intransigente y frontal que subyace en quienes no quieren entrar en análisis, sino que se mueven por intuiciones primitivas: ojo por ojo, diente por diente: mato porque matas.

Es, sin embargo, la de Julio Rodríguez, ante el silencio de los militares en activo de mayor grado, que no han exteriorizado su opinión, -supongo que porque están utilizando los canales de mando establecidos o por respeto hacia la autoridad civil, que es la que toma las decisiones políticas-, la única opinión profesional, -de un experto en estrategia, de un antiguo jefe de Estado Mayor, de un prestigioso militar-, sobre la conveniencia o no de atender a la provocación, declarándose en estado de guerra y atacando un territorio ajeno.

Porque, lo que parecería más razonable y urgente sería extremar la vigilancia de movimientos de sospechosos y comandos en el propio territorio, que teníamos, por los desgraciados resultados, bastante descuidada, y analizar con mucha serenidad quiénes serán los que padecerán los efectos de una guerra en territorio ocupado por terroristas.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: atentado, Francia, general, guerra, musulmán, Podemos, yijadista

El general Rodríguez en el laberinto

5 noviembre, 2015 By amarias 2 comentarios

Conozco al general Julio Rodríguez Fernández desde hace poco tiempo, pero con una amistad construida desde la perspectiva de las edades maduras, en las que se descubren rápidamente, sin la contaminación de erróneas expectativas ni de fugaces destellos de falsas sintonías, las personalidades, actitudes y temperamentos, con los que uno comparte la asimilación de una vida intensa y comprometida, que concede pericia para separar pajas y semillas sin que nadie nos marque el libreto.

Cuando Julio Rodríguez fue presentado, el 4 de noviembre de 2015, por el candidato Pablo Iglesias como fichaje estrella y futuro ministro de Defensa para el caso problemático, pero no imposible, de que su corporación política obtenga condiciones para situarle como presidente de Gobierno, me conté entre quienes se sorprendieron con la decisión del general.

Me apresuro a puntualizar que no me extrañó porque descubriera de pronto su posicionamiento ideológico o social, crítico con las rigideces económicas, políticas y mentales que se han convertido en camisa de fuerza que nos impide analizar errores, construir alternativas y vencer resistencias, que me eran conocidas y que no tengo el menor reparo en reconocer que comparto.

Lo que yo no era capaz de entender en Julio afectaba a su sentido de la oportunidad y la valoración de ofrecerse a la exposición pública de forma tan aparatosa, exhibiendo un compromiso personal, completamente legítimo y plausible, que rompía el ánfora de discreción y reserva con el que había guardado hasta ahora sus afinidades con quienes se han convencido de que hay que intentar otros caminos, porque la oferta del mercado ideológico huele a caducada.

Tuve ocasión de oír, a lo largo del día de ayer, variados comentarios críticos respecto a la decisión del general Rodríguez, mezcladas con elucubraciones, la mayor parte, intencionadas hacia la descalificación de su talante, cualidades personales y hasta su trayectoria militar y méritos.

Como quien más corre en esa labor de echar basura encima del que se mueva fuera de su tiesto, es la derecha reaccionaria, nostálgica permanente de rediles mentales en los que confinar a propios y extraños, el intento más burdo de menosprecio a la acción del antiguo jefe de Estado Mayor provino del programa televisivo El gato al agua. Esta tertulia, especializada en ridiculizar y dejar con la palabra en la boca a representantes de las posiciones de izquierda, contó para la ocasión con su experto polemista en temas militares, almirante retirado (R), Angel Tafalla, quien, a pesar de su detectable intento de no dejarse llevar por la jauría dominante, no reconoció más que errores a las actuaciones del general Rodríguez, al que calificó como «persona de vídeo y no de audio», queriendo con ello significar, como sus comentarios adicionales aclararon, que su antiguo colega y jefe tenía más fachada que contenido.

La decisión del general Julio Rodríguez, es responsabilidad suya y no tengo la menor duda de que, como hombre reflexivo, la ha meditado con su almohada. El éxito de su fichaje para la agrupación de Podemos es incuestionable. Supone aportar mayor respetabilidad, serenidad y sentido plural, entre otros adjetivos que no me costaría nada proponer, a un movimiento que aún me sigue pareciendo desordenado y necesitado de varias cocciones, incluida la eliminación de postureos y declaraciones que son propias de penenes o agitadores asamblearios de Universidades de letras.

Para otras corporaciones políticas de la izquierda ideológica y, en especial, para el PSOE,  supongo que será motivo de profunda reflexión el que se haya escapado de su territorio natural un candidato tan valioso para reforzar una alternativa al PP o a Ciudadanos. El general Rodríguez no es un insensato, ni un extremista, y su conocimiento de las cuestiones de Defensa, su formación general, su talante y su bagaje cultural -también su edad y experiencia-(1) son un acervo de máxima calidad.

Es decir, en  mi opinión, el laberinto es el nuestro, no el del general Rodríguez. Y apuesto doble contra sencillo a que, aunque intenten presentarlo sus envidiosos y detractores de otra forma, no se le oirá decir ninguna tontería ni descalificar al contrario, menospreciándolo. Es un militar de carrera, y un hombre de firmes principios, y sabe mucho de estrategias y es experto en pilotar aviones de combate.

—

(1) No me resisto a cotillear que Julio Rodríguez y yo somos rigurosamente coetáneos, nacidos en 1948 y con solo un mes de diferencia.

 

Publicado en: Actualidad, Ejército, España Etiquetado como: defensa, El gato al agua, general, Julio Rodríguez, Pablo Iglesias, Podemos, PSOE, Tafalla

La madre de todas las ciencias

22 noviembre, 2014 By amarias Deja un comentario

Sin ganas de abrir un nuevo debate sobre el tema, me apunto a la opción expresada por el maestro Alonso Quijano de que la experiencia es la madre de todas las ciencias.

Cierto que si el asunto hubiera surgido en una tertulia académica (de esas que ya no se estilan), hubiera defendido a la Filosofía, pero no está el horno para bollos ni florituras reposteras, sino para empanadas. Y no de las rellenas de bonito o carne guisada, sino de esas mentales que, a los que tenemos el alma señalada por los zurriagazos de la cruda realidad, nos hacen temer que el aprendizaje colectivo es imposible, y que, por mucho que se haya escrito, analizado o dicho,  la inmensa mayoría sigue siendo crédula, y se traga lo que sea, con tal de que se le adorne convenientemente.

Me parece que la corrupción, en particular, la de los que manejan dineros públicos, es inadmisible, pero la solución a ese problema, en el que ahora se ceban, como truchas al atardecer en tarde tormentosa de verano, todos los líderes políticos, es sencillo, pues basta adoptar este principio:  «pocas manos y muchos ojos». Se lo oí decir a Sergio Fajardo, gobernador de Antioquia, en una magnífica entrevista que le hizo recientemente Jordi Evole.

Tengo escrito, además,  que no soy de los partidarios de que nos flagelemos con la obsesión de ser calificados como uno de los países más corruptos del mundo.  Con seguridad, no lo somos. En todas partes cuecen corrupciones.

Si en algo podemos aparentemente distinguirnos, separándonos especialmente de nuestros vecinos de porte inmaculado, es que nuestros corruptos han sido, por confiados, además de ladrones, torpes para ocultar mejor el resultado de sus fechorías. Los que los eligieron -culpa in eligendo-, merecen ser calificados de cómplices más que de engañados, y los que debían vigilarlos y no lo hicieron -culpa in vigilando-, por mucho que intenten escurrirse, no se salvan con menor sanción que la de ser designados como incompetentes, y, por tanto, inútiles para seguir en las labores de cuidar lo de todos.

Tema distinto y, desde luego, muy difícil, es analizar cómo salir de la crisis, y muy en especial, resolver la necesidad apremiante de crear empleo, generando nuevas actividades y empresas que tengan continuidad. Tampoco es menos importante, arbitrar nuevas formas de distribuir las plusvalías que se produzcan por el juicioso empleo de los recursos humanos, naturales y físicos.

Para mayor dificultad del cierre categorial, no se puede descuidar que, puesto que la situación es de emergencia, habrá que echar mano -justificada, transparente, gradual, ordenada y procurando evitar medidas confiscatorias- al patrimonio de los que más acumulan, sobre todo, al ocioso.

Me produce, por ello,  gran alarma personal  que las argumentaciones, claramente improvisadas en lo económico y con nulo apoyo tecnológico, de los sabiondos chicos de Podemos (aunque no ignoro que detrás también se incorporan algunos canos), magníficamente adobadas con palabras duras como puños, ajustadas al guión,  contra los partidos mayoritarios, no sean contrastadas por interlocutores que, puestos enfrente, además de alardear de parecida labia, sean capaces de aportar ideas viables sobre cómo mejorar la realidad, y no entren en el juego de buscar solo la descalificación desde la ética.

La ética, como el valor a los militares, se supone a los políticos. Y, si se descubre que a alguno le falta, se le hace consejo de guerra deontológico y se le manda al paredón del escarnio.

Claro que es necesario, como catarsis, meter  a unos cuantos de los corruptos en la cárcel. Pero me temo que si nos proponemos meter en jaulas a todos los que tengan manchadas las manos de esa mierda, no vamos a tener plazas suficientes.

Contentémonos, pues, con amedrentar para siempre a los que lo hayan sido y, sobre todo, dejemos el terreno marcado con advertencias de peligro a todos los que se hubieran propuesto serlo. Implantemos  un sistema estricto de control del gasto público -atentos a porcentajes, comisiones, revisiones de contratos, etc. pero no ignoremos que donde más se ha perdido es en adjudicaciones de obras inútiles-.

Pongamos ya el foco en lo que más interesa al futuro: crear empleo.

Cuando me entero con sorpresa de los beneficios de las grandes empresas, crecientes en épocas de crisis; cuando observo que el lujo y la ostentación con la que viven algunos no solo no ha disminuido, sino que ha aumentado; cuando veo que la investigación, la enseñanza, la Universidad, la sanidad y todo aquello que sustenta nuestro estado de bienestar, sigue confiado al buen hacer de unos cuantos, capaces de abstraerse del fragor de incompetencia que les rodea, … echo de menos que salgan a la palestra, exponiendo sus ideas, no a jóvenes politólogos, no a economistas o historiadores con la cabeza caliente, no a miembros de partidos viejos proclamando a quien quiera escucharlos que van a renovar sus estructuras, ni siquiera a teóricos de partidos nuevos alardeando de pureza, sino a gentes con experiencia concreta, viajados y bragados, conocedores de cómo funciona la realidad, tanto la española como la internacional, y que, con base en ello y en su voluntad de servir al bien público, nos propongan ideas factibles, cuantificadas, serias y serenas, que puedan obligar sin escapatoria a los que tienen más y que nos comprometan a todos, en ese objetivo irrenunciable de salir rápido del agujero sin que haya vencidos, sino solo convencidos.

Porque la experiencia es la madre de la ciencia, en especial, de la ciencia que da de comer a las familias. Por otros caminos, me atrevo a vaticinar que se llega a una mayor descomposición social, a ahuyentar a inversores, aspaventando a los dineros, profundizado, con cada tormenta estéril de improperios y descalificaciones, en un desánimo improductivo.

Si no lo corregimos, gane quien gane en próximas elecciones, con ese panorama, cuando se disipe el humo de las ilusiones,  nos encontraremos atrás, bastante más atrás.

El mundo es global y no se puede pretender jugar en solitario. El sistema económico imperante es el capitalismo de base liberal y no es factible, sin que se nos caigan encima los cascotes de la pirámide, cambiar sus cimientos, ni hace falta. A un país intermedio como España, solo le es preciso reformar con inteligencia la parte que nos sustenta. Teniendo presente que, como en toda selva, al que se separa de su rebaño natural, se lo comen los depredadores.

 

 

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Ónde vais?

14 noviembre, 2014 By amarias 2 comentarios

Hace pocos días fue, según me enteré después, «el día del abuelo». No lo sabía cuando, encontrándome a la espera del autobús, un grupito de niños de entre cinco o seis años, dirigido por uno algo más atrevido, me increpó: «¡Abuelo, abuelo!» y el que llevaba la voz campante, incluso se interesaba por un detalle que me dejó perplejo: «¿Cuántos años tienes? ¿Ochenta? ¿Cien?»

Miré al monitor que, cual gos d´atura homínido, trataba de ordenar aquella troupe de descarados para repartirles unos bocadillos que acarreaba en una caja de cartón de fondo desvencijado, esperando de él alguna reconvención al más vociferante, pero desvió la vista, dándome a entender que el asunto no iba con él.

Aunque no pude menos que recordar al pasaje bíblico donde se nos cuenta que los profetas Elías y Eliseo se toparon con unos mozalbetes que insultaban al primero -que sería poco después elevado al cielo en carro flamígero-, gritándole :»¡Sube, viejo calvo!», y que, según el relato, fueron castigados con el envío de dos osos que despedazaron en un momento a varios de aquellos deslenguados, debo reconocer que lo que en realidad me preocupó era sospechar que mi estado físico había sufrido un deterioro repentino y que, de resultas, aparentaba unos cuantos años más de los que ya soporto.

No estoy dispuesto a dejarme intimidar por cómo me vean niñatos que no son aún capaces de distinguir edades de envejecientes con la precisión con la que yo he aprendido a discernir, por tramos de seis meses a los párvulos. Me encuentro físicamente bien, y aunque no me vean tan joven los que incluso sacan un par de años a mis nietas mayores, me creo con capacidad aún bastante para seguir trabajando por mejorar algo lo que me rodea, haciendo lo que pueda dentro de lo que me dejen (1).

Por eso, y porque la madurez me ha dado la visión directa de unas décadas ilustrativas de la historia de España y del mundo, me siento, sino con autoridad, si con la necesidad, de advertir que el momento por el que está atravesando nuestro país es muy interesante, porque es extremadamente peligroso.

Tomando como referencia el tiempo que los media dedican a los temas, sacaríamos la conclusión de que los dos temas que más animan a unos cuantos españoles y preocupan a otros muchos españoles -no quiero ahora cuantificar la dimensión de ambos grupos- son: la propuesta de escisión independentista que ha calado entre muchos residentes en Cataluña y el avance de la agrupación Podemos, con un programa político que se va construyendo, en buena medida, sobre la marcha.

Por supuesto, ambos asuntos no son sino la lengua de la morrena del glaciar que empuja al mar de la inmediatez el hielo de la indiferencia con la que se tratan los problemas de los demás. No es nuevo para la Humanidad, ni para nuestro país, y hasta ahora, la generación de unos años de caos y destrucción le ha venido bien. De las cenizas y la sangre han surgido nuevas esperanzas, entre supervivientes que se han llevado las manos a la cabeza gritando «¿Qué hemos hecho?» (o dejado hacer) y aprovechados que se han aupado sobre las ruinas, para enriquecerse con la reconstrucción más sólida de lo destruido, utilizando la capacidad, no exenta de docilidad y esperanza de la mayoría de los que también sobrevivieron.

La actualidad nos ha puesto sobre la mesa del comedor a dos excelentes charlatanes: Mas e Iglesias, que, además, venden frascos de una medicina que hace un par de años no hubiéramos creído necesitar jamás pero ahora, a no pocos, les parece imprescindible. El nombre del producto es diferente, pero el contenido del frasco es el mismo: un placebo que no soluciona el problema de base, sino que lo complica.

A ambos líderes mediáticos, con la mirada puesta en el después y no en el ahora, creo que les viene de perlas el mensaje de advertencia que recoge esa canción asturiana, convertida en dicho popular muy socorrido: «Ónde vas, Pachín del alma, de alpargates y orbayando, non te metas por los praos, que vas ponéte pingando».

—

(1) Estoy pensando, al escribir esto, en el cuento guaraní que presenta a un diminuto colibrí que, mientras el bosque ardía, y ante la pasividad de los demás animales, volaba una y otra vez de un riachuelo al corazón del fuego, llevando cada vez en su pico una gota de agua. El jaguar, -¿o fue el oso?- que estaba quieto mientras el fuego amenazaba sus pies, justificaba su propia inactividad queriendo hacer ver al pajarillo que sus esfuerzos serían inútiles ante la magnitud de lo que pretendía: «Nada conseguirás», le dijo. A lo que el colibrí replicó. «Yo hago lo que puedo».

Tengo comprometido a mi amigo Rafael Ceballos -que nos lo transmitió cuando recibía, el 14 de noviembre de 2014, la medalla del Club Español de Medio Ambiente- mejorar el previsible final de esta historia de animalario, simulando que los animales del bosque se movilizan todos, recapacitando respecto al poder de que son capaces si actúan conjuntamente, y consiguen apagar el fuego. De momento, solo algunos luchan con las llamas y otros, hasta se diría que las aventan.

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Bien común, males corrientes

12 julio, 2014 By amarias Deja un comentario

Voy a empezar mal: no se lo que es el bien común. Tengo, sí, una idea genérica de que el término debe relacionarse con aquello que no puede ser legítimamente apropiado por nadie y su explotación y rentabilidad solo debería servir para mejorar la situación del conjunto de los seres humanos, y no de unos pocos. Pero si quiero avanzar algo más, precisar lo nuevos elementos que aparecen en la hipotética definición, me voy complicando cada vez más.

Su plasmación concreta como objetivo universal entremezclaría la negación de la propiedad particular de las materias primas, incluida la tierra, y de los sistemas de producción de bienes y servicios, cuando su utilidad pública fuera superior a la conseguida con la explotación privada.

Implicaría, por supuesto, el reconocimiento de una serie de derechos inalienables para individuos y grupos, que situasen en claro régimen de igualdad a todos los seres humanos y que no precisasen ser reclamados para ser ejercidos. Y, como contrapartida natural, supondría la satisfacción de varios deberes que tampoco necesitarían expresarse, pues descansarían en universales fundamentos deontológicos, sin discusión ni réplica admisibles, siendo su prestación, en sí misma, motivo de satisfacción.

Recurro a la ética, a la filosofía, a la economía o a la sociología, y encuentro múltiples intentos de definición de lo que es el «bien común», de los que no me convence ninguno. Demasiadas peticiones de principio, gran confusión de términos y conceptos abstractos para un fin tan preciso, limitación de aplicaciones a sectores y, por tanto, faltos de orientación general. Concluyo que nadie sabe qué es concretamente el bien común o, en caso de que lo supieran, no han sido hasta ahora capaces de expresarlo de forma clara y concluyente.

En cualquier caso, constato que el bien común, como objetivo, no es una preocupación universal, por lo que cabría negar su existencia física y, posiblemente, hasta su atractivo metafísico. La Historia no refleja que «lo común» haya sido preocupación de los pueblos y personajes dominantes (al contrario: ha sido «lo local» o «lo particular» lo que primó y prima).

El menosprecio generalizado a filósofos, místicos e investigadores científicos, que son vistos -fuera de ciertos pináculos- como una singularidad de la especie, más bien estrambótica, y no como recurso genético al que potenciar sin límites, confirmaría también que el discurrir ideológico de la Humanidad no considera siquiera de interés detectar o fijar un objetivo universal, aquello que, de ser alcanzado, supondría, por excelencia, la generación sistemática del «bien común».

Por eso, cuando lei que Christian Felber, el laureado fundador del movimiento Attac, tenía publicado un libro sobre «La economía del bien común» (Edit. Deusto, 2012) me apresuré a comprarlo. El modelo económico propuesto por el autor, según la portada de la edición, «supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad».

Voy a seguir peor de como empecé este comentario: no entendí casi nada de los consejos que ofrecía Felber para que la sociedad global (así me obligué a entender el apelativo de lo que llama «nuestra») diera un salto categorial sobre los dos sistemas económicos más conocidos, que, hasta el momento, solo han probado su persistente intención de conducirla hacia su extinción, por la vía de una guerra universal de todos contra todos.

Si fuera por el capitalismo, del que el ilustrativo juego del Monopole es su modelo en miniatura fidedigno, el objetivo a perseguir sería que, al final, sobre el tablero de los recursos e intereses, uno solo o unos pocos se hayan hecho con todo, y los demás, se apañen con las ganas. La búsqueda del máximo beneficio individual, a la largo de la Historia, consolida élites cada vez más poderosas.

Si fuera por el comunismo, del que el cristianismo primitivo es su doctrinario ideal y la dictadura soviética o el chavesianismo bolivariano simples aberraciones populacheras, se llegaría, por métodos ni más ni menos deplorables si los juzgamos por sus efectos conocidos, a que, a la postre, unos pocos se quedasen con todo, y los demás, con las ganas. Los que juzgan, nunca se sancionarán a sí mismos y los que se benefician de su actuación, jamás se rebelarán contra ellos y, si alguno lo intentara, será rápidamente represaliado.

Que la primera fórmula haya probado mayor habilidad en alcanzar su culminación, dilatando el momento de su triunfo final y enmascarando los logros parciales con reparto de limosnas a los más agradecidos, no debería contar a su favor: el «bien común» no puede identificarse con el deseo de acumular, sin límite, poderes y bienes para ponerlos al servicio y administración de unos pocos egos.

En ambos sistemas, sin embargo, la falacia brutal que es el bien común es el objetivo perseguido teóricamente. Está en los idearios, porque mentarlo supone tranquilizar a los que son avasallados y salvar las apariencias. Las democracias capitalistas y las neoliberales lo persiguen. Los fascismos, dictaduras, gobiernos despóticos, democracias orgánicas e inorgánicas, teocracias y aristocracias, también. Los regímenes comunistas, socialistas, comunas, etc. por supuesto. Todas las organizaciones conocidas entronizan el bien común y dicen respetarlos. Como no se sabe lo que es, no hay riesgo en que alguien objete que lo que se pretende sea una quimera. En todo caso, a nadie preocupa que el «bien común» no sea sinónimo de «bien universal».

Felber, en su librito, presenta varias opciones de lo que podemos entender, lisa y llanamente, como simples fórmulas cooperativas. En España tenemos una experiencia reciente, muy documentada y prácticamente exhaustiva de cómo acaban, tarde o temprano, las cooperativas: con sus miembros a la greña, las subvenciones perdidas, las naves que se construyeron con dineros públicos y la maquinaria y equipos que sirvieron a la ilusión de los primeros momentos, abandonadas o, en los mejores casos, arrendados o cedidos a un ex-miembro.

Hay características comunes a las propuestas del filósofo-sociólogo austríaco: su elementariedad. Se centran en el sector agropecuario, en los servicios básicos o en la fabricación de productos de primera necesidad. Deja al margen el sostenimiento de sistemas complejos y pretende crear islas de producción y consumo, comunas o guetos a los que aglutinaría una excepcional capacidad de sacrificio y la autolimitación para obtener beneficios del mercado.

Nada nuevo bajo nuestro sol hispano. Las cooperativas han tenido mucho predicamento entre nosotros.

¿Por qué no funcionan, cabe preguntarse? ¿Por qué estoy petulantemente convencido de que no funcionarán? Por algo muy sencillo: los que reciben aquello que no tienen, aceptan encantados el modelo, sea el que sea y, mientras mantengan el estado de necesidad, serán exigentes con el cumplimiento de lo que se previó. Los que aportan más -más trabajo, mayor formación, más capacidad, quizá, incluso, más capital o más bienes- desearán recibir más y, salvo que estén optando a figurar en el santuario o en el martirologio, lo reclamarán, o dejarán de rendir como se esperaba de ellos. Puede que la relación de 1:6 o 1:10 en los salarios sea la adecuada para señalar y recompensar las diferencias, pero mientras no se resuelva qué pueden hacer con los excedentes, la cuestión capital quedará sin resolver: ¿cuánto estarían autorizados a vivir mejor? ¿se toleraría la transmisión hereditaria? ¿quién califica la calidad de las aportaciones, y con qué  baremos?

No sé definir satisfactoriamente lo que es el bien común, pero no soy un descreído, ni me rindo tan fácil. Bienes comunes son, desde luego, la biodiversidad, el medio ambiente, … están vinculados a derechos individuales e inalienables, pero no solo: saber leer y escribir y poder situarse en el sendero del saber más y mejor, libertad de desplazamiento y ubicación en un territorio, tener alguna descendencia y que crezca sana y a la que se pueda dar la seguridad de que su futuro será mejor que el presente, disponer de acceso a alimento, agua potable y satisfacciones que justifiquen la calidad de la propia vida, contar con fuentes de energía y calor para protegerse del frío o de las temperaturas extremas, acceso libre y gratuito a los fármacos que hayan supuesto la erradicación de cualquier tipo de enfermedad contagiosa o epidemia, contar con un mínimo de trabajo y de forma regular, que garantice, no solo la existencia, sostenimiento y goce de toda familia, sino la satisfacción de sentirse útil frente a los demás y, en particular, la colectividad más próxima, vivir en paz, sin riesgo de ser atacado en la intimidad ni forzado a actuar contra otras colectividades ni a infringir cualesquiera derechos universales…

¿Sigo? Christian Felber apela a la solidaridad universal, a la eliminación de la competencia con el objetivo de acaparar, a la creación de Bancas (rehúye el término entidades financieras) que presten dinero sin interés -conseguido por ahorros cedidos por bienaventurados- y midan su eficacia en términos de ética, a la implantación de una renta básica universal…Bastantes de esas ideas las hemos visto replicadas en las intervenciones de los portavoces de ese movimiento con bases libertarias, elegantemente utópico y de incuestionable atractivo para descontentos, que es Podemos.

Si fuera bastante más joven y estuviera menos escaldado en mis sensibilidades, seguramente escribiría que me encantan las ideas de Felber, poyadas por Stéphane Hessel por Jean Ziegler, por Juan Carlos Cubeiro (que escribe el Prólogo de la primera Edición española)…Me siguen gustando, pero no me seducen. Frente a la perspectiva del bien común, difusa e imperfecta en sus contornos, están los males corrientes. A esos, los distingo claramente.

Habrá que seguir investigando. De la teoría a la práctica, sigue habiendo mucho trecho. Demasiado para saltarlo de golpe y, menos, alardeando de «mostrar el camino hacia una economía en la que el dinero y los mercados vuelvan a servir a las personas y no al revés» (Jakob von Uexküll). Por eso, con respeto, pero con escepticismo crítico formulo mi respuesta actual:

No entiendo lo que me dice, pero por si, debido al ruido ensordecedor, el problema es acústico y no de lenguaje, ¿me lo repite?

Publicado en: Ambiente, Empresa Etiquetado como: Attac, bien común, Cubeiro, Felber, mal corriente, Podemos

Los mejores jinetes de Europa

9 junio, 2014 By amarias Deja un comentario

Los tres máximos deseos de Joseph Schumpeter, ese economista tan citado que muy pocos han leído (incluidos licenciados en economía),  en su juventud, habían sido, según él mismo dejó expresado: ser considerado el más diestro jinete de Europa, cotizarse como el más deseado amante de Austria y alcanzar el prestigio de mejor economista del mundo.

No fue Premio Nobel de Economía, porque aún no se había establecido ese galardón, pero fue maestro de varios premiados, y un devoto generoso de la escuela austríaca. No consta su éxito como mujeriego, aunque parece que estaba muy orgulloso de sus dotes amatorias. En cambio, como jinete creyó, a tenor de su valoración cuando no estaba para trotes, que había quien lo superaba.

Si Schumpeter tenía en mente algo más que los caballos, y quería indicar que había quien lo ganaba a eso de correr, apostaría que estaba pensando en los españoles. A correr, nunca nos ha ganado nadie. Y no solo con los caballos, las motos y los coches. A correr sin ton ni son, también. Siempre hemos tenido alguien que se lanzaba a la aventura, visionarios, rebeldes, levantiscos, espadones, utópicos.

Lamento decir que me están decepcionando a ritmo rampante los chicos de Podemos. De los políticos más experimentados, ya ni hablo, porque son pocos los que aprueban mi prueba del nueve. Pero alguien con carisma en las filas de los que creen Poder (y lo añoran) debería aconsejar calma a estos jóvenes que están defendiendo un mayo de 2014, y, como único artilugio, están proponiendo ponerlo todo patas arriba. Me he perdido y, francamente, no se a dónde quieren llegar, y, por supuesto, no sé cómo.

Hubo otro mayo (el de 1968, evidentemente), que sí tenía sentido. Había un modelo a seguir extraordinariamente atractivo. Los jóvenes franceses (como modelo más próximo) sabían lo que querían y, para los jóvenes españoles, ir detrás era simple y muy reconfortante. Muchos de sus mayores compartían y alentaban ese cambio: más libertad, más democracia, apertura internacional, más frescura institucional, etc.

Sabemos ahora que los jóvenes de Podemos están mal en matemáticas. No se les da eso de los números. Tampoco se les da bien lo de entender el mundo real, empapizados con enseñanzas académicas que dan bien el tipo en las aulas pero que no sirven para salir a la calle.

Siguen siendo muy agresivos en los planteamientos estrictamente económico-políticos y, en un panorama de crisis, corrupción y desánimo general, es lógico que encuentren algunas adhesiones. Pero a este mayo de 2014 les falta modelo concreto a imitar, y la improvisación nunca fue buena consejera. ¿Qué se va a hacer con esa República que preconizan? ¿Son de izquierdas o son solo chicos con martillos?.No querrán convertirnos en una república bolivariana, ¿verdad?

Por eso es de agradecer, en este momento y en este país, que se den prisa en aparecer rostros nuevos, creíbles, experimentados en la economía, las finanzas y…en la gestión de la polis, para que enderecen la vía por la que canalizar tanto descontento, y vuelvan a sus sitios a los jóvenes que, faltos de modelo real, quieren instaurar su prototipo de gabinete.

Que por ser los más rápidos jinetes de Europa en esto de andar acelerados, no nos van a dar ningún premio.  Ni en Europa ni fuera de ella. Al contrario. Nos harán pedazos y se morirán de risa.

 

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Política Etiquetado como: calma, crisis, Europa, jinete, líderes, Podemos, política, Schumpeter, soluciones

No es un Cuento de Primavera: Por qué Podemos

28 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

La irrupción en el panorama político español, con ocasión de las Elecciones al Parlamento Europeo, de una plataforma aglutinada en torno a la figura mediática del profesor Iglesias y el tremendo atractivo del nombre, Podemos, está motivando todo tipo de comentarios.

Muchos de ellos, interesados, es decir, intrascendentes para hacer una valoración.

Desde luego, no hubiera merecido la misma atención de medios, comentaristas políticos y candidatos de otras fuerzas políticas, de no haber conseguido algo más de 1,2 millones de votos (casi el 8% de los emitidos), que le otorgan 5 diputados en el Parlamento Europeo, y que prometen, de aumentar la tendencia, una presencia importante en las Cámaras españolas y en los Ayuntamientos.

Se les acusa ahora de no tener programa, de carecer de objetivos concretos, de responder a un concepto de marxismo-leninismo trasnochado, de apoyar el movimiento bolivariano, de pretender volver a las cavernas sociales, económicas y tecnológicas, prometiendo lo imposible.

Sería, sin embargo, un grave error no considerar que, al margen de ideologías, esos votantes que han manifestado su apoyo a Podemos, son, fundamentalmente, jóvenes, parados, y descontentos frontalmente con los dos partidos mayoritarios, junto a no pocos desconfiados, en general, de la actuación que pudiera esperarse de los demás partidos que tenían ya representación parlamentaria.

Constituyen, sin duda, una nueva vía. Pujante. Una conmoción contra lo establecido, lo que era «normal».

Los que apoyaron a Podemos pretenden, sin discusión, lanzar una clara llamada de atención respecto a los planteamientos tradicionales. Su Programa, que puede ser calificado, sin que ello implique su menosprecio, de utópico, entremezcla reclamaciones razonadas -que no es cuestión de detallar aquí, pues basta con la lectura atenta y sin prejuicios del mismo- con otras, inexcusablemente, irrealizables.

¿Merecen, por ello, el líder del movimiento y sus votantes, la descalificación frontal? En absoluto. Muy por el contrario, sus propuestas exigen un análisis reposado, desprovisto de fundamentalismos -que es. justamente, de lo que más se les acusa-, que implica analizar con autocrítica, lo que se está haciendo mal, -muy mal-, desde la mayoría social que representan, o dicen representar, los partidos mayoritarios.

Algo que esta sociedad ha consentido, mirando, no pocas veces, hacia otros lados.

Hay una corrupción injustificable, una falta de profesionalidad intolerable en el comportamiento de algunos de quienes ocupan puestos relevantes, una avidez por la acumulación de bienes y dinero por parte de unos pocos, despreciando la vinculación solidaria que corresponde a los que detentan el capital y la capacidad de decisión, una ausencia de un programa de desarrollo empresarial, educativo y tecnológico pragmático, una descoordinación injustificable entre los estamentos, una perniciosa tendencia a perpetuarse por quienes ocupan sillones y prebendas, etc.

Podemos. Podemos y debemos cambiar muchos comportamientos, revisándolos desde la honestidad y el compromiso con los que menos tienen.

Lo que se echa en falta, no está en el programa de Podemos. Qué va. Se echa en falta un programa acomodado a la realidad y a sus problemas, de todos esos partidos que se dicen con vocación de ser mayoritarios, y que pretenden, sin credibilidad y sin la necesaria concreción, tener las soluciones a lo que nos pasa.

La cuestión no es si Podemos. Claro que Podemos. La cuestión es Qué queremos y poner, de inmediato, manos a la obra. Nos hace falta, con tal urgencia, que hace bastante tiempo que debiéramos haber iniciado el proceso de cambio.

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: mayoría, partidos, Podemos, programa

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