Al socaire

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Porqué en Catalunya: Tercera entrega

26 octubre, 2017 By amarias Deja un comentario

Se puede argumentar de muy diversas maneras contra la voluntad independentista del  actual Gobierno de Cataluña, secundada por un porcentaje significativo de catalanes (entendiendo por tales, salvo mejor información censal, los ciudadanos que tienen su actual residencia en la región). Porque, en este escenario de confusión que se ha ido dibujando con precisión de ludópatas, tampoco está bien definido qué significado práctico atribuir al térmico «catalán», ya que los impulsores del separatismo pretenden que sea ésta una esencia inclusiva de la nacionalidad española, pero excluyente, por lo que no podría ser participada por los demás españoles. Se sería catalán y español pero los españoles no catalanes no tendrían acceso a esa doble nacionalidad.

Si evitamos recurrir a la descalcificación frontal por enajenación colectiva o espejismo ideológico, podría aceptarse como argumento en contrario (sin que ello signifique que se comprenda) que, para esos independentistas potenciales, la idea de separarse del resto de España tiene el atractivo de creer que podrían organizarse mejor, aprovechar con mayor eficacia sus recursos y mejorarían, en fin, su capacidad de maniobra frente a las crisis y su respuesta adaptativa frente al futuro.

Los defensores de la imposibilidad de la separación de Catyalunya, argumentan, fundamentalmente, desde la Ley, el respeto y lealtad institucional, que serían quebrados (lo han sido ya, en realidad) si se incumple la Constitución que expresa, sin ambages, la unidad indivisible del Estado español y su forma de Estado, la Monarquía.

El argumentario antiseparatista se robustece también con previsiones respecto al escenario catastrófico que viviría una Cataluña independiente, contrastando así con la visión idílica de los actuales representantes de las institucones catalanes, algunos historiadores y economistas que ven en un futuro independiente una Arcadia feliz y la liberación del yugo insostenible de una España antidemócrata, represiva, retrógada.

Tienen los independentistas, en alguna parte, razón. El tamaño no debería importar. Ni el territorio, ni la población, o las magnitudes económicos cobran importancia real, por comparación con lo existente. Se encuentran, en el mundo, Estados muy pequeños, algunos por pura conveniencia de las potencias o por caprichos de la Historia y residuo de viejas confrontaciones bélicas. Se ha hecho notar por los historiadores y geógrafos que casi la mitad e los 194 Estados actuales se generaron en el siglo XX. Es decir, no se puede argüir que los Estados son producto de la consolidación de antiguos momentos de exaltación nacional.

Algunos Estados pequeños pertenecen a la Unión Europea, y encajan en el modelo de democracias modernas y estados amigos. Tampoco en este sentido Catalunya independiente puede ser objetable. Malta y Chipre son el ejemplo -rayano en lo ridículo, aunque defendido con orgullo por sus afectados- de Estados diminutos cuyos representantes se sientan con los demás miembros de esa reunión de comerciantes con ilusiones de obtener mayor grandeza. Entre los Estados que componen actualmente la Unión Europea, se incluyen diezpaíses con menor población y territorio que Cataluña.

Los independentistas (y también, algunos teóricos del desarrollo económico), suelen tomar el modelo/ejemplo de Dinamarca.Con un a renta per cápita de 48.400 dólares es un ejemplo atractivo de Estado de medio tamaño que ha sabido utilizar su situación privilegiada ente los grandes, su alto nivel formativo y las capacidades comerciales de sus instituciones públicas y privadas para consolidarse como un Estado próspero yejemplar.

Los separatistas catalanes desean que la Catalunya independiente sea una República. En eso, se separan de la tradición española y del país envidiado (Dinamarca), que son Monarquías. No parece encontrarse en la forma de Estado la raíz sustancial para obtener el  máximo fruto de la actividad económica y social. En este momento, en España, tenemos un monarca muy bien formado, con prestigio internacional, que mejora con amplia ventaja las opciones de sus alternativas no coronadas, tanto en la región catalana como en toda España. Podrá ser opinable, pero, como republicano, me permito repetir esta apreciación una vez más, sin que me duelan prendas.

(continaurá)

Publicado en: Cataluña Etiquetado como: Cataluña, corrupción, crisis, economía, elecciones, empleo, empresa, energía, españa, estrategia, ética, gobierno, justicia, política, programa, PSOE, Rajoy, responsabilidad, sociedad, solidaridad, tecnología, trabajo

Porqué en Catalunya: Segunda entrega

22 octubre, 2017 By amarias 1 comentario

Si admitimos como principio que no existen «pueblos elegidos», ni razas genéticamente superiores, e incorporamos a nuestro razonamiento, como catalizadores activos, las ideas de solidaridad, necesidad de progreso compartido, igualdad de oportunidades, con la garantía de un marco legal que regule la convivencia, los impulsos revolucionarios tienen un campo de viabilidad limitado.

Especialmente, aquellos movimientos separatistas que defiendan la separación de un grupo de la sociedad a la que, hasta entonces, han pertenecido.  En mi opinión, la voluntad de segregación solo cobraría sentido si se tratara de un grupo étnico, raza o clase social oprimidos, vejados o sojuzgados por quienes detentan el poder.

Es evidente que la situación de explotación por la administración central no se da en Cataluña. Todos los argumentos que pretenden justificar el separatismo pueden aparecer como legítimos en cuanto expresión de una opinión peculiar -en la línea de respeto a cualquier elucubración en asuntos no dogmáticos-, pero, desde la perspectiva de la realidad  no adulterada a voluntad, son falsos.

Porque ni en España, ni, obviamente, en Cataluña, falta democracia -nos encontramos, como está reconocido por todos los Estados con democracias avanzadas, en el núcleo de cabeza de respeto a los derechos-, ni se roba ni a robado a los catalanes desde la Administración central (aunque sí parece demostrable que algunos personajes que han detentado poderes en las instituciones catalanas se han aprovechado de su situación de privilegio), ni hay represión sobre ese área ejercida desde el Estado central u otras instancias de la Administración pública, porque la aplicación de los instrumentos del Estado de derecho es la consecuencia natural de los pactos de convivencia.

Es decir, quienes incumplen la Ley, deben responder por su acción, y con especial atención a los incumplimientos de quienes están obligados a ser garantes . Por cuestiones de ejemplaridad, de coherencia, de respeto a la esencia de la convivencia.

Que elementos rupturistas de ese orden legal y constitucional se hayan afincado en parte de la población catalana, y que cuenten con el apoyo de partidos minoritarios con presencia en el conjunto del territorio, no debe servir de base para demostrar flaqueza en la defensa de esos principios. Son la base de la convivencia. Es cierto que los pactos que regulan esa convivencia podrían cambiarse, pero no de cualquier forma y no desde las propias instituciones. Si una minoría o una proporción insuficiente de ciudadanos cambian esas reglas, sin contar con lo antes pactado y despreciando al resto, se estaría produciendo una revolución. Si los cambios se hacen desde el poder -no importa si hayan accedido legítimamente o no-, y perjudican a parte de la ciudadanía, buscando el beneficio de otros, es, desde luego, una posición dictatorial.

Especialmente lamentable de la situación catalana en este momento que nos ha tocado en la mala suerte de vivir a los pacíficos, es que, la postura del actual gobierno de la Generalidad y de sus apoyos revolucionarios, está provocando, además de la repulsión de la inmensa mayoría de españoles, la división entre catalanes. ¿Por qué ha sucedido así? Por la manipulación de los sentimientos, en una operación de años, de décadas, en la que se ha venido a demostrar, una vez más, que se puede contagiar a una multitud de la idea de que un marco nuevo, desconocido, mejorará su situación de partida. Y ante perspectivas tan halagüeñas, la ética y la deontología decaen,  los razonamientos matizados o la repulsa sucumben ante el pensamiento único que va imponiéndose, de una forma no persuasiva, sino coactiva.

La oposición, la simple discrepancia, queda sepultada por la presión de quienes detentan el poder (inicialmente legítimo, pero convertido en ilegítimo por su deriva antidemocrática, fascista, ilegal) y sus palmeros. Así fue con el nacismo, así es y serán con todos los movimientos de la Granja animal humana en que se impone el avasallamiento de una parte de la población por la otra.

Ocultar la fractura social, que se materializa en odios y descalificaciones recíprocas, es imposible en este momento. La convivencia entre catalanes, dado que se puede intuir que la sociedad catalana está, no solo dividida en dos mitades, sino que también se encuentran fracturadas las familias, se ha hecho muy difícil. Tendrán que sucederse generaciones, seguramente será dolorosamente «necesario», como en toda revolución, que haya víctimas, para que se imponga nuevamente la calma de la razón común.

(continuará)

Publicado en: Cataluña Etiquetado como: Cataluña, corrupción, crisis, economía, ética, gobierno, justicia, PSOE, responsabilidad

Porqué en Catalunya. Primera entrega

20 octubre, 2017 By amarias Deja un comentario

Cuando aún no se ha apagado el fuego de Cataluña (ni mucho menos) y a riesgo de patear sobre terreno inseguro, mi tendencia a tratar de explicarme, en la única vida que tengo -con los conocimientos e información de que dispongo-, las razones y sinrazones que se mueven a mi alrededor, me apetece, en el libre ejercicio de mi facultad de pensar, comentar por qué se ha presentado, precisamente en esa región europea, el tremendo conflicto social, institucional y legal que nos tiene tan ocupados (y preocupados) a la inmensa mayoría de los españoles y, dentro de esa categoría semántica, a la totalidad de los habitantes de esa región.

La situación de singularidad sentida por los catalanes viene generada y alimentada, como todos los nacionalismos, por el sentimiento de creerse especiales. Es una sensación estupenda, y contagiosa: al poco tiempo de vivir en Cataluña, es altamente probable que cualquier desplazado de su región de origen empiece a sentirse catalán. Contribuye a ello, desde luego, la lengua -que, en los últimos decenios, se ha impuesto en las escuelas con un pulido gramatical encomiable que la ha hecho homogénea en todo el territorio y se ha convertido en la primera lengua de la región-.

Pero lo que más y mejor contribuye es la posibilidad de encontrar empleo, y mejorar en él, si te confiesas como catalán y hablas catalán. La Televisión local ha cumplido una función central en la alimentación del espíritu de singularidad catalana. No está asociado a la difusión de la cultura -aunque se debe reconocer que importantes escritores, pintores, artistas y científicos han desarrollado su labor en Cataluña-, porque ni hay más catalanes sabios, ni creativos, ni inteligentes, que los que proporciona el porcentaje de población. Lo que sí existe en Cataluña, y desde hace tiempo, una defensa -económica, social, divulgadora- de cuanto se hace en Cataluña.

Y eso es importante. Los naturales o incorporados de otras regiones españoles no tienen ni ese apoyo endógeno ni se sienten animados a declararse como «nacido en». No lo consideran un valor en sí mismo. No tienen la creencia de ser un pueblo elegido por la divinidad, como lo pueden ser los judíos o los radicales islamistas. Pero si eres catalán, ¡ah! es distinto…¡qué envidia! ¡Es que los catalanes hacen cosas! (como si los que no somos catalanes, o los que no son catalanes y viven en Cataluña, no hicieran cosas, y muy buenas y, en ocasiones, mejores).

(continuará)

Publicado en: Cataluña Etiquetado como: catalanes, Cataluña, creadores, creativos, judíos, región

Alerta roja

13 octubre, 2017 By amarias Deja un comentario

El vocabulario bursátil ha consagrado -expresión, por si misma, ambigua- el término «descontar» para expresar que el dios Capital, manejado de forma bastante misteriosa por sus fieles servidores, ha asumido los efectos de un riesgo, y ha corregido las cotizaciones, aplicando, mutans mutando, la probabilidad de que el evento perjudicial suceda realmente.

Como no soy devoto de deidad alguna (lo que solicito no se interprete como que descarto que existan, pues también asumo que, para dormir mejor, puede ser conveniente atribuir responsabilidades mágicas que cubran las desnudeces de nuestra ignorancia), trato estos días de esforzar la imaginación para entender quién podría salir beneficiado de los tres o cuatro asuntos que tienen preocupados, y, por tanto, entretenidos, al subconjunto de la población mundial que cree tener información sobre lo más grave que puede pasarle, y, claro, le apetecería tener en su mano o la de quienes controlan la cuestión desde sus intereses comunes, la manera de protegerse.

Empiezo por lo más fácil: el cambio climático. Independientemente de síntomas, estudios y criterios científicos, lo más barato a corto plazo es negarlo, y actuar, además, como si no fuera el tema con nosotros. En algunos foros -publicos o privados- si el asunto se pone feo, se saldrá del embrollo prometiendo medidas que no se pretende cumplir, o ampliando el campo de responsabilidades a quienes, si cumplieran lo pactado, comprometían gravemente su desarrollo o su supervivencia. En consecuencia, estamos en Alerta roja. Los afectados  y por huracanes, inundaciones, sequías, serán tratados como víctimas inevitables. En términos de mantenimiento, se aplican las medidas paliativas (más intensas allí donde hay votantes del cacique) y se postponen las preventivas.

En conflictos internacionales, el principio de la dejación e infravaloración de los efectos por cualquier crisis, rige igualmente. Tomemos el ejemplo del aumento de tensión en la crisis norteamericana- norcoreana. Los máximos gobernantes de ambos Estados comparten la cualidad de ser poseedores de una megalomanía imparable.

Como parte de los cretinos, su insolencia y comportamiento abusón, arruga o disuade a quienes deberían llevarles la contraria. Desde niños, Trump y Kim, habrán alimentado, estoy seguro, su carácter de matón de barrio, y la ausencia de oposición (un bofetón paterno, una enseñanza reprendedora, jefes, colegas o amigos críticos, y, entre otros entornos virtuosos, una justicia insobornable) ha hecho crecer las sinapsis entre las neuronas que desconectan el yo interno del yo colectivo. Resultado: alerta roja, preparativo para una confrontación de paranoicos que nos llevará a una hecatombe nuclear.

Desciendo a nivel local, a esta España mía, a esta España nuestra. Doy por seguro que, presionado por sus amigos de la CUP y de un imaginado compromiso con la calle (que ya son ganas de atribuir inteligencia a las masas incultas, manipulables y estentoreas a las que el Procès ha conducido como una recua de ganado), el Molt Honorable Puigdemont dejará de serlo el lunes.

Se armará la marimorena, y se resolverá de la manera adecuada -a golpes, porrazos, detenciones, gritos, ostias, tiros, guantazos, etc.- el conflicto generado en un pueblo pacifico, industrioso, pasota.

Lo mejor de todo, es que, al parecer, las Bolsas europeas, ¡y españolas!, ya han descontado los efectos. Y, según anuncia está mañana el Gobierno, se corrige solo un par de décimas el crecimiento del PIB.

Creo que la fotografía con la que ilustro hoy mi Comentario encaja como anillo al dedo. Hay rebajas, pero el precio nuevo es igual al antiguo.

Y yo, que me creo un demócrata y un socialista educado y contemporizar, soy tachado por algunos amigos y bastantes desconocidos independentistas catalanes de «facha», «carca» e «ignorante». Alerta roja.

 

Publicado en: Sin categoría Etiquetado como: Alerta, Cataluña, Corea, españa, guerra nuclear, independencia, Kim, medio ambiente, Puigdemont, Trump

Soy ese español

12 octubre, 2017 By amarias 6 comentarios

Soy ese español, nacido después la guerra incivil, cuando aún había cartillas de racionamiento. Que hizo la primera comunión y la mili. Que fue a un colegio o instituto en el que había  clases por la mañana y por la tarde y en los recreos jugaba al frontón y a los banzones.

Soy ese español que durante años  llamó irse de vacaciones a estar dos meses en el pueblo con los abuelos, en donde no había agua corriente. Ese español para el que cualquier viaje de más de cien kilómetros era una aventura apasionante.

Soy ese español que estudió con beca, que lloró de emoción cuando terminó los estudios. El español que estuvo y está orgulloso de tener amigos en casi cualquier lugar de su país, y que no tiene el menor complejo en referirse a el como su Patria, y que tiene en su despacho una bandera rojigualda con un escudo que representa las regiones de su territorio. Y una corona por remate.

Soy un español viajado, eso sí, que ha vivido en el extranjero muchos años y tuvo la oportunidad de recorrer el mundo, por cuestiones de trabajo y, también, de ocio. Soy ese español que siempre se sintió feliz de volver a casa, reencontrarse con los suyos, celebrar los éxitos de España, vinieran de un madrileño como de un catalán, de un andaluz como de un gallego. De mi pueblo como del tuyo, español que me leas.

Estos días he tenido desazón y vergüenza. Si, también, rabia, orgullo revuelto, calma y ganas de dar puñetazos y no solo en la mesa. He discutido con amigos y me he abrazado con desconocidos.

La culpa la tienen españoles que conozco solo por la televisión y que dicen que les he robado, que se sienten diferentes, que son más parecidos a los franceses que a mí. Que, por ser catalanes, y sin importar de donde provenga sus padres o sus abuelos, tienen derecho a separarse del resto de España y declararse República independiente.

Oigo las explicaciones de quienes dirigen esa región, y me asombro de su cortedad de miras, de su ignorancia, de su rencor hacia mi. Escucho a gentes de la calle, de esa región en la que tengo familia, amigos, socios, admirados colegas, que conozco como pocas de España, y no entiendo qué les pasa por la cabeza, por qué están tan engañados décimo funciona el mundo. Por qué nadie les ha enseñado bien economía, historia, geografía, derecho, sociología… Por qué creen que les irá mejor si se separan de mi. De todos los que no sean «ellos» y a los que une, según dicen creer, un brebaje que combina las vejaciones improbadas o fatuas de quienes no fueron siquiera sus antepasados con los desplantes y agravios inventados que crecieron y alimentaron con sus desvaríos.

En un espectáculo bochornoso, después de meses de lamentable escalada de decisiones más propias de un tercermundo que de la sociedad avanzada de la que creí formábamos parte, el govern de Cataluña ha declarado la independencia. ¡De nosotros! Han proclamado su firme voluntad de cortarse un brazo,  cortárselo, en una acción sacrificial al dios de la estupidez palmaria, a todos los catalanes, y, de paso, hacer todo el daño posible al resto de españoles, sus compatriotas.

En un acto de mentirijillas, a escondidas, falseando datos, despreciando la voluntad mayoritaria de los catalanes y atropellando el deseo, la ley, y el derecho de casi todos los españoles. Con la oposición y la incredulidad de prácticamente toda la comunidad internacional.

Hoy es la Fiesta Nacional. El 12 de octubre. Ayer, en un pleno del Congreso de diputados español, el Partido de Gobierno, Ciudadanos, y el PSOE, apoyaron requerir al Gobierno de la Generalitat que aclare si la declaración de independencia, ilegal, pero expresada de forma deliberadamente confusa, ha sido real o solo la manifestación de un deseo irrealizable.

Los representantes y voceros del separatismo, los anti-constitucionales  y revolucionarios, mientras agotan el plazo que ha empezado a correr, dicen que quieren diálogo. Siguen pretendiendo confundir -aunque cada vez con menos éxito- a los que quieran seguir su carrera hacia la autodestrucción, y deseen creer que encontrarán un futuro idílico y no el lecho seco del supuesto río de leche y miel que prometen profetas del engaño, rencorosos de mala leche, y ácratas de probeta universitaria.

Me duele decir que se tiene que aplicar, y ya, el artículo 155, de una Constitución que no voté, pero que he jurado y prometido muchas veces. Hay que suspender a ese Gobierno secesionista y convocar elecciones. No quiero que se separe ninguna región de las de España. Y quiero que todos nos sintamos  y vivamos siendo españoles, sin fronteras que nos separen.  Estoy dispuesto a perdonar a esos catalanes, sean cien mil o dos millones, que han dicho, votado o sentido, que no me quieren a su lado, que se ven distintos, un poco superiores a mi y a casi cincuenta millones de personas que estamos contemplando, atónitos, su deriva hacia el odio, la incomprensión, la revuelta.

Soy ese español. Y sé que tengo las razones para querer a mi país, llamarlo Patria, y sentirme más fuerte si estamos todos unidos. Trabajando por mejorar y no por destruirnos. No me dejo engañar. Tengo conocimientos y experiencia para desentrañar las falsedades y desenmascarar a impostores, visionarios de pacotilla, engatusadores, traidores. Como todos los que no quieran ver la realidad con anteojeras de sus propios intereses y el menosprecio a los derechos de los demás, forzando las leyes, incumpliéndolas, en búsqueda de su beneficio y a costa de pisar el esfuerzo comun.

En nuestro estado de derecho, tenemos todos cabida, respetando las leyes y respetándonos. Caiga el peso de la Ley sobre los que incumplan los pactos que garantizan la convivencia y la paz que nos permite crecer. Y si, estoy de acuerdo en que las leyes no son inmutables, que se pueden y deben cambiar para mejorar y adaptarse a los tiempos. Pero mientras están vigentes, son inviolables. Es decir, el que se las salte, las incumpla o desprecie, se expone a la sanción que la colectividad, a través de sus representantes legítimos, haya previsto.

Soy ese español, el que está convencido de que juntos somos mucho más y que hay razones de sobra para celebrarlo. Como tú.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: artículo 155, Cataluña, español, estado independiente, Patria

Fin de trayecto

7 octubre, 2017 By amarias Deja un comentario

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Demasiada Cataluña

24 septiembre, 2017 By amarias 2 comentarios

Ayer escuché por la TV3 a Tardá y a Nart hablar sobre el simulacro de referéndum al que el gobierno de la Generalitat Cataluña ha empujado a los residentes en esa región española. El debate fue muy aplaudido en las redes sociales como ejemplo de diálogo entre dos posiciones contrapuestas, realizado por dos contertulios inteligentes y serenos.

Nart habló en español y sus comentarios, en un medio televisivo que apoya el referéndum ilegal y el separatismo, estaban destinados, sobre todo, a quienes, no están de acuerdo con la sedición, tanto catalanes como españoles. No era tanto una cuestión de hacerse entender por quienes no dominan la lengua catalana, como poner de manifiesto la contraposición entre lo constitucional y la rebeldía. Por eso, me sorprendió que se prestara el avezado jurista a ser parte principal de un mensaje subliminal, aunque tan transparente.

Hubiera yo preferido que todo el debate se hubiera desarrollado en catalán. No es la lengua la que marca la diferencia, sino la diferencia de posición ante los conceptos de: democracia, historia de España, marginación, explotación por una clase dominante, izquierdismo, apoyo al régimen constitucional, memoria del pasado, etc.

Me ha hecho daño ver a unos cientos de universitarios tomando el paraninfo de la universidad de Barcelona y reclamar democracia, al tiempo de anunciar que la region catalana es ya una Republica.

Me ha hecho daño ver que al gobierno de España -que lo es también de Cataluña- no se le haya ocurrido nada mejor, completando las actuaciones judiciales, que enviar tres buques de recreo cargados de guardias civiles para dejar claro su propósito de sofocar la realización del simulacro de referéndum con la fuerza.

Me hace daño la falta de entendimiento entre las gentes de este país, en una demostración tumultuaria de incomprensión recíproca, animadversión soterrada, ilusionismos sin fundamento y odios, envidias, falsedades o cerrazones mentales aflorando como setas en el ejercicio intelectual.

No me esconderé, pero sabed, unos y otros -independentistas y nacionalistas- que lo que percibo os iguala es vuestra cerrazón para ver en el otro, no un enemigo, sino sólo un diferente.

Publicado en: Actualidad, Cataluña, España Etiquetado como: Cataluña, Catalunya, debate, independiente, Nart, secesión, Tardá, TV3

El siguiente paso: calmar los nervios

20 septiembre, 2017 By amarias 2 comentarios

La situación de desafección entre los gobiernos de la Generalitat catalana y el Central alcanza, en estos momentos, un nivel muy preocupante.

Los partidarios del independentismo (que coinciden básicamente con los que se declaran favorables a que se lleve a cabo el referéndum ilegal del 1 de octubre) se están manifestando en clara rebeldía.

La tensión entre la población, trasladada incluso a Madrid, en donde grupos de apoyo a los insurrectos se están concentrando también en la plaza Mayor, toma el aspecto inquietante de parecer incontrolable. Otros grupúsculos pretenden defender la unidad de España con banderas y propuestas de desgraciado recuerdo.

No es una fiesta, amigos catalanes que os estáis reuniendo simulando encontraros en un momento festivo. Es un drama, o la antesala de el.

Se está confundiendo democracia con la posibilidad de que una facción, incluso habiéndose encaramado a las instituciones, actúe unilateralmente contra la Constitución y la legitimidad de lo que rige la convivencia. La responsabilidad ante la  Historia del gobierno de Puigdemont es máxima, aunque no precisamente como «salvadores  de la Patria amenazada» . El apoyo que prestan a los insurrectos y revoltosos los representantes de algunos partidos de la populista izquierda falsaria me resulta, sencillamente, incomprensible.

El falso referéndum busca el apoyo a dos propuestas anti-constitucionales: la independencia autoproclamada de una región y el cambio de forma de Estado (de Monarquía a República). Su absoluta ilegalidad implica que el resultado de la consulta amañada (previsible), su ausencia de garantías (total), esté sesgado obviamente por la negativa  a participar  en el simulacro  de aquellos ciudadanos  respetuosos con la ley y el orden. Que son, sin duda, la inmensa mayoría.

En suma, tanto dramatismo en el escenario, sin causa legítima, ni dirección apropiada, ni sentido práctico.

Análisis políticos, jurídicos o sentimentales  aparte, hay excesiva tensión en la calle. Puede saltar una chispa en cualquier momento.

Cálmense los ánimos. Quiero dejar constancia de mi admiración por el sereno cumplimiento de su deber, ante las provocaciones, de las fuerzas del orden – de la Guardia Civil y de la Policía Nacional en especial-.

Oigo decir a algunos, como si se encontraran representando una farsa en un teatrillo de títeres para infantes perversos, que «desean dejar de ser españoles» y «liberar Catalunya del yugo de España».

No hay nada de trascendente, ni la propuesta es seria, ni la realidad es un juego. Podría parecer cómico, aunque se me hiela la sonrisa pensando en las consecuencias. No solo en el corto plazo. Las heridas abiertas tardarán en curarse.

Todo resulta dramático. Incoherente. Doloroso para todo español, y, en especial, para todos los catalanes que no tengan nada que ocultar. La mayoría con voluntad silenciosa, los que creen en una democracia pactada, pacífica, sólida. Imagino que los Pujol, Mas, Ferrusola, estarán satisfechos. Sus graves infracciones y delitos están sepultados en la algarabía.

El gobierno central acaba de suspender -de facto, es cierto- el gobierno de la Generalitat. Oigo, por la TB3, la declaración del presidente  Rajoy. Serio, firme. Resulta que la situación es tan irreal que mis afectos políticos revolotean  sin encontrar asentamiento seguro.  Suspense.

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Soneto a un independentista catalán

13 septiembre, 2017 By amarias 1 comentario

Coincido en la ocasión, ponme en la lista.
Estoy harto de mentiras y patrañas
y me duelen hasta el fondo las entrañas.
Quiero pasar a ser, como tú, protagonista.

Desvelaré sin piedad las artimañas
que pretenden ocultar de la vista
problemas, sin dejar que me despista,
que hay tantos españoles como Españas.

Admiro, que aún sin que tengáis prevista
manera de sortear ríos o montañas,
ni pertrechos, estéis ya en la pista…

Vagar sin apoyo en tierras extrañas
es confiar que, sin fe, Dios nos asista.
Piénsalo, amigo, tómate unas cañas.

(@angelmanuelarias, sept 2017)

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Otras gentes: (y 10) Mi gente

6 septiembre, 2017 By amarias Deja un comentario

Termino este conjunto de disquisiciones acerca de algunas de las varias acepciones que en el rico idioma español adopta el vocablo gente, con uno de sus empleos más polisémicos y, por ello, curiosos.

La expresión «mi gente», en la actualidad, es más habitual en el mundo de la empresa y de la política. Cuando un jefe o jefecillo anuncia a un cliente «te envío mi gente», está manifestando, por ejemplo, tanto una relación de autoridad como una situación de confianza con el personal a su mando y un específico interés en solucionar el problema o situación. Si existiera solamente una obligación, derivada del cargo, de atender a la petición y, en particular, si se tratara de una reclamación de resultado incierto, posiblemente se limitaría a decir, desde su poyete autoritario «Le mando a alguien».

En el ámbito doméstico, por «mi gente» o «los míos», debe entenderse, inequívocamente, la familia, aquellos miembros de la misma, a los que se siente unido el dicente por vínculos muy especiales, de sangre y proximidad. Con esa gente existe, al menos en el momento en que la frase se formula, una confianza máxima, nacida de enlaces genéticos y no adulterada por zancadillas y traspiés de la vida. Si algo se tuerce, el hijo de vuelve pródigo y dilapida el negocio, el cónyuge nos pone cornamenta sentimental (y lo descubrimos) o el progenitor evidencia una demencia senil insoportable, es probable que los apelativos no sean, ni de lejos, cariñosos.

En estos tiempos en que lo gregario es signo de identidad de la especie, la sintonía máxima puede encontrarse entre desconocidos con los que se está viendo en directo un partido de fútbol, o una carrera de motos, a los que, en un ataque de fervor, se puede llegar a decir: «Vosotros sois mi gente, la gente con la que me siento bien».

Hay bastante devoción a reunirse, al cabo de muchas décadas, con los compañeros del colegio o del Instituto a los que se perdió de vista por avatares de la vida; los que hicimos la mili, tenemos una protuberancia nostálgica a convocar para un almuerzo multitudinario a los comilitones de la compañía, de cuya inmensa mayoría se ignora el nombre, y en las copas, alguien se suele levantar para apostillar algo así como «vosotros sois mis mejores amigos, mi gente».

Lamentablemente, llevados por la falsificación, también de los sentimientos, conocemos muy poco del próximo, incluso del muy próximo. El lema que parece presidir nuestras actuaciones con los demás, a salvo de un círculo restringido pero variable de acuerdo con el momento, es «ignora a los demás, como ellos te ignoran a ti».

Lo que se ha revelado como peligroso. Para la seguridad y para la libertad. Padres que ignoran que sus hijos son terroristas, vecinos que definen como «simpáticos», porque les saludaban con un «Hola» cuando se cruzaban en el portal, a violadores en serie, ejecutivos de prestigio que acumulaban réditos irregulares en paraísos fiscales, políticos honorables que recibían herencias falsas de antepasados especuladores, etc.

Gerald Durrel, en «My family and other animals», en un inolvidable retrato autobiográfico, pasa revista a «su gente», el grupo de seres adorables con los que compartió una niñez llena de pasión. El juego burlón del título resulta certero para quienes nos adentramos, con el autor, en las anécdotas de su peculiar troupe.

Observando el cariño con el que bastantes de mis coetáneos cuidan a cánidos a los que encuentran, al parecer, merecedores de un afecto que no están dispuestos a dispensar a quienes más se les asemejan (al menos, en lo exterior), me pregunto, a quién considerarán, si fueran requeridos para ello, digno de aparecer como «su gente». ¿Excluirían a sus familias, a sus coetáneos?

(Estoy convencido de que dentro de unos meses la tensión actual que se vive por el llamado «tema catalán» se habrá disipado como azucarillo en el tazón, pero quiero traer a colación lo que leí en un periódico de la pluma de un periodista solvente: «La gente que sigue a Puigdemont no es la misma que votó a Mas, pero es «su gente», y, con él, está dispuesta a llegar hasta el final»)

Por mi parte, este es el final de mi librito que he titulado como «Otras gentes».


En un charco de agua fresca, cerca del follaje, apremiadas por la sed, resulta habitual que se concentren aves de varias especies. Aquí, junto al carbonero y los herrerillos, un pinzón abreva también sin importarle la vecindad ni la discrepancia de plumas o pelajes.

 

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: carbonero, Cataluña, failia, gente, herrerillo, pinzón

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