Construir exige conocimientos, lleva tiempo, tiene riesgo y no atrae dineros. Para destruir solo se necesita un martillo. Es decir, mala leche, voluntad de hacer daño. Una frase común, que no ha pasado a formar parte del refranero oficial, pero lo merece, lo recoge atinadamente: «Para joder, sirve cualquiera«.
Gracias a esa facilidad, la destrucción de lo que han hecho otros es una tarea a la que se entregan muchos. No necesariamente a la espera de un beneficio concreto. Demoler lo ajeno les parece, en sí mismo, reconfortante.
La esencia del desvarío es la misma, aunque las manifestaciones sean dispares. Desde quien hace ilegible un cartel informativo con sus grafismos vacuos, hasta quien manda demoler edificios históricos para poder ir más rápido hasta su casa.
La perfección del proceso está en utilizar los despojos del caído para hacerse un pedestal, hacer una capilla a los propios dioses con las piedras del templo vencido.
En la vida comunitaria, existe tanto el vecino que denuncia a otro porque tiene alojado a un inmigrante ilegal -con maldito el beneficio que le reporta al chivato-, como quien levanta la sospecha, a espaldas -claro- de su colega, de que no será idóneo para la promoción a la que le postula la mayoría, porque ha oído que tiene negocios de prostitución en Almería o, qué se yo, que un antepasado suyo paseó desnudo por la Gran Vía.
Son todos ellos aficionados a la caza. Persiguen al que se mueve, en particular, si lo ven creativo y lo advierten solitario. Cuentan, incomprensiblemente, con el silencio, cómplice, de la mayoría; es silenciosa, por temor; es mayoría, por falta de inteligencias.
Hora es de que los pacíficos carguemos también las escopetas. De momento, bastarán de postas. Una tía-abuela mía que quedó viuda cuando la guerra incivil, disparaba todas las noches al aire un par de tiros, para advertir a merodeadores que estaba armada y bien dispuesta a defenderse.
Sirvió. No la tocaron ni el moño.

