Al socaire

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La voz del pueblo

20 enero, 2016 By amarias 2 comentarios

En el concepto resbaladizo y sinuoso de democracia, hay un componente bastante perverso que aparece cuando se consulta al pueblo -es decir, a la generalidad que se supone resultará afectada por la decisión que se tome- qué es lo que opina sobre una cuestión concreta.

Claro está que, como no se va a entregar al personal al que se interroga un cuestionario completo con las diferentes opciones, ni mucho menos, se va a facilitar a cada individuo la posibilidad de expresar matices, condiciones o añadidos en unas hojas supletorias, la cuestión queda reducida a que diga sí, no, o nada (paleta en blanco o quedarse en casa) o  a que se deje convencer por la labia, el careto o el programa de quienes han decidido dedicarse, de por vida, o por una temporada, a manejar los dineros públicos.

En particular, si se trata de un asunto tan complejo (aunque no necesariamente el más delicado) como designar representantes de la población por una temporada larga, incluida la opción de que entre ellos nombren un Presidente de Gobierno que ordene los asuntos de la caja común, no dejará de sorprender al votante juicioso e independiente, la cantidad de opciones a las que entregar su voto.

El dicho popular indica que «si llueve como si hace calor, el culpable es el alcalde». (1) Con mayor razón, si la economía va mal o regular, el culpable es el partido de Gobierno, y, en este caso, además, en España hemos tenido la fortuna de que el Jefe de Gobierno es un señor bastante mayor y al que, perdóneseme la osadía, no parece haberle dado natura el don de la labia jacarandosa.

Como tocaba convocar elecciones generales, el momento parecía oportuno para lograr una alternancia, que diese nuevos aires -no ventarrón- al paquebote en donde viajamos todos los españoles. Me gustaría haber subrayado «todos», pero ahí lo dejo, porque no hay que menospreciar la sagacidad del lector.

Dicen que el pueblo, pues, habló. Y lo hizo con claridad tan sutil que no hay analista que se aclare, por más que se estrujen las meninges, se tracen líneas rojas o verdes por los portavoces de los partidos y se barajen al tuntún o de buena fe las combinaciones para formar gobierno, pues existen cuatro agrupaciones -de los cientos que se postularon- que andan más o menos igualadas y que, si se combinan dos a dos, no alcanzan mayoría simple para nombrar quien lo presida.

¿Tenemos un país ingobernable? En absoluto. Aunque la Historia tenga ejemplos de Estados que se fueron al garete por la ambición, insidia o dejación de sus mandatarios, no es ese el riesgo que corremos. Lo que nos ha pasado es que las opciones de los cuatro partidos que han salido como minivencedores de esta contienda electoral tienen cosas buenas y malas, según cómo se mire, pero ninguno ha conseguido seducir de manera convincente a algo más de la mitad de los votantes.

Porque, de eso se trata, cuando se pide al pueblo que elija: de elegir entre dos opciones, carne o pescado; de postre: arroz con leche o café solo. Y que una de ellas obtenga la mayoría -aunque sea por un pelo, o incluso, que lo sea de esa mínima manera-.

El país estaba ya adquiriendo la costumbre de escoger entre Derecha liberal o Socialdemocracia, que a mí me sigue pareciendo de lo más saludable. Aparecieron más opciones, de las que dos resultaron destacadas: Podemos (bajo el lema subterráneo de Cambiarlo todo de momento y Luego ya se verá) y Ciudadanos (con su eslogan de Somos capaces y sensatos y, además, separaremos la caja común de la propia).

Todas tienen su puntito, sobre el papel. Pero, como la inmensa mayoría no leerá papeles, el asunto de decidir se trasladó a los caretos y a la labia, con el resultado conocido. Lamentablemente, el Menú no permite combinar tantas opciones y, aunque las encarguemos a la mesa, lo que tendríamos garantizado es un empacho colectivo.

Por tanto, es preferible que no se alcancen acuerdos en esta ronda. Que se vuelvan a sus rediles, mediten los muñidores de cocina que les falta a cada una de las opciones para alcanzar la mayoría, y que se presenten con nuevos platos a la mesa. Porque si han de ir modificando las enjundias, las salsas y el porqué cuando estamos sentados, con el hambre que tenemos, presumo que no habrá Hoja de reclamaciones a la que dirigirnos con solvencia.

—

(1) Circulan múltiples variantes de esta imputación gratuita. Me gusta especialmente, ésta, en bable occidental: «Cuando llueve y fai aire, tola culpa tienla l’alcalde; cuando llueve y fai sol, tola culpa tienla el rexidor».

 

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: acuerdo, elecciones, gobierno, programa, pueblo, reclamaciones, repetición, voz

Formas de vivir

17 enero, 2016 By amarias Deja un comentario

Si hay dos formas de morir -de repente y tras una larga y dolorosa enfermedad-, existen tantas formas de vivir como maneras de abordar la ignorancia. La frase no es de Tolstoi, ni de Dostoievski, sino mía, por lo que cabe darle un limitado alcance intelectual.

Sin embargo, me permito convocar en defensa de mi tesis a Claude Shannon y su teoría de la información y, apuntando, sino más alto sí a especulaciones más recientes (2010), a la proposición de Vlatko Vedral, según el cual el universo no estaría formado ni por materia ni por energía, sino de información.

La idea me resulta atractiva y reconozco que fue el Diálogo entre Jorge Wagensberg y Juan Ignacio Cirac  (dirigido por el primero) que publica Ahora (núm.19, 15-21 enero 2016) lo que me golpeó la puerta donde cobijo mi ignorancia. Dice Cirac que «La teoría de Shannon está en la raíz de toda comunicación» y, más adelante, que «si no se puede evitar que los errores ocurran, aún queda otra solución: corregirlos».

El dilema que está en la raíz misma de la naturaleza consciente del ser humano (desconozco si afecta a otros entes, aunque supongo que también) es la forma de resolver  la ausencia de información suficiente para poder corregir los errores que constituirán su existencia.

En la cumbre de todas las incógnitas estaría -en mi personal catalogación- la cuestión de si somos o no trascendentes a la desintegración de la materia y a la desaparición de los síntomas de energía de los que estamos compuestos. Sin que su decisión implique la certeza de haber encontrado la solución, no son pocos de los humanos que se han adherido a la idea de que existe una entidad superior que todo lo controla y, rizando el rizo de la ignorancia voluntarista, algunos entienden que, además, esa metacategoría cósmica nos quiere para sí y consigo si cumplimos determinadas condiciones.

A un nivel más inmediato, que es el de decir cómo aprovechar mejor ese trozo de la eternidad inasible en el que nos podemos catalogar (aunque sea una fantasía) como materia y energía combinadas, el aprendizaje debería ofrecer soluciones para tranquilizar, al menos en parte, la angustia derivada de tener información tan escasa acerca de lo que nos puede llegar a suceder y no saber cómo evitar lo que nos hará daño.

La búsqueda de la mejor información a este respecto tendría que combinar la utilidad individual, pero, sobre todo, la colectiva, y su empleo nos permitiría corregir o intentar corregir lo que tenemos catalogado como errores del pasado.

Recurro, para cerrar este comentario, nuevamente a la idea de Vedral, cuyo atractivo filosófico (metafísico) no niego: en este momento de nuestra historia colectiva, en España, se están confrontando -confío en que solo dialécticamente- propuestas diferentes de disminuir la ignorancia respecto al futuro común.

Tenemos definido, sin grietas, el objetivo básico: queremos generar más riqueza para repartir y ser más justos en el reparto.

No dudo en que quienes las capitanean, están convencidos de la seriedad y solvencia de sus ofertas para conseguirlo.

Pero, a medida que avanza la flecha del tiempo, y aunque juro o prometo que me esfuerzo en sintonizar, me resultan más aparentes las perturbaciones de sus mensajes que su contenido mismo.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: Cirac, españa, formas, gobierno, l, Shannon, sociedad, teoría de la información, Tolstoi, vivir, Wagensberg, Wlatko Vedral

La caspia

15 enero, 2016 By amarias Deja un comentario

Aunque escribo en castellano -me gusta más decir, español, pero se va imponiendo esta forma limitante de denominar a nuestra hermosa lengua-, quiero dedicar este Comentario a un vocablo del bable que me retrotrae a los tiempos de mi niñez.

Contaba mi padre que, en los tiempos de escasez derivados de la guerra incivil (y durante ella), los chavales le pedían, a quien estaba comiendo una manzana, que les dejase la caspia, es decir, el corazón de la fruta. Así, alguno de los que no había podido disfrutar de la carne, al menos alcanzaba el regusto de la pulpa.

Bien, pues resulta que los asturianos parecemos habernos especializado en comer las caspias, que se nos entregan después de hacérsenos creer que es la parte más jugosa, mientras otros se deleitan atracándose con lo enjundioso.

No estoy hablando de política (aunque podría aplicar la reflexión a este ámbito sin mayor esfuerzo), sino de economía, que es su hermana mayor.

Asturias ha soportado, con valorable gallardía, la implantación durante más de dos siglos de una industria hullera y otra siderúrgica fatalmente sobredimensionadas y altamente ineficientes; no por la incapacidad de quienes las dirigieron y aún menos de quienes trabajaron en ellas, sino por su intrínseca naturaleza: pobre materia prima, situación deslocalizada, equipamiento insuficiente, inadecuado u obsoleto.

Los asturianos estuvimos convencidos, y lo hemos agradecido, de que esa dinámica industrial benefició a la región, obviando que el objetivo principal era ayudar a la recuperación y sostenimiento de la economía nacional, y al enriquecimiento de algunos grupos empresariales.

Cuando la situación desembocó en una crisis imparable, que redujo el empleo y la actividad en la región a límites de caricatura y dejó en Asturias una herencia de pasivos ambientales que no es posible poner en valor ni con la mejor imaginación, pasamos a comernos la caspia de una hipotética reconversión industrial imposible, con unas subvenciones que tenían un carácter fundamentalmente simbólico, y tragándonos la desubicación en objetivos empresariales, el paro masivo repentino,  y la falta de futuro convincente para los más jóvenes, mientras otras regiones gozaban de la mejora de sus comunicaciones y el impulso de nuevas inversiones con futuro creíble.

Nuevamente, los asturianos agradecimos disciplinadamente las promesas continuas de reactivación, las alardeadas pero pequeñas nuevas inversiones, los planes de regulación de plantillas que descapitalizaron de conocimientos técnicos al tejido industrial propio. Lo que obtuvimos a cambio fueron miles de jubilaciones anticipadas y pensiones contributivas o fantasiosas que durarán lo que los cuerpos aguanten, y que se traducen en consumo precario pero no en producción sustentable.

Ahora, mientras la atención general española -y parte de la internacional- está centrada en el movimiento del siempre perspicaz para atender a lo suyo, capitalismo catalán -que no otra cosa es lo que veo moverse en las bambalinas del independentismo, con su obsesión de pedir con la amenaza de irse-, los asturianos, y específicamente, el empresariado asturiano, tienen, de nuevo, la esperanza de comerse la caspia, mientras otros se comen la pulpa de la manzana.

Si alguno se pregunta sobre qué diablos estoy escribiendo, le invito a leer los Informes del BBVA (por ejemplo), que reflejan las perspectivas de crecimiento de las regiones españolas, y aportan una visión forzadamente optimista de la recuperación.

Atribuyen estos trabajos bancarios a Asturias la posible creación de 16.000 puestos de trabajo en el bienio 2015-2016 (no preciso recordar que solo Hunosa contaba en 1967 con 27.000 empleados y hoy tiene 1.600) y a Cataluña, para el mismo período, le vaticina 167.000 nuevos.

Para encajar algo mejor estas previsiones, conviene apuntar que, mientras Asturias perdió, desde que comenzó la crisis agro-sidero-carbonífera-naval, más de 250.ooo habitantes, navegando ahora por el declive que le llevará por debajo del millón de residentes (incluidos los jubilados retornados a la tierrina), Catalunya no ha parado de crecer en población y reivindicaciones, desde los 6 millones que era la cifra de la primera de ambas variables, hasta los 7.250.000 catalanes de asiento del último censo. De ganar por seis a uno, ha pasado, pues, a adelantarnos por más de siete y pico.

Y antes que lo digan otros, por lo menos, bienvenida sea la caspia.

Publicado en: Actualidad, Asturias, Sociedad Etiquetado como: Asturias, campo, carbón, caspia, Catalunya, crisis, habitantes, jubilados, reconversión, siderurgia

On va? D’on ve Catalunya?

9 enero, 2016 By amarias Deja un comentario

Hoy, 9 de enero de 2016, quienes desde Cataluña apoyan la separación de su territorio respecto al resto de España, en una actuación al margen de la Constitución y de las leyes, ven más cerca la consecución de esa independencia. En una operación en la que es imposible no ver la mano conductista del desprecio a las instituciones del Estado español, y a punto de terminar el plazo para votar el President de la Generalitat, se comunicó haberse logrado un pacto por el que el actual alcalde de Girona, Carles Puigdemont, obtendrá el número mínimo de apoyos para su investidura.

La comunicación puede que haya cogido por sorpresa a algunos, aunque desde que la CUP realizó una votación vinculante, cuyo resultado fue difundido el día 28 de diciembre (festividad de los Santos Inocentes), por la que 1515 compromisarios votaron a favor y un  número idéntico en contra, de apoyar al candidato Artur Mas, -de la estrambótica plataforma Junts Pel Sí-, todas las opciones quedaban abiertas.

Cuando Antonio Baños, portavoz de la agrupación tenida por antisistema, licenciado en ciencias exactas, y difusor radiofónico, con Toni Garrido, de los recovecos mágicos de las matemáticas, explicó el resultado, atribuyéndolo a que «la aritmética es diabólica», las probabilidades y la estadística descendieron a las profundidades tenebrosas donde reina Plutón, que, con solo ponerse el casco que le regalaron las Cíclopes, tiene la facultad de hacerse invisible a su antojo.

No dudo, pues, que mañana, a las cinco de la tarde, con la atención del resto de España (aún) puesto sobre el Parlament, Puigdemont pasará a ser Honorable y Mas, mártir del independentismo. Y no faltará quién, recordando el brete en el que se vio metido Felipe IV, allá por 1640, y cuya resolución fue confiada al Conde Duque de Olivares, lamente, una vez más, que el valido hubiera mandado concentrar las fuerzas militares en defender Cataluña contra los franceses, en lugar de dedicarse a sofocar la revuelta portuguesa, con lo que ahora tendríamos una Iberia más homogénea y los catalanes estarían negociando la salida de Francia, apoyándose, cómo no, en la revuelta de los Segadores.

Como se me da mal llevar la ironía hacia el sarcasmo, me detengo ahí, para expresar que el movimiento de ficha de la extraña familia de independentistas catalanes, obliga a jugar más fuerte de lo que se había tal vez imaginado, en este lado del tablero (que, en realidad, debiera ser, el de la Banca, en sentido real y figurado). Me parece que lo que hay que poner sobre la mesa desde la acción constitucional es un pacto de Gobierno que reúna al PP, PSOE y Ciudadanos (y los demás que quieran unirse), con un programa concreto que suponga una reforma constitucional en plazo corto, que nos alivie, para siempre, o al menos, por un buen período, de estos furores separatistas que les dan a algunos políticos catalanes cuando creen llegada su oportunidad de ocupar un hueco en los libros de Historia.

Companys, lo tuvo, desde luego. Sin llegar a tanto sacrificio, convendría dejar a Mas un par de líneas y concentrarse en generar cuanto antes una alianza de interlocución fuerte con el Gobierno catalán, para enterarse de una vez, si van, o vienen. Que, por cierto, distinguir entre un verbo y otro es dificultad que, aunque suele endosarse a la capacidad de los gallegos para disimular por dónde andan, es genuinamente catalana. Aquellos que han tenido que desentrañar si un catalán nos invita a ir a su casa o vendrá a la nuestra, sabrán de lo que hablo.

 

 

Publicado en: Actualidad, Política, Sociedad Etiquetado como: Artur Mas, autonomía, Catalunya, Companys, futuro, gobierno, independencia, Puigdemont

Lo que faltaba

28 diciembre, 2015 By amarias 2 comentarios

Se diría que, a punto de alcanzar el final de 2015, algunos se resisten a abandonar el año sin extremar su protagonismo. Vivimos una época en la que lo mediático supera lo razonable, y lo imaginario excede con creces de lo real. En esta última semana, son tantas las incertidumbres, noticias, especulaciones y comentarios que llenan las páginas de periódicos y revistas, que se me hace difícil seleccionar algunas, por lo relevante o por lo insólito. Pero creo que debo a mis lectores este Comentario, y ruego de antemano disculpas si dejo algo en el tintero.

En primer lugar, me resulta penoso -por lo que significa para la institución- que se haya dejado circular que el propósito inicial del Rey Felipe VI fue el de pronunciar su mensaje de Navidad desde el balcón principal del Palacio Real, y ante una multitud que debiera haber sido convocada en la Plaza de Oriente. Según ha trascendido, se habrían repartido invitaciones a residencias geriátricas de varios pueblos de Extremadura, la Generalitat valenciana, Castilla León y la Comunidad murciana, y se tenía apalabrada la contratación de varios centenares de autobuses. Finalmente, la idea, valorando pros y contras, fue desestimada, al menos, para este año.

No son pocos los media que aseguran que, por fin, se ha llegado a un acuerdo de gobierno entre todos los partidos que se presentaron a las elecciones de diciembre. No ha sido fácil, desde luego (se trataba, al parecer, de más de mil agrupaciones políticas, y algunos de sus líderes resultaron muy difíciles de localizar). Pero acabó triunfando, por lo que se indica, la sensatez y el amor a España, para salvar todos juntos este difícil momento. Únicamente se está a falta de encontrar un jefe de Gobierno para esta gran coalición, aunque el sentir unánime es que sea mujer, de no más de cuarenta años, licenciada en derecho o sociología, e independiente.

De una fuente desconocida de los juzgados de Palma de Mallorca ha sido enviada por fax a la redacción de varios periódicos y semanarios del país una copia de la petición de anulación de la instrucción del caso Noos -acogiéndose al art. 263 bis.4, del Código Penal reformado-, suscrita por el bufete del prestigioso jurista Miguel Roca, alegando que el procedimiento estaba viciado por haber sido conducido por un juez antisistema. Aunque algunos de esos media han tratado de ponerse en contacto con la infanta Cristina, para confirmar si se trata de una actuación consensuada con la Casa Real, no ha sido posible obtener tal declaración.

No sorprende que la nueva novia de Pablo Iglesias (junior), Zenobia Camprubí (que seguramente es un heterónimo con el que oculta su verdadera identidad) haya confesado que acaba de abandonar la militancia del Partido Socialista, en la que ocupaba un cargo de Jefa de Fotocopiadoras, llevándose abundante documentación sobre la ideología -en buena parte, secreta- de este partido. Consultados algunos antiguos dirigentes de la formación de Pablo Iglesias (senior) indican que la pérdida de los papeles sustraídos no es importante, ya que hace tiempo que la ideología no es el elemento que más preocupa en los Comités ejecutivos, sino la venta de pins y gorras, que está creciendo.

Menos credibilidad merece, aunque de ser cierta, demostraría lo tortuoso que ha llegado a ser este país desde el que escribo, la reseña que realiza El Periódico de Cataluña (versión restringida a suscriptores especiales) de una reunión en Baqueira mantenida por Rajoy y Mas con el ex Honorable ex President Pujol, y por la que le habrían pedido consejo acerca del mejor lugar para pasar los próximos años. Según la misma fuente, después de un intercambio intenso de opiniones, los congregados y sus asesores, se han ido cada uno por su lado, si bien los dos primeros advirtieron, al estar ya de vuelta  en su coche oficial en funciones, que les había desaparecido la cartera.

Ha provocado gran conmoción en el mundo de las devociones, conocer que se ha obligado, con presión inconcebible, al papa Francisco a pronunciar un discurso de Navidad distinto al que tenía preparado, en el que reconocía dificultades para entrar en comunicación con el Espíritu Santo, y expresaba sus dudas respecto a la prioridad que debía darse a los mandamientos, proponiendo incluso que se eliminaran un par de ellos.

(Estas noticias, y otras que pueden venir, son, por supuesto, básicamente falsas. No me preocupa que lo parezcan al lector desde el principio, pero es que hoy es el día de los Inocentes, y me apeteció escribir algo gracioso -teóricamente, al menos- en un panorama general tan abrumadoramente serio)

 

Publicado en: Actualidad, Cuentos y otras creaciones literarias, Sociedad Etiquetado como: caso Noos, felipe VI, fiscal Torres, ideología, Infanta Cristina, inocentada, Mas, Miquel Roca, Pablo Iglesias, Papa Francisco, Pujol, Rajoy, urdangarín

Coño con la próstata

28 octubre, 2015 By amarias Deja un comentario

La economía de recursos -incluido el óptimo aprovechamiento de los espacios- con la que la naturaleza tiende a resolver las cuestiones que la evolución le plantea, ha llevado, sin duda, a que en los mamíferos machos la glándula llamada próstata se vea atravesada por un conducto de evacuación del trabajo depurador de los riñones, la uretra.

Así es, por supuesto, en el hombre. Cuando, por cualquier razón -envejecimiento, tensión emocional o tumoral- la hinchazón de la próstata presiona dramáticamente sobre la uretra, se dificulta primero la micción, se hace frecuente la necesidad de atender al alivio de la vejiga y, en caso extremo, la situación puede alcanzar progresivo envilecimiento, hasta llegar al colapso de la función renal, proceso al que la terminología médica ha caracterizado con los acrósticos RUA (Retención urinaria aguda), IRA (Insuficiencia renal aguda)  y RAO y FRA (Retención aguda de orina y Fracaso renal agudo).

Para evitar la complicación del proceso, que se presenta de forma natural en casi el cien por cien de los varones con el avanzar de la edad, es de todo punto aconsejable la observación regular de la glándula y el análisis de los parámetros que ayudan a detectar y delatar posibles anomalías, para atajar cualquier problema antes de que el deterioro alcance mayor gravedad, e incluso pueda provocar una situación irreversible (la muerte).

Veo grandes similitudes, por supuesto, de orden metafórico, entre este proceso biológico y la evolución político-sociológica de la llamada cuestión catalana. Para el actual lector de estas líneas, Cataluña se halla inmersa en un proceso secesionista, propiciado por una exigüa mayoría favorable a la independencia en el Parlament, surgida de unas elecciones desarrolladas en un clima extraordinario de crispación y desentendimiento entre los responsables de las instituciones del Estado.

Una situación grave, calificable de RAO (Retención aguda de opciones) y FRA (Fracaso reconductor agudo). Para quienes entienden que la cuestión debería remitirse a la consideración inequívoca de Catalunya como nación, y consideran que este es un derecho incuestionable a decretar de forma autónoma su independencia, no vendrá de más recordar la diferencia entre «pueblo» y «nación».

Todos somos, y a mucha honra, gente de pueblo, que es el lugar en donde tuvimos nuestro origen y hemos crecido en infancia y pubertad, y es el sitio a donde acudimos para refrescar los contactos con lo que nos une a nuestros mayores, a nuestros difuntos, a nuestros amigos infantiles. Nación es otra cosa, un elemento artificial, en el que se amalgaman intereses políticos, económicos y de frontera, y en el que es posible integrar a gentes que no tienen nada en común y, por supuesto, carecen de un pueblo que compartir.

Cataluña ha sido y es una región prostática, con dificultades para evacuar sus comprensibles -diría que es de bien nacidos amar y defender tradiciones, lengua y usos- impulsos individualistas. Tuvo un episodio muy grave, en época relativamente reciente, -de 1931 a 1940- que tuvo por protagonistas a Francesc Macià (fallecido en 1933, quien defendió una Cataluña integrada en una Federación de repúblicas españolas) y a Lluís Companys (quien proclamó el Estado Catalán en octubre de 1934, sueño independentista que fue sofocado sin sangre por el general Batet en pocos días, aunque resurgió con fuerza propia con ocasión del levantamiento anticonstitucional de parte del Ejército contra el Gobierno de la República).

La inflamación independentista sometió a gran sufrimiento a Cataluña, y el visionario Companys fue fusilado por el gobierno franquista en 1940, después de ser entregado desde Francia por la Gestapo. La medicina aplicada por el gobierno de Franco tras la guerra incivil no sirvió más que para poner unos paños calientes sobre la glándula catalana.

Supongo que hay una parte de la sociedad que vive en Cataluña y, posiblemente, una mayoría de españoles que viven fuera de ese territorio, desean una drástica intervención -judicial, y hasta militar- que ponga fin a la tensión de una vez.

No me parece que por la vía judicial (constitucional, administrativa o penal) haya muchas opciones de tranquilizar a la sociedad catalana más beligerante, encelada con promesas cuyo análisis nadie puede defender con absoluta credibilidad. Veo opciones a la intervención por la fuerza (no estrictamente militar, aunque con su apoyo), lo que no supone sino confirmar el fracaso de los que lideran las corrientes unidad del Estado español y secesión sin paliativos.

Pero, como pacífico y en tanto que acostumbrado a negociar en aguas densas, por el momento, yo aconsejo que se le ponga una sonda de inmediato al tema catalán, y se evacúe por ella el líquido retenido, que ahora ocupa una vejiga desmesurada y presiona cruelmente sobre los riñones.

Con tanta carga emocional no se puede pensar en soluciones. Claro que, para que se adopte la medida de introducir a Cataluña una sonda que, atravesando próstata y uréteres, llegue hasta la base de la vejiga, hace falta que el paciente se deje y que exista un equipo médico capaz de generar la confianza de que todo tendrá una solución feliz. Hablamos de credibilidad recíproca, intención serena, objetivos claros, propósito de pactar desde la negociación.

Con un Presidente de Gobierno que parece un residente de primer año y un President en funciones de la Generalitat que, como una esposa angustiada, no ve más solución que cambiar al enfermo de hospital, sin importar donde, no me parece que se esté en vías de solución, sino en grave peligro de catástrofe. ¿Quién habrá de perder? La Historia es tan clara al respecto, que solo pediría que quien tenga dudas, se atreva a poner nuevos nombres a los viejos collares.

 

Publicado en: Actualidad, Medicina, Sociedad Etiquetado como: Batet, Cataluña, Companys, ejército, FRA, Franco, Generalitat, Gestapo, IRA, Macià, negociación, President, próstata, RAO, riñón, uretra

Fondos de armario

22 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

Todavía se escucha de vez en cuando la categórica frase de «todo está inventado», que es una fórmula todo terreno que igual sirve para sacudirse de encima a un petulante que presume de una autoría que no le corresponde, que para acogerse a la falsa modestia, cuando se ha tenido suerte en algún emprendimiento.

Como es imposible saber exactamente lo que nos queda por descubrir para desentrañar lo que calificamos como «misterios del Universo», en lugar de pretender que ya estamos al cabo de la calle, es decir, que estamos a punto de entrar -como colectivo pensante- en el sacrosanto reducto que nos desvelará lo fundamental, lo más prudente sería admitir que nos queda mucho por avanzar. Que lo que sabemos o creemos saber es apenas un ápice de lo que nos queda por descubrir y que, por supuesto, lo descubrirán otros.

Para quienes estamos sumidos en la consciencia de una ignorancia que podríamos calificar de supina, sino fuera porque tampoco es cosa de fustigarse las meninges en plan masoquista de élite, cuando escuchamos que algún sabio de primer nivel se cree a punto de descubrir lo que sucedió en los primeros nanosegundos de la existencia del cosmos, no podemos menos de abrir tamaños ojos, reconociendo la distancia que nos separa de los privilegiados del conocer «lo más», cuando estamos aprendiendo a poner palotes .

Conscientes de esta limitación del cerebro común, o simplemente, con-vencidos por la certeza de que nuestro tiempo propio se está acabando y que muy poco tenemos resuelto, y aún menos, entendido, de las grandes incógnitas que vienen preocupando tanto a filósofos como a lerdos desde que el ser humano se empezó a dar cuenta de que algo iba mal en nuestra naturaleza inmortal, no nos queda otra que echar mano del fondo de armario de las creencias colectivas, el poso de lo transmitido por padres (madres, sobre todo), educadores con carisma (profesores de latín y griego, tal vez) y de aquellas lecturas de Salgari y Dickens, que nos hicieron soñar con que nos esperaban aventuras y nosotros tendríamos el papel de los buenos.

En ese fondo de armario se encuentran, cubiertas con el polvo de siglos, transferidas como un testigo con marcas de haber sido utilizado en infinitas carreras de fondo,  ideas bastante simples, aunque revestidas de ropajes imaginativos, que pretenden responder con dogmas y ritos ancestrales para convocar espíritus, a lo qué hacemos aquí, por qué razones, y, por si acaso, qué sentido tiene que seamos capaces de elucubrar, planteando tantas preguntas para tan torpes y escasas respuestas.

Solo los más sagaces en descifrar misterios, parecen disfrutar de la sensación emocionante de intuir dónde está el punto de apoyo de la flecha del tiempo en el arco del que se nos lanzó a vivir escatimándonos tanto espacio, con tanta carga y tan escaso nervio.

A medida que nos hacemos mayores y lo que entendemos queda por hacer pierde sentido para nosotros, no queda otra que volver con mayor frecuencia la vista hacia dentro (es decir, hacia atrás) y rebuscar, en el fondo de armario de nuestras vivencias, lo que nos une todavía a nuestros muertos, a las personas que nos han amado, a los que nos cedieron la antorcha de la vida. Para preguntarnos y responder también por ellos, si hay algo de lo qué les fue que mereció la pena.

Con esos harapos tenemos que cubrirnos cuando nos vengan mal dadas y se nos acaben los trajes de oropeles y cuentos. En cualquier caso, sería desolador encontrar vacíos y silencios en nuestro armario, aunque, también, lo más probable.

 

 

Publicado en: Cultura, Filosofía, Sociedad Etiquetado como: conocimiento, cosmos, creencia, cultura, fondo de armario, genio, investigación

Espíritu grupal, objetivos y liderazgos

14 septiembre, 2015 By amarias Deja un comentario

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Tinta china y acuarela: «Expedición de buscadores de nada» (oct 1987, @angelarias)

La idea no es nueva, y no es el único dibujo con el que la expresé. Un grupo heterogéneo de gentes, con banderas, símbolos y bagajes, avanzando por un terreno desértico. No falta un vigía que parece señalar, como renovado Rodrigo de Triana, un destino invisible; hay musicantes, danzarines, avasallados por la turba, amantes, niños…Alguien mira hacia atrás, tal vez incluso añorando el desperdicio que se abandona.

En estas mismas páginas, en la serie «Cuadros comentados», glosé el significado de otro dibujo satírico, trasunto en aquel caso del famoso de Lecroix «La libertad guiando al pueblo», al que no puedo sino remitir al lector curioso.

Me han preocupado siempre los liderazgos sin razones, los seguidores sin crítica, los objetivos sin futuro, los argumentos sin matices. A lo largo de mi vida, he tenido múltiples ocasiones de observar el comportamiento de líderes y guías y, cómo no, de analizar los de sus seguidores, ya sean subordinados, colaboradores, fieles, devotos, y hasta esbirros. De una manifestación grupal, me interesa estudiar el resultado pretendido: para el que promueve el objetivo, para los que lo apoyan convencidos, para quienes esperan conseguir, a cambio de su apoyo, prebendas y dádivas.

Es muy difícil conseguir seguidores; no digamos ya, adeptos. Quienes escribimos, por ejemplo, en un blog, -sin padrinos, desde la independencia de partidos, grupos o sectas, sin nada que ofrecer a cambio más que el eventual producto de nuestro reflexión cultivado en el terreno ignoto del parecer peculiar de cada lector-, sabemos cuánto cuesta que te lean, qué riesgo supone que te malinterpreten los que te lean, que milagro se tiene que producir para que los que te hubieran leído, y te hayan interpretado sin sesgos, intervengan. Qué pocas opciones hay de que los otros se manifiesten contigo, aunque sean en tu contra, en desacuerdos fundados.

Por eso, cuando veo a varios cientos de miles, parece incluso que millones, siguiendo un objetivo que no alcanzo a comprender, en pos de uno o varios líderes que no comprendo lo que dicen (igual me da que se expresen en español que en inglés o en su prístina lengua vernácula), vuelvo la vista a este cuadro que cuelga de una de las paredes de mi casa, y me pregunto: «¿quo vadis?». Porque, estas huestes a las que me refiero hoy, no huyen de nada ni de nadie, -no las persiguen por sus creencias, no hay guerra en sus predios, no les amenazan de muerte por existir a su manera-.

A esas gentes, no les caracteriza ni su lengua, ni su pasado histórico común, ni la mayor eficacia presunta de sus capacidades y estructuras propias. Si tal creyeran, estarían ahondando únicamente en sus limitaciones: porque hablar un idioma particular, anclarse en la Historia pasada, pretender que se tienen inteligencias superiores, no son más que argumentos de los que no se puede comer ni con ellos disfrutar de una vida mejor.

Así que a esas gentes las guía solamente la promesa de que alguien -atribuyéndose una credibilidad mesiánica, una portavocía sideral-  les ha dicho que tendrán una existencia más feliz si se separan del grupo en el que, juntos, íbamos. Les han hecho incluso creer, trileros del lenguaje y del pasado común, que les hemos estado quitando algo que era suyo.

Dejemos a los aguirres con su cólera de dioses ultrajados, y a los que le siguen, con firmeza, cariño o despecho, según cuadre, vayámosles quitando sin tapujos las vendas que tapan sus ojos, para que, pudiendo mirar en rededor sin anteojeras, abandonen esa expedición de buscadores de nada. Persuadidos de lo que nos es a todos útil, únanse a nosotros, a todos nosotros. Les estaremos esperando allí donde se dejaron seducir por adormecedores cantos de faunos, trasgos,  mendaces sabihondos y mórbidos sirenos.

Publicado en: Actualidad, Economía, Sociedad Etiquetado como: Arias, buscadores, Catalunya, españa, grupos, líderes, nada, sectas, separatismo, Spain

De blunt to smart city, una guía para dummies (y 10)

22 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Admitida la individualidad (en el sentido, de singular o específico) del trayecto que conduce a cada ciudad a la excelencia, cabe preguntarse quién será el guía más adecuado para conducirla por él. En las sociedades democráticas, por tanto, la cuestión a resolver sería ésta: ¿Cómo elegir a alguien que tenga la capacidad, la inteligencia, el juego de cintura, la voluntad de integración, la honradez, y todas cuantas cualidades positivas queramos añadir a ese elenco de virtudes que deben adornar a ese hombre o mujer ejemplares, a quien confiar el mando de la ciudad Smart?

La respuesta a esa pregunta es, según mi criterio, excepcionalmente sencilla. No existe el procedimiento idóneo para seleccionarlo, porque tampoco existe la persona ideal para ocupar ese puesto. Lo que en absoluto supone la conclusión de que tendría que renunciarse al objetivo. Al contrario.

Una primera reflexión que conviene hacer, para avanzar en el razonamiento que me propongo, sería la que permitiera detectar, sensu contrario, qué cualidades pretenden que adornan a sus candidatos, tanto las agrupaciones que los apoyan, como, frecuentemente, alardean ellos mismos de poseerlas.

¿Experiencia previa de gestión? ¿Conocimientos? ¿Un programa de actuación? ¿Capacidad de respuesta a imprevistos?

Desconfiemos de cualquier exhibición de fortalezas. Una fortaleza, real o ficticia, supone una resistencia posterior, una fuente segura de conflictos.

Si repasáramos la historia de las ciudades, advertiríamos que aquellos que han dejado su nombre en ellas como artífices de logros notables, eran, en su inmensa mayoría, personas sin especiales características que hubieran permitido adivinar que triunfarían en la gestión de esa ciudad. Provenían de variadas profesiones y oficios, y no se distinguían precisamente, en general, por sus dotes para la oratoria. No eran expertos en urbanismo, ni en transporte, ni en organización de eventos culturales, ni…

Me apresuro a decir que tenían un punto en común, algo muy importante: amaban a la ciudad de la que habían llegado a ser alcaldes o alcaldesas. La conocían bien, eran conocidos por muchos de sus habitantes, la recorrían de cabo a rabo con extraordinaria frecuencia.

¡Qué diferencia con aquellos que hablan de la ciudad en la que aspiran a ser sus regidores o en la que ya lo han sido como quien cuenta una película, porque viven su ciudad solo en el camino que va de su casa o residencia oficial al despacho, conducidos de una a otra en un coche con cristales ahumados!

La selección de un equipo Smart para una ciudad que pretenda serlo, no empieza por el alcalde, sino en el conjunto de funcionarios y asesores que van a recorrer con ella ese trayecto de excelencia. Es una historia que trae mucha, muchísima tradición:  de siglos y, para no poner melodramatismo, al menos, descansa en la actuación, en las últimas décadas, de quienes tuvieron en sus manos los engranajes de accionamiento de la ciudad.

Me temo que ahí es donde fallan buena parte de la realidad de las ciudades: y no depende tanto de la forma por la que se han elegido muchos -demasiados- de sus responsables de segundos y terceros niveles (por poner un límite hacia abajo en la jerarquía) sino por la manera cómo se les controla y motiva. Qué hacen, quienes son, cuál es su ilusión, qué proponen, cuáles son las deficiencias y puntos fuertes de la estructura administrativa, etc.

El mensaje que pretendo dar en esta primera parte de la reflexión es sencillo: no importa tanto cómo eliges, sino con qué equipo cuenta y de qué capacidad de actuación dispone, y sobre todo, cómo lo controlas. Un equipo de gente capaz e ilusionada, estimulada por el resto de la población y orientada en sus actuaciones por ella, puede hacerlo muy bien, sin necesidad de que lo dirija nadie. Al menos, solo sería necesario hacerlo por excepción: el equipo debe tener su propia inercia, y ésta ha de ser positiva.

Porque la función principal de un regidor de la ciudad Smart no es tomar decisiones por ella, sino vender bien lo que la ciudad vale y hace.

En período electoral, vemos esforzarse a los candidatos a ocupar la posición de alcalde en presentar su voluntad de mejorar la ciudad, ofreciendo más empleo para todos, más servicios sociales, más zonas verdes, más felicidad para todos. Todos vienen a decir lo mismo, que es, en esencia, un mensaje vacío. Incluso los que ya están ejerciendo ese poder municipal y pretenden revalidarlo, difunden un mensaje idéntico a los demás aspirantes, adornado si es caso con las actuaciones de las que están orgullosos y que atribuyen a su capacidad de gestión.

Pero una ciudad Smart no es mérito de una persona, ni de un equipo, sino una consecuencia de la acción de todos sus habitantes. Es una demostración eficiente de la solidaridad de todos con ella, y que se dirige, por supuesto, con una voluntad subyacente, intangible pero imprescindible, que es la de que todos sus habitantes se hallen cómodos en la posición que ocupan en ella.

Supongo que, ante unas elecciones, los ciudadanos que no se postulan como candidato en una lista ni pertenecen a un grupo o coalición, se plantearán cuál será el candidato que mejor los representaría, atendiendo a sus propias necesidades o intereses.

Como la selección según ese baremo es, objetivamente, si se pretende hacer con seriedad, imposible o muy difícil, pues pocos serán quienes se molesten en atender a la lectura de los programas, y, quienes lo hagan, encontrarán serios obstáculos en separar la paja del trigo, cuando no en dar credibilidad a promesas que aparecen como de quimérico cumplimiento, se acabará votando porque un candidato (primero de la lista) caiga más simpático a primera vista, o haya tenido una aparición afortunada en un medio de difusión.

Es decir, se votará atendiendo a la intuición, a la impresión racionalmente inexplicable; a una de las formas con las que se concreta el azar.

Les sugiero a quienes lean estas líneas que analicen lo que es actualmente su ciudad, lo que encuentran en ella como sus valores  y fallos fundamentales, pasen revista al comportamiento que conozcan de sus funcionarios y empleados públicos y, si tienen detectado lo que le gustaría que hicieran los candidatos, voten en contra de sus propios intereses.

Si están en el centro de la ciudad, si se consideran pertenecientes a la clase alta y figuran entre los más afortunados, voten a aquella propuesta que defienda mejorar la periferia. Voten a los partidos en los que no conocen a nadie, a aquellos candidatos que nunca antes han tenido una representación pública, preferiblemente, a quienes desconozcan totalmente cómo funcionan las instituciones.  Hagan lo contrario de lo que les dicte el propósito de mantener el estado de las cosas que les convienen.

No soy un terrorista político, sino que abogo por el empleo de un maquiavelismo de efectos prácticos muy catárticos, en todo caso, a nivel individual. Si utilizan el coche para ir al trabajo, no duden en apoyar a quien pretenda ampliar el transporte público para relacionar mejor los barrios periféricos. Si tienen propiedades inmobiliarias, apoyen sin dudar a quienes defiendan la subida del ibi o la movilización de los inmuebles vacíos. Si no les gusta el cine, ni la lectura, ni el teatro, cierren los ojos para votar con decisión a quienes entiendan que se debe reducir el iva, por quien corresponda, y atiendan, si ya tienen edad provecta, no a quienes alardeen de mejorar los centros geriátricos o las oportunidades de recreo para la tercera edad, sino a quienes tengan un ideario concreto para los más jóvenes.

Parece una paradoja. No lo veo así. Porque si todos hiciéramos lo mismo, de colocarnos en el sitio del otro más necesitado, la ciudad avanzaría en el camino de la perfección, que no es la mayor diferenciación de lo que existe, el aumento de la tensión entre contrarios, sino la búsqueda de una mayor homogeneidad en el equilibrio dinámico que lleva a lo Smart, al aumento de la inteligencia colectiva.

Obviamente, quienes no lean estas líneas (que serán la inmensa mayoría de la población objetivo) y quienes no estén de acuerdo con lo que propongo (que será, lamentablemente, el resto de la población objetivo), votarán con la cabeza, que es lo mismo que decir, con la cartera o con la tartera. Y, ausente de la imprescindible dosis de catarsis, situada entre contrarios, la ciudad no avanzará hacia lo Smart, sino que perderá un tiempo muy valioso para mejorar.

Con este comentario termino la relación de las diez entradas consecutivas a este blog sobre El camino que va de una Ciudad adormecida hacia una Ciudad inteligente. Pueden leerse por separado, aunque siempre será mejor leerlas todas juntas, empezando por la primera, para no extraer conclusiones precipitadas, que no estaban en la intención con la que he descrito este proceso.

(FIN)

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad, Tecnologías, Urbanismo Etiquetado como: alcalde. elecciones, smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (8)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Si el lector está de acuerdo con las reflexiones anteriores, convendrá conmigo en que las líneas teóricas maestras de una estrategia para la Smart city, no son, en realidad, dependientes del tamaño, ni siquiera del tipo de ciudad (abierta, cerrada, de servicios, industrial, etc.).

Pero la elección de las prioridades en su implementación, y su ajuste fino,  depende estrechamente de la situación particular de la población que ocupa cada barrio y el equipamiento de que dispone, y exige una sensibilidad, a la vez, global y específica.

Me sucede aquí, al valorar este punto, algo parecido a la incongruencia que encuentro -perdóneseme que ponga la luz sobre uno de los celemines que me importan profesionalmente- se ha instalado en la defensa del ambiente que realizan algunos grupos ecologistas. Si la zona precisa generar riqueza y tiene recursos naturales que pueden ser explotados, ¿por qué ha de renunciar a hacerlo si sus habitantes están de acuerdo en asumir una cierta carga como consecuencia? ¿Tendrá más valor lo que les impongan desde fuera?

¿No será mejor analizar la forma en que se cumplen las medidas protectoras, antes que negar de plano cualquier acción? ¿De qué vale que un experto en no sé qué escuela ambiental diga a un foro de seguidores entusiastas, con eco mediático indudable, que es inadmisible que se explote un mineral o alguna característica natural de una zona, porque se perjudicará a la fauna, a la flora, al paisaje, a la orografía o a se contaminará el terreno o los acuíferos?  ¿Cómo se resolverá la dirección hacia la mayor pobreza o la necesidad de emigración de los habitantes que habitan en la zona en donde se localiza el recurso?

Solo combinando la sensibilidad global con la específica, y dando prioridad a una u otra, según la intensidad de la necesidad, se resolverá acertadamente el permanente dilema de saber elegir.

El número de habitantes de al ciudad, su distribución, su estructura social, y la existencia de masas críticas suficientes para que una implementación resulte viable o rentable socialmente, debe ser la línea rectora a la hora de elegir infraestructuras, equipamientos y tecnologías en el corto plazo.

En el medio y largo plazo, sin embargo, las medidas correctoras pasan a primer plano. Las necesidades de cada grupo social o cada barrio deben converger a un punto común, o estaremos haciendo trampa a los votantes de hoy en relación con la necesidad de cumplir objetivos en el futuro, que serán cada vez más distantes, más inalcanzables, aumentando la tensión social de la urbe.

No hace falta alardear de ser buen observador para poner en evidencia que esa dicotomía existe, y la crisis ha aumentado la distancia entre los que pueden permitirse y los que no. La solución es compleja, por supuesto, y seguramente, antes de implantarla a nivel general de la ciudad, corresponderá probar el efecto de la estrategia en algunos barrios de distintas ciudades tomados como ejemplo o conejillo de Indias. Por supuesto, siempre con transparencia y cuantificando los recursos que se han empleado o movilizado, para poder estudiar la eficiencia de lo conseguido en relación con lo invertido.

No me parece que la planificación de las ciudades haya tenido en cuenta, todavía, el efecto previsible del calentamiento global. Entiendo que eso es así, o porque no se lo creen los que deben adoptar las medidas preventivas o porque las dilatan hasta que ya sean inevitables, es decir, demasiado tarde. Hay ciudades españolas que deben considerarse especialmente amenazadas, y no veo que haya recursos dedicados al tema que demuestren que se están tomando las cosas en serio.

Cuando leemos sobre catástrofes «naturales» en zonas de países poco desarrollados, puede que sigamos pensando en que su torpe planificación, o la corrupción de sus estructuras, o la falta de inteligencia colectiva para explotar sus recursos, merezca el castigo de miles de muertes por tifones, inundaciones, huracanes o tsunamis.  ¿Vd. también? Yo, desde luego, no.

La reducción de elementos contaminantes es una obligación, a escala local y global. Sobre todo, a escala global. Pero, puesto que las medidas eficientes empiezan por lo que a uno mismo corresponde hacer, porque está a su alcance, las ciudades deben reaccionar de inmediato con el control exhaustivo de la producción de gases con efecto invernadero, y el estímulo a formas de fabricación más eficientes y menos contaminantes.

Las nuevas tecnologías aparecen como generadoras eficaces de empleos sostenibles (en el sentido, de compatibles con la protección del ambiente, la producción de recursos económicos nuevos y de bajo nivel de inversión, y, muy posiblemente, de estabilidad futura: al menos, una o dos de cada diez start-up se consolidan en cinco años; las otras nueve, desaparecen, llevándose consigo inversión y bastantes ilusiones). Sin embargo, no veo que haya debate sobre los empleos que destruyen: y una ciudad smart, y especialmente, una región y un país Smart, tienen que atender al empleo global.

En mi opinión, que expongo aquí de forma escueta (me parece que llevo escrito demasiado sobre el tema para el caso que se me hace al respecto), debemos prepararnos, y muy bien, para que los empleos de alta cualificación tecnológica desplacen, destruyéndolos, a muchos empleos de cualificación media o baja. Que no se recuperarán jamás. Y, a diferencia de otras «revoluciones tecnológicas», esta vez no hay mucho sitio para vender la moto del desarrollo a países con recursos que vendan barato a cambio de equipos que compran caro.

El desarrollo local tiene, en este contexto, sus límites, que una ciudad no puede traspasar, sencillamente, porque no podría permitírselo, sin llegar a un endeudamiento, ese sí, insostenible. No me parece alarmante, ni para tirarse de los pelos colectivamente, si cada ciudad encuentra su sitio Smart.

Cuando voy de visita a algunos pueblos de nuestra geografía, y hablo con sus paisanos, no detecto que planteen necesidades caras ni insalvables. Necesitamos valorar la vida en el campo, asentar las poblaciones incorporando en ellas los elementos imprescindibles del progreso -relacionados, sobre todo, con las comunicaciones- y convencer a muchos jóvenes de la importancia de la filosofía, más que de la economía. En las ciudades Smart, la rehabilitación de edificios y la reurbanización de barrios es también una medida necesaria y saludable. La destrucción para volver a construir más sólido, mejor y más estético, es también un medio de avanzar.

En muchas ciudades alemanas, destruidas en la segunda guerra mundial (la primera no causó tanta ruina), han resurgido barrios «con aire antiguo» (Altstädte) que, en realidad, son nuevas casas y calles, más sólidas, con materiales mejores y buenos aislamientos, que se parecen mucho  a los que había antes.

Si se señalaran en el plano ciudadano los edificios que no conviene conservar -para, si hay oportunidad, generar en su solar otro de mayor valor estético y, sobre todo, energético y funcional- algo se habría avanzado. Ese plano debería tener otro, intocable, de aquellos edificios que conviene preservar: no porque estén catalogados en ninguna lista de Patrimonio Nacional o Local  -muchos sirven para dar nombre de antigua potestad a una ruina-, sino porque forman parte del perfil y carácter que sus habitantes quieren para su ciudad.

Por cierto, ¿ha habido alguna encuesta sobre el valor que se da al perfil de Madrid, desde distintos puntos de vista?

En fin, la confección de un banco de datos extenso, dinámico, que vincule las variables de análisis con el territorio y la población, es una herramienta de trabajo imprescindible de un buen representante público. Si hasta ahora, pudiendo, no han sabido hacerlo, no deberían merecer confianza de que, de pronto, se caigan del caballo. Y si no estaban en el poder y pretender alcanzarlo, ya es hora de que nos indiquen por dónde van sus preocupaciones, mejor dicho, qué proponen para resolver las nuestras, las de todos y, en especial, las de la inmensa mayoría, que sigue siendo, en mi opinión, silenciosa.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Sociedad, Tecnologías, Urbanismo Etiquetado como: smart city

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