Hacía bastante tiempo que no sacaba tanto provecho de un almuerzo de esos que llaman de trabajo, en el que, siguiendo costumbres importadas, lo normal es que un conferenciante pagado de sí intente vender su producto ideológico mientras varios comensales no pueden evitar que el ruido de los cubiertos y platos forme parte del mensaje acústico.
Nada que ver con lo que tuve ocasión de disfrutar el 11 de marzo de 2013, en un «almuerzo-debate» organizado por una organización, hasta ese momento, desconocida para mí, por nombre Diálogo, y cuyo logotipo une los colores de las banderas francesa y española.
El artífice de esa sensación fue Jaime Lamo de Espinosa, actualmente presidente de la ANCI (Asociación Nacional de Constructores Independientes), que eligió un tema delicado: «Inversión pública y empleo», y lo resolvió, y ahí estuvo la magia de su discurso, con una propuesta concreta, lo que produjo un debate muy ilustrativo.
Me resultó sorprendente que entre los asistentes no hubiera representantes directos de ninguna de las grandes constructoras de este país. En una de las mesas reservadas por Fertiberia, patrocinador del acto, se sentó el Secretario de Infraestructuras, Rafael Catalá.
Opina Lamo de Espinosa que el problema que demanda resolución urgente no es la deuda, ni el déficit, sino el paro. Y que, por tanto, es imprescindible adoptar medidas que tengan efectos inmediatos sobre este último. Propone dedicar cantidades concretas -1.000 millones de euros, este año, duplicadas en 2014 y triplicadas en 2015- a reanudar las infraestructuras paralizadas. Además, se deben mantener adecuadamente en uso las ya terminadas, sin descuidar su conservación (se habló de carreteras, depuradoras, salinizadoras, etc.).
Entiende que las inversiones que se realicen en construcción de infraestructuras tienen un efecto multiplicador muy alto. Se crearían entre 30 y 35 empleos directos por cada millón de euros, pero el efecto derivado sería muy superior, pues una reactivación del sector de la construcción tendría repercusiones inmediatas sobre el consumo, la imagen interior y exterior -pues despertaría confianza a las entidades financieras y, sobre todo, a los potenciales inversores, advertir que la curva del paro comienza a frenarse o cambia su tendencia- y supondría el sostenimiento de empresas clave para el país.
Este «mini Plan Marshall» (como fue cariñosamente apodado en el coloquio) encuentra, para el conferenciante, ejemplos similares en al Historia de otros momentos de recesión. La Ley de 1855, en su art. 12 -espero haber anotado bien la referencia- expresaba que para cortar el déficit exterior y disminuir la deuda era necesario activar la inversión pública, y, en concreto, la construcción de infraestructuras.
Defiende Lamo de Espinosa -aunque solo se refirió a ello de refilón en esta conferencia, pero es uno de los temas en los que se ha convertido en un convencido y convincente especialista- que la enajenación de bienes públicos o demaniales inactivos («en manos muertas») ha de servir para la creación de empleo.
La preocupación por la delicada situación del sector de la construcción era evidente entre los asistentes al almuerzo. «Por primera vez en la Historia, el sector no está actuando de forma procíclica, sino anticíclica», había apostillado Lamo de Espinosa, para resaltar que era imprescindible romper esa tendencia antinatural. (1)
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(1) En el coloquio, llevado por mi afán intervencionista en todos los foros, pero también, estimulado por las provocadoras ideas del conferenciante, expuse la necesidad de que las inversiones públicas tengan en cuenta, en relación con la generación de empleo, el tipo de especialización que se demanda para realizarlas. Me parecía importante que se tuviera en cuenta la formación profesional de los colectivos afectados, en lugar de pretender su adaptación acelerada a teóricas nuevas circunstancias, que, en muchas ocasiones, se definen con oportunidades ficticias. (Pienso en la pléyade de peluqueros, seudoinformáticos, cocineros, etc. que han salido de las escuelas de formación profesional, sin tener en cuenta ni la orientación preferible ni las tendencias detectadas del mercado laboral).
Aún más: entendía que, para las empresas, la internacionalización puede suponer una necesidad y una manera lógica de mantener la cifra de negocio. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la expatriaciación de los técnicos de alta cualificación no resuelve el problema de empleo del país de origen. Al contrario, puede agravarlo.
Por ello, es imprescindible analizar con profundidad, tanto a corto como a medio plazo, el efecto de la cooperación internacional, y se hace necesario y urgente definir las líneas de especialización propias para la industria y los servicios. La globalización exige combinar con acierto el apoyo en las ventajas diferenciales objetivas propias y la rentabilización de la ayuda a la óptima explotación de los recursos ajenos.

