Al socaire

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Archivo de diciembre 2013

Cuento de otoño: El viejo que se resistía a envejecer

18 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando descubrimos que somos viejos, hace tiempo que ya lo éramos. Porque nos resistimos sicológicamente a determinar el preciso instante en que empezamos a serlo, y ocultamos la situación imaginando que será reversible.

Ese punto de no retorno en el precipicio de la ancianidad podría estar situado unos días antes de aquél en el que, creyendo detectar la primera cana, observamos que tenía, en realidad, varias compañeras. Puede que, para algunos, hubiera sido posible localizarlo apenas unos meses antes de que el odontólogo, al realizar lo que pensábamos era solo una endodoncia, nos abrió el camino hacia la dentadura postiza. No hay que descartar que el asomo de la vejez tuviera que ver con aquella vez en que preferimos ver una película en el reproductor de vídeo antes que aceptar la sugerencia de calentarnos en el lecho con la pareja.

Persófilo de la Higuera estuvo, desde muy tierna edad, preocupado por el tema de la vejez. Y, lo que es más importante, tomó la decisión de no envejecer cuando era un niño de siete años, al visitar a su abuelo en el geriátrico, acompañando a su madre.

-Mamá -preguntó a su progenitora, al terminar la rápida visita-. ¿Por qué el abuelo te llama Marianela? Tu nombre es Brunilda.

-Me confunde con mi madre, que se llamaba así. Es que el abuelo es muy viejo y no se acuerda de casi nada.

Por eso, para acordarse de todo, Persófilo, comenzó un itinerario complejo que debería conducirle al deseado propósito de no envejecer. Cuando cumplió la edad de veintiséis años, provisto de un doctorado en Física Evolutiva y una Licenciatura en Filosofía Involutiva, creyó haberse pertrechado con el más moderno aparato de investigación que podía imaginarse, en tanto que ser humano, y se puso a meditar sobre el tiempo.

Dedicaba largas horas a tratar de desmenuzar el tiempo, dotándolo del máximo contenido. En las primeras etapas de la investigación, procuró simplemente acelerar la realización de los actos mecánicos, de manera que si, pongamos por caso, inicialmente podía solamente realizar en un segundo veinticinco rayas sobre un papel, llegó a conseguir dibujar trescientas veinticinco, y lo que es más interesante, siendo plenamente consciente de lo que estaba haciendo.

-Mi tiempo cunde cada vez más, -escribió en su cuaderno de bitácora, que era como llamaba al archivo informático en donde dejaba registrados sus avances.

Solo que, como es fácil imaginar, por intenso que pareciera al joven Persófilo el esfuerzo por descomponer el tiempo en parcelas más pequeñas, ninguna aplicación tenía para resolver su preocupación principal, que era, cmo se dijo, detenerlo. Y, creía el tenaz investigador, si fuera capaz de parar el reloj (por así decirlo), el volverlo hacia atrás ya podría considerarse pan comido.

Sus amplios estudios le habían llevado a admitir que, con el herramental de la memoria, podía retroceder en el tiempo, y conseguir revivirlo en la imaginación. Lo que se le resistía, obviamente, era lograr que esa situación imaginada, por vívida que fuera, tornara realidad. Con el avance de los ejercicios de concentración, creyó descubrir que no necesitaba retroceder con la imaginación mucho tiempo atrás, sino que le bastaría conseguir revivir el instante inmediatamente anterior.

-Si fuera capaz de retroceder una sola unidad elemental de tiempo, y volver a situarme en ella, la cuestión estaría plenamente resuelta -Ese fue el hito más relevante de la investigación, según anotó.

El método parecía, teóricamente, sencillo. Se trataba de concentrarse a tope en el ejercicio de vivir el presente y, cuando se estuviera en situación de máxima proximidad con el momento justamente anterior, saltar sobre él, como un jinete avezado.

Si no he sido capaz de reflejar en estas modestas frases la categoría intelectual del proceso en el que Persófilo estaba inmerso, el problema es mío. Porque la investigación de la posibilidad de retroceder en la flecha del tiempo, convirtiéndola en un boomerang de ida y vuelta, ha sido preocupación reconocida de los más altos científicos y, por supuesto, literatos. Los segundos han recurrido a pócimas misteriosas, seres diabólicos o trucos de magia para explicar el control que ejercían sobre el tiempo sus personajes. De los primeros, han quedado algunas páginas notables, pero desgraciadamente, ininteligibles.

Persófilo podría haber sido tomado por loco, por su obstinación en perseguir una quimera, pero lo cierto es que no envejecía. Cumplía años, sí, aunque permanecía tan juvenil, mondo y lirondo en su carácter, como el primer día, esto es, como el día en que se había puesto a meditar sobre la trascendencia del tiempo. Había llegado a la edad en que quienes se resisten a envejecer, creen conseguirlo pintándose las canas, cubriéndose la cocorota con ridículos tupés, o, si tienen medios económicos, haciéndose estirar una y otra vez la piel detrás de las orejas o el sobaco hasta que se le rompe en pedazos.

El no necesitaba nada de eso, porque no envejecía, como dejó puntualmente consignado en sus archivos.

Criticaba a quienes pretendían simular lo evidente, haciendo ver que, a la postre, la ocultación solo servía para proporcionar un efímero consuelo a ellos mismos. Porque, por mucho que lo intentaran, los demás descubrían fácilmente el engaño, convirtiendo la intención de mantenerse juvenil en motivo de risión, en clave de ridículo. Les hubiera sido más económico admitir el poder del tónico que proporciona la misma naturaleza, ya que la pérdida sucesiva de vista, oído, olfato y, a la postre, de toda sensibilidad, es el premio con el que esa benévola señora condecora a sus súbditos añosos, para que no perciban la degradación que han ido sufriendo.

Tengo en mis manos una copia de los resultados de la investigación de Persófilo y, en verdad, que me parecen sorprendentes y estimulantes. Me suscitan múltiples preguntas que me hubiera gustado formular al investigador, si estuviera aquí con nosotros.

Por lo que me cuenta la que fue su novia durante largos años, una anciana venerable que vive en una casa en las afueras de Aranjuez, rodeada de gatos siameses, un buen día, su enamorado se instaló en el ayer, y ya no pudo, no supo, o no quiso, volver.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abuelo, ayer, boomerang, Brunilda, científico, concentración, cuento de otoño, envejecer, flecha del tiempo, juventud, Marianela, memoria, mónada, preocupación, reloj, resistencia, viejo

Tortura y muerte de los Colegios profesionales

16 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Si cabe calificar de alguna forma la actual situación vivida por las Juntas de Gobierno de los Colegios profesionales sería la de desaliento. En especial, para aquellos Colegios que basaban sus ingresos en la obligación de la colegiación y en los visados de proyectos (los de arquitectura e ingeniería, en particular), el momento no puede ser más crítico.

A la situación de incertidumbre se añaden los continuos aplazamientos de la aprobación de la Ley de Servicios Profesionales. Desde hace ya más de un año, se hace circular, provenientes de organismos nunca identificados plenamente, borradores de esa Ley que daría la puntilla a los Colegios, al reducir a carácter testimonial los proyectos que deben ser visados, proclamar la colegiación voluntaria y obligar a que los cobros por los servicios sean ajustados al coste de los mismos. Tanta información contradictoria ha provocado, como es natural, la desorientación y el desánimo, al comprenderse desde los órganos rectores de los Colegios que no se está atendiendo, en absoluto, a sus observaciones.

Porque los Colegios desearían que la situación anterior se mantuviera y, eso sí, estarían dispuestos a hacer la declaración de un firme propósito de enmienda. Más transparencia, más servicios a los colegiados y más conexión con la ciudadanía en general. Por supuesto, también defienden que son un instrumento de la sociedad civil, que cumplen una función de control deontológico y que, en el caso de los proyectos, el visado implica una garantía, que podría mejorarse, desde luego, de la identidad del firmante, la cobertura de sus responsabilidades y, en una medida no bien concretada, de la calidad del proyecto.

Con el hacha del verdugo administrativo bien afilada, la amenaza del problema se ha convertido en real, sin necesidad de que se ejecute ninguna sentencia. La realidad es que las colegiaciones han disminuido en casi todos los Colegios profesionales, las bajas son un goteo incesante y los, en general, vetustos y nobles edificios en los que desarrollaban sus actividades se van cubriendo de un cierto polvo, mezcla de apatía, falta de ideas, y obsolescencia de sus actuales dirigentes.

Claro que hay excepciones. Pero son pocas, y las que hay, no por ello dejan de estar amenazadas. La supervivencia de los Colegios pasa por un profundo análisis de sus objetivos, una revisión de su oferta y la incorporación masiva de jóvenes que enderecen un rumbo que, con Ley o sin ella, está anquilosado por la artrosis de un bienestar que no estaba fundado en el servicio concreto que estaban prestando a los colegiados y a la sociedad, sino en unos ingresos garantizados por la colegiación de profesionales que, en muchos casos, no sabían para qué les servía el Colegio, ni habían pisado su sede jamás.

Publicado en: Sociedad Etiquetado como: colegiados, colegio, colegios profesionales, cuota, extinción, gastos, ideas, ingresos, ley, muerte, renovación, servicios, sociedad civil, tortura, visado

Cuento de otoño: El timonel mentiroso

15 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Entre los tiempos de Maricastaña y la Levitación Cósmica, en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, vivió un timonel que jamás había conducido un barco.

En verdad, que de las Escuelas Oceanográficas de timoneles y condestables de mar se salga con el título de piloto sin haberse subido jamás a un navío, no tiene tanto de extraño. La Escuela de que hablo estaba situada tan lejos del mar que hubiera llevado días enteros acercar hasta él a los estudiantes de los últimos cursos, en donde se formaban, como final de la formación exclusivamente teórica, en el arte preciso de navegar, y, si conseguían superar la última prueba, que consistía en lanzarse desde una torre inclinada a la calle sujetos por una goma elástica, se les otorgaba un diploma de Surcador Experimentado de la Mar Océana.

Así que, como suplencia al déficit de agua salada en medio de la sequedad terrosa, el Alto Almirantazgo Superior había decidido que se realizaran simulaciones a escala reducida en una bañera en las que se ejercitaran en maniobras de babor, estribor, a toda máquina y a barlovento reducido. Todos los alumnos se agolpaban en torno al simulador y, con un poco de suerte, hasta podían manejar los mandos del aparato durante unos instantes. Al menos, eso fue, hasta que una mala maniobra dejó al instrumento inutilizado, y, por falta de presupuesto, no fue posible enviarlo a reparar al dique seco del País de los días muy luminosos y las noches cortas.

Eso sí, los planos que se conservaban en la Biblioteca de los Océanos, Piélagos y Mares, eran extraordinariamente precisos. Tanto que, según se decía, hubiera sido posible construir un barco de cualquiera de los tipos conocidos, -desde fragatas hasta petroleros de triple casco- siguiendo únicamente aquellos dibujos. Solo que no era necesario, porque en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, estaba muy mal visto lanzarse a la aventura y lo que se había puesto de moda era mirarse el ombligo, sacudirse las malas pulgas o sentarse a la puerta de casa para ver pasar cadáveres de tus prójimos, fueran o no tus enemigos.

No habría cuento, ni historia, ni argumento, si no hubiera sucedido que un día cualesquiera avisaron desde el litoral del País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, que en un lugar de la costa playera había aparecido un barco. Al parecer, ese barco fantasma se había desorientado de su ruta, como sucedía con algunos cachalotes, rorcuales y orcas que también encallaban fortuitamente en aquel lugar dejado de la mano de Dios, y su tripulación lo había abandonado para no tener que dar explicaciones.

Una vez comprobado que se encontraba en estado aceptable, y pasado un tiempo prudente en que ratificaron que nadie reclamaba la propiedad del navío, lo declararon res publica, y el Alto Consejo Consultivo de Acciones Inminentes, decidió que se necesitaba un timonel para volver a lanzarlo al mar. Porque llevaban mucho tiempo deseando llevar a buen puerto las aspiraciones que habían ido acumulando durante años en los entresijos de la pereza, y la ocasión les pareció propicia para sacudirse de aquella carga legendaria.

Fue por eso que se anunció, en el Boletín Oficial de Asignaciones Digitales, la convocatoria para elegir al mejor piloto entre todos aquellos que tuvieran el título habilitante y las ganas resultantes. El concurso debería consistir en presentar propuestas de singladura, que un Jurado formado por todos los habitantes que estuvieran de momento sin nada que hacer (que eran la inmensa mayoría), determinaría como más adecuada.

Se presentaron tres propuestas, lo que no impidió reconocer que el concurso estuvo bastante reñido. Una propuesta, que fue muy valorada, consistió en contratar a un piloto extranjero, que supiera cómo manejar aquel artefacto, y dar con él la vuelta al mundo, dejando aquí y allá, desparramadas, montones de aspiraciones, para retornar al punto de partida sin ninguna de ellas.

-La idea es muy atractiva, -comentaron algunos ciudadanos- pero para un viaje tan largo y tan costoso esperaríamos que el resultado fuera más prometedor. Además, dudamos que cumpla con el Acuerdo Marcopol, que, aunque no hemos suscrito, aceptamos voluntariamente.

Así que la desecharon.

Un segunda propuesta, proveniente de uno de los titulados timoneles más antiguos, era hacer un boquete definitivo en el barco, y, en ese mismo lugar, poner un monolito conmemorativo con una historia inventada, plasmada en una serie de gestas sublimes que no habría ninguna necesidad de llevar a cabo, pero que servirían de ejemplo a las futuras generaciones.

-Es una idea estupenda, que crearía varios puestos de trabajo -no dejaron de valorar algunos ciudadanos-, pero para llevarla a cabo no necesitamos un timonel, sino un dinamitero y un picapedrero.

Así que también la desecharon.

Por fin, un timonel consiguió convencerles. Afirmó que sabía cómo manejar el barco y que, si se lo llenaban de vituallas y le dejaban a él contratar a la tribulación, cargaría con las buenas intenciones que tenían, y las convertiría en fruto maduro, para goce de todos, volviendo, al cabo de la singladura, con nuevas y más refulgentes riquezas, cúmulos de pasmosas realidades y montones de fabulosas expectativas.

Llegó el gran día. Habían venido gentes de todos los lugares del País para despedir a los expedicionarios. Orquestas, cómicos y malabaristas rivalizaban en ofrecer su espectáculo junto a los sabios, los dementes y los párrocos. El piloto elegido estaba vestido con sus mejores galas y, subido al palo mesana, pronunció un discurso enfebrecido, que fue muy aplaudido.

Costó bastante enderezar el navío y dirigirlo a alta mar, a donde entró dando tumbos, dejando tras sí una estela de un humor algo apestoso.

Finalmente, desapareció en el horizonte. Nunca más se supo de él, ni de su carga valiosa, ni de la tripulación ni, por supuesto, del gallardo timonel.

Desde entonces, en el País de las noches tenebrosas y los días muy cortos, se traslada de boca en boca la historia del timonel mentiroso, y no falta nunca, de entre los que la escuchan, una frase como ésta:

-Es un cuento muy instructivo, sobre todo, porque no se sabe cómo acaba.

FIN

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Si me lo tararea…

14 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

¿Saben de aquél que entra en un bar de copas y pide una bebida cualquiera y cuando se lleva el vaso a los labios aparece un mono que le introduce groseramente sus testículos en el recipiente? El tipo que atiende en la barra, le vuelve a servir varias veces el combinado, pero el macaco repite otras tantas la operación, para desesperación del cliente y del camarero.

En el local únicamente hay una tercera persona, que, con profesional dedicación, enlaza en el piano piezas románticas, a la espera de que lleguen más clientes. El contrariado bebedor se acerca a él, y le pregunta, poniendo el vaso sobre el instrumento:

-¿Sabe de quién cojones es el mono que mete los huevos en la bebida?

El pianista le mira con los ojos distraídos.

-No lo sé, señor. Pero tal vez si me lo tararea…

Cuando me constituyo en el desalentado observador de nuestra sociedad, en la que, ante los menores vestigios de que, por fin, parece que recuperaremos la tranquilidad económica y social, aparece en escena un elemento perturbador, que, sin ánimo de polémica, juzgo desagradable, me pregunto de quién es el interés para desbaratarlo todo.

Algunos de los hechos estaban ahí, y no hemos sabido o querido descubrirlos. La corrupción de ciertos personajes, su voluntad falsaria de enriquecerse a costa de los demás, no son cosa nueva en el panorama del despilfarro; haberlos detectado no nos hace más pobres, solo más sabios, y por ello, deberíamos dejar que la Justicia hiciera de lo suyo, y atender con mayor ahínco, por nuestra parte, a la generación de actividad y riqueza, eliminados de la escena quienes nos mentían con sus actos, palabras y mensajes de complacencia.

Otras interferencias son nuevas, es cierto. Los movimientos separatistas catalanes, las intenciones de destruir una parte de lo conseguido en lo que llamábamos sociedad del bienestar, la falta de discusión en los temas sustanciales relativos a investigación, educación, sanidad, defensa, desarrollo,… revela una carencia de liderazgo, una voluntad de marear, conscientemente, la perdiz.

No me atrevo a valorar lo que está pasando. me faltan, supongo, datos sustanciales, y me sobra ruido de fondo.

Pero si alguien me lo tararea…

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: cojones, desconcierto, escena, mono, pianista, situacion, sociedad, tararea, tranquilidad

Corto paseo por la Democracia, la Ética y la Ley

13 diciembre, 2013 By amarias2013 3 comentarios

Hemos estado oyendo durante años, de boca de quienes se decían nuestros representantes en las Administraciones públicas, amparados en que les habían votado unos cuantos ciudadanos, que eran demócratas convencidos.

Aunque no hubiéramos estudiado en las Facultades de Sociología y Políticas, sobreentendíamos que, quienes decían así, se manifestaban totalmente a favor de escuchar cuantas más opiniones, mejor, antes de tomar una decisión y que serían plenamente capaces de justificar ante la totalidad, especialmente ante aquellos que no les hubieran votado, el porqué habían elegido, de entre las diversas acciones posibles, una y no otra.

Por supuesto, como existía una norma general para actuar, aunque con muchas lagunas, que llamábamos Constitución, lo que nunca hubiéramos imaginado es que, siendo demócratas, fueran capaces de saltársela a la torera. Y si nos hubieran comentado que su conocimiento de lo público les serviría después para sacar más rendimiento desde lo privado, y no al revés, atajaríamos tal insensatez argumentando que ser demócrata es, también, ser honesto.

Desde muy niños, nos han educado para distinguir lo que está bien de lo que estaría mal. Incluso, nos han enseñado unas cuantas historias bastante curiosas en libros sagrados y algunas formas de dirigirse respetuosamente a los seres muy superiores, cuyo fundamento común, según entendimos, era que se debería respetar y amar al prójimo, ser solidario con él, ayudar a los que lo necesitaban y no aprovecharse de los estados de debilidad de los otros, ya que la fortuna es un regalo de los dioses que saben cómo controlar el azar, y premiarán en otra vida a los que no tuvieron su oportunidad en ésta.

Incluso los más escépticos de que todos estos relatos antiguos fueran un invento fantasioso de los hombres, reconocían que se podía encontrar en el interior del propio yo unas varillas sostenedoras de las guías de actuación que nos permitirían, en cualquier caso, dormir tranquilos, y que llamaron ética universal.

Nunca hubiéramos imaginado que algunos de quienes habíamos elegido para que cuidaran y rentabilizaran en beneficio común lo que era de todos, fueran capaces de detraer para su propio goce una parte de lo que les habíamos confiado.

Ya adultos, entendimos que, allí donde la voluntad colectiva de hacerlo lo mejor posible no bastaba para controlar las intenciones de algunos de hacerlo mal, debía actuar el imperio de la Ley. Esa primacía de lo legal era una manera algo rimbombante de expresar que tendríamos como garantía de que nadie malinterpretara los derechos propios y de los demás, a unos cuantos ciudadanos ejemplares que, sin intereses particulares prevalentes ni tendencias o amistades que les impidieran ser muy objetivos, dilucidarían entre quienes creían tener una razón mayor. Y confiábamos en que lo harían de una manera neutral, siguiendo la guía marcada por unos cuantos libros quasi-sagrados que recogían las normas de actuación y convivencia destilados durante siglos, los principios más universales, la ética, y, donde hiciera falta, la tradición y la costumbre, además de ser coherentes con lo que ellos mismos hubieran decidido antes.

Lo que no se nos habría pasado por la cabeza, si no hubiéramos perdido la inocencia infantil, es que algunos de esos jueces estuvieran atentos a sus preferencias políticas para retorcer la ley que deben aplicar, ni que, según quien fuera el juzgador predeterminado por la Ley pero deducido por complejos caminos de asignación digital o, en fin, según fuera el color con que se viera el caso en primera, segunda, tercera o enésima instancia, la razón del que se encuentra frente a la Justicia pudiera cambiar de traje, y que la independencia de algunos jueces no merezca ese calificativo, si se escarbase en sus trayectorias con la azada de la coherencia.

No me atrevo a sacar conclusiones, porque, después del repaso por lo que nos está sucediendo, y aunque es terrible que paguen justos por pecadores, me viene a la mente la frase terrible de los defensores del cuartel de Simancas, y, en verdad que en este caso no me importa la ideología: «Disparad sobre nosotros, porque el enemigo está dentro».

Solo que no sé bien quien ha de disparar, y con qué balines.

Publicado en: Política, Religión, Sociedad Etiquetado como: Administración, coherencia, cuartel, democracia, disparos, enemigo, ética, justicia, ley, Simancas, universal

Cuento de entretiempo: Mandala, el hombre que fue objeto

12 diciembre, 2013 By amarias2013 2 comentarios

Se llamaba Nelson Mandala, y, a pesar de las apariencias fonéticas y otras coincidencias, no se debería confundir con Nelson Mandela, el carismático líder sudafricano que falleció el 5 de diciembre de 2013. La vida de ambos personajes estuvo llena de vicisitudes, que es de lo que se trata, cuando se pretende entretener.

La de Mandela fue una historia de superación, en la que sufrió como pocos y, cuando le correspondía estar muerto, ascendió a las alturas y disfrutó como casi ninguno. La fama de Mandala era tan grande que no había fallecido aún y todo el mundo -toda la gente importante, se sobreentiende- estaba ya deseando su muerte para acudir a su funeral y pronunciar unas palabras de alabanza, que pudieran ser recogidas en los telediarios de sus respectivos países.

A diferencia de otros cuentos con base lacrimógena, en la que el asunto nos habla de un tipo de piel oscura, esclavo en una plantación de cacao, azúcar, algodón o marihuana, que a base de aguantar crueles vejaciones y fortísimos castigos, consigue robustecer su alma y, en un descuido de sus captores, alcanza la libertad, Mandela no se escapó de ninguna hacienda.

Por el contrario, Mandala estudió abogacía y se dedicó a la política, con tan buena fortuna que fue condenado a cadena perpetua. Lo fue después de un juicio justo, con un tribunal formado por demócratas descendientes de los conquistadores europeos, en el que se defendió a sí mismo de la acusación de haber pretendido la desvergüenza de que las gentes de piel con color negro fueran, en lo que afecta a derechos, capacidades intelectuales y sentimientos, iguales a los que habían nacido con la epidermis blanca y se vanagloriaban de haber sido elegidos por los dioses para dominar la Tierra.

Mandela estuvo 27 años en la cárcel, en una isla con hermosas vistas que él no pudo ver pero se imaginaba, lo que ya demostraba una resistencia física desmesurada, que debería haber puesto sobreaviso a los que suponían que su carisma se consumiría como la cera. Mandala tenía consigo una botella repleta de un líquido mágico, que se llama voluntad, y que se rellenaba automáticamente con solo pensar en que el objetivo que le guiaba era muy superior a lo que podría desear una persona.

Era algo por lo que merecía la pena morir, había dicho Mandela. Por eso, sus semejantes negros lo convirtieron en Madiba, el anciano sabio, un líder por encima de lo natural. Tanto, que un grupo de intelectuales que disponían de dinero y capacidad para hacer anualmente una fiesta de postín con el dinero que les había dejado el inventor de la pólvora, le dieron el Premio Nobel de la Paz en 1993; se lo dieron junto a Frederik Willem de Klerk, un desconocido blanco, que se convertiría en el Presidente de la República de Sudáfrica anterior a Mandela.

Mandala se presentó a las elecciones de su país, que se llamaba también Sudáfrica, y consiguió la Presidencia. En realidad, su programa era muy bueno para los negros, que fueron quienes le votaron y, como eran la inmensa mayoría, ganar estaba chupado. Lo que no era tan fácil de entender es que el programa de Mandela era también bueno para los blancos, que no le habían votado. Incluso muchos demócratas del país más democrático y, por ello, más rico de la Tierra, no lo entendieron así, y, por ello, su presidente, Ronald Reagan (sin parentesco con el del pato del mismo nombre) mantuvo que había que mantener separados a los blancos de los negros, para que no se contagiaran entre sí, en la línea ya experimentada en su país de que el que los pobres tuvieran un color oscuro facilitaba mucho su identificación.

Mandela fue presidente durante cinco años y se preocupó por demostrar a los blancos que los negros no comían carne humana, y a los negros de que los blancos no les hacían daño porque fueran malas personas intrínsecamente, sino porque les tenían miedo porque no los distinguían bien en la oscuridad, que es donde muchos blancos buscan la ocasión de dar sus cuchilladas.

Mandela estuvo presente en la final del Mundial de Sudáfrica en 2010, que será una fecha inolvidable para los españoles, porque su selección de fútbol ganó el campeonato, probando así, una vez más, que aquella es tierra de milagros. Algunos vieron a Mandala sentado al lado de Mandela, o incluso se dice que estaban confundidos en la misma persona. Pero no es así. En los funerales por Mandela, que se celebraron con gran fausto en la segunda semana de diciembre de 2013, quedó demostrado que Mandala era un hombre objeto y Mandela un ser sobrenatural, indestructible, eterno, incapaz de sucumbir ante el abrazo de oso de los cientos de mandatarios interesados en rentabilizar, en su beneficio, la muerte de Mandala.

Cuando se disipó el humo de las complacencias y las alabanzas por Mandala, una joven negra se subió al estrado que había quedado abandonado, después de la ceremonia, y pronunció estas palabras, apenas audibles: «Sí, puede que estemos en un país demócrata, y que los negros tengamos sobre el papel iguales derechos a los blancos, pero yo vivo en la misma cabaña que habitaron mis abuelos, gano con mi trabajo la cuarta parte de lo que ganaría un blanco, y mis hijos no van a la Universidad porque ni siquiera saben dónde se cogería el autobús para ir hasta allí».

Mandela, el inmortal, le lanzó un soplo de voluntad, aunque ya no puedo decir si alcanzó a la joven o se perdió entre la arena.

FIN

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Cuento de otoño: La otra historia del Rey que rabió

5 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Entre las verdades incontrovertibles de toda incontrovertibilidad, está la de que todo aquel que tenga algún poder, si no hace denodados esfuerzos por evitarlo, llegará un momento en que se encuentre rodeado por un cinturón de aduladores que procurarán apartarle de la realidad, ocultándole información, con el objetivo de beneficiarse de su ignorancia.

La zarzuela «El Rey que rabió», con música de Ruperto Chapí, y libreto de Vital Aza y Miguel Ramos Carrión, presenta esta situación elevada a la categoría de comedia mundana, que es como hace más gracia.

Un Rey que ha vuelto muy contento de darse un paseo por su país, decide repetir la experiencia, pero esta vez, de incógnito. Sus ministros y consejeros, que le han estado disfrazando la verdad (el reino bulle en descontento), acuerdan que un general le acompañaré en su viaje, precediéndole los otros repartiendo dinero entre la población, para que disimulen que todo va muy bien.

El título de la opereta viene un tanto traído por los pelos, ya que en uno de los últimos actos, después de que el Rey ha sido tomado por un labriego y, en tal condición, ha tenido ocasión de enamorarse perdidamente de una moza de pueblo, -por la que bebía los vientos un su primo (de ella)-, resulta que este pobre muchacho, que los ha seguido en sus aventuras, es mordido por un perro rabioso. Como en la pobreza, todos nos parecemos, el joven es confundido con el Rey y conducido a los máximos cuidados, por la cuenta que les tiene a los conspiradores de la mentira, que quieren conservar sus prebendas.

Finalmente, casi todo el embrollo se descubre (esto es, el Rey vuelve a serlo y el pobre recupera su destino) y, sin que se sepa muy bien porqué, los del elenco cantan muy felices, mientras cae el telón.

Se puede uno imaginar que el cuento hubiera terminado de muy distinta forma, si el mordido hubiera sido el propio Rey, y el perro, en lugar de chucho con malas pulgas, hubiera estado rabioso. Tampoco el final hubiera sido el mismo, si el Rey masoquista, encantado por la vida que llevaban los campesinos, y teniendo en cuenta la contribución al bienestar que aportara la belleza connivente de la campesina (que creo recordar se llamaba Rosa), se hubiera quedado a destripar terruños toda su vida y el zagal despechado hubiera ocupado su puesto.

Pero el cuento que más apariencia de cuento tendría, sería éste que sigue.

El Rey, disfrazado de mozo de mulas, consiguió recorrer de cabo a rabo su territorio sin ser reconocido por nadie y tomó buena nota, de su puño y letra, de todo lo que sucedía en realidad, recogiendo puntualmente las quejas del pueblo llano. Vuelto a palacio, despidió a todos sus falsos consejeros, condenando a unos a galeras y a otros a Medinasidonia y a Matalebreras y, abriendo las cajas de caudales, se empeñó hasta las cejas para tomar las medidas oportunas para corregir tanta injusticia como había detectado, acabando sus días pobre, pero contento de haber roto la coraza con la que le habían querido hacer creer que podía vivir como un Rey, viviendo solo del cuento.

Ese Rey que rabió, como puede colegirse, habría rabiado no por mordedura de perro alguno, sino por manifestación de la ira y coraje que le produjo saberse engañado por aquellos en quienes antes confiaba, entretenidos en ponerle vendas delante de los ojos y flores y mucho oropel en el escenario, para que creyera que todo estaba en orden, cuando lo que se estaba gestando, entre bastidores, era el advenimiento de la República.

FIN

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La seguridad jurídica y los recursos

4 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

En la magnífica revisión de la clásica película sobre el oeste americano titulada «Valor de Ley» («True Grit» en inglés), los sagaces hermanos Coen, recogen varios tiroteos dialécticos en torno a la cuestión de la justicia, mezclando mensajes sobre la forma de alcanzarla. Por cierto, el título de la versión en el español de España, que es magnífico como reclamo publicitario, introduce su propio mensaje en el guión, tergiversándolo, pues la cuestión va más de «verdaderas agallas» que de lo que significa la Ley, incluso para tomarse la justicia por propia mano.

En una escena inolvidable, de las muchas de que dispone esa obra maestra, cuando la adolescente Mattie Ross (interpretada por Hailee Steinfeld) quiere convencer al malo Lucky Ned (al que pone su cara Barry Pepper) para que la deje marchar libre, prometiéndole que le buscará un buen abogado que le defenderá de sus delitos, el forajido le contesta: «Lo que necesito es un buen juez».

Quienes estamos metidos en los berenjenales justicieros, apreciamos lo que es un buen juez, y hasta nos podemos arriesgar a definirlo: persona experimentada en la vida real, que conozca muy bien el Derecho, que venga del ejercicio de la abogacía (al menos, por algún tiempo), que actúe con independencia de cualquier presión y, sobre todo, que se lea los expedientes y resuelva con base en ellos, aplicando la Ley y la comprensión de los hechos y sus circunstancias.

Como estamos en un país que se mueve por profundidades misteriosas, e incluso abisales, tenemos muy pocos datos acerca de la fiabilidad de un juez. Otras veces escribí que los países anglosajones nos sacan terrible ventaja en esa necesidad de transparencia, hasta el punto de que se puede conocer la calificación que merece un juzgador, en relación con los procesos en los que ha intervenido y la sostenibilidad de sus fallos.

La seguridad jurídica depende también, y, en realidad, mucho, de las revisiones de las Sentencias que provoquen las Instancias Superiores. Si, por ejemplo, la tercera parte de las Sentencias de primera instancia civil son revocadas por las Audiencias Provinciales y, en no pocos casos, muchas han sido ejecutadas provisionalmente (gracias a las ya no tan novedosas disposiciones de la Ley de Enjuiciamiento específica que lo permiten), esa hipótesis -nada alejada de la realidad- da idea del caudal de actividad deconstructora que generan los procesos judiciales.

Un buen abogado -más bien, uno experimentado- puede, desde luego, construir todo un arsenal de recursos, demandas de revisión, apelaciones, quejas, protestos, impugnaciones, etc., que prolonguen el proceso, lo compliquen, lo encarezcan y desfiguren, haciendo que los más débiles económicamente se dejen la piel en el camino, incluso aunque hayan visto cumplidas provisionalmente sus expectativas en primera instancia.

Si los órganos superiores confirmaran con abrumadora mayoría las sentencias de los inferiores, se alcanzaría más calma en el maremágnum justiciero. Pero no echemos, ni mucho menos, la culpa de ese desequilibrio a la ignorancia (aparente, todo sea con el debido respeto) o a la falta de diligencia de los jueces de menos grado. En realidad, tampoco las Sentencias de las Audiencias se libran de pescozones de los magistrados del Supremo, ni éstos se ven libres, como la historia muestra, de anulaciones por parte del Constitucional o de los Tribunales europeos.

Tal vez no sea solo cuestión de que le toque al que pleitea un buen juez (además de poder confiar en que un buen abogado defienda sus razones y enuncie los hechos que le importan). La Justicia no es totalmente ciega y, mientras no se implante la fórmula general de que cualquier estamento pueda verse analizado en su labor por el pueblo al que representa en su función, en éste, como en otros órdenes, se generarán reductos de oscurantismo, secretismo y corporativismo.

Por eso, ayudaría a la transparencia del conocimiento de los senderos reales por los que anda la justicia que, además de ofrecer en los Informes Anuales algunos porcentajes, números insuficientemente desagregados de litigios entrantes, o de las causas resueltas en cada instancia y otros datos no muy inteligibles, tuviéramos más visión de lo que hace cada portador de puñetas, y de su eficacia y solvencia como contribuyente a la seguridad jurídica del paisanaje. Porque las Sentencias son públicas y las del Supremo generan, en su caso, jurisprudencia de obligada aplicación, pero, si hubiera muchos buenos jueces, y se utilizaran las herramientas informáticas y telemáticas como es debido, ¿harían falta tanto tiempo para resolver, serían necesarios tantos papeles acumulándose en legajos, habría tantos funcionarios, abogados, procuradores, clientes, testigos, curiosos, paseando su tiempo por los Juzgados?

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Que se jodan los pobres

3 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La capacidad de ver más allá de lo que se tiene delante de las propias narices, no está entre las virtudes humanas y, por eso, el privilegio o la carga de analizar las cuestiones con visión global pertenece al ámbito de unos pocos.

En este reconocimiento, la advertencia de que no se debe hacer a los otros lo que no desearías que te hicieran ellos a ti, es un principio que figura, con palabras más o menos rebuscadas, en todos los códigos que pretenden regular los comportamientos sociales.

Incluso las religiones -que ya se sabe que son mandatos de los hombres atribuidos a los dioses- recogen esta máxima, renunciando a otras que pudieran ser más complejas o más abstractas. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» es el paradigma de la voluntad de incorporar a la esfera de los mandamientos de Dios lo que no es tan sencillo asumir, siendo tan simple: que formamos parte de un todo, y que lo individual -salvo anomalías- no tiene valor fuera de un círculo muy reducido.

¿Por qué es necesario elevar a norma legal, al código penal, a mandato divino castigado con las penas del infierno, lo que, según esa rama de la Filosofía tradicional que se llama Etica, sería un principio universal? Porque, si se estudia un poco la Historia, esa instrucción que llevaríamos impresa en el código genético, como casi todos los mamíferos, el respeto al otro se debilita rápidamente con la distancia. Distancia que puede ser física, desde luego, pero que también se fabrica con desprecios, muros, murallas, cuchillas, armas.

La teoría de la igualdad está muy bien en el papel, pero la práctica discurre por otros lados, y, por eso, existen las diferencias económicas, intelectuales y sociales.

Estamos dispuestos a considerar al otro como nuestro igual, pero no a todos: solo unos pocos. La mayoría de los otros no son merecedores de ser iguales a nosotros, tanto más cuando más ascendemos en la pirámide de la complacencia grupal. El otro tiene defectos: No es tan inteligente, ni tan hermoso (porque el canon de belleza es el nuestro), no proviene de nuestra cultura ni profesa nuestro credo, ni milita en nuestra facción. Valores que deben ser admitido sin rechistar, porque son los únicos verdaderos los de nuestro grupo.

Por eso, en lugar de ese principio general de la identidad con el otro, de comprender que es igual a nosotros y que lo único que cambian son sus circunstancias, aplicamos el filtro de la exclusión: no tengo porque identificarme con su problema, porque su ámbito es diferente al mío y, seguramente no haber sabido -por su culpa- aprovechar las circunstancias que la vida le ha presentado, porque todo el mundo tiene su oportunidad.

Hasta aquí hemos llegado. En resumen: Que se jodan los pobres. Que se jodan los que no han tenido oportunidad de educarse mejor, los que han nacido en una tierra con menos recursos o mayor corrupción, los que no sienten el orgullo de ser ciudadanos de un gran país y pertenecer a su élite o aspirar a pertenecer a ella, los que nos son queridos por las divinidades y la naturaleza.

Satisfechos de todo el mundo, uníos. Porque, en realidad, necesitáis estar más unidos que nunca. La globalización os ha hecho una faena. Por eso debéis tener en cuenta, especialmente, otro principio, que es el de la precaución. Debéis ser muy precavidos. Cuanto más se abren las puertas del conocimiento global, de la comunicación sin fronteras, de la posibilidad de enjuiciar sin límites, sin normas preestablecidas por los que querrían que las conclusiones fueran las suyas, vuestros argumentos, y vuestras protecciones, corren serio peligro.

El principio de precaución, aplicado a las ciencias sociales, significaría que debéis estar atentos a abortar cualquier signo de descontento. Y, como es lógico, eliminar el descontento, cuando no se dispone de otros argumentos, en exterminar a los que protesten. Que se jodan, sí.

Quizá los satisfechos imaginan que llegará un momento, en que solo queden ellos como pobladores del mundo, y entonces se podrá aplicar, al fin, ese principio que se habrá vuelto un tanto raído, por falta de uso, de comportarse con los otros como lo harían consigo mismo.

No llegará, claro, ese final feliz si la forma de aumentar el porcentaje de satisfechos consiste en exterminar o ignorar, como si no existieran, a todos los pobres, a todos los que sufren, a todos los que no tienen trabajo, no disponen de acceso a la educación, a la sanidad. Por encima de la norma individual del respeto al próximo, tiene que prevalecer alguna norma de comportamiento social, que está impresa en la genética de esa estructura en la que se encaja la existencia del hombre.

Como ésta: La voluntad de la mayoría no debe ser interpretada jamás como lo que es óptimo para una comunidad. El óptimo en todo problema es siempre una solución que incorpora alguna forma de consenso. Como en cualquier problema de contorno, en el que los límites dependen de muchas variables, hay un espacio de viabilidad y el mayor valor de la función resultado se encuentra en el equilibrio de múltiples intereses, no en el beneficio de unos pocos.
—-
Nota. El título de este Comentario es una provocación. Iba a ponerlo entre interrogaciones, pero el mensaje no admite dudas. Lo lamentable es que haya gente que estén de acuerdo con un mensaje tan miserable, sin preocuparse por lo que significa.

Publicado en: Economía, Personal, Política, Sociedad Etiquetado como: amor, clan, código, cultura, derecho, diferencia económica, ética, ley, mandamiento, moralidad, pobre, pobreza, precaución, principio, reglamento

Adiós al Bitcoin

2 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Apenas le acabábamos de dar la bienvenida, y ya se le está despidiendo. Entró por la puerta grande, empujado por héroes anónimos al estrellato de las operaciones financieras al margen de las entidades bancarias, y está siendo empujado a gorrazos, a una puerta estrecha situada en los sótanos de las transacciones inseguras, especulativas: una burbuja monetaria para especuladores a la caza de incautos.

¿Cómo? ¿Qué el lector no ha oído hablar hasta ahora del bitcoin? Si este es el caso, no necesita avergonzarse, sino que puede presumir de haber menospreciado esa iniciativa, aunque no estará de más que se ponga al día de lo que se pretende con ese artilugio. ¿O debo decir, pretendía?.

Porque se ha descubierto que la seguridad ofrecida por esta forma telemática de efectuar pagos entre particulares, y que basaba su solvencia en a) la existencia de algoritmos cifrados que era imposible reproducir, porque lo habían sido de forma aleatoria y que, al ser asociados a un pago solo podían ser conocidos por quien los había generado y b) la paridad instantánea de la moneda virtual en la que se realizaban las transacciones -el bitcoin-, y las divisas reales dependía solo de la credibilidad que depositaban en ella los usuarios.

En noviembre de 2013, un equipo de investigadores rastreó la supuesta hermeticidad de los algoritmos y los encontró vulnerables, expuesto a que un grupo de malintencionados, actuando de forma coordinada, pudiera elevar el valor de la moneda a su antojo, recogiendo pingües beneficios, para dejarla caer, cuando ya no tuviera el soporte de esa credibilidad. Exactamente como otras pirámides de intereses forjados a base de avidez e ingenuidad y por las que se han construido todas las burbujas que en este mundo han sido: la especulación sobre los tulipanes holandeses, la fiebre inmobiliaria, el timo de «envíe diez euros al primero de esta lista y mande este correo a otros tantos amigos poniendo su nombre al final en lugar de aquél y recibirá en pocos días, miles de euros»…

Distintos investigadores criminales advirtieron de que el invento estaba siendo utilizado para obtener beneficios por simple especulación con el valor, evadir impuestos, sacar dinero de un país sin dejar huella o para estafar a algunos confiados.

No debería extrañar, sin embargo, que a pesar de los avisos y de las evidencias técnicas, el valor de un bitcoin real haya superado, en una escalada impresionante, los mil dólares reales. Es evidente que si alguien ha invertido en bitcoin, puede haber obtenido un impresionante beneficio. Un comentarista sagaz afirma que, cuando la verdad estalle y el bitcoin alcance su previsible final de no valer absolutamente nada, la ventaja para los Bancos Centrales de cualquier Estado es que no tendrán que proveer por las pérdidas. Sencillamente, los bitcoin se habrán volatilizado en el espacio que les es propio, el mundo imaginario.

Publicado en: Economía, Política Etiquetado como: algoritmo, bancos centrales, bitcoin, burbuja, credibilidad, especulación, transacciones, vulnerabilidad

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