Al socaire

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Archivo de octubre 2013

Feeling start-up´s Initiatives (3)

21 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Esta Entrada es continuación de las inmediatamente anteriores, con el mismo título.

3. Análisis de viabilidad de negocios que se cierran por jubilación del propietario («Very successful business that is for sale, the reason the owner is selling is that the are at an old age and wish to retire»)

No me parece, en absoluto, una idea despreciable. Por todas partes estamos viendo locales que se cierran, u ofrecen las mercancías como liquidación total (no siempre, por supuesto, esto es cierto, sino una simple estrategia de ventas). Pero una buena parte de los negocios que se están clausurando son, en mi opinión, víctimas de dos razones principales:

a) falta de adaptabilidad de sus actuales propietarios a la nueva situación de mercado, bien por la persistencia de viejos métodos ya inadecuados para resistir la competencia o atender a los nuevos gustos de la clientela; en este apartado genérico incluyo también la falta de disponibilidad financiera para acometer las reformas necesarias, y

b) la jubilación del actual propietario, con la circunstancia de que no tiene descendencia o, la que tiene, no muestra interés por seguir con el negocio.

En este segundo caso, detectada esta opción, se trata de analizar los documentos de propiedad, las cifras actuales de negocio, realizar los análisis de viabilidad y solvencia, etc., para confeccionar un Plan de actuación, reagrupar varias iniciativas de este estilo, y ofrecer a los inversores potenciales la garantía de la ejecución solvente de las operaciones y la supervisión externa de las mismas.

(continuará)

Publicado en: Empresa, Tecnologías Etiquetado como: empresa, iniciativas, negocios, start-up, viabilidad

Feeling start-up´s initiatives (2)

20 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

(Este post es continuación del anterior, y forma parte de una serie con el mismo título, con entradas numeradas correlativamente)

2. Empresa enfocada principalmente a nuevas tecnologías relacionadas con la realidad magnificada, y el transhumanismo (descripción original en inglés: company focused primarily on new technologies related to Augmented Reality, and Transhumanism).

La idea del promotor es desarrollar un sistema que incremente las sensaciones táctiles reales, y en el que el usuario pueda interactuar con el mundo virtual, libremente, por medio de movimientos de la cabeza o de las manos, sin perder su capacidad de actuación sobre el mundo real.

Se trata de integrar los desarrollos de software, a modo de piezas separadas de un rompecabezas, en los que ya están trabajando muy diversas empresas: como óptica guiada por por el movimiento, sistemas de reatroalimentación táctil, androides de detección facial o manual (head and hand tracking android), etc. El resultado sería integrado en un aparato fácil de llevar y transportar, como unas gafas.

Confieso que mi primera impresión cuando leí esta propuesta fue de escepticismo. ¿Para qué podía servir un juguete así? ¿Para desarrollar videojuegos para adolescentes?

Quienes trabajan en el campo de los desarrollos de software para aplicaciones virtuales conocen perfectamente que las invenciones para videojuegos han proporcionado algunos de los avances más interesantes que han podido ser aplicados posteriormente, en telemedicina, detección tumoral o robótica, por poner solo algunos ejemplos.

Pero se me ocurren interesantes aplicaciones de un desarrollo de este tipo, sin perjuicio de su elaboración posterior. Por ejemplo, la posibilidad de digitalización de páginas de un documento, o de detección de un objeto en un campo visual, destacando al usuario el párrafo o la pieza que se busca -por ejemplo, a través de palabras clave, e incluso formas concretas-, señalándolo, a petición del portador del detector (no necesariamente sobre su frente), instantáneamente, sobre una pantalla virtual, que puede ser, mediante la óptica adecuada, la de sus propias gafas…

Para personas que han perdido movilidad -especialmente, en las manos y brazos, pero también pueden imaginarse aplicaciones para pies y piernas- la posibilidad de interactuar, gracias al movimiento de los ojos, con una pantalla, presenta múltiples aplicaciones: escritura de mensajes, selección de instrucciones para accionar robots, etc.

No es un trabajo de investigación, sino de aplicación práctica inmediata de lo que ya se conoce, integrando el hardware y software más adecuado a cada aplicación que se pretenda.

(continuará)

Publicado en: Empresa, Tecnologías Etiquetado como: empresas, posibilidades, proyectos, start-up

Feeling start-up´s initiatives (1)

19 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Empiezo hoy una sección de incierto recorrido, que titulo en inglés -con el exclusivo propósito de llamar la atención a Google, para que obtenga la mayor difusión posible entre potenciales interesados, dedicada a Analizar iniciativas de inversión en nuevos proyectos.

Mi propósito es simple: Comentar, desde mi propia experiencia y conocimiento de los mercados y sus opciones, oportunidades empresariales. No las inventaré yo, sino que me limitaré a seleccionar, para comentarlas sin ánimo dogmático, sino provocativo, propuestas de las que se encuentran, en número nada despreciable, en las páginas webs dedicadas a la captación de inversores, y, típicamente, de los conocidos en el argot como business angels.

Las primeras propuestas que analizo seguidamente, en varios posts, de forma naturalmente sucinta, las he tomado de la página de Go4funding .

1. Búsqueda de inversores para comprar, rehabilitar y revender inmuebles (Looking for investors to help me get started in buying and reselling houses).

La idea me parece muy buena, y de amplia aplicación en España. Existen muchos pueblos en los que existen casas en mal estado (especialmente, en zonas rurales), y que pueden adquirirse a muy bajo coste, y que se encuentran en áreas de alto valor paisajístico. La idea consistiría en agrupar capital y técnicas de recuperación arquitectónica -pero también de conducción de agua, tendido eléctrico, empleo de energías alternativas, recogida selectiva, agricultura ecológica, etc.), para reparar y remodelar esas construcciones y ofrecerlas al mercado, como primeras o segundas viviendas.

El público objetivo serían prejubilados o jubilados que la utilizaran como vivienda permanente, y jóvenes parejas con hijos que quisieran disponer de una segunda vivienda cómoda. También serían potenciales clientes inversores que pretendan obtener una rentabilidad con el alquiler de esas casas rehabilitadas.

Un proyecto más elaborado, con la misma idea central, consistiría en la creación de un pueblo «artificial», en el que, en torno a un núcleo de casas que sirvieran como residencia a quienes ofrecieran los servicios básicos (tiendas de alimentación o distribución), se organizarían otros módulos con un terreno asociado de 500 a 2.000 m2 (quizá, incluso, superiores), en los que los propietarios pudieran mantener un huerto para autoconsumo, y , tal vez, algunos animales de granja.

Una derivación del mismo proyecto es, desde luego, el muy conocido de rehabilitación (no solo energética) del parque añoso de viviendas urbanas, propuesta que ha sido reiteradamente analizada en muchos foros de inversión, como fórmula de reactivar el mercado de construcción.

(seguirá)

Publicado en: Empresa, Tecnologías Etiquetado como: empresa, posibilidades, proyectos, start-up

Cuento de otoño: Pura filosofía

18 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Si destacaba a simple vista por algo de entre sus compañeros, era por ser el más feo. Corto de estatura, demasiado gordo y fofo, pelo largo grasiento (con permanente aspecto sucio). Además, olía mal: sus glándulas sebáceas mantenían una secreción incontrolable, apestosa.

Se llamaba Anastasio Plínton, pero en la Universidad lo conocían como Platonín, por su afición a elucubrar.

Todas estas características negativas no le impedían sostener un interés general por todo el sexo femenino, ofreciendo un espectáculo más bien lamentable. Perseguía a sus colegas de clase de Filosofía con un encono admirable, tratando de seducirlas con la única arma que controlaba: su capacidad intelectual.

Se consideraba sin duda, el más inteligente de su grupo.

Aunque no los conocía a todos, estaba persuadido de ser el más listo de toda la Facultad. Puede que incluso fuera una de las personas más inteligentes de su generación, si es que se pudiera realizar una prueba comparada de los coeficientes intelectuales que resultara objetivamente neutral.

-He estado pensando toda la noche en mi teoría general -era, por ejemplo, la manera que había elegido aquel día para acercarse a Lolita Preciosa, una morena jacarandosa, que tomaba apuntes de Historia de los Pensamientos Frustrados en una libreta con las tapas ilustradas con fotos de Ricky Mortesten, el capitán de la selección de rugby de Malagascar.

-¿Y? ¿Has conseguido con ello aliviar tu tensión sexual? -podía ser la observación pertinente/impertinente de la señorita Preciosa, mientras se cambiaba de sitio, sentándose en un banco varias filas atrás, dejando tras sí un hálito a agua de colonia bendecida por sus hormonas.

Por esta razón y otras similares, conducido de la mano por su obsesión de desechar las opciones menores, dado el escaso tiempo disponible en una vida humana para llegar a conclusiones, Platonín no perdía el tiempo entablando conversación con sus colegas masculinos.

En verdad, lo perdía pretendiendo captar la atención de sus jóvenes compañeras, porque estaba convencido de que para la excitación intelectual de las terminaciones neurológicas que discurren por el cerebro, se precisa contar con estímulos sexuales, y, cuanto más intensos sean éstos, mejor.

Poco a poco, sin embargo, Platonín parecía estar consiguiendo perfeccionar su teoría general del orbe, a pesar de las antedichas limitaciones conductuales. Así lo había anunciado varias veces a lo largo del curso, a sus admiradas, sin que ninguna le prestara la menor atención.

A Marisa Tabernáculo le contó que estaba poniendo por escrito sus conclusiones, blanco sobre negro, pé sobre pá, como suele decirse, para que sirviera de guía con la que encontrar la salida del cosmos, el agujero de la eterna sabiduría.

-He descubierto algo muy curioso. Cuanto más avanzo en el saber, menos ideas necesitaba para expresarlo. Por eso, las quinientas páginas de que constaba mi teoría, en este momento, las tengo reducidas a cientoventisiete.

Si la señorita Tabernáculo le hubiera dedicado un minuto, solo un minuto, durante las semanas siguientes, habría podido enterarse de que el número de páginas con las que Platonín trataba de expresar su teoría se reducía a pasos agigantados.

-En este momento, trabajo en solo diez páginas -contó un orgulloso Anastasio Plínton a una displicente Merche Parodontosia, algunas quincenas más tarde.

Nadie pudo contrastar la poderosa construcción intelectual, porque no hubo ocasión de conocer ese documento que tan velozmente adelgazaba su espesor, mientras (todo hay que decirlo) Platonín engordaba.

Para sorpresa de algunos, Platonín no pudo terminar la carrera de Filosofía, que tan brillantemente había comenzado (había obtenido dos Matrícula de Honor, sin necesidad de examinarse, por asistencias, preguntas pertinentes y puntos de buena conducta, respectivamente, en Las Construcciones Subliminales Espinocianas y en Pensamiento Colateral Restringido).

Cuando se estaba ya a punto de convocar los exámenes finales, entró en una profunda depresión, desapareciendo de las aulas. El rumor era que su tensión por saberlo todo lo había conducido a La Cadellada, manicomio local del que, como se conoció años más tarde, no consiguió salir más que con los pies por delante.

Nadie pudo valorar, pues, las conclusiones del pobre recluído (diagnosticado, como tantos otros que confiaron excesivamente en sus propias posibilidades, del mal de «haberse pasado» -pasóse, como dicen en Asturias-; en este caso, por su extema dedicación a las redes de la filosofía).

Por casualidad, hojeando el otro día los libros más polvorientos de la Biblioteca de la Facultad (cuyo nombre actual es, para ser exactos, Universidad del Pensamiento Unico Polivalente), con la intención de preparar unas lecciones sobre La Autosuperación de los Déficit Cognoscitivos, que estoy invitado a pronunciar en la Universidad Internacional de Sama de Langreo, encontré en uno de ellos una hoja plegada por su mitad.

Estaba escrita a máquina, y en los caracteres tipográficos reconocí, sin posibilidad de confusión, la manufactura de Anastasio Plínton, porque todas las eñes tenían la tilde primorosamente superpuesta a mano, debido a que el frustrado filósofo todo lo escribía con una máquina alemana que perteneciera a su abuelo, y que éste había comprado en Leipzig a un violinista.

Sin que nadie lo advirtiera, asombrado de la intensidad que me provocó su lectura, bastante asustado, recogí el papel, y lo introduje al desgaire en mi mochila campera, ahí junto a la fiambrera con el sándwich de queso y anchoas y la manzana reineta que llevaba aquella mañana para el almuerzo, que suelo tomar en los bancos del Paseo de los Patos, en el Campo de San Francisco.

Lo guardo, como oro en paño, entre mis documentos más preciados: las cartas de amor que intercambié con Lolita Preciosa, el recorte de un periódico en el que se reseñó mi primera conferencia sobre las Cosas que Verdaderamente Interesan Y Las Que Tampoco, y una colección de noticias curiosas, que espero poder ordenar algún día.

Quién lo hubiera dicho de Platonín. Todos hubiéramos jurado que estaba loco.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Anastasio, angel arias, Campo de San Francisco, cuento de otoño, fórmula magistral, inteligencia, inteligencia emocional, La Cadellada, Platonín, Plínton, Preciosa, pura filosofía, Sama de Langreo, Universidad

Cuento de otoño: Guillermo de vacaciones en Spain

17 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Sería en Inglaterra la hora del té, aproximadamente, cuando la Sra. Fernández de Litio (emparentada, por línea materna, con los González de la Buena Mesa), se lo comunicó a su hijo, Fernandito, al que todos llamaban Nito.

-Mañana vendrá a pasar unos días con nosotros el hijo de los Brown, Guillermo. Es decir, Willy.

Nito, que estaba preparándose un bocata con dos lonchas de jamón serrano que acababa de coger de la alacena, no disimuló su disgusto.

-No conozco a ningún Willy, -dijo, dando un mordisco descomunal al bocadillo, por lo que apenas se le entendía. Pero su madre sabía leer incluso su pensamiento.

-No hables con la boca llena -le recriminó su madre-. Yo tampoco lo conozco. Tu padre hizo amistad con el suyo, que es un hombre de negocios, y han decidido que paséis una temporada con cada familia.

La cuestión era no solamente no conocía a ningún Willy, Guillermo, o como quiera que se llamara el hijo de los Brown, sino que, además, como se creyó en la obligación de recordar, por si hacía falta, era justamente pasado mañana cuando se iría de campamento de verano con los compas del colegio al bosque de Muniellos.

-No te preocupes, por eso. Papá ya habló con el Hermano Pablo y Guillermo puede ir con vosotros. Haréis muy buenas migas, seguro.

Al día siguiente, Nito, su mamá y el chófer de la fábrica del papá, fueron a recoger a Guillermo a la estación de autobuses de Gascona. Por unos instantes, creyeron que el niño habría perdido la conexión, porque no aparecía por ningún lado.

Bajó gente muy seria con sombrero de ala redonda y bigote recortado, una señora mayor que, al parecer, vivía en Santa Susana, porque eso dijo cuando cogió el único taxi que había en la parada, varios estudiantes que festejaban haber aprobado el primer examen para ingreso en la Escuela de Ingenieros Industriales (no todos, quizá solo uno de ellos, aunque todos parecían igual de contentos), dos jóvenes amigas que trabajaban de enfermeras en la clínica de la Concepción y venían de permiso,…

Por fin, una señora de cierta edad, puso pie en tierra, tirando, bien agarrado a su mano, de un jovenzuelo de pelo negro alborotado, vestido como para ir al polo norte. Así de abrigado estaba.

Era, sin duda, Guillermo Brown. Zapatos sucios de barro seco, medias caídas, señales de viejas cicatrices de peleas libradas con monstruos imaginarios en piernas y rodillas… Y una locuacidad imparable. Parecía estar discutiendo de algo muy importante, vital, con la señora que lo acompañaba, aunque, como hablaban en inglés, los que esperaban en el andén no entendían ni papa.

Guillermo gesticulaba y señalaba, con la mano libre, hacia el interior del autobús.

-¿Es Ud. la señora Fernández? -preguntó a la señora Fernández la recién llegada, sin soltar su presa de la mano. Y sin esperar respuesta, continuó:

-Este es el niño, Guillermo. No sabe hablar español, y ha perdido o le han robado la maleta en el aeropuerto de Barajas. Está convencido que ha sido un tal Emilio Salgari.

Guillermo tenía entonces once o doce años, los mismos que Nito. Los dos niños se miraron, sin intercambiar una sola palabra.

En un descuido, Guillermo volvió a entrar en el autobús, y volvió con un libro. El pequeño inglés no traería equipaje, pero ahora mantenía un libro en la mano, que alargó, acompañado de una larga perorata en su idioma, a su colega infantil.

El libro estaba escrito en español, editado por la Editorial Molino. Su título era «Guillermo el salvaje» y su autor (después se supo que era, en realidad, una señora) era Richmal Crompton.

Las vacaciones en Muniellos resultaron inolvidables. Por aquel entonces, no había problemas en hacer una acampada en aquellos parajes, en donde la naturaleza guardaba montones de secretos, que los mayores nos trataban de desvelar, pero que los niños mezclábamos con buenas dosis de fantasía, haciéndolos más interesantes.

Los pequeños excursionistas pescaron truchas dejando anzuelos durmientes en los arroyos, aprendieron a distinguir acebos, serbales y alisos, descubrieron que había plantas con raíces comestibles (y, mucho más interesante, dos o tres muy venenosas, según fueron advertidos) y un par de ellos, cuando se perdieron, creyeron haber visto un urogallo.

Por las noches, en torno al fuego que hacían los monitores, Guillermo Brown contaba alguna de sus muchas aventuras, que uno de ellos, Perico Trullo (el hijo de un panadero del Fontán), que estaba estudiando filología inglesa, traducía con soltura.

Se hizo muy popular entre los escolares, especialmente cuando, utilizando su facilidad para imitar sonidos, le hizo creer al Hermano Pablo que un oso se le había colado en la tienda de campaña. Fue divertido ver correr al fraile en calzoncillos marianos, rezando padrenuestros como un poseso.

¿O es que esto no sucedió, y nos lo imaginamos también?

Encontré por casualidad a Nito el otro día y, cuando le pregunté, me dijo que conservaba el libro. Había perdido una de sus tapas rojas, pero en todo lo demás, se mantenía en buen estado.

-¿Tienes los demás libros de la colección? -le pregunté.

-¡Ah! ¿Pero había más libros? -me contestó, en tono distraído. Sin esperar respuesta, dándome una palmada en la espalda, me apartó a un lado, con una brusquedad que me molestó-. Perdona, pero llevo prisa. Ya hablaremos con calma otro día, y recordaremos viejos tiempos. ¿Nos llamamos, eh?

No tengo idea de dónde localizarlo, después de tanto tiempo. Pero tenía que haberle dicho que conservo los 38 libros de la colección.

Incluso, de tarde en tarde, abro uno al azar y releo cualquiera de los relatos. Puede que, en mi fuero interno, tenga la ilusión de beber en las fuentes de la juventud, esa que tanto Nito como yo, como todos cuantos crecimos y nos hicimos mayores, y envejecimos, mientras Guillermo permanecía inalterable, hemos perdido para siempre.

FIN

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Esto no es un Cuento de Otoño: El riesgo de Castor visto por los ingenieros

16 octubre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Mis aficiones literarias no deberían ocultar que soy, profesionalmente, ingeniero y abogado. En realidad, me ocurre que vivo de ejercer estas carreras y no de aquello que escribo sobre lo que se me ocurre.

Me interesa, por ello, conocer los posicionamientos técnicos y jurídicos acerca de las cuestiones que tienen relación con lo que estudié en las Universidades y, en particular, con lo que he tenido ocasión de aplicar y ver aplicar en los ya muchos años de práctica.

Mantengo la curiosidad por entender las razones de los demás, especialmente en aquellos temas que ocupan, y no digamos, si preocupan a la sociedad donde vivo.

Este es el caso del análisis de los seísmos que se han vinculado a los trabajos de la plataforma Castor, en Vinarós. El tema es de tanta actualidad que me excusa de presentar los detalles. Bastará, los lectores más desinformados, indicar que se pretende aprovechar el hueco del antiguo yacimiento petrolífero de Amposta, situado a unos 2 km de profundidad y más de 25 km de esa localidad (mar adentro), para almacenar gas natural, que se conducirá hasta allí por una tubería de 30 km.

En la realización de las pruebas previas de estanqueidad del futuro depósito, en las que se inyectó gas a presión, se detectaron por los sensores de control varios microseísmos de magnitud ligeramente superior a 3 en la escala de Richter, que causaron, al ser conocidos y glosados por diversos comunicadores, alarma social en la población, aconsejando la suspensión provisional de las pruebas.

Algunos científicos, que trabajan en la investigación de las causas antropogénicas de los seísmos, propusieron de inmediato, el abandono defintivo del proyecto. En esa postura, destacan los geólogos Miguel de las Doblas y Antonio Aretxabala, vinculados al Instituto de Geociencias de Madrid.

El 14 de octubre de 2013 el Instituto de Ingeniería de España (IEE) celebró una jornada sobre el proyecto Castor, en la que participaron los ingenieros de Minas Recaredo del Potro (responsable de la empresa ESCAL UGS, ejecutora del proyecto) e Isaac Alvarez (profesor asociado a la Escuela de Minas de Oviedo, y uno de los pocos técnicos españoles con experiencia real en proyectos que involucran prospecciones profundas y, en concreto, de la explotación previa en Amposta) y el ingeniero de Caminos Antonio Soriano, Catedrático del Departamento de Ingeniería y Morfología del Terreno de la Universidad Politécnica de Madrid. Dirigió el coloquio la profesora del ICAI, Yolanda Moratilla, directora de la Comisión de Energía del IIE.

El interés del tema quedó evidenciado, desde luego, por la masiva presencia de asistentes, en su inmensa mayoría, ingenieros. Había muchos rostros conocidos de quien esto escribe. La presente crónica no pretende ser una reseña de lo que se dijo, sino recoger la impresión que me produjo.

El propio IIE ha publicado en su web un resumen de la Sesión, supongo que supervisado por los ponentes (aunque encuentro algunas diferencias respecto a mis notas), al que me remito.

Este Comentario responde a lo que yo entendí y anoté.

Antonio Soriano admitió que no cabía duda -en todo caso, pocas dudas- «de que los movimientos de tierra detectados han sido causados por la actuación realizada en Castor». Aunque los ingenieros de minas que habían hablado con anterioridad habían caracterizado el incremento de presión en la línea de rotura de la falla de Amposta como menor (máximo de 8 kg) » para un geotécnico, ese aumento no era en absoluto despreciable.

Tampoco estuvo de acuerdo con la interpretación realizada con anterioridad por Isaac Alvarez, de que «lo que pudo haber pasado es que la extracción ha debilitado el techo del yacimiento del que se extrajo crudo en Amposta», produciendo un ligero hundimiento debido al desprendimiento de CO2, que habría formado bicarbonato de calcio, provocando cambios locales de densidad y pequeños derrumbes «a escala métrica».

Para Isaac, «cuando la tierra se pone en movimiento, la inercia que adquiere es tremenda, y, por ello, se mueve a velocidades pequeñísimas. A la derecha de la falla, el terreno es mesozoico, consolidado; a la izquierda, es terciario, menos competente.» La situación sería comparable, a escala, con el «efecto de dejar caer un peso de una esponja encima de una silla» y, además, la sede tensionaría resulta un sello estupendo para el yacimiento.

Lo importante para Soriano, sin embargo, es «conocer el límite de lo que provocan estas actuaciones, y ese límite no puede ser mucho mayor de lo que se está sintiendo: 4,2. Para precisar ese límite habría que estudiar más detalles de la falla, y definir si es 5 ó 6, pero eso es una incógnita actualmente.»

Poner una cota superior a ese límite implica precisar «cómo se sentirían en la costa los efectos, es decir, la intensidad que se siente en Vinarós». Para evaluarlos, lo determinante no es la escala de Richter, sino la escala de Mercalli, que califica la percepción por la población y los daños concretos sobre las estructuras.

«En la planta, apenas se han sentido los terremotos y no ha habido ningún daño estructural. Las aceleraciones han estado y siguen estando por debajo de IV, en números romanos. Incluso si los seísmos hubieran sido de intensidad V, que generan una energía 30 veces mayor -la intensidad local que se sintió en Pamplona, que está lejos de ocurrir en Castor- los efectos serían prácticamente imperceptibles por la población.» Habría que alcanzarse la intensidad VII para que hubiera razones de alarma real.

«Como estamos a 1.700 m de profundidad, el terreno está soportando 170 kg. Si supongo que la presión aumentara en 1.000 veces, el índice de Mercalli se situaría en VI como máximo».

No ha habido derrumbamientos en el terreno, aclaró Recaredo del Potro, pues se habría detectado un incremento de presión en los pozos de control: solo ha habido un salto de centésimas de bar en el manómetro. Existe permiso para inyectar a 50 bar -correspondiendo con los estudios previos, en los que el Instituto de Catalunya afirmó que no habría riesgo hasta los 40/50 bares- y, hasta ahora «solo se precisó inyectar a 5 bar, pero no porque limitáramos la presión, sino porque el agua fluye libremente.

Isaac Alvarez afirmó que «los angulares de los pozos están bien y no se ha notado efecto significativo en los manómetros de cabeza», por lo que la burbuja se mantiene estanca.

«Se han hecho estudios de la seguridad de la roca cobertera desde 2002. Una cosa es que se mueva la falla y algo distinto que ceda la roca cobertera. Hemos mejorado la normativa más exigente de las plataformas del Mar del Norte, superando las medidas adoptadas en las de Gaviota y Casablanca. Tenemos un certificado del Lloyd que lo acredita», dijeron, complementariamente, Recaredo e Isaac.

No es la primera vez que se utilizan yacimientos en roca kárstica en España. «Lo más frecuente es que para almacenamiento se utilicen antiguos yacimientos, salvo en el caso de acuíferos».

«La falla se está moviendo geológicamente y se ha acelerado un poquito la velocidad natural de movimiento. Los 8 kg de exceso de presión sobre los 180 kg previos están causando una sismicidad muy baja, por períodos largos.», apuntó Antonio.

«Un seísmo de magnitud VI no haría daño a los edificios de Vinarós, porque lo que se está midiendo es en la zona epicentral, y los seísmos superficiales, como los que analizamos aquí, se atenúan mucho más deprisa que los profundos. Estoy convencido de que lo que se pueda detectar en la plataforma no provocará ningún daño en la costa», explicó, igualmente respondiendo a una pregunta del público, Antonio Soriano.

A mí, como a los asistentes con los que pude conversar después de la Sesión, me convencieron los argumentos de mis colegas.

Y apunto algo más: Ese tipo de encuentros son los que ayudan a poner en valor la ingeniería española, y son determinantes para que la sociedad no se deje guiar por visiones catastrofistas. El Instituto de la Ingeniería de España se ha marcado un buen tanto, y hay que propiciar actos como éste. No faltan temas, al contrario, en que se debe dar voz a los que saben de qué hablan y, además, lo aplican a aquello que corresponde.

Porque traer argumentos, cuya validez no cuestiono, correspondientes a otras situaciones, pretendiendo aplicarlos a circunstancias muy diferentes, no hace sino generar un falso debate, que, en lugar de aclarar, contamina.

Publicado en: Ingeniería Etiquetado como: Amposta, Antonio Soriano, Aretxabala, colapso, debate, falla, geólogo, IIE, ingeniero de minas, Isaac Alvarez, Mercalli, Miguel de las Doblas, proyecto Castor, Recaredo del Potro, Richter

Cuento de otoño: La verdadera historia del pueblo que se volvió invisible

16 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En las secciones de Historia Universal y Particular de las Bibliotecas y Hemerotecas se pueden encontrar montones de verdaderas historias que, cuando se las rasca para comprobar su verosimilitud, se transforman en cuentos chinos.

Lo que voy a contar es justamente, lo contrario. Un aparente cuento chino tan verdadero como la vida misma; vamos, súper, súper-real.

Para empezar por algún lado, debo aclarar que en la época en la que se sitúa este relato, hacía ya mucho tiempo que se habían erradicado o controlado todas las formas de epidemia que, en la antigüedad, habían provocado cientos de miles de víctimas. No había ni peste, ni mal español o francés, ni tuberculosis, ni viruela, ni, mucho menos, hambre.

Podíamos decir que, salvo ligerísimas excepciones, los que morían lo hacían porque habían agotado el fluido vital que cada uno lleva dentro de sí o decidían irse a conocer el otro mundo de forma acelerada, quitándose de en medio.

Hecho este más bien largo prolegómeno, indicaré de inmediato que así estaban las cosas cuando en la ciudad de Opulencia, allá en la región de La Desgana, famosa por sus habichuelas de ojo amarillo, una mujer muy observadora le comentó a su esposo, muy agotado de tanto aventar humos y pajas, en el descanso publicitario de un programa de variedades que ofrecían por la televisión nacional.

-Hoy, cuando volvía en el metropolitano de la clase de aeróbic, entró en el vagón un tipo al que le faltaban una pierna y un ojo, pidiendo ayuda para subsistir.

-¿Y? ¿En qué nos afecta a nosotros? ¡Ya sabes que esos tipos que piden son ladrones o drogadictos!- razonó el esposo, que aprovechaba el momento para cambiar de canal y enterarse así de los resultados de la Fase Previa de la Copa Federaciones.

-Solo te lo comentaba porque el hombre atravesó el vagón, que estaba lleno, y nadie lo miró. Pasó entre la gente como si fuera invisible. -dijo la mujer, al tiempo que advirtió- Vuelve a la Uno, que seguro que ya empieza Enterados.

El programa Enterados estaba aquella noche especialmente interesante, porque reflejaba la historia de una modelo muy cotizada (la que salía con aquel locutor de pelo pincho) que había sido fotografiada con el hermano pequeño de un futbolista, ese del anuncio de agua de colonia que tiene un tatuaje en el muslo izquierdo.

La constatación de la esposa observadora, que llamaré, Perspica Lopersigo, no tenía porqué haber sido casual. En las calles de Opulencia (nombre que estaba ligado a la Edad de Oro de la ciudad, y que la Corporación había decidido mantener, aunque se había propuesto por el sector crítico cambiarlo por el de Decadencia, quizá más apropiado), se podían encontrar con creciente intensidad, nuevos moradores.

Eran hombres, mujeres y niños, venidos de muchas partes, pero sobre todo, del sur y del oriente, que se afanaban en buscar el vellocino dorado, el oligofante pétreo o la piedra filosofal, que alguien les había convencido previamente que se encontraría por aquellos lugares.

Como pronto se les hacía evidente que, de eso, nada, todos cuantos llegaban desaparecían, procurando no dejar rastro, y los que quedaban en la calle, parecían disponer de la extraña cualidad de hacerse invisibles.

Pespica lo comentó con sus mejores amigas.

-¿Os habéis dado cuenta de que todos pasamos entre estas gentes, que están tiradas en el suelo, ocupan las cabinas vacías de los bancos, pretenden limpiar el parabrisas del coche o se acercan para ofrecernos toallitas, sin verlos?

-Hay que acostumbrarse. Si les prestas atención, son unos pesados de agárrate. Además, casi todos son drogadictos -le explicó su amiga Condolen.

-Por no decir, extranjeros, que no se lo que es peor -apuntó Sincerita, que estaba casada con un jefe de protocolo.

Pasó algún tiempo y Perspica notó que los habitantes de Opulencia, cuando pasaban unos al lado de otros, tampoco se miraban. Se habían contagiado. Hacían como si fueran invisibles. Ponían los ojos en el horizonte o la mirada extraviada y aparentaban tener mucha prisa en ir hacia cualquier parte.

-Creo que me he hecho invisible yo también -se lamentó Perspica, mientras veía con su marido una nueva temporada de Enterados-. Ayer me crucé con Condolen y no me vio.

No obtuvo respuesta.

-Me parece que me he hecho invisible incluso para ti -continuó Perspica.

Se dirigía hacia el sofá, creyendo que su esposo estaba allí, pero él se había levantado por una cerveza.

FIN

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Cuento de otoño: Castores y ratas de agua

15 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hace muchos años, en lo que, andando el tiempo, sería conocido como País de los Despropósitos, había lugares en los que la vegetación era exuberante, junto a los ríos, arroyos y riachuelos, si bien el resto del territorio era desértico, por falta de agua.

En esos biotopos especiales, las ratas de agua vivían felices. Comían plantas y frutos frescos, babosas, caracoles y gusanos y los pocos depredadores que podían intimidarles -zorros, fundamentalmente- no tenían especial interés por ellas, porque sus carnes les sabían a fango; preferían los topillos de pradera, que se alimentaban de alacranes, saltamontes y bayas secas, y eran, por ello, más sabrosos.

Sucedió que un día, una nueva especie apareció en aquel hábitat. Que, desde más allá de las montañas y las tierras de fuego, empujados por el hambre o la curiosidad, vinieran desconocidos, no era tan extraño. Lo normal es que no pudieran aclimatarse y murieran o se volvieran por donde habían venido, al cabo de poco tiempo.

Eran castores y, por lo que dijeron a quienes se molestaron en escucharlos, habían llegado para quedarse.

Los recién llegados, eran solo tres o cuatro parejas, y pocas ratas de agua les prestaron atención especial, al menos al principio. Los desconocidos eran, en cierto modo, incluso parecidos a las ratas de agua, aunque más voluminosos, y parecían bastante simpáticos.

-Solo venimos a trabajar y nos agenciaremos para conseguir alimento sin molestar a nadie. -dijo el que parecía llevar la voz cantante.-Decidnos solo un lugar en el que podamos estar tranquilamente.

La autoridad competente de las ratas de agua les asignó un lugar en una de las zonas más alejadas de los núcleos de población principal de las ratas acuáticas, corriente arriba de uno de los regatos menos caudalosos.

Era el peor sitio de los imaginables para las ratas de agua, que no habían llegado tan arriba, porque preferían las desembocaduras de los ríos, donde, en los deltas, las aguas discurrían muy tranquilas, y la vegetación se componía, sobre todo, de plantas que crecían en el fango, muy jugosas y tiernas, por lo que no necesitaban realizar exploraciones que podían resultar peligrosas.

-Procurad no hacer mucho ruido por las mañanas -fue la única advertencia que se les ocurrió a las ratas-. Aunque estaréis lejos de las zonas habitadas por nosotras, nuestros pequeños y a nosotros nos gusta dormir a esas horas, después de una noche de frenética actividad llenando nuestros estómagos.

Las tres o cuatro parejas de castores se instalaron río arriba, muy, pero que muy arriba, en lo alto de las montañas casi donde se encontraban las fuentes y los manantiales. De inmediato, empezaron a fabricar, cada familia por su lado, los diques que les parecieron adecuados para crear el hábitat en el que poder criar a sus retoños ciegos a salvo de la intemperie y, por supuesto, almacenar bajo el agua reservas para el invierno, porque en las alturas hacía tanto frío que todas las superficies se helaban.

Derribaron algunos árboles muy grandes con sus poderosos y afilados dientes, y arrastraron las pesadas ramas hasta los lugares que les parecieron adecuados para embalsar el agua.

Unos aquí, otros acullá. Trabajaban día y noche, porque su voluntad era transformar la naturaleza para adaptarla a lo que necesitaban.

Eran construcciones, de verdad, muy interesantes, compactas y resistentes, y que, para hacerlas razonablemente estancas, guiados por la experiencia y el instinto, reforzaban con barro.

El agua quedaba retenida en ellas, formando remansos de un alto valor estético y en huecos de las presas los castores mantenían a sus retoños o guardaban ramas tiernas.

Seguramente era de lamentar que ningún animal pudiera valorar tanta belleza de aquellas creaciones, pues todos quienes vivían en lo que luego sería llamado el País de los Despropósitos -desde las ratas de agua a los topillos de pradera, por no hablar de caracoles, peces y zorros- carecían de la inteligencia o formación adecuadas para dejarse impresionar por lo que resultaba tan claramente inútil para su especie.

Las ratas de agua que estaban río abajo no tardaron, sin embargo, en darse cuenta de que las aguas no fluían con la misma intensidad que antes. Los caracolillos y las babosas (en especial, las desprovistas de concha, muy apetecibles) escaseaban.

Pero lo más alarmante era que algunos meandros del delta estaban empezando a cambiar su curso.

-Venid río arriba -les dijeron las ratas de agua que ya se había desplazado a vivir en las zonas altas-. Allí el trabajo de los amigos castores ha conseguido inundar áreas que antes estaban secas, y hay ahora alimento suficiente, en donde hace poco tiempo solo se encontraba el desierto.

Sucedió, sin embargo, que, cuando llegó la temporada de lluvias, las aguas torrenciales se llevaron por delante los diques de los castores. Aunque estaban hechos para resistir las corrientes normales, no aguantaron las crecidas impetuosas provocadas por escorrentías y torrenteras que aparecieron por todos los lados.

El colapso de los diques, arrastró también árboles y ramajes. Los castores, guiados por su instinto, presagiaron el momento y pudieron salvar a sus crías. Pero muchas ratas de agua, que carecían de esa experiencia, se encontraron de bruces con el cambio de condiciones de vida. Perdieron a muchas de sus crías. Confiadas en lo que creían saber del entorno en el que siempre habían vivido, generación tras generación, no consideraron la posibilidad de que el nivel de los ríos pudiera variar tan bruscamente.

Fue una catástrofe para las ratas de agua, tanto las que vivían río arriba como las que se habían quedado en el delta. Las plantas de ribera resultaron arrancadas en muchos puntos y, en otros, se cubrieron de piedras y un loes que las hacía, al menos momentáneamente, incomestibles.

Realmente alarmadas, convocaron a una reunión de urgencia. Habían encargado a expertos en deltas y meandros que emitieran sus informes, lo que hicieron prestamente, utilizando los conocimientos acumulados en sus genes durante siglos.

Obligaron también a los castores a que asistieran a la convocatoria, para que expusieran sus argumentos, aunque ya se habían confabulado de antemano para no escucharlos.

El encuentro resultó áspero. Una rata de agua experimentada, que decía haber vivido en los deltas del que luego sería llamado por los humanos río Misisipi, afirmó estar rotundamente convencida de que los diques habían provocado desequilibrios insoportables en las corrientes de agua, y que, en consecuencia, los castores deberían ser expulsados del territorio.

Fue aplaudida por todas las ratas de agua.

El portavoz de los castores hizo ver que ellos no habían provocado las lluvias torrenciales y que, en realidad, la construcción de los diques había sido beneficiosa, mientras estuvieron en pie, para la existencia de las ratas de agua, pues se habían podido colonizar nuevos territorios y disponer de más alimento que antes.

Fue silbado por todas las ratas de agua.

No hubo, pues, acuerdo. Las ratas eran mucho más numerosas, incomparablemente superiores en número, y a dentelladas y empujones, echaron a los castores de aquel que consideraban su territorio, y de ellos, nunca más se supo.

Fue más o menos por aquellas fechas cuando se instalaron algunos humanos en ese lugar, y encontraron a las ratas de agua bastante sabrosas, exterminándolas prácticamente.

Los castores, que habían seguido creciendo en número, volvieron a ocupar las áreas del País de los Despropósitos de las que habían sido expulsados. Cuando su número creció, los humanos los declararon objetivo de caza para sus escopetas.

No serían aprovechables como alimento, pero sus pieles, utilizadas como pellizas y abrigos, a los humanos se les antojó que los hacían muy elegantes.

Claro que la historia no había hecho, en realidad, más que empezar.

FIN

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Cuento de otoño: Señales engañosas

14 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La joven tomaba notas en un cuaderno, sentada en la primera fila. Hacía varios meses que se había licenciado en Geología y aún no había conseguido su primer empleo. Acababa de volver de Londres, en donde había estado perfeccionando su inglés, y el profesor australiano le había dado un consejo para aumentar sus posibilidades:

-Apúntate a un Congreso relacionado con tus estudios al que vaya mucha gente, y haz el mayor número de contactos posible.

Por eso estaba allí. Entre todas aquellas personas de edad madura, la mayor parte, varones, encorbatados y serios, su delicada compostura sobresalía. Se había puesto su mejor falda y una blusa algo escotada. Sin conseguir vencer su timidez, echando miradas de reojo a los demás asistentes, esperaba la oportunidad de presentarse a alguien, y contarle su historia.

Algo así como: «Soy geóloga y busco empleo. Me gustaría algo relacionado con lo que he estudiado. Sobre todo, me encantaría trabajar en un laboratorio».

El conferenciante estaba presentando sus elucubraciones acerca de la repercusión de los ensayos sísmicos sobre algunos animales marinos. No hacía muchos días, habían aparecido decenas de cetáceos desorientados en la costa, y la mayoría, a pesar de los esfuerzos por devolverlos al mar, girándolos hacia la dirección correcta, habían muerto varados en la playa.

La joven leía en los labios del ponente, con avidez, y no cesaba de tomar apuntes. Había sido una alumna aplicada, y conservaba sus costumbres.

-Algunos creen que la desorientación proviene de las explosiones producidas desde barcos especiales que recogen información del subsuelo marino. Estas embarcaciones recorren sistemáticamente una zona elegida, peinándola, y provocan múltiples ondas sonoras a intervalos regulares. Como pequeños seísmos. Estas emisiones sónicas rebotan en el fondo del mar, y son recogidas e interpretadas por sensores adecuados y un programa de ordenador que reconstruye la orografía de esa parte del océano -explicaba el técnico, y su vocalización era, por fortuna, muy clara.

-Saber cómo afectan estas ondas a los animales que encuentren a su paso, será siempre una especulación, porque no es posible entrar en comunicación con ellos. Puede que algunos, en especial, los que pertenecen a las categorías superiores, más sensibles, capten también estas señales o resulten aturdidos por el ruido, y se desorienten, malinterpretándolas -continuaba.

Después, se volvió de espaldas, sin dejar de hablar, y dibujó en la pizarra algo parecido a un cerebro bastante deformado, y lo señaló con varias flechas. La joven, dejó de tomar notas, y mordió el bolígrafo.

-Si se pudiera mantener en cautividad un cachalote o una ballena para probar sobre él el efecto de esas ondas, se habría avanzado bastante. De momento, solo se conoce que a las focas y a los delfines sí parece afectarles, aunque no dejan de comer por ello. Se comportan como lo harían los humanos: pierden oído, se inquietan, en algún caso, tienen comportamientos erráticos…

El presidente de la mesa advirtió al conferenciante que había llegado la hora del café y que, por tanto, la sesión quedaba interrumpida.

Todos se levantaron apresuradamente. La joven geóloga, absorta, aparentemente distraída, había cerrado los ojos para tomar impulso y hacer, por fin, una pregunta. Su pregunta. No se dio cuenta de que la sala había quedado vacía.

Alzó la mano, se levantó seguidamente, sin ver, sin oir (temblaba por la inseguridad), se alisó la falda, nerviosa, y suponiendo que le habrían ya concedido la palabra, con el tono de voz que creyó adecuado (quizá demasiado alto), preguntó:

-¿Y por qué los cachalotes vienen a morir a la costa y no lo hacen en alta mar? ¿Por qué quieren escapar de su medio natural? ¿No estarán suicidándose porque no desean soportar el suplicio al que les estamos sometiendo, como algunos humanos hacen cuando, perdida la razón, se tiran al mar para morir?

Entonces se dio cuenta, por fin, de que estaba sola en la sala. Un sonido cantarín de cucharillas y tazas, entremezclado con voces de conversación y algunas risas, provenía del pasillo.

La joven, sin embargo, no podía oírlas. Era sorda.

Parece que no asistió al resto de las sesiones de la tarde, porque nadie volvió a verla.

FIN

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Cuento de otoño: La sugerencia que no llegó a ser analizada

13 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En Valgamediós estaban preocupados. No todos, desde luego. Pero sí la mayoría, y, en especial, la mayoría silenciosa.

Pasaba el tiempo, y la situación empezaba a ser insoportable.

Para algunos, resultaba muy molesto, pero por razones poco relevantes, aunque expresaban su disgusto torciendo la cabeza, y mirando hacia otros lados. Había pobres por todas partes. Les resultaba muy difícil caminar tranquilamente por la calle sin encontrar algún pedigüeño, lo que afeaba el lugar. A las puertas de los supermercados, de las iglesias, de los Bancos, de los restaurantes, había siempre alguien con la mano extendida.

El número de necesitados crecía, ya que, por algo que conocían como efecto llamada, venían incluso de otras poblaciones en las que, al parecer, aún estaban peor.

Eran numerosos los valgamediosanos a los que resultaba bastante duro resistir, pero confiaban en que las cosas volvieran a ser como antes. Añoraban los tiempos recién pasados, aunque ignoraban cómo la situación podría enderezarse, porque les resultaba muy complicado entender lo que había pasado.

-Nosotros, que conocemos cómo funciona el sistema, os prometemos que todo cambiará cuando las economías de los pueblos vecinos de Immererfolgreich y Nousavanttout, salgan adelante. También hay que esperar que al Presidente de Wetheworldleaders se le ocurra algo brillante. Su éxito nos arrastrará, y, hasta que esto suceda, invitamos a los jóvenes más capacitados a que busquen empleo en esos lugares, triunfen, y vuelvan a casa con nuevos ímpetus -era el mensaje que difundían, acompañado de música celestial, los altavoces instalados en los lugares oficiales pertinentes.

En realidad, hacía años que en Valgamediós no se creaban puestos de trabajo y, por tanto, no era posible cambiar, como antes, el tiempo, las habilidades y los conocimientos por dinero, en los mercados locales. Al contrario: las empresas de Valgamediós, despedían todos los días a miles de empleados, que pasaban a engrosar las cifras de los que ya estaban parados, que es la manera de expresar que se habían vuelto estupefactos.

Especialmente afectadas estaban las empresas que eran propiedad de pequeños comerciantes, gentes cuyos nombres eran conocidos, si bien lo que recogían los periódicos locales eran las protestas de los despedidos de las empresas más grandes, que armaban mucho alboroto.

-Ha cerrado la tienda de ultramarinos de la esquina, que llevaba en el barrio desde 1903 -comentaba la tía María a su vecino, jubilado.

-En esta calle, solo queda en pie la Expendeduría de Lotería -apostillaba otro, que se encontraba trabajando de extranjis en una mueblería.

La economía se había sumergido bastante, desde luego, y quien más quien menos, se había estado arreglando con alguna chapucilla, al menos, mientras cobraba el subsidio de desempleo. Pero incluso bajo el nivel del dinero que circulaba al aire libre, es decir, en las alcantarillas del sistema, escaseaban las oportunidades. Los salarios bajaban y bajaban.

Un buen día, el Controlador de Cuentas expuso la situación con crudeza:

-No hay dinero para mantener el Estado del bienestar. Los ingresos son muy inferiores a los gastos. A partir de ahora, viviremos en el estado del estar. Simplemente.

Pronto se supo que ese estado de estar era el equivalente a sálvese quien pueda. Y, para algunos, resultó incluso entretenido. Tenían liquidez, y surgieron nuevas oportunidades, porque a ellos, les bastaba solamente aprovecharse del estado de necesidad de otros, lo que proporcionaba beneficios interesantes. Compraban, a precio de saldo, lo que otros se veían obligados a vender.

Desde los Centros de Propuestas y Elucubraciones Imaginables, no faltaron ideas, pero el problema estaba en la dificultad de ponerlas en práctica. Para todas, se necesitaba dinero; para muchas de entre ellas, experiencia; para la mayoría, conocimientos de los que no se disponía.

-Tenemos que cambiar las reglas del mercado, porque solo sirven para que unos se enriquezcan a costa de los que carecen de información -escribió un experto en Historia de la Humanidad, en un artículo publicado en un periódico de tan escasa difusión, que apenas si vendía los ejemplares que compraban los que expresaban sus ideas en él.

-El mal está en el exceso de corrupción de los que dirigen y controlan, no en el sistema. Un poco de corrupción es tolerable, pero por encima del diez por ciento, es insoportable -explicó, con varios ejemplos imaginativos, un profesor de Ética Universal, que disponía de un importante patrimonio conseguido gracias a inversiones realizadas en productos altamente contaminantes y que vivía en un chalet adosado a su complacencia.

-Debemos fomentar la explotación de los recursos naturales, y puesto que nosotros sabemos disfrutar de la naturaleza, debemos desplazar las fábricas contaminantes a aquellos lugares en donde sus habitantes no tienen nuestra educación ecológica y no están acostumbrados a nuestros altos niveles de calidad de vida -apuntó un miembro distinguido de la Fundación para Proyectos Nimby, que contaba con muchos seguidores dispuestos a movilizarse a las primeras de cambio, reclamando la defensa del medio ambiente.

Incluso apareció un grupo la mar de interesante que defendía el uso de la imaginación para crear el propio puesto de trabajo, como fórmula que se aplicaba en los países más avanzados del orbe. El problema estaba en que la imaginación de los que solo tienen buena voluntad queda limitada por fronteras que se alcanzan muy pronto, y se encuentra con muros insalvables: la insuficiente formación, la escasa financiación, el largo tiempo de maduración de los proyectos, el miedo a fracasar porque el que cae una vez es estigmatizado para siempre y, sobre todo, se topa con un cúmulo de dificultades inextricables, que se fabricaban y perfeccionan por las noches, como hilos de Ariadna, en múltiples centros de mantenimiento del orden establecido, que colaboran con la indolencia y la apatía, hierbas que crecen libremente en los lugares donde nadie vigila.

Así estaban las cosas, cuando alguien anónimo escribió con spray rojo, en la misma Vía del Desánimo, por la que los valgamediosinos acostumbraban a pasear a diario, una sugerencia de apariencia muy elemental.

-Si queremos disfrutar del mayor bienestar posible, ¿por qué desperdiciamos las capacidades que tenemos? Dejemos de lamentarnos por lo que hemos perdido, y dediquémonos todos a trabajar en lo que sí podemos conseguir.

Seguramente al autor le pareció larga la parrafada y como debía tener tiempo para escribir un estrambote, antes de que lo descubrieran los vigilantes del lugar, había terminado con este lacónico mensaje:

«No necesitamos que nos enseñen a vivir y no nos dejaremos morir.»

Era otoño, y las hojas caídas de los árboles cubrieron casi de inmediato la propuesta. Por la tarde, un camión de la limpieza, provisto de mangueras que lanzaban chorros de agua a presión junto a un poderoso detergente, borró la propuesta en un santiamén.

-No era una mala idea -murmuró para sí el conductor del vehículo, mientras se dirigía a otros lugares que también le habían señalado como necesitados de un buen fregado.

Las luces de Valgamediós seguían apagándose sucesivamente.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: análisis, angel arias, colaboración, confianza, consenso, crisis, cuento de otoño, emigración, empresa, empresario, exportación, minería, paro, recursos naturales, salida, soluciones, sugerencia, túnel, Valgamedios

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