Al socaire

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El Buscador de Metales (Cuento)

22 noviembre, 2018 By amarias 1 comentario

El buscador de metales

Se levantó muy temprano. Aún era de noche. Había esa claridad tenue, propia de los amaneceres de verano, en los que parece que la luna se resiste a abandonar el protagonismo, con su disco casi completamente perfilado presidiendo el firmamento, en solitario.

Se vistió rápidamente -zapatillas deportivas, pantalón encima del bañador y camiseta- y, renunciando de momento al desayuno (había guardado un trozo de pan del menú de la cena), dejó el apartamento, que tenía en alquiler desde el lunes por toda la semana.

La decisión de alquilar en ese lugar no había sido suya. Había sido de su mujer.

Abrió el coche (un BMW Serie 3 320d Drive Automatic) con el mando a distancia, arrancó, y salió a la carretera acelerando suavemente. Tal vez fue entonces cuando notó que la mañana venía fría, y lamentó no haber tenido la precaución de coger un jersey o algo de abrigo. El cristal delantero se empañó con el vaho. Encendió el aire acondicionado, que funcionó como calefacción. Había una diferencia de casi diez grados entre el exterior, a trece grados en ese momento.

Condujo varios kilómetros, sin cruzarse con nadie, persona ni vehículo, y aparcó casi el borde de la playa, en el lugar reservado a minusválidos. Se quitó el pantalón, que dejó en el asiento de atrás. Había previsto pasar allí las próximas dos o tres horas. ¿Qué iba a hacer, si no?

Hacía solo dos meses que había muerto Irene, y su recuerdo no solo estaba vívido, sino que se entremezclaba con la realidad, en un juego de confusión que a veces conseguía sobresaltarle. Por ejemplo, y podría ser valorado como una tontería, le parecía que, detrás de un árbol, en el cruce de un camino poco transitado, perfilándose entre las sombras, distinguía una silueta que bien podía ser la de su esposa, a punto de decirle algo.

¿Qué podría decirle? ¿Qué secreto, qué anécdota nunca referida tendría sentido ahora? Alucinaciones sin explicación, una demostración de que su temperamento, antes recio, flaqueaba.

Sacó del coche el aparato y los accesorios. Un detector de metales de alta precisión, profesional, con el mejor poder de discriminación del mercado, sumergible, con auriculares. Algo sucio en el aro de captación de señales, pero indiscutiblemente nuevo. Irene se lo había regalado por Reyes, fecha simbólica en la que tenían costumbre de intercambiarse un solo regalo con la condición de que fuera original y supusiera obligación de actividad. “Te servirá de distracción, te hará caminar. Es mejor que un perro y más barato de mantener”.

Había sido una compra cara, pensó, cuando le confesó el precio. Ella lo había encargado por internet y lo había guardado protegido de su vista durante varias semanas, con el apoyo de una de las cuidadoras. Qué importaba, ahora. Lo que parecía una nimiedad, un capricho sin objetivo verdadero, sin uso claro, se había convertido en un elemento de unión con la difunta, una referencia común.

Irene y él no habían tenido hijos, y, viudo, su vida por delante no tenía muchos alicientes.

El le había regalado un libro de autoayuda: Convivir con el cáncer. Y una silla de ruedas mejor que la que ya tenía, con motor incorporado. La tarjeta de minusválido que portaba en el coche era de ella. El apartamento, en un piso bajo, tenía accesibilidad por rampa.

Se echó al hombro la mochila con la pala, el pinpointer -un afinador-, y cogió las bolsas de plástico en las que pensaba guardar sus hallazgos. Habría sido mejor haberse vestido con las bermudas de bolsos, más cómodas para meter cachivaches y mantener separado lo que fuera encontrando. Anotó mentalmente que la próxima vez se vestiría, no importaba el lugar, de auténtico explorador.

Se proponía también recoger las latas, los clavos, ganchos y otros desperdicios de metal que descubriera en su paseo, pues no renunciaba a cumplir una función ecológica. Un servicio gratuito a la colectividad.

Buscaba monedas y objetos perdidos en la arena por los bañistas. La playa adonde le había conducido hoy su actividad era una de las más concurridas de la región, según le habían dicho. La tarde anterior había confirmado que se llenaba de gente, y que se concentraba, con la marea alta, en una franja larga y estrecha.

La luz se había hecho más intensa. Era el momento de la bajamar, y decenas de gaviotas se encontraban picoteando los pequeños moluscos y crustáceos que quedaban al descubierto sobre la arena. Había aves de varias generaciones de gaviota patiamarilla y las juveniles de primero y segundo año, se resistían, corajudas, cuando uno de sus congéneres adultos pretendía disputarles el alimento. Sus graznidos y chillidos resultaban desagradables a oídos humanos. Tal vez había algún gavión entre las aves, pero no se fijó.

Pablo, con mentalidad ingenieril, se proponía batir el espacio de playa que no había sido cubierto por la marea, sistemáticamente, siguiendo un reticulado ficticio. Pero no pudo resistirse a iniciar el paseo de detección justo en el borde de la arena, junto al muro. Confiaba en que donde la escalera se hundía en la playa, habría más opciones de encontrar alguna moneda, quizá una medalla.

Después, seguiría su recorrido por la zona paralela al muro, allí donde suponía que los bañistas más apresurados dejaban los efectos personales para entrar al agua, concentrando el riesgo de sufrir un olvido, o padecer cualquier descuido al retirar ropas y bolsas.

A lo lejos, en un extremo de la larga playa, descubrió, sin importarle ni poco ni mucho, a un hombre que se acercaba. Era un operario de la limpieza municipal, que manejaba sin con parsimonia un rastrillo de largos dientes y un recogedor. Pasaba el rascador sobre la arena, y acumulaba en una bolsa, que arrastraba, los residuos visibles de la playa. No había muchos, en verdad.

Pablo estaba distraído ante una señal que, por la experiencia adquirida, conseguía identificar como una moneda, y excavaba con una pequeña paleta de acero el hueco necesario para alcanzarla. Era más sencillo extraer estos hallazgos minúsculos de la arena que de tierra, pues la excavación resultaba cómoda, y el hueco se volvía a llenar de forma natural, y sin necesidad de apelmazar.

No se dio cuenta de que el operario se allegó a su altura, y tampoco que le observaba con curiosidad. Era un hombre gordo, vestido con un mono azul en el que se podía leer, serigrafiado en color amarillo naranja, “SERVICIO MUNICIPAL DE LIMPIEZA DE PLAYAS”. Advirtió un olor a orujo y a sudor, desagradable.

Por fin, el testigo rompió su silencio, poniéndosele casi encima:

-¿Qué? ¿Se encuentra mucho?

Pablo torció la vista sin dejar de excavar con la paleta, y, con la mano izquierda, del terruño de arena algo apelmazado que había dejado a la luz, liberó la moneda (dos euros), que guardó mecánicamente en una bolsita de la faltriquera.

-No, la verdad. Esperaba más de una playa tan concurrida, contestó.

-¡Qué me va a decir a mí, que la recorro todos los días de verano, limpiándola! En cinco años solo encontré un bañador y una radio que no funcionaba.

El operario no se iba. Su siguiente pregunta reveló que sabía más de lo que expresaba.

-¿Discrimina ese aparato?

-Sí -respondió con desgana el buscador-. Es uno de los mejores del mercado. Pero no creo que nadie venga a la playa con joyas. Por eso, solo busco monedas y, preferiblemente, de uno o dos euros. Como verá, también retiro latas y trozos de metal.

-Ah, sí, de eso tendrá bastante. La gente deja mucha suciedad enterrada. Yo solo trabajo la superficie.

Los graznidos de las gaviotas llenaban el espacio. Aparecieron algunos viandantes. Una chica que hacía footing, un hombre ya entrado en años que recorría la playa junto a la orilla del mar a paso de marcha, una pareja propietaria de un perro de lanas, cogidos ambos de la mano, mientras el animal vagaba a sus anchas.

Empezó a recorrer la playa a lo ancho, batiéndola sistemáticamente. Rechazaba la mayor parte de los sonidos que evidenciaban hojalata o hierro, aunque de vez en cuando se engañaba con un sonido que le parecía que ocultaba una moneda, y resultaba una vez puesto al descubierto, una argolla, un clavo, una anilla de una lata de cerveza o refresco.

No había sido una buena idea venir hasta aquella playa, aunque no tenía cosas mejores que hacer. Su difunta esposa había reservado una semana en aquella población del norte, que no conocían, pensando en disfrutar de una temperatura más relajada que los calores de Madrid.

El plan podía haberse frustrado definitivamente cuando Irene falleció, como consecuencia del cáncer que se le reprodujo de forma brutal y la llevó de forma fulminante al mundo de los que fueron. Estuvo unas semanas desorientado, entre el alivio de la tensión por una enfermedad que se había portado cruel pero efectiva, y el desconcierto que perder a la persona con la que había compartido casi todo en más de treinta años de casados.

Era un momento injusto, al fin y al cabo. El año pasado le habían echado de la empresa. Un despido improcedente, por supuesto.

El viernes a última hora de aquel día, un desconocido esbirro del director de personal se acercó al despacho, le saludó cortésmente, y le entregó la carta con el mensaje, firmada por el ausente: “Por tres faltas seguidas de puntualidad y la reiterada negligencia en cumplir sus cometidos, la dirección ha decidido, por grave indisciplina, su despido inmediato. Reconociendo, sin embargo, la improcedencia del despido, se le ofrece la compensación a que tiene derecho debido al tiempo trabajado, de veinticinco años y siete meses. Debe devolver su ordenador, aunque, si lo desea, puede mantener su número de móvil. A partir de este momento deberá abstenerse de utilizar cualquiera de los poderes que tiene concedidos”

Cuando llegó con la carta de despido y el rostro lívido, a casa, a Irene le entraron ganas de llorar. Quizá ella se dio cuenta mejor que él de lo que significaba aquello. Con cincuenta y tres años nunca encontraría trabajo otra vez. Se puso mucho peor. Pablo tenía la seguridad de que ese golpe bajo había acelerado el curso de su enfermedad.

Recogió otra moneda, ésta de un euro. La inversión en el buscador de metales no tenía el aspecto de haber sido rentable, al menos, hasta el momento. Había detectado que los mejores sitios para encontrar cosas eran aquellos donde la gente se retiraba para hacer sus necesidades. Los llamó los “caladeros”.

– ¡Señor, señor! ¿Me puede ayudar? -oyó que le decía una voz infantil.

Era un niño rubio de unos once o doce años, vestido con camiseta de tirantes y un bañador, al que acompañaba un perro de pelaje blanquinegro. Lo identificó como un border collie, un animal nervioso y que pasa por ser inteligente, que meneaba la cola en reconocimiento inmediato de simpatía.

-¿Qué quieres, muchacho? -contrapreguntó Pablo, levantándose. El collie se lanzó a escarbar en el hueco abierto, como si hubiera captado el mensaje de que se trataba de cavar más hondo.

-Mire -explicó el niño- Le he visto con el detector y pienso que tal vez con él pueda descubrir donde mi mamá perdió ayer un anillo de oro. Si viene conmigo, le indico el sitio.

Pablo accedió de buena gana, y con curiosidad. Siguió al joven hasta el sitio que le señaló (“Es más o menos por aquí. Estuvimos buscando durante un buen rato, pero parece que se lo tragó la arena.”)

Le cedió el aparato, ajustándole la empuñadura. “Busca tu mismo. Solo tienes que mover el detector de un lado a otro, y localizar cuando suena. Lo he puesto en modo oro”.

El niño movió el disco con excesiva brusquedad.

-No, házlo más despacio, y tienes que batir toda esa área donde crees que tu mamá perdió el anillo. Sin resquicios.

Fue una suerte, porque apenas unos minutos después, el aparato empezó a sonar. La señal electromagnética prometía. Cavaron y, en efecto, apareció el anillo. Pablo lo recogió y, mientras lo limpiaba de arena, acertó a ver un nombre y una fecha grabados en el interior: “Elena. 12.08.96”

– ¡Qué contenta se va a poner mamá! -gritó el niño.

El collie ladró, con un ladrido seco, único.

Dando apresuradamente las gracias, el pequeño se fue, corriendo, seguido por el perro, para perderse entre las casas del paseo marítimo.

La playa empezaba a llenarse de gente. Pablo recogió el equipo, lo metió en el coche, y, volviendo a la playa, se concedió un baño. El agua estaba fría. No había sido un gran ejercicio, ni la cosecha de monedas había sido buena. No necesitaba el dinero y aquello solo era un pasatiempo, una distracción que le enfrascaba durante algunas horas. Pude que hubiera alguien que lo considerara infantil, pero la vida tiene una gran dosis de juego de niños.

El baño resultó relajante. Le entró un apetito feroz, recordando que estaba en ayunas. Con el pantalón mojado, se acercó al chiringuito junto a la playa, que había abierto hacía poco, y pidió al camarero un café y un bollo. Cogió sin mucho interés un periódico local. Leyó los titulares, sin que ninguno consiguiera captar su atención para conocer más detalles. Accidente en la autopista bloquea el acceso al Norte durante tres horas. Seguimos sin verano verdadero. La reactivación económica se hace esperar. El Jefe de Estado inicia sus vacaciones familiares. El Inter busca delantero centro en España.

-Ese es el señor, mamá. -Oyó que decían a sus espaldas.

Era el niño de la playa, que venía acompañado de su madre. La mujer era delgada, alta, con una mirada dulce, que traslucía madurez e inteligencia. Llevaba un vestido ligero. Es muy atractiva, pensó Pablo, que se volvió con una sonrisa.

-Jorge me ha contado que le ayudó a buscar el anillo que perdí ayer y que lo encontró. Se lo agradezco muchísimo. -expresó la mujer, con un acento que se le antojó extranjero.

-Ha sido suerte -se excusó, humilde, Pablo. El chico me indicó el sitio con gran exactitud y, por fortuna, la arena no había sido muy removida. La zona estaba tan cerca de la línea de pleamar que, en poco tiempo, se hubiera ido mucho más hondo y entonces ya no sería fácil de detectar.

La mujer, sin reparar al parecer en que Pablo se encontraba en traje de baño y aún le goteaba, le estampó un beso en la mejilla.

-No tiene idea de lo que este anillo significa para mí.

Pablo esperaba una concreción, pero se produjo un silencio.

-Lo supongo, porque vi que tenía una fecha grabada en él. Imagino que es el recuerdo de su boda o un acontecimiento feliz. Ya ve que estoy desayunando. ¿Quiere Vd. tomar algo o tal vez el chico? Yo no tengo ninguna prisa.

-Tomaría un café descafeinado, pero, si no le importa, invitaré yo. Estoy muy agradecida.

Pablo no pudo contenerse más, y aventuró ser objetado de indiscreto.

– ¿Se llama Vd. Elena, que es el nombre que se leía en el anillo?

La mujer pidió el café antes de contestar, e invitó al chico a dar un paseo con el perro. El muchacho se resistió solo verbalmente (“Ya paseamos hoy bastante”), y se fue.

Ella puso la taza sobre una de las mesas vacías, y le pidió que se sentara, señalando la silla de enfrente a la que ocupó de inmediato.

-Me llamo Elena, es cierto, pero no soy yo la persona a la que está dedicado ese anillo. Y, como se habrá dado Vd. cuenta, el anillo no es solo de oro. Es de oro y diamantes. Ese anillo está hecho con las cenizas de mi suegra, que se llamaba como yo, y la fecha es la del día en que falleció. Después de incinerarla, se envió a una empresa suiza un kilo y medio de cenizas y al cabo de dos meses nos devolvieron dos anillos, cada uno con un diamante engarzado de ese azul tan bonito. Me queda algo grande, porque no está hecho a mi medida, sino a la de mi ex, su hijo. Por eso me lo pongo en el dedo gordo del pie.

Levantó el pie izquierdo para que pudiera admirarlo. Era un pie pequeño y hermoso. El anillo lucía, con su piedra enigmática, en su dedo grueso.

– ¡Ah! -solo acertó a decir Pablo.

Y luego:

-Supongo que hay poderosas razones de afecto y solidaridad para llevar el anillo hecho con cenizas de la madre de la persona de la que Vd. se ha separado y que, por lo que me cuenta, ha sido, además, el poseedor y destinatario de esa joya tan peculiar.

-En efecto, -ratificó Elena- hay poderosas razones, aunque no son fáciles de explicar, ni las he comentado con nadie. Pero Vd. ha rescatado ese anillo cuando lo creía perdido para siempre y le siento acreedor a conocer algún detalle de la historia que lo rodea.

Pablo pidió otro café, y se lamentó de hallarse en traje de baño, sintiéndolo impropio para una confesión que se vislumbraba solemne.

La mujer dejaba enfriar el suyo sobre la mesa, sin haber probado un sorbo.

-Mi exsuegra, la Elena del anillo, era una mujer singular. Tenía poderes especiales. Era, en realidad, una visionaria, capaz de predecir el futuro e, incluso, de hablar con los muertos, pues estaba en contacto permanente con su esposo, fallecido hacía años.

Pablo trataba de escabullirse mentalmente. Miró detenidamente a la mujer y no advirtió asomo de falsedad, mentira o tomadura de pelo en su rostro, aunque el relato empezaba a parecerle pura fantasía.

-Cuando falleció en la fecha que figura en el anillo, hicimos con sus cenizas dos diamantes y los engarzamos en anillos. No fue un capricho nuestro, sino el cumplimiento de su deseo expreso. Quería estar con nosotros de esa manera. Uno, el que ahora tengo en mi poder, se lo quedó mi esposo, del que me divorcié hace tres años. El otro, hecho a mi medida, lo tenía yo, y lo guardaba como lo que es, una joya que refleja, al mismo tiempo, presencia, afecto y valor.

-Ya me está Vd. intrigando. ¿Cómo fue que intercambiaron los anillos?

-No nos los cambiamos. El anillo a mi medida yo no me lo ponía, porque me cansé de dar explicaciones, pero lo guardaba en una cajita. Le tenía devoción. Cuando necesitaba algún tipo de ayuda o me veía en una necesidad, le pedía a mi suegra su intervención, y, lo crea o no, lo conseguía todo. Era un talismán.

La mujer prosiguió.

-Un día, al abrir la cajita, descubrí que el anillo no estaba allí. Le pregunté a mi marido y me dijo que lo habría perdido, que quizá lo había guardado en otro sitio. Pero no podía ser así, porque yo nunca había sacado el anillo de la caja.

Tomó un respiro.

-Para no hacer la historia muy larga, le contaré que, unas semanas después de la desaparición del anillo, me encuentro con que mi mejor amiga, Luisa, lleva en su dedo índice ese anillo. El brillo de la piedra es inconfundible. La talla es espléndida. Ese azul y ese fulgor no existen en la naturaleza.  Lo detecté sin error alguno.

La llamada Elena torció el gesto.

-Mi amiga se estaba entendiendo con mi marido y, el muy cretino, en un arranque de ingenuidad mezclada con desfachatez, había retirado mi anillo de la cajita en donde lo guardaba y se lo había regalado a su amante.

La historia parecía a punto de terminar.

-No perdoné la traición y pedí la separación. El divorcio no fue sencillo, porque teníamos un hijo. Miguel tenia entonces nueve años, y había un fuerte patrimonio en gananciales. Los abogados hicieron su agosto. Mi ex defendió que los dos anillos formaban parte de su herencia, porque eran cenizas de su madre. Pero el juez le condenó a restituirme el anillo. Como su novia, de la que se separó rápido, había desaparecido entretanto, llena de vergüenza, supongo, con el anillo y quién sabe qué otras cosas, se me adjudicó éste.

Pablo miró a la mujer y la encontró, en su aparente simplicidad, coherente y, desde luego, atractiva. Por un momento, acarició la idea de quedarse más tiempo y ser más interactivo, pero el bañador húmedo le estaba molestando. No quería sufrir un resfriado. Además, el niño entró con el perro, pidiendo un refresco.

Se levantó, pues.

-Me disculpa, pero me estoy sintiendo incómodo con el bañador mojado, y no estoy acostumbrado a este ambiente frío.

-Oh, si quiere, le puedo ofrecer mi casa para que pueda secarse y cambiarse. Está aquí cerca.

No era eso.

-No, no. Me ha dado Vd. una prueba magnífica de sinceridad y confianza, que no se si merezco. Le agradezco su relato que, no por insólito, deja de parecerme apasionante. Me gustaría haber estado vestido de una forma más adecuada a su altura dramática.

La mujer le miró con aquellos ojos melancólicos que tanto parecían decir. Calmó a su hijo, indicándole que pidiese en la barra lo que quisiera.

-Pero mi historia no termina ahí, al contrario. Puede decirse que empieza. Porque, cuando me encontré propietaria del anillo que perteneció a mi ex y que contenía la esencia corporal de su madre que, como le dije, era algo bruja, sucedió que…

Pablo se levantó sin aparentar la menor contrariedad, pero demostrando decisión.

-Mire, le propongo que me siga contando su relato en otro momento. Voy a estar aquí varios días. Le sugiero que nos veamos otro día, a la hora del almuerzo, o de la cena, si le conviene mejor. Puedo pasar a recogerles a Vd. y al niño. Tendré mucho gusto en invitarles a un restaurante de los alrededores. Me ilustraré de cuál es el mejor.

-Se lo agradezco mucho -verbalizó la mujer-. Por el niño. Y por mí claro. En este pueblo tan pequeño no hay muchas posibilidades de la menor distracción para una mujer divorciada y su hijo, que, además, están viviendo en la casa que perteneció a la familia de su ex. Todo el mundo nos conoce.

-Este es mi número de móvil -escribió ella, en una servilleta de papel.

El garabateó varios números en otra servilleta, equivocándose adrede en una cifra, y se lo entregó.

Se despidieron con un apretón de manos, muy efusivo, incluso pareció que ella hizo ademán de besarlo otra vez. Pablo se dirigió al coche, se quitó el pantaloncito de baño mojado desde el asiento de atrás del vehículo, se enfundó los pantalones secos, arrancó y, cuando ya llevaba conducido un buen trecho, arrugó la servilleta en la que ella había escrito su número de móvil y lo arrojó a la carretera abriendo un poco la ventanilla.

No tenía intención de volver.

FIN

—

Nota

Presenté este Cuento, bajo el Lema Bonasa Bonasia (el nombre científico del grévol, cuya foto ilustra esta entrada) al XI Concurso de Escritores Ingenieros de Minas. Obtuvo Mención de Honor, diploma que recogí el 20 de noviembre de 2018 en la Ceremonia organizada por el Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste de España.

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: buscador, colegio, concurso, cuento, escritores, españa, grévol, ingenieros de minas, mención, metales, noroeste

Movember como remember

11 noviembre, 2018 By amarias 1 comentario

Cada noviembre, desde ya hace algunos años (en España, desde 2013), son varios los hombres (sobre todo, jóvenes) que se dejan crecer el bigote, en una campaña para recaudar fondos para la investigación de los cánceres específicos del varón: próstata, testículos, pene.

Noviembre es el mes elegido también para festejar -ya no sé de qué forma- el Día del Hombre, que se ha establecido, supongo que con intereses comerciales, el 19 de noviembre. Si a la campaña de concienciación por las penalidades clínicas de la masculinidad y la necesidad de dedicar más recursos a la eliminación de los tumores malignos asociados al nuevo sexo débil, le faltaban símbolos, se puede elegir el de un lacito azul al que se ha añadido unos mostachos, con aire más bien decimonónico, si es que no parecen (como a mí) los bigotes postizos que se ponen las chicas cuando se disfrazan con el chaleco y la pajarita del armario del bisabuelo por carnaval.

Las mujeres han dado visibilidad excepcional al cáncer de pecho, a los avances clínicos para su curación, a la superación del trauma de la extirpación mamaria, a la importancia de la detección precoz y, en fin, a la solidaridad con las afectadas por ese maligno.

No puede decirse lo mismo de las enfermedades propias del varón. No me atrevo a decir si la razón es la falta de concienciación, la ignorancia respecto a las verdaderas cifras de afectados por esos cánceres específicos o, para no hacer el relato demasiado largo, por la reserva del macho a hablar de sus pejigueras y dolencias, que prefiere ocultar para no parecer vulnerable.

Quiero poner de manifiesto, en este Comentario, dos cuestiones: 1) El déficit de coordinación entre las principales empresas farmacológicas y los centenares de equipos de investigación que están trabajando en las vías de superación del cáncer de próstata y las metástasis asociadas. Se están probando muchos fármacos, se analizan en ensayos clínicos y preclínicos múltiples opciones, pero no existe más que una comunicación sesgada y parcial entre los equipos principales, que compiten por alcanzar el premio de la piedra filosofal que les dará el premio nobel junto a cuantiosos beneficios económicos.

No quiero abrumar al lector con indicaciones biomédicas de las que solo soy un curioso y ávido lector de novedades, pero las dos vías principales de control de los avances cancerígenos tienen demasiados senderos abiertos, en lugar de concentrar la eficacia donde sería más probable el éxito. Me refiero tanto a la vía de destrucción del núcleo de la célula dañada, con productos químicos que sean aptos para perforar preferentemente la cubierta citoplasmática, como a la encapsulación de las formaciones tumorales, rodeando las células anómalas con cementos proteicos, que se vinculen selectivamente con el tejido dañado.

2) El desinterés respecto a la situación sicológica y extraclínica de los enfermos de cáncer masculino. Hay ocultación por parte de los enfermos, falta de comunicación entre ellos y sobre ellos, y la sensación pública, alimentada desde el error de que el cáncer de próstata es detectable sin más en sus fases preliminares y que si alguien enferma de este mal es por su culpa. Es la actitud frente al «atropellado en paso cebra»: si te ha pillado un coche por haber pasado en ámbar, la culpa es también tuya.

Pues quiero, con este símbolo con el que adorno/publicito este Comentario, denunciar ambos aspectos de un mal del que la naturaleza me ha hecho portador. No espero despertar palabras de conmiseración, que no necesito. Solo expresar mi convicción de que el cáncer masculino debería alcanzar una mayor proyección pública, un interés de mejor alcance.

Y, sobre todo, y de ahí el brochazo color sangre con el que subrayo el símbolo que se utiliza en algunos sectores para llamar la atención sobre los cánceres específicos del varón, que los enfermos de cáncer necesitan especial atención, mayor investigación, más coordinada y mayor cantidad de recursos dedicados a su potencial curación o, al menos, a mejorar su esperanza de vida y la calidad de la misma.

Movember is Remember.

Publicado en: Actualidad, Investigación, Medicina Etiquetado como: cáncer, curación, enfermo, fármacos, farmocología, investigación, lazo, mama, metástasis, mostacho, movember, pecho, pene, próstata, recursos, remember, terapia, testículos, tumor

Doctores tiene el CSIC

5 noviembre, 2018 By amarias Deja un comentario

El ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque Duque, tiene un bagaje personal excelente (e insólito), en la compleja y singular actividad profesional de aeronauta, concretada en una dura preparación científico-física y acrisolada en dos vuelos espaciales de éxito. Ha sido, además, profesor asociado en la Universidad de Valladolid, y empleado y presidente de la compañía Deimos Imagen, filial de una empresa canadiense dedicada a la detección de incendios por satélite.

El Ministro es un hombre jovial y hasta dicharachero. La naturaleza no parecer haberle proporcionado, junto al don de la locuacidad, el de la elocuencia, en el sentido de la capacidad de dotar de claridad a sus declaraciones, entrevistas, conferencias o discursos. Despierta simpatía, por su sencillez y proximidad, entre quienes admiran su trayectoria espacial y la proyectan sobre su imagen pública, pero genera cierta perplejidad y hasta angustia en quienes temen los itinerarios imprevisibles a que le lleva su capacidad de improvisación -seguramente nacida de la seguridad de haberlo visto todo desde arriba con una escafandra en la cabeza y un formidable tablero de mandos al alcance-.

El ministro tiene ahora bajo su autoridad una nave especial de muy difícil manejo, para la que no existen instrucciones, que es el CSIC, acróstico por Centro Superior de Investigaciones Científicas. Un monstruo complejísimo,  oscuro, denso, que cobijaba en 2013, la fecha en la que se confeccionó el Plan Estratégico 2013-2017,  y quiero suponer que mantiene (más o menos) a 13.000 empleados y cerca de 3.000 investigadores.

El Presupuesto anual para aquel año era de 1.000 Millones de euros, pero arrastraba una caída vertiginosa al confrontarse con la realidad de los ingresos verdaderos, que no superaban los 600 Millones. El Informe/Programa lamentaba que esta escasez de recursos había obligado a reducir los gastos drásticamente y se había comido todas las reservas de tesorería.

He buscado datos más recientes sobre el Organismo que constituye la entidad de mayor envergadura de la investigación pública en España, dispersa en más de centenar y medio de centros de investigación e impulsado por varios cientos de grupos de trabajo, concentrados en las disciplinas que la historia, las subvenciones y los programas internacionales, junto con los intereses particulares han juzgado preferentes.

Como segura consecuencia de mi torpeza y la deficiencia del buscador que utilizo para alcanzar las fuentes de información correctas (incluida la web del CSIC), no encontré ni la valoración del cumplimiento del Plan, ni datos más recientes sobre la financiación, líneas de trabajo, indicadores de resultados y, en fin, cualquier otro elemento de juicio que me permitiera valorar la realidad actual del Centro en esos puntos.

Por eso, me leí con atención y avidez, como interesado en el tema de la investigación técnico-científica en España y sus efectos sobre el desarrollo, la entrevista con el Ministro responsable del CSIC que publicó el diario El País el 4 de noviembre de 2018.

Extraigo de esa corta entrevista, dos declaraciones de entidad. La primera en interés mediático es la afirmación de que si le dieran al Ministerio 700 o mil millones (de euros) más al año, el ingeniero Duque «sabría cuánta gente puede regresar». Es decir, cuántos investigadores, desplazados a centros en el extranjero, podrían disponer de equipos, instalaciones, laboratorios y salarios, adecuados para que continuaran su trabajo.

La otra afirmación que me llamó la atención es que pretende desde su Ministerio dotar de mayor autonomía, vinculada con más control, a las Universidades, de forma que se responsabilicen de la calidad de sus títulos.

Saco la conclusión (fácil) de que el Ministro trata de aterrizar en la realidad de los singulares y dificultosos espacios de la enseñanza universitaria -machacada por el principio de libertad de cátedra, la diversidad de titulaciones imaginarias, las ambiciones politiqueras regionales- y de la eficacia de la investigación -falta de correcta definición de objetivos, control de resultados y ayuna de medios financieros que permitan ilusionar y fijar a equipos de élite.

La mejora de ambos aspectos teórico-prácticos deberían servir para potenciar la investigación y la enseñanza públicas, imprescindibles para el desarrollo, y favorecer su encaje con el tejido empresarial actual, potenciando líneas de éxito.

Doctores tiene el CSIC, y personalidades de relieve no le faltan en muchos ámbitos. Si mi intuición me permite un cálculo aproximado y sin intención de remedar al Ministro, creo que 1.000 Millones de euros anuales extras, servirían, a falta de objetivos concretos y férrea disciplina de control y exigencia, para crear otro monstruo boqueante a corto plazo.

Porque, entre los asuntos a resolver prioritarios, ya detectados hace cinco años por quienes confeccionaron el Programa estratégico para 2017, estaban la organización y funcionamiento interno inadecuados, la insuficiente cultura de control administrativo y de personal, la escasa transferencia tecnológica, y, en fin, las dificultades de coordinación del complejo instrumento.

Temo, en fin, desde mi curiosidad insatisfecha, que todos esos problemas viejos, hayan sido correspondientemente agudizados por el tiempo transcurrido sin tomar decisiones relevantes, y conformarán hoy un escenario de marasmo y confusión para el que, además de tener las ideas claras, hace falta contar con la espada bien afilada.

 

Publicado en: Actualidad, Educación, Investigación Etiquetado como: CSIC, estrategia, Innovacion y Universidades, investigación, Ministerio de Ciencia, Pedro Duque

Miedo a la vida

1 noviembre, 2018 By amarias 1 comentario

En las calles de la ciudad donde vivo, me crucé ayer -víspera de la festividad católica de Todos los Santos- con muchos infantes que lucían, divertidos, al salir de la escuela, sus rostros pintados, aparentando, con mayor o menor fortuna, ser reflejo de muertos vivientes. Con sus ojeras marcadas,  pómulos ennegrecidos o dentaduras rotas, no daban miedo, por supuesto, sino que suscitaban ternura por su inocente representación.

Esa noche, los mayores organizan, en esta España acomodaticia a lo que significa diversión sin frenos, masivas fiestas, en copia infiel del Halloween americano, a las que se acude con los atavíos más complejos, que incorporan seductores delantales para brujas encantadoras que dejan ver hasta el final de los muslos, guerreros con sus cráneos sangrantes perforados por hachas  y cuchillos, y muchas otras evocaciones de la muerte y sus daños físicos.

Este carnaval de final del otoño, tiene un significado perdido y se ha quedado en lo que más importa al cuerpo, que es el jolgorio, en sus variadas evocaciones pasionales. Ya pocos de los más jóvenes -digamos, de los sesenta para abajo- van a los cementerios, ni en esta fecha del uno de noviembre ni en el siguiente día, llamado de Difuntos. Se da sepultura a los difuntos y se pasa página, cumpliendo a conciencia el rito del vivo al bollo y el muerto al hoyo. Pareciera que, al dejar los muertos en su paz, los cementerios se perfeccionan año tras año como lugar de reposo -al menos, por los noventa y nueve años que dura la perpetuidad legal, o incluso muchos menos, si necesita el responsable del campo más espacio, o se precisa mover la mojama por caprichos de redención histórica, o… hay una demanda de paternidad por medio-.

Entiendo correcto y muy moderno, no tener miedo a la muerte. Si el final nos pilla en un Hospital, tras una enfermedad bien solventada en sus dolores, y se nos aplica la dosis conveniente de somnífero, los expertos que asistieron a cientos de finales se ratifican que el paciente moribundo se va al otro barro (sic) con una sonrisa de estulticia, como quien entra en un sueño después de una borrachera.

Lamentable es, desde luego, que haya cientos de miles de desgraciados que vean su final huyendo de la hambruna o de la miseria, ahogados en los mares que lindan con la prosperidad aparente o mantenidos a raya con dispares letales desde muros insuperables, pero no hay peligro, parece, de que eso nos suceda a nosotros. Lamentable es que haya lugares en esta esfera achatada que es un mínimo punto en el cosmos, donde las gentes prueban en los de enfrente armas cada vez más precisas y con capacidad letal asumible por la conciencia de sus usuarios y fabricantes y que, como efectos colaterales, haya millones de anónimos espectros aún vivos (por poco tiempo) que se vean obligados a deambular con su nada a cuestas, pidiendo compasión.

No tengamos miedo a la muerte. Aún en los casos más violentos, el acto final dura relativamente poco y el cuerpo y la mente están preparados para soportarlo; no hay otro remedio. Tengamos miedo a vivir sin ideales, sin convicciones, compartiendo la existencia con el egoísmo y el desprecio. Tengamos miedo a que nuestra vida haya sido inútil, vacía, despilfarradora de ocasiones y afectos. No se trata de ser un sabio, ni un santo, ni un héroe, ni de pasar a la historia pequeña de la humanidad.

Podría parecer un mensaje desde el púlpito, aunque ni tengo autoridad ni pretendo la peana. Es una lectura en voz alta de mi propia desorientación, el reconocimiento de mis temores y tremendas limitaciones. Se trata de conseguir estar a bien con uno mismo, ser consciente de haber hecho, cuanto menos, lo posible.

A una vida perdida en la frivolidad es a la que habría que tener miedo. Formamos parte, -quiero verlo así, por encima de credos, mandatos, falacias y promesas  de una existencia atemporal-, de un colectivo en marcha permanente hacia su perfección. Como individuos de esa especie racional que tenemos circunstancialmente el soplo de la vida, nos debemos a los demás y a ese objetivo.

Nuestra aportación, por pequeña que sea, debería someterse al propósito de mejorar a la Humanidad en su camino para desbrozar el misterio de la existencia. ¡Qué difícil resulta no equivocarse, con tantas tentaciones para claudicar, espejismos a seguir, necios poniendo zancadillas!

Buen día de Difuntos, amigos vivos.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: cementerio, difuntos, exisencia, fin, Halloween, humanidad, muerte, objetivo, propósito, proyecto vital, vida

Exito de la Zarzuela del Espía, la Corista y los Bobalicones

31 octubre, 2018 By amarias Deja un comentario

Lleva ya varios meses en cartelera la Zarzuela, de autor anónimo -aunque existen varias reclamaciones de presunta paternidad-, cuyo título provisional es el de El espía, la corista y los bobalicones. Representada en todos los medios de difusión del Reino de España, con variada coreografía y vestuario, los protagonistas principales cambian según soplen los vientos.

En este momento, la versión que se está ofreciendo al público -que tiene una participación muy activa, hasta el punto de que figura en el reparto, genéricamente denominado como «los bobalicones»- incluye a un espía contratado por el propio Estado de derecho, y a una corista en caída libre. La relación que liga a ambos es de lo más turbia, e incluye a un tercero, marido o pareja de la vicetiple, que actúa de amigable componedor, es decir, de algo equivalente a chulo de portal de invierno.

Los personajes y la trama aparente han venido cambiando a lo largo de los meses que lleva en cartel esta tragicomedia, cuyo éxito parece exclusivamente  basado en apelar a los más profundos instintos de la estupidez y el afán destructor de la mayoría del llamado pueblo/populacho hispano. Esta hipótesis descansa en la sensación de que el libreto es malo, la representación pésima y los decorados, de circunstancias.

La versión anterior -aún representada en teatrillos de provincias- involucraba a un orate convencido de que había sido llamado por la divina providencia para guiar a su pueblo al desastre total, relacionado en este caso, en una unión turbia en concepto y realización, con un tonto de pueblo. Otras versiones, siempre con la presencia coral del grupo de bobalicones en escena, afectaron a un rey destronado aficionado a la caza de animales hembras de dos patas, fundador de una estirpe a medio camino entre la Familia Monster y los Grimaldi; tuvo éxito circunstancial un dúo entre dos jóvenes promesas, relación con fondo posiblemente incestuoso, que duró lo que canta un gallo, pero los residuos aún se están comiendo.

En fin, todo este trasfondo novelesco, de divertida evocación sino fuera tan real, tiene consecuencias claras para nuestra economía, que es de lo que vivimos, y no de lo que nos dan de comer en los mentideros de esta plaza, incluidos la televisión, la radio y los periódicos. Mientras el pueblo llano se monda con tantos cuentos, la economía sigue por los suelos, los servicios públicos se deterioran más, la suciedad aumenta en las calles y en los patios, la Universidad languidece en su salsa, las empresas se largan a mejores vientos, y, por hacerlo breve, en los países en donde no prestan tanta atención a la comedia, y sí al trabajo que da frutos, aunque venga de manos del mismo diablo, se medra mejor, se vive más holgado, hay más empleo.


El cistícola buitrón (cisticola juncidis) es un paseriforme de difícil identificación, perteneciente al complejo grupo de las currucas y mosquiteros. Tiene el pico afilado de los mosquiteros, pálido en la hembra y oscuro en el macho, y listas destacadas en cabeza y dorso (no muy patentes en la fotografía, pero como tengo varias instantáneas del mismo ave, puedo confirmarlo).

Tiene un canto repetitivo y estridente, que lo delata más que su presencia física, a menudo oculta entre los juncales y herbazales de los terrenos pantanosos. Estas aves que son tan parecidas entre sí, exigen para su correcta identificación (satisfacción solo reservada al ornitólogo aficionado con tiempo y ganas) fijarse en detalles: píleo, obispillo, dibujo caudal y proyecciones de las primarias y secundarios, por ejemplo, en cuanto al plumaje; dibujos del pecho y listado del dorso, pico romo o puntiagudo; color de las patas y si están o no cubiertas de plumaje; etc,

 

Publicado en: Actualidad, Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cistícola, corista, cuento, economía, espía

Europa en el atolladero

30 octubre, 2018 By amarias 2 comentarios

En mayo del 2019, los ciudadanos europeos serán convocados -en fechas que habrán de concretarse por los respectivos gobiernos- para elegir nuevos parlamentarios. En ese semestre, habrá habido cambios importantes en ese modelo de convivencia europeo en persistente rodaje, algunos previsibles y otros probables.

Para el próximo mayo, el Reino Unido estará ya fuera de la Unión Europea -con acuerdo o a la brava-; el panorama político internacional se habrá polarizado más: por el lado de las llamadas eufemísticamente economías de mercado, brillará con mayor intensidad una constelación de líderes practicando políticas de retroceso en los servicios sociales  paralelos al incremento de la protección arancelaria. El astro central de ese hatajo de incrédulos de la globalización, el cambio climático o los efectos de una política educativa y sanitaria que favorezca a las capas más bajas de la sociedad, seguirá siendo el presidente de los Estados Unidos de América, experimentado paladín de la política de desorientación y sartenazo al que opine lo contrario.

La acumulación de datos exteriores sobre las guerras comerciales (y, aunque limitadas a ciertas áreas, guerras convencionales con armamento directamente letal), habrá perfilado un nuevo dualismo de bloques, entre occidente y oriente. En el frente oriental, habrán crecido los lazos de relación interesada entre Rusia, las dos Coreas y China y el control de éstas sobre los países más retrasados de Africa y Asia.

En el seno de la actual Unión Europea, el descontento y la desorientación respecto a estrategias comunes, habrá provocado el aumento de los populismos, de los ímpetus secesionistas y de las derivas totalitarias. Las elecciones de mayo deberían suponer una radiografía de cuerpo entero del proyecto de los Estados Unidos de Europa.

En el resultado global, no cabe esperar grandes cambios en la representación parlamentaria. Habrá una disminución ligera de parlamentarios de la derecha ideológica, comida por su flanco diestro por las opiniones más reaccionarias, especialmente activas allí donde no gobiernan, porque su fortaleza está construida a base de criticar con acritud la política oficial y presentarla como causante de los defectos de la situación real.

Bajará también ligeramente, la representación de las bancadas socialdemócratas, empeñadas en seguir soportando en solitario sobre sus debilitadas espaldas los mantras de la globalización, la acogida de migrantes, el aumento de impuestos para sostener los beneficios sociales, y apoyar un cada vez más desquiciado control medioambiental, (entre otros aspectos), pero con gobiernos incapaces de implantar eficientes estrategias económicas y tecnológicas, que estén basadas, de verdad, en la generación de un modelo de crecimiento europeo.

La pérdida de parlamentarios de las dos megaformaciones que tradicionalmente copan las mayorías, será asumido por los partidos ecologistas y los defensores de posiciones ultras, que tienen mayores posibilidades de rentabilizar el descontento

Sería de desear que quienes aspiren a ser parlamentarios en la Europa de los 27 hagan el esfuerzo de confeccionar programas que presenten el camino hacia una Organización más coherente, realmente solidaria, uniforme, capaz de generar y poner en ejecución una estrategia exterior común a corto plazo, en comercio, educación, investigación, tecnología, ayuda al desarrollo, energía y defensa y conseguir la mayor igualdad de salarios y prestaciones para los ciudadanos de sus Estados como objetivo irrenunciable.

Lo demás, me seguirá pareciendo la fórmula para llenar de buenas palabras un edificio de ilusiones que está cada vez más resquebrajado.

—–

Las fotos que adornan este comentario son de una pareja de collalba gris (oenanthe oenanthe). La que figura en el encabezamiento es la de un macho, en plumaje de final de verano, lleva la máscara aún visible, que perderá en el plumaje de invierno (llamado también de eclipse, especialmente tratándose de anátidas, para significar que la diferencia entre sexos es menos marcada).

En esta zona baja del Comentario, la hembra, aunque presentada de frente en la instantánea, deja ver su mejilla y pecho de color rosáceos (del pectoral, solo la parte superior tiene ese tono rojizo).

Las collalba gris están entre los pájaros migrantes que recorren las mayores distancias de todos los conocidos, llegando a cubrir hasta 2.500 km sin pararse, y hacerlo en poco más de 30 horas. Estas aves en concreto han sido captadas sobre un terreno pedregoso de Zamora, un día de septiembre, encaramadas, como se ve, sobre un cable aéreo, utilizado como percha para la caza de insectos al vuelo.

 

 

Publicado en: Actualidad, Europa Etiquetado como: collalba, elecciones, Europa, oenanthe, parlamento, partidos, socialdemocracia, ultraderecho

Buscar al mirlo blanco

18 octubre, 2018 By amarias Deja un comentario

En abril de 1898, cientos de personas se congregaban en cada uno de los puertos españoles en donde estaban a punto de embarcar los cuarenta mil soldados de reemplazo que iban a luchar contra el enemigo norteamericano. Estados Unidos había declarado la guerra a España por un quítame allá esas pajas: la voladura del acorazado Maine, anclado en funciones de espionaje en la bahía de la Habana.

Pocos de los soldados que, pertrechados con uniformes de campaña y flamantes mosquetones, se alineaban en los muelles a toque de cornetín de órdenes, eran, en voluntarios. Esos soldados de cupo, obligados a defender los intereses patrios tan lejos de la Metrópoli, pertenecían a las clases más modestas de la sociedad, que no habían podido liberarlos pagando las mil quinientas pesetas que hubieran supuesto su exención del servicio militar.

Entre los que acudían a despedirlos, junto a esposas, novias y madres -algunas con niños pequeños en los brazos o agarrados de la mano-, los que más gritaban y enardecían los ánimos, con inflamados vítores patrióticos y soflamas incendiarias contra la pérfida Norteamericana, eran los que se habían librado del servicio y sus allegados.

Esa guerra se perdió, y con ella, los restos del Imperio. Estados Unidos, más potente económicamente, mejor dotado de armamento y otros recursos, y con la excusa adicional de ayudar a los rebeldes que, desde hacía tres años se habían levantado contra el Estado español, se hizo con el control de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, iniciándose así una época de hegemonía internacional norteamericana.

Traigo esto a colación, no porque me interese refrescar a memoria acerca de sucesos bien conocidos, sino por poner de manifiesto, como saben bien los «analistas de sistemas», esos especialistas en buscar modelos genéricos de amplia aplicación, adaptables a problemas concretos, que el modelo se repite con obstinada frecuencia, camuflado de múltiples maneras.

Tengo a la vista un artículo de Moisés Naím (El Pais. 30.09.2018) en cuyo titular se plantea: «¿Va usted a perder su trabajo?» y en unas pocas líneas enumera las «cuatro ideas» que, hasta ahora, se han puesto sobre el tapete para analizar lo que se debe hacer frente al «tsunami de la desocupación laboral» que está provocando la revolución digital.

Esas cuatro ideas serían, escuetamente: el proteccionismo digital (aranceles e impuestos frente a los avances); reeducación a los desempleados; aumentar el empleo público; y garantizar un ingreso básico universal. Por irrealizable, errónea o costosa, Naím las rechaza todas. Concluye provisionalmente con una esperanza: «Es perfectamente posible que esas nuevas tecnologías produzcan más y mejores empleos que los que destruirán». Ha sucedido, en efecto, en las otras revoluciones tecnológicas.

Después de esta afirmación tan positiva, retorna a la gran cuestión: «¿Y si esta vez es diferente? ¿Si los nuevos empleos no aparecen a tiempo?»

He visto, de pronto, a algunos cientos de personas que han conseguido liberarse de bajar al campo de batalla de las verdades tecnológicas, avistando con sus catalejos de precisión, desde sus torres de control, las áreas de tranquilidad económica o profesional, animando a acudir a la batalla, despidiendo, con pañuelos de ánimo y vítores de confianza, a millones de contemporáneos, embarcados con escasos pertrechos, mal preparados, faltos de directrices, ayunos de claridad en las ideas, para enfrentarse a un enemigo muy superior, en una guerra que, en esas condiciones, está perdida de antemano.

¿Dejaremos que la cuestión planteada la despejen otros, mejor pertrechados?


La fotografía es de un curioso mirlo común (turdus merula), con las mejillas emplumadas de un blanco níveo. Parece un conato de mirlo blanco. Si se le observa con cuidado, se verá que en una de sus extremidades inferiores, esta preciosa ave, tan singular dentro de lo común de esta especie, está anillada.

Publicado en: Actualidad, Economía, Política Etiquetado como: 1898, competitividad, creación de empleo, Cuba, formación, mirlo, paro, trabajo

Ya vale

16 octubre, 2018 By amarias Deja un comentario

Nos resultará difícil emerger del mar de anécdotas, simplezas, trampas. Por aquí y por allá, proviniendo de gentes a las que pagamos entre todos (fórmula estándar que, de puro manosearla, ya hasta hiede), se nos cruzan en el campo de las ideas, dedos que señalan y, cuando les seguimos la pista, vemos que no se dirigen ni a la luna ni a ningún objetivo que interese, sino a otro dedo.

No me importa, desde luego, dilucidar si Sánchez utilizó textos ajenos para aumentar el tamaño de su tesis, porque le concedo mérito ya de principio, al dedicar más de dos años para sacar algo en limpio de un tema tan coriáceo para introducir la pica de la investigación original como «Innovaciones de la diplomacia económica española». Estoy seguro que más de la mitad de los trabajos de tesis se han ido por el canal de la tolerancia universitaria sin aportar nada nuevo a la ciencia mundial.

Así que. en lugar de unirme a los que disparan contra el presidente de Gobierno por la débil inspiración académica de su trabajo, me salgo del tumulto para recapacitar en otro coro, que espero no se vea como corifeo.

¿Es importante tener un presidente de Gobierno laureado por alguna Universidad con un título que solo sirve en el escalafón docente? No. Si el título, anómalamente, concede prestigio social, es otra historia, pero no será por ello por lo que elegiremos a quien nos gobierne. Al menos, a mi, y ojalá que a la mayoría de los que votamos en este país, nos interesa que sea competente, que gestione bien, que elija de entre los más capaces a sus colaboradores inmediatos (los Ministros y Secretarios de Estado), que les marque directrices y las haga cumplir.

Y, por supuesto, quiero que no improvise su Programa, que no elija sus socios para obtener mayorías parlamentarias a golpe de necesidad, que demuestre, por sus decisiones, que tiene una ideología de izquierdas moderada y no que se entregue, para sostenerse en un poder que consiguió de forma tan precaria, tanto a las veleidades separatistas como a los sueños revolucionarios de la izquierda utópica.

Al otro lado del espectro ideológico, veo con recelo que el nuevo líder del Partido Popular, cuyo master en derecho de la Universidad Rey Juan Carlos ha sido obtenido por un amagüesto impresentable (amagüesto, decimos en bable a toda componenda), no tenga otras ideas que criticar las que vienen de contrario y que, marcando distancias consigo mismo y su desecha agrupación política, se sienta igual de cómodo dando bofetadas a diestra que a siniestra, perdida la noción de donde está el centro, que es el lugar adecuado para la derecha civilizada.

Siento que Ciudadanos haya quedado sepultado en la vorágine del tumulto barriobajero, porque me gustaba oir opiniones técnicas y valoraciones ajustadas, en lugar de voces estentóreas y descalificaciones gratuitas. No me gusta -qué voy a hacerle- que las dos ciudades mayores de España estén regidas por alcaldesas prisioneras de las estrambóticas coaliciones que les han llevado al sillón principal del Consistorio, y que ese día a día de rifirrafes les impida ver con ojos sagaces el deterioro de lo que estaban llamadas a mejorar.

Quisiera creer que los resultados de todo este barullo de ideas y de desinformación, son los que se nos presentan: la recuperación de la economía, la mejora de los índices de empleo, el incremento de las perspectivas de futuro, basadas en la mejora de la educación, l apoyo en la exportación de calidad, la incorporación de avances científicos, la cohesión estructural de los sectores industrial, comercio y servicios, y todo eso que suena a apalancar mejor el futuro.

No me olvido, no, de Cataluña, convertida en un grano soez en el rostro maltratado de España, perdida su identidad en una representación tragicómica que solo la conducirá -nos conducirá- a perder aún más pie en la sostenibilidad de nuestro modelo de crecimiento, si es que existió o existe.

Claro que hay que negociar, hablar, discutir, encontrar vías y soluciones. Pero no a cualquier precio y, por supuesto, no para contentar al chico del martillo. Ese mozalbete brutote pero corto de mollera que, cuando estamos a punto de conceder el premio a aquel que nos conmueva con las mejoras ideas,  surge enarbolando un martillo y, a porrazos, nos causa una impresión inenarrable y, de acuerdo con las Bases del Concurso, estamos obligados a darle el galardón y quedarnos con los destrozos.


Incluyo hoy la fotografía de una pareja singular, aunque no tan difícil de encontrar en los estuarios adecuados. En la ría de Navia, en agosto de 2018, aprovechando la cobertura de unos juncales en medio del agua, una garza real (ardea cinérea)  y una garceta común (egretta garceta) comparten el hábitat por unos instantes. El blanco deslumbrante de la garceta, espléndido en s desarrollo cuando levanta el vuelo, contrasta con el hieratismo momentáneo de la garza.

Poco suele durar esa quietud del ardeido que, si se siente observado o molestado, levantará presto el vuelo, con un fraink áspero y fuerte, yendo a posarse, tras un par de aleteos magníficos, en un árbol o en un lugar más alejado del que osó importunarla.

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Fecha de caducidad

15 octubre, 2018 By amarias 9 comentarios

Hace unos días (el 24 de septiembre) la Asociación Española Contra el Cáncer (conocida por sus siglas, AECC) entregaba, como cada año desde hace varios, diversos galardones a las personas y entidades que se han distinguido por sus investigaciones para tratar de vencer este tumor maligno, hidra de múltiples cabezas que concentra el interés de miles de investigadores en todo el mundo y de centenares de millones de pacientes.

La fecha fue elegida por los organizadores por ser la de nacimiento del Premio Nobel Severo Ochoa.

Los avances conseguidos son muy importantes y con frecuencia exponencial se ponen de manifiesto nuevos descubrimientos. La realidad viene a demostrar, sin embargo, que hay multitud de parámetros, no todos aún bien detectados, que influyen de forma determinante sobre la esperanza de vida de los enfermos diagnosticados.

Algunos son obvios: la ubicación del tumor, la detección precoz, el éxito de la extirpación en el caso de cánceres localizados, la aplicación de una terapia específica, con fármacos de eficacia ya probada…

Otros son más difusos, y algunos, sorprendentes: la edad del paciente, su raza, la genealogía y la existencia de antecedentes familiares, la ubicación de su lugar de residencia o trabajo, el ser fumador o bebedor, la cualificación del equipo médico, el seguimiento exacto de la terapia, la dieta, el régimen alimenticio, el ejercicio físico, la voluntad de aguantar,…y, por no emitir ninguna opción, incluso aunque me introduzca en el terreno de lo esotérico y del escepticismo, la intercesión divina o de los santos.

No quiero hacer ninguna exhibición de mi situación clínica, pero pienso que tal vez pueda ayudar a quienes se encuentren en mi situación.

Me han diagnosticado un cáncer en estado avanzado (metástasis ósea con Gleason 4/5) hace ya tres años. He sido tratado con Docetaxel en seis sesiones, tan pronto se descubrió el tumor; cada seis meses recibo una inyección de Eligard y Prolia (para tratar la osteopenia). He sido sometido a una operación trasuretral de próstata, y sufrido un par de hospitalizaciones de urgencia por elevación de temperatura y retención aguda de orina (RAO).

Durante este tiempo, y a salvo de los episodios de hospitalización, he procurado hacer vida normal, y he seguido con mis actividades profesionales y sociales. No soy precisamente un atleta, pero me gusta caminar, y raro es el día que no hago más de diez kilómetros a paso ligero.

El tratamiento químico y quirúrgico expresado no impidió que hace cinco meses los índices tumorales (fundamentalmente, el PSA) subieran de forma alarmante. Como soy aficionado a informarme de todo lo que me afecta, aún no siendo especialista (supongo que es parte de otra enfermedad, no diagnosticada, que es la de indomable curiosidad), supe interpretar que el tratamiento con Docetaxel, como está bien estudiado, había llegado a su punto de inefectividad, y el proceso degeneraría rápidamente.

La esperanza de vida, por tanto, sería de pocos meses, al menos en lo que se ha dado en llamar Esperanza de Vida Asintomática (EVA).

Pues bien: He podido ser incluido en un grupo de ensayo clínico, patrocinado por la casa Hoffman-Roche, y dirigido desde el Hospital Ramón y Cajal, por un equipo clínico entusiasta y competente -a su cabeza visible, la Dra. Teresa Alonso-, con el objetivo experimental de probar, en fase III, el efecto de la combinación de una alta dosis Abiraterona e Ipatasertib, junto con Prednisona.

Como en todo ensayo clínico en esta fase experimental, el grupo seleccionado y los facultativos no saben si al paciente se le está suministrando el fármaco en estudio (Ipatasertib, en este caso) o un placebo. El seguimiento de los enfermos es muy estricto, con abundantes pruebas sistemáticas (gammagrafías, TACs, análisis sanguíneo y de orina, densitometría, etc.)

La información general sobre el tratamiento está en internet y no estoy, por tanto, difundiendo ningún secreto clínico. El grupo de ensayo, que está formado por algo más de 1000 pacientes en todo el mundo, ha sido seleccionado con criterios estrictos, que, básicamente resumo en carecer de síntomas y mantener buena salud general.

No sé el tiempo que sobreviviré con la enfermedad, pero debo decir que me encuentro bien y sigo activo. La combinación de productos químicos -placebo o no- consigue, de momento, detener el avance de los osteomas.

Y, como todo enfermo con diagnóstico fatal, he aprendido, por si no lo sabía aún, a valorar cada día, saboreando lo que produce especial placer: el cariño de la familia y amigos y hacer de la posibilidad de ser útil a los demás, incluso -o especialmente- en las pequeñas cosas, la razón de vivir.

Publicado en: Sanidad Etiquetado como: abiraterona, cáncer, ipatasertip, metástasis

De faroles, oscuridades y fantasmas

12 septiembre, 2018 By amarias Deja un comentario

La Doctora -en el sentido de licenciada en Medicina- Carmen Montón ha dimitido ayer, 11 de septiembre de 2018, de su cargo de Ministra de Sanidad, en el que, según el líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias, «estaba haciéndolo bien, ya que había recuperado la asistencia sanitaria universal». (1)

Tenemos muchos temas sustanciales por resolver en este país -los dos más importantes son, ya no sé porqué orden, la cuestión de la generación de empleo de calidad y la cuestión del separatismo catalán-, pero el personal tiene cuestiones intrascendentes con las que distraerse, y los políticos disfrutan alimentando esos temas inanes, como fórmula para no abordar lo sustancial y, abotargando las opiniones, consumir el tiempo de juego tanteando el balón en medio campo. (Ya que el equipo español, que ahora entrena el asturiano Luis Enrique, ha cosechado dos triunfos inesperados en sus enfrentamientos internacionales, utilizo términos de ese argot, indicando de paso, que el fútbol es uno de los placebos más socorridos, y que la temprana eliminación del equipo nacional de la Copa del Mundo ha supuesto un jarro de agua fría sicológica sobre los primeros cien días del gobierno de Sánchez)

Una de las cuestiones intrascendentes que ocupa hasta la exasperación el doctrinario mediático, es el traslado de los restos del otrora Generalísimo y Caudillo de España por la G. de Dios, Francisco Franco, hoy denostado dictador y despreciado guerrero, desde su auto erigido mausoleo en el Valle de los Caídos. Una mega obra, visible para todos los que salen de Madrid hacia el norte como un permanente testimonio de que hubo una guerra civil que ganaron los de derechas, o sea, los buenos y que el jefe de Estado que implantó, entre otras cosas, el sindicato vertical,  en su visión partidaria y megalómana, pretendió convertir en un monumento a la reconciliación nacional.

Aunque la cuestión es bien conocida, no está de más repetir aquí que en ese cementerio forzado, junto a Franco y José Antonio (Primo de Ribera, cofundador de la Falange) hay miles de cuerpos de republicanos, -anónimos o identificados como fallecidos en juicios sumarísimos, represaliados en la postguerra, y prisioneros que sufrieron en la construcción del monumento la expiación por muerte en accidente-. No están solos, pues también se enterraron, algunos igualmente sin identificar o sin hacerlo correctamente, miles de cuerpos de aquellos fallecidos en la contienda incivil,  que estaban defendiendo, ya por convicción o porque les tocó en suerte ser reclutados en territorio dominado por los rebeldes, el Alzamiento contra la República.

La decisión expresada por el presidente Sánchez de mover los restos de la momia franquista (es momia, pues fue embalsamado, según consta) a otro lugar, y hacer del lugar un centro de meditación por la memoria de la guerra que significó la consolidación de la separación de las dos Españas, unido a la intención expresa de generar un documento sobre la verdad de esa lucha fratricida, es un ejemplo reciente de la incomodidad que supone mover la mierda, lo que, como es bien sabido, genera mal olor y fuerte repugnancia, indiferentemente, a espíritus delicados y a los que no lo son tanto. Estoy de acuerdo con Francisco Maruenda (sin que sirva de precedente) en que hay mucho escrito sobre esa batalla gigante de destrucción nacional, para todos los gustos, y que cualquiera puede documentarse como le venga en gana en los miles de libros publicados.

El otro tema de distracción es el de los máster, ya sean de Pablo Casado, de Cristina Cifuentes, o incluso de la tesis doctoral de Pedro Sánchez (aunque ésta parece que sí, que existe y que, además, sirvió de base a un libro con coautor que se puede adquirir aún en las librerías) . Supongo que hasta el ministro Pedro Duque sabe ya que la Universidad necesita una urgente  y profunda reforma, lo que no tiene nada que ver con el prestigio de los títulos. Las carreras que se pueden cursar en España han crecido de forma desmesurada, a razón de la obsesión de las autonomías y los departamentos universitarios por engordar sus nóminas, y han disminuido, paralelamente, el prestigio de muchos centros docentes y, claro, de sus titulaciones. No de todos, me apresuro a puntualizar.

Que haya alumnos que hayan obtenido sus títulos con menor esfuerzo que otros compañeros, no es lo habitual, pero sospecho que siempre ha sido así. No rebaja el nivel del título el que algún enchufado lo consiga por la puerta de atrás, sino que -en mi lectura- lo que revela que algunos con acción de poder sobre los docentes lo obtengan sin el mismo curro, es que ese título da prestigio.

Lo miserable es que existan profesores que se dobleguen ante demostraciones del poder o concesión de privilegios a ellos mismos, otorgando titulaciones y firmando aptos y hasta sobresalientes a quienes no han cursado las enseñanzas a cuyo control estaban obligados. Las defensas de quienes obtuvieron, a todas luces, por sus cortas explicaciones, sin merecerlo, esos títulos, mueve a lástima; por ellos mismos, por su estúpida obsesión por adornarse con plumas falsas; y levanta la indignación contra sus mentores, sus protectores, aquellos que fueron los cómplices necesarios para que salieran con el penacho en la cabeza, con los laureles que no merecían.

Pero el mérito de los que cursaron, -seguramente, además, con altísimas exigencias -esos mismos máster o esas carreras, sin ayudas de nadie más que las de su saber y entender y la eventual coincidencia con un azar generalmente nada propicio, debe quedar incólume. Ellos han contribuido al prestigio del título que otros han querido obtener sin sudar la camiseta.


(1) Me parece muy bien, aunque lo que hay que conseguir es que esa asistencia médica universal no se siga deteriorando. Quienes tenemos, por desgracia, que acudir con regularidad a ese servicio, hemos visto cómo ha venido perdiendo calidad, y de forma acelerada, en estos últimos años: no se han renovado plazas de personal, se han perdido facultativos experimentados (que se han jubilado, muchos de ellos, de forma forzosa, después de alargar irregularmente su contratación, superada ampliamente la edad), no ha habido tiempo para forma a sustitutos, existen excesivas pruebas -muchas, innecesarias, lo que colapsa los servicios auxiliares- debido a la disminución del «buen ojo clínico» y, sobre todo, al temor que tiene el personal sanitario a ser acusado de negligencia o no haber cubierto todas las opciones.

Y aún más: ¿se puede creer que la cobertura farmacéutica de la Seguridad Social no sea general en España? Ver para creer: en Cataluña no se dispensa a los titulares de tarjeta sanitaria de las autonomías de Madrid o Andalucía «porque no se han firmado los acuerdos». Eso lo viví personalmente; me temo que en el País Vasco será parecido.


La foto es de una de las aves más atractivas y, por ello, fotografiadas con mayor frecuencia, allí donde se hallan. En España hay varias colonias de flamencos (Doña y el Delta del Ebro, las más conocidas; esta segunda, sedentaria desde hace unos años).

 

 

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