Al socaire

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Cuento de otoño: Guillermo de vacaciones en Spain

17 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Sería en Inglaterra la hora del té, aproximadamente, cuando la Sra. Fernández de Litio (emparentada, por línea materna, con los González de la Buena Mesa), se lo comunicó a su hijo, Fernandito, al que todos llamaban Nito.

-Mañana vendrá a pasar unos días con nosotros el hijo de los Brown, Guillermo. Es decir, Willy.

Nito, que estaba preparándose un bocata con dos lonchas de jamón serrano que acababa de coger de la alacena, no disimuló su disgusto.

-No conozco a ningún Willy, -dijo, dando un mordisco descomunal al bocadillo, por lo que apenas se le entendía. Pero su madre sabía leer incluso su pensamiento.

-No hables con la boca llena -le recriminó su madre-. Yo tampoco lo conozco. Tu padre hizo amistad con el suyo, que es un hombre de negocios, y han decidido que paséis una temporada con cada familia.

La cuestión era no solamente no conocía a ningún Willy, Guillermo, o como quiera que se llamara el hijo de los Brown, sino que, además, como se creyó en la obligación de recordar, por si hacía falta, era justamente pasado mañana cuando se iría de campamento de verano con los compas del colegio al bosque de Muniellos.

-No te preocupes, por eso. Papá ya habló con el Hermano Pablo y Guillermo puede ir con vosotros. Haréis muy buenas migas, seguro.

Al día siguiente, Nito, su mamá y el chófer de la fábrica del papá, fueron a recoger a Guillermo a la estación de autobuses de Gascona. Por unos instantes, creyeron que el niño habría perdido la conexión, porque no aparecía por ningún lado.

Bajó gente muy seria con sombrero de ala redonda y bigote recortado, una señora mayor que, al parecer, vivía en Santa Susana, porque eso dijo cuando cogió el único taxi que había en la parada, varios estudiantes que festejaban haber aprobado el primer examen para ingreso en la Escuela de Ingenieros Industriales (no todos, quizá solo uno de ellos, aunque todos parecían igual de contentos), dos jóvenes amigas que trabajaban de enfermeras en la clínica de la Concepción y venían de permiso,…

Por fin, una señora de cierta edad, puso pie en tierra, tirando, bien agarrado a su mano, de un jovenzuelo de pelo negro alborotado, vestido como para ir al polo norte. Así de abrigado estaba.

Era, sin duda, Guillermo Brown. Zapatos sucios de barro seco, medias caídas, señales de viejas cicatrices de peleas libradas con monstruos imaginarios en piernas y rodillas… Y una locuacidad imparable. Parecía estar discutiendo de algo muy importante, vital, con la señora que lo acompañaba, aunque, como hablaban en inglés, los que esperaban en el andén no entendían ni papa.

Guillermo gesticulaba y señalaba, con la mano libre, hacia el interior del autobús.

-¿Es Ud. la señora Fernández? -preguntó a la señora Fernández la recién llegada, sin soltar su presa de la mano. Y sin esperar respuesta, continuó:

-Este es el niño, Guillermo. No sabe hablar español, y ha perdido o le han robado la maleta en el aeropuerto de Barajas. Está convencido que ha sido un tal Emilio Salgari.

Guillermo tenía entonces once o doce años, los mismos que Nito. Los dos niños se miraron, sin intercambiar una sola palabra.

En un descuido, Guillermo volvió a entrar en el autobús, y volvió con un libro. El pequeño inglés no traería equipaje, pero ahora mantenía un libro en la mano, que alargó, acompañado de una larga perorata en su idioma, a su colega infantil.

El libro estaba escrito en español, editado por la Editorial Molino. Su título era «Guillermo el salvaje» y su autor (después se supo que era, en realidad, una señora) era Richmal Crompton.

Las vacaciones en Muniellos resultaron inolvidables. Por aquel entonces, no había problemas en hacer una acampada en aquellos parajes, en donde la naturaleza guardaba montones de secretos, que los mayores nos trataban de desvelar, pero que los niños mezclábamos con buenas dosis de fantasía, haciéndolos más interesantes.

Los pequeños excursionistas pescaron truchas dejando anzuelos durmientes en los arroyos, aprendieron a distinguir acebos, serbales y alisos, descubrieron que había plantas con raíces comestibles (y, mucho más interesante, dos o tres muy venenosas, según fueron advertidos) y un par de ellos, cuando se perdieron, creyeron haber visto un urogallo.

Por las noches, en torno al fuego que hacían los monitores, Guillermo Brown contaba alguna de sus muchas aventuras, que uno de ellos, Perico Trullo (el hijo de un panadero del Fontán), que estaba estudiando filología inglesa, traducía con soltura.

Se hizo muy popular entre los escolares, especialmente cuando, utilizando su facilidad para imitar sonidos, le hizo creer al Hermano Pablo que un oso se le había colado en la tienda de campaña. Fue divertido ver correr al fraile en calzoncillos marianos, rezando padrenuestros como un poseso.

¿O es que esto no sucedió, y nos lo imaginamos también?

Encontré por casualidad a Nito el otro día y, cuando le pregunté, me dijo que conservaba el libro. Había perdido una de sus tapas rojas, pero en todo lo demás, se mantenía en buen estado.

-¿Tienes los demás libros de la colección? -le pregunté.

-¡Ah! ¿Pero había más libros? -me contestó, en tono distraído. Sin esperar respuesta, dándome una palmada en la espalda, me apartó a un lado, con una brusquedad que me molestó-. Perdona, pero llevo prisa. Ya hablaremos con calma otro día, y recordaremos viejos tiempos. ¿Nos llamamos, eh?

No tengo idea de dónde localizarlo, después de tanto tiempo. Pero tenía que haberle dicho que conservo los 38 libros de la colección.

Incluso, de tarde en tarde, abro uno al azar y releo cualquiera de los relatos. Puede que, en mi fuero interno, tenga la ilusión de beber en las fuentes de la juventud, esa que tanto Nito como yo, como todos cuantos crecimos y nos hicimos mayores, y envejecimos, mientras Guillermo permanecía inalterable, hemos perdido para siempre.

FIN

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Cuento de otoño: La verdadera historia del pueblo que se volvió invisible

16 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En las secciones de Historia Universal y Particular de las Bibliotecas y Hemerotecas se pueden encontrar montones de verdaderas historias que, cuando se las rasca para comprobar su verosimilitud, se transforman en cuentos chinos.

Lo que voy a contar es justamente, lo contrario. Un aparente cuento chino tan verdadero como la vida misma; vamos, súper, súper-real.

Para empezar por algún lado, debo aclarar que en la época en la que se sitúa este relato, hacía ya mucho tiempo que se habían erradicado o controlado todas las formas de epidemia que, en la antigüedad, habían provocado cientos de miles de víctimas. No había ni peste, ni mal español o francés, ni tuberculosis, ni viruela, ni, mucho menos, hambre.

Podíamos decir que, salvo ligerísimas excepciones, los que morían lo hacían porque habían agotado el fluido vital que cada uno lleva dentro de sí o decidían irse a conocer el otro mundo de forma acelerada, quitándose de en medio.

Hecho este más bien largo prolegómeno, indicaré de inmediato que así estaban las cosas cuando en la ciudad de Opulencia, allá en la región de La Desgana, famosa por sus habichuelas de ojo amarillo, una mujer muy observadora le comentó a su esposo, muy agotado de tanto aventar humos y pajas, en el descanso publicitario de un programa de variedades que ofrecían por la televisión nacional.

-Hoy, cuando volvía en el metropolitano de la clase de aeróbic, entró en el vagón un tipo al que le faltaban una pierna y un ojo, pidiendo ayuda para subsistir.

-¿Y? ¿En qué nos afecta a nosotros? ¡Ya sabes que esos tipos que piden son ladrones o drogadictos!- razonó el esposo, que aprovechaba el momento para cambiar de canal y enterarse así de los resultados de la Fase Previa de la Copa Federaciones.

-Solo te lo comentaba porque el hombre atravesó el vagón, que estaba lleno, y nadie lo miró. Pasó entre la gente como si fuera invisible. -dijo la mujer, al tiempo que advirtió- Vuelve a la Uno, que seguro que ya empieza Enterados.

El programa Enterados estaba aquella noche especialmente interesante, porque reflejaba la historia de una modelo muy cotizada (la que salía con aquel locutor de pelo pincho) que había sido fotografiada con el hermano pequeño de un futbolista, ese del anuncio de agua de colonia que tiene un tatuaje en el muslo izquierdo.

La constatación de la esposa observadora, que llamaré, Perspica Lopersigo, no tenía porqué haber sido casual. En las calles de Opulencia (nombre que estaba ligado a la Edad de Oro de la ciudad, y que la Corporación había decidido mantener, aunque se había propuesto por el sector crítico cambiarlo por el de Decadencia, quizá más apropiado), se podían encontrar con creciente intensidad, nuevos moradores.

Eran hombres, mujeres y niños, venidos de muchas partes, pero sobre todo, del sur y del oriente, que se afanaban en buscar el vellocino dorado, el oligofante pétreo o la piedra filosofal, que alguien les había convencido previamente que se encontraría por aquellos lugares.

Como pronto se les hacía evidente que, de eso, nada, todos cuantos llegaban desaparecían, procurando no dejar rastro, y los que quedaban en la calle, parecían disponer de la extraña cualidad de hacerse invisibles.

Pespica lo comentó con sus mejores amigas.

-¿Os habéis dado cuenta de que todos pasamos entre estas gentes, que están tiradas en el suelo, ocupan las cabinas vacías de los bancos, pretenden limpiar el parabrisas del coche o se acercan para ofrecernos toallitas, sin verlos?

-Hay que acostumbrarse. Si les prestas atención, son unos pesados de agárrate. Además, casi todos son drogadictos -le explicó su amiga Condolen.

-Por no decir, extranjeros, que no se lo que es peor -apuntó Sincerita, que estaba casada con un jefe de protocolo.

Pasó algún tiempo y Perspica notó que los habitantes de Opulencia, cuando pasaban unos al lado de otros, tampoco se miraban. Se habían contagiado. Hacían como si fueran invisibles. Ponían los ojos en el horizonte o la mirada extraviada y aparentaban tener mucha prisa en ir hacia cualquier parte.

-Creo que me he hecho invisible yo también -se lamentó Perspica, mientras veía con su marido una nueva temporada de Enterados-. Ayer me crucé con Condolen y no me vio.

No obtuvo respuesta.

-Me parece que me he hecho invisible incluso para ti -continuó Perspica.

Se dirigía hacia el sofá, creyendo que su esposo estaba allí, pero él se había levantado por una cerveza.

FIN

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Cuento de otoño: Castores y ratas de agua

15 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hace muchos años, en lo que, andando el tiempo, sería conocido como País de los Despropósitos, había lugares en los que la vegetación era exuberante, junto a los ríos, arroyos y riachuelos, si bien el resto del territorio era desértico, por falta de agua.

En esos biotopos especiales, las ratas de agua vivían felices. Comían plantas y frutos frescos, babosas, caracoles y gusanos y los pocos depredadores que podían intimidarles -zorros, fundamentalmente- no tenían especial interés por ellas, porque sus carnes les sabían a fango; preferían los topillos de pradera, que se alimentaban de alacranes, saltamontes y bayas secas, y eran, por ello, más sabrosos.

Sucedió que un día, una nueva especie apareció en aquel hábitat. Que, desde más allá de las montañas y las tierras de fuego, empujados por el hambre o la curiosidad, vinieran desconocidos, no era tan extraño. Lo normal es que no pudieran aclimatarse y murieran o se volvieran por donde habían venido, al cabo de poco tiempo.

Eran castores y, por lo que dijeron a quienes se molestaron en escucharlos, habían llegado para quedarse.

Los recién llegados, eran solo tres o cuatro parejas, y pocas ratas de agua les prestaron atención especial, al menos al principio. Los desconocidos eran, en cierto modo, incluso parecidos a las ratas de agua, aunque más voluminosos, y parecían bastante simpáticos.

-Solo venimos a trabajar y nos agenciaremos para conseguir alimento sin molestar a nadie. -dijo el que parecía llevar la voz cantante.-Decidnos solo un lugar en el que podamos estar tranquilamente.

La autoridad competente de las ratas de agua les asignó un lugar en una de las zonas más alejadas de los núcleos de población principal de las ratas acuáticas, corriente arriba de uno de los regatos menos caudalosos.

Era el peor sitio de los imaginables para las ratas de agua, que no habían llegado tan arriba, porque preferían las desembocaduras de los ríos, donde, en los deltas, las aguas discurrían muy tranquilas, y la vegetación se componía, sobre todo, de plantas que crecían en el fango, muy jugosas y tiernas, por lo que no necesitaban realizar exploraciones que podían resultar peligrosas.

-Procurad no hacer mucho ruido por las mañanas -fue la única advertencia que se les ocurrió a las ratas-. Aunque estaréis lejos de las zonas habitadas por nosotras, nuestros pequeños y a nosotros nos gusta dormir a esas horas, después de una noche de frenética actividad llenando nuestros estómagos.

Las tres o cuatro parejas de castores se instalaron río arriba, muy, pero que muy arriba, en lo alto de las montañas casi donde se encontraban las fuentes y los manantiales. De inmediato, empezaron a fabricar, cada familia por su lado, los diques que les parecieron adecuados para crear el hábitat en el que poder criar a sus retoños ciegos a salvo de la intemperie y, por supuesto, almacenar bajo el agua reservas para el invierno, porque en las alturas hacía tanto frío que todas las superficies se helaban.

Derribaron algunos árboles muy grandes con sus poderosos y afilados dientes, y arrastraron las pesadas ramas hasta los lugares que les parecieron adecuados para embalsar el agua.

Unos aquí, otros acullá. Trabajaban día y noche, porque su voluntad era transformar la naturaleza para adaptarla a lo que necesitaban.

Eran construcciones, de verdad, muy interesantes, compactas y resistentes, y que, para hacerlas razonablemente estancas, guiados por la experiencia y el instinto, reforzaban con barro.

El agua quedaba retenida en ellas, formando remansos de un alto valor estético y en huecos de las presas los castores mantenían a sus retoños o guardaban ramas tiernas.

Seguramente era de lamentar que ningún animal pudiera valorar tanta belleza de aquellas creaciones, pues todos quienes vivían en lo que luego sería llamado el País de los Despropósitos -desde las ratas de agua a los topillos de pradera, por no hablar de caracoles, peces y zorros- carecían de la inteligencia o formación adecuadas para dejarse impresionar por lo que resultaba tan claramente inútil para su especie.

Las ratas de agua que estaban río abajo no tardaron, sin embargo, en darse cuenta de que las aguas no fluían con la misma intensidad que antes. Los caracolillos y las babosas (en especial, las desprovistas de concha, muy apetecibles) escaseaban.

Pero lo más alarmante era que algunos meandros del delta estaban empezando a cambiar su curso.

-Venid río arriba -les dijeron las ratas de agua que ya se había desplazado a vivir en las zonas altas-. Allí el trabajo de los amigos castores ha conseguido inundar áreas que antes estaban secas, y hay ahora alimento suficiente, en donde hace poco tiempo solo se encontraba el desierto.

Sucedió, sin embargo, que, cuando llegó la temporada de lluvias, las aguas torrenciales se llevaron por delante los diques de los castores. Aunque estaban hechos para resistir las corrientes normales, no aguantaron las crecidas impetuosas provocadas por escorrentías y torrenteras que aparecieron por todos los lados.

El colapso de los diques, arrastró también árboles y ramajes. Los castores, guiados por su instinto, presagiaron el momento y pudieron salvar a sus crías. Pero muchas ratas de agua, que carecían de esa experiencia, se encontraron de bruces con el cambio de condiciones de vida. Perdieron a muchas de sus crías. Confiadas en lo que creían saber del entorno en el que siempre habían vivido, generación tras generación, no consideraron la posibilidad de que el nivel de los ríos pudiera variar tan bruscamente.

Fue una catástrofe para las ratas de agua, tanto las que vivían río arriba como las que se habían quedado en el delta. Las plantas de ribera resultaron arrancadas en muchos puntos y, en otros, se cubrieron de piedras y un loes que las hacía, al menos momentáneamente, incomestibles.

Realmente alarmadas, convocaron a una reunión de urgencia. Habían encargado a expertos en deltas y meandros que emitieran sus informes, lo que hicieron prestamente, utilizando los conocimientos acumulados en sus genes durante siglos.

Obligaron también a los castores a que asistieran a la convocatoria, para que expusieran sus argumentos, aunque ya se habían confabulado de antemano para no escucharlos.

El encuentro resultó áspero. Una rata de agua experimentada, que decía haber vivido en los deltas del que luego sería llamado por los humanos río Misisipi, afirmó estar rotundamente convencida de que los diques habían provocado desequilibrios insoportables en las corrientes de agua, y que, en consecuencia, los castores deberían ser expulsados del territorio.

Fue aplaudida por todas las ratas de agua.

El portavoz de los castores hizo ver que ellos no habían provocado las lluvias torrenciales y que, en realidad, la construcción de los diques había sido beneficiosa, mientras estuvieron en pie, para la existencia de las ratas de agua, pues se habían podido colonizar nuevos territorios y disponer de más alimento que antes.

Fue silbado por todas las ratas de agua.

No hubo, pues, acuerdo. Las ratas eran mucho más numerosas, incomparablemente superiores en número, y a dentelladas y empujones, echaron a los castores de aquel que consideraban su territorio, y de ellos, nunca más se supo.

Fue más o menos por aquellas fechas cuando se instalaron algunos humanos en ese lugar, y encontraron a las ratas de agua bastante sabrosas, exterminándolas prácticamente.

Los castores, que habían seguido creciendo en número, volvieron a ocupar las áreas del País de los Despropósitos de las que habían sido expulsados. Cuando su número creció, los humanos los declararon objetivo de caza para sus escopetas.

No serían aprovechables como alimento, pero sus pieles, utilizadas como pellizas y abrigos, a los humanos se les antojó que los hacían muy elegantes.

Claro que la historia no había hecho, en realidad, más que empezar.

FIN

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Cuento de otoño: Señales engañosas

14 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La joven tomaba notas en un cuaderno, sentada en la primera fila. Hacía varios meses que se había licenciado en Geología y aún no había conseguido su primer empleo. Acababa de volver de Londres, en donde había estado perfeccionando su inglés, y el profesor australiano le había dado un consejo para aumentar sus posibilidades:

-Apúntate a un Congreso relacionado con tus estudios al que vaya mucha gente, y haz el mayor número de contactos posible.

Por eso estaba allí. Entre todas aquellas personas de edad madura, la mayor parte, varones, encorbatados y serios, su delicada compostura sobresalía. Se había puesto su mejor falda y una blusa algo escotada. Sin conseguir vencer su timidez, echando miradas de reojo a los demás asistentes, esperaba la oportunidad de presentarse a alguien, y contarle su historia.

Algo así como: «Soy geóloga y busco empleo. Me gustaría algo relacionado con lo que he estudiado. Sobre todo, me encantaría trabajar en un laboratorio».

El conferenciante estaba presentando sus elucubraciones acerca de la repercusión de los ensayos sísmicos sobre algunos animales marinos. No hacía muchos días, habían aparecido decenas de cetáceos desorientados en la costa, y la mayoría, a pesar de los esfuerzos por devolverlos al mar, girándolos hacia la dirección correcta, habían muerto varados en la playa.

La joven leía en los labios del ponente, con avidez, y no cesaba de tomar apuntes. Había sido una alumna aplicada, y conservaba sus costumbres.

-Algunos creen que la desorientación proviene de las explosiones producidas desde barcos especiales que recogen información del subsuelo marino. Estas embarcaciones recorren sistemáticamente una zona elegida, peinándola, y provocan múltiples ondas sonoras a intervalos regulares. Como pequeños seísmos. Estas emisiones sónicas rebotan en el fondo del mar, y son recogidas e interpretadas por sensores adecuados y un programa de ordenador que reconstruye la orografía de esa parte del océano -explicaba el técnico, y su vocalización era, por fortuna, muy clara.

-Saber cómo afectan estas ondas a los animales que encuentren a su paso, será siempre una especulación, porque no es posible entrar en comunicación con ellos. Puede que algunos, en especial, los que pertenecen a las categorías superiores, más sensibles, capten también estas señales o resulten aturdidos por el ruido, y se desorienten, malinterpretándolas -continuaba.

Después, se volvió de espaldas, sin dejar de hablar, y dibujó en la pizarra algo parecido a un cerebro bastante deformado, y lo señaló con varias flechas. La joven, dejó de tomar notas, y mordió el bolígrafo.

-Si se pudiera mantener en cautividad un cachalote o una ballena para probar sobre él el efecto de esas ondas, se habría avanzado bastante. De momento, solo se conoce que a las focas y a los delfines sí parece afectarles, aunque no dejan de comer por ello. Se comportan como lo harían los humanos: pierden oído, se inquietan, en algún caso, tienen comportamientos erráticos…

El presidente de la mesa advirtió al conferenciante que había llegado la hora del café y que, por tanto, la sesión quedaba interrumpida.

Todos se levantaron apresuradamente. La joven geóloga, absorta, aparentemente distraída, había cerrado los ojos para tomar impulso y hacer, por fin, una pregunta. Su pregunta. No se dio cuenta de que la sala había quedado vacía.

Alzó la mano, se levantó seguidamente, sin ver, sin oir (temblaba por la inseguridad), se alisó la falda, nerviosa, y suponiendo que le habrían ya concedido la palabra, con el tono de voz que creyó adecuado (quizá demasiado alto), preguntó:

-¿Y por qué los cachalotes vienen a morir a la costa y no lo hacen en alta mar? ¿Por qué quieren escapar de su medio natural? ¿No estarán suicidándose porque no desean soportar el suplicio al que les estamos sometiendo, como algunos humanos hacen cuando, perdida la razón, se tiran al mar para morir?

Entonces se dio cuenta, por fin, de que estaba sola en la sala. Un sonido cantarín de cucharillas y tazas, entremezclado con voces de conversación y algunas risas, provenía del pasillo.

La joven, sin embargo, no podía oírlas. Era sorda.

Parece que no asistió al resto de las sesiones de la tarde, porque nadie volvió a verla.

FIN

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Cuento de otoño: La sugerencia que no llegó a ser analizada

13 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En Valgamediós estaban preocupados. No todos, desde luego. Pero sí la mayoría, y, en especial, la mayoría silenciosa.

Pasaba el tiempo, y la situación empezaba a ser insoportable.

Para algunos, resultaba muy molesto, pero por razones poco relevantes, aunque expresaban su disgusto torciendo la cabeza, y mirando hacia otros lados. Había pobres por todas partes. Les resultaba muy difícil caminar tranquilamente por la calle sin encontrar algún pedigüeño, lo que afeaba el lugar. A las puertas de los supermercados, de las iglesias, de los Bancos, de los restaurantes, había siempre alguien con la mano extendida.

El número de necesitados crecía, ya que, por algo que conocían como efecto llamada, venían incluso de otras poblaciones en las que, al parecer, aún estaban peor.

Eran numerosos los valgamediosanos a los que resultaba bastante duro resistir, pero confiaban en que las cosas volvieran a ser como antes. Añoraban los tiempos recién pasados, aunque ignoraban cómo la situación podría enderezarse, porque les resultaba muy complicado entender lo que había pasado.

-Nosotros, que conocemos cómo funciona el sistema, os prometemos que todo cambiará cuando las economías de los pueblos vecinos de Immererfolgreich y Nousavanttout, salgan adelante. También hay que esperar que al Presidente de Wetheworldleaders se le ocurra algo brillante. Su éxito nos arrastrará, y, hasta que esto suceda, invitamos a los jóvenes más capacitados a que busquen empleo en esos lugares, triunfen, y vuelvan a casa con nuevos ímpetus -era el mensaje que difundían, acompañado de música celestial, los altavoces instalados en los lugares oficiales pertinentes.

En realidad, hacía años que en Valgamediós no se creaban puestos de trabajo y, por tanto, no era posible cambiar, como antes, el tiempo, las habilidades y los conocimientos por dinero, en los mercados locales. Al contrario: las empresas de Valgamediós, despedían todos los días a miles de empleados, que pasaban a engrosar las cifras de los que ya estaban parados, que es la manera de expresar que se habían vuelto estupefactos.

Especialmente afectadas estaban las empresas que eran propiedad de pequeños comerciantes, gentes cuyos nombres eran conocidos, si bien lo que recogían los periódicos locales eran las protestas de los despedidos de las empresas más grandes, que armaban mucho alboroto.

-Ha cerrado la tienda de ultramarinos de la esquina, que llevaba en el barrio desde 1903 -comentaba la tía María a su vecino, jubilado.

-En esta calle, solo queda en pie la Expendeduría de Lotería -apostillaba otro, que se encontraba trabajando de extranjis en una mueblería.

La economía se había sumergido bastante, desde luego, y quien más quien menos, se había estado arreglando con alguna chapucilla, al menos, mientras cobraba el subsidio de desempleo. Pero incluso bajo el nivel del dinero que circulaba al aire libre, es decir, en las alcantarillas del sistema, escaseaban las oportunidades. Los salarios bajaban y bajaban.

Un buen día, el Controlador de Cuentas expuso la situación con crudeza:

-No hay dinero para mantener el Estado del bienestar. Los ingresos son muy inferiores a los gastos. A partir de ahora, viviremos en el estado del estar. Simplemente.

Pronto se supo que ese estado de estar era el equivalente a sálvese quien pueda. Y, para algunos, resultó incluso entretenido. Tenían liquidez, y surgieron nuevas oportunidades, porque a ellos, les bastaba solamente aprovecharse del estado de necesidad de otros, lo que proporcionaba beneficios interesantes. Compraban, a precio de saldo, lo que otros se veían obligados a vender.

Desde los Centros de Propuestas y Elucubraciones Imaginables, no faltaron ideas, pero el problema estaba en la dificultad de ponerlas en práctica. Para todas, se necesitaba dinero; para muchas de entre ellas, experiencia; para la mayoría, conocimientos de los que no se disponía.

-Tenemos que cambiar las reglas del mercado, porque solo sirven para que unos se enriquezcan a costa de los que carecen de información -escribió un experto en Historia de la Humanidad, en un artículo publicado en un periódico de tan escasa difusión, que apenas si vendía los ejemplares que compraban los que expresaban sus ideas en él.

-El mal está en el exceso de corrupción de los que dirigen y controlan, no en el sistema. Un poco de corrupción es tolerable, pero por encima del diez por ciento, es insoportable -explicó, con varios ejemplos imaginativos, un profesor de Ética Universal, que disponía de un importante patrimonio conseguido gracias a inversiones realizadas en productos altamente contaminantes y que vivía en un chalet adosado a su complacencia.

-Debemos fomentar la explotación de los recursos naturales, y puesto que nosotros sabemos disfrutar de la naturaleza, debemos desplazar las fábricas contaminantes a aquellos lugares en donde sus habitantes no tienen nuestra educación ecológica y no están acostumbrados a nuestros altos niveles de calidad de vida -apuntó un miembro distinguido de la Fundación para Proyectos Nimby, que contaba con muchos seguidores dispuestos a movilizarse a las primeras de cambio, reclamando la defensa del medio ambiente.

Incluso apareció un grupo la mar de interesante que defendía el uso de la imaginación para crear el propio puesto de trabajo, como fórmula que se aplicaba en los países más avanzados del orbe. El problema estaba en que la imaginación de los que solo tienen buena voluntad queda limitada por fronteras que se alcanzan muy pronto, y se encuentra con muros insalvables: la insuficiente formación, la escasa financiación, el largo tiempo de maduración de los proyectos, el miedo a fracasar porque el que cae una vez es estigmatizado para siempre y, sobre todo, se topa con un cúmulo de dificultades inextricables, que se fabricaban y perfeccionan por las noches, como hilos de Ariadna, en múltiples centros de mantenimiento del orden establecido, que colaboran con la indolencia y la apatía, hierbas que crecen libremente en los lugares donde nadie vigila.

Así estaban las cosas, cuando alguien anónimo escribió con spray rojo, en la misma Vía del Desánimo, por la que los valgamediosinos acostumbraban a pasear a diario, una sugerencia de apariencia muy elemental.

-Si queremos disfrutar del mayor bienestar posible, ¿por qué desperdiciamos las capacidades que tenemos? Dejemos de lamentarnos por lo que hemos perdido, y dediquémonos todos a trabajar en lo que sí podemos conseguir.

Seguramente al autor le pareció larga la parrafada y como debía tener tiempo para escribir un estrambote, antes de que lo descubrieran los vigilantes del lugar, había terminado con este lacónico mensaje:

«No necesitamos que nos enseñen a vivir y no nos dejaremos morir.»

Era otoño, y las hojas caídas de los árboles cubrieron casi de inmediato la propuesta. Por la tarde, un camión de la limpieza, provisto de mangueras que lanzaban chorros de agua a presión junto a un poderoso detergente, borró la propuesta en un santiamén.

-No era una mala idea -murmuró para sí el conductor del vehículo, mientras se dirigía a otros lugares que también le habían señalado como necesitados de un buen fregado.

Las luces de Valgamediós seguían apagándose sucesivamente.

FIN

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Cuento de otoño: Yemeserach y la tierra prometida

12 octubre, 2013 By amarias2013

Su padre le puso el nombre de Yemeserach, que significa Buenas Noticias. Era una niña hermosa, con la piel de un negro siena que brillaba al sol como el café tostado.

La llamó así no porque el nacimiento les hubiera colmado de alegría. Obviamente, hubieran deseado tener otro varón, ya que son más resistentes y de mayor utilidad para el trabajo. Hacía el número seis de sus hijos, y su madre era aún joven y fértil. Una buena esposa, que le llevaba cada día a su esposo la comida al campo, le lavaba los pies y se encargaba de traer el agua, preparar la cerveza, calentar la vivienda con boñiga seca y preparar las tortas de teff.

Cuando nació Yemeserach, las señales de la naturaleza daban a entender que la temporada de lluvia iba a ser larga en Kohla Diba, situada en la zona de Amhara, y eso resultaba un buen augurio. La familia poseía dos hectáreas de terreno; una parte, estaba plantada de café, que se vendía a un comerciante de Kohba; el resto, se dedicaba a pastos para las seis vacas, los dos bueyes y las trece cabras que eran, junto a dos decenas de gallinas, la verdadera riqueza de la familia.

No fue sin dolor que Yemeserach fue entregada a cambio de 2000 birr a un matrimonio de mercaderes affares que prometieron cuidarla y educarla como una hija. Estos la vendieron a un anciano de Addis Abeba, cristiano copto, que se creía descendiente del mismo rey Salomón, y que la educó en el conocimiento de la Biblia y que se jactaba de ser un zahorí infalible.

Yemesarach demostró ser muy lista, y, en particular, resultó tener una facultad especial para hacer predicciones. Adivinaba, con solo mirar a los ojos de su interlocutor, quién era buena o mala persona, y, sobre todo, tenía facultades para encontrar agua en el desierto, señalando el lugar en donde se podía hallar un líquido tan precioso, ayudándose de una vara de olivo.

Cuando alcanzó la edad de catorce años, Yemeserach se quedó embarazada sin que fuera capaz de explicar el fenómeno, y el anciano que la había cuidado, temiendo que le atribuyesen la paternidad, y velando por su buen nombre, la echó de casa.

-Eres una buena niña, y estoy muy satisfecho con tu aprendizaje, pero no puedo exponerme a la maledicencia. Eres inteligente y trabajadora, y sabrás cómo sobrevivir. Te regalo este libro sagrado, que perteneció a mis ancestros, y, cuando tengas necesidad, ábrelo al azar, y encontrarás la solución a lo que te aflija.

Y le entregó una Biblia, un hatillo con comida y leche, un vestido blanco de ceremonia y unas sandalias de repuesto para el camino. También le dio un beso en la frente.

Yemeserach, abandonó la casa en la que había vivido los últimos años, y se dirigió a la plaza principal de la ciudad, en donde tenía pensado ofrecerse como zahorí y sacar algún provecho de su facultad de distinguir a las buenas de las malas personas mirándolas a los ojos.

Mientras esperaba que alguien solicitara sus servicios, se comió la mitad de la torta que le había dado el anciano y se bebió la leche. Cuando estaba en esa ocupación, se le acercó un joven amhara y le preguntó qué hacía en ese lugar.

-No tengo dónde ir, porque el anciano que me cuidaba me echó de casa -contestó la niña.

-Si quieres, puedes venir conmigo. Pertenezco a un grupo de personas que estamos preparando una expedición para irnos hasta Europa, en donde esperamos salir de la miseria -explicó el nuevo compañero.

Yemeserach explicó que no tenía ningún dinero, y que solo poseía una Biblia y la facultad de conocer dónde había agua bajo tierra y cómo distinguir la bondad o maldad de las gentes.

-¿Y qué ves en mí? -curioseó el joven.

-Veo que eres una buena persona. Aunque, para saber qué hacer, debo consultar antes el libro sagrado en donde encontraré la dirección que debo tomar, porque lo que me propones es una aventura.

Diciendo esto, abrió la Biblia al azar y leyó en voz alta. Quiso la casualidad o el designio de Dios que lo hiciera en las páginas que corresponden al Cántico de Ana, la mujer de Elcana, en el libro de Samuel: «Es Yavé quien hace morir y vivir, hace bajar el sol y subir de él. Es Yavé quien empobrece y enriquece, humilla y exalta».

-¿Qué quiere decir eso que lees? ¿Cómo interpretarlo? -habló, al cabo de un momento de silencio, el curioso joven amhara. La muchacha lo encontró también hermoso y fuerte.

-No lo sé exactamente -replicó Yemeserach-. Pero voy a ir con vosotros, y que sea lo que Dios quiera. Lavaré y cocinaré y buscaré hierbas y comida en el camino hacia esa Tierra Prometida.

Así fue como la niña embarazada se incorporó al grupo que pretendía llegar hasta Europa y, mientras caminaban por tierras secas o fértiles, avanzando, sin saberlo, sobre depósitos de gas, cobre y tántalo, y se protegían del sol y de las serpientes y de los alacranes, selló la amistad con aquel joven que pertenecía a su misma etnia, y que se llamaba Edel, que significa Suerte.

Edel le contó un cuento de un niño que todo lo entendía al revés, y Yemeserach lo escuchaba, una y otra vez, embelesada.

Al principio eran pocos, pero a medida que avanzaban se fueron integrando en la expedición cientos, y luego, miles de personas, y, después de caminar muchos kilómetros y pasar múltiples penalidades, amortiguadas por la facultad de Yemesarach para localizar agua en los desiertos y poder distinguir las buenas de las malas personas, llegaron a la orilla de un mar y una vez allí, se lanzaron al agua como si fueran lémures, ñus o cebras en migración.

Pocos sobrevivieron, pero aupándose los que quedaban sobre los cadáveres de los que iban cayendo, alcanzaron a pasar al otro lado, en donde se dispersaron como polvo del desierto movido por un viento persistente.

Entre los que lograron sobrevivir, estaban Yemeserach y su hijo, que ya tenía dos años, y al que, a propuesta de Edel, llamó Bantayehu, que significa Vi A Través De Tí. La patrulla que los recogió anotó que el único enser que llevaba la joven era una Biblia escrita en amáhrico, y que se encontraba en muy buen estado, y en la que había varios párrafos subrayados con un color rojo negruzco, como sangre seca, que era, en verdad, el líquido con el que habían sido destacados.

De Edel no se supo nada más.

Yemeserach, miraba en lo profundo de los ojos de todos cuantos encontraba, pero jamás dejó traslucir desde entonces si veía bondad o maldad en sus corazones.

FIN

(N.B. Este Cuento está escrito el día de la Hispanidad, 12 de octubre de 2013, festividad de todas las Pilares, y se lo dedico a la memoria de María de Villota, luchadora infatigable, hermosa por dentro y por fuera)

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Cuento de otoño: Los amantes de Estepona

11 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se conocieron un verano; ella, perteneciente a una familia con posibles, estaba de vacaciones en la Costa del Sol y él, hijo de jornalero y ama de casa, jugaba en el Esteponense FC de medio-centro. Fue amor a primera vista; él se fijó en sus pechos saltarines y ella en sus robustas piernas.

Ella se llamaba Nuria, le gustaba leer novelas rosa y aún más el dulce de membrillo, lo que ayudaba a redondear sus caderas. Acababa de cumplir los diecisiete, y los aparentaba.

El, Manuel Antonio, era conocido como «Lito», tenía treinta y dos años, y había jugado una temporada en el Málaga, sin éxito, por lo que había sido devuelto a las categorías inferiores. Se entrenaba poco, porque trabajaba a media jornada de fontanero en los servicios municipales y, cuando se terciaba, hacía chapuzas para particulares.

Como tenían tiempo libre solían dar largos paseos. Por la punta del Saladillo, el Paseo Marítimo, la playa de la Rada,…incluso se les vió un par de veces en la playa de El Cristo, que ya empezaba a ser ocupada por nudistas, aunque vergonzantes.

En verdad, lo que más les apetecía era acercarse a Sierra Bermeja, utilizando prestada la furgoneta del servicio de aguas que conducía Lito, dejando una mano libre del volante, y perderse luego por los senderos de lo que es hoy el Parque de los Pedregales, allí donde la ermita del patrono San Isidro, aguardando la oscurecida.

Las amigas de Nuria, conocidas de otros veraneos, los llamaron pronto «los amantes de Teruel», aunque les cuadraba mejor, obviamente, los amantes de Estepona.

Los amigos de Manuel Antonio pretendieron hacerle reflexionar sobre el a dónde quería parar.

-La niña es un bombón, pero si pasa algo se te va a caer en el pelo. El padre es teniente coronel de Artillería, y se trae muy malas pulgas. -le advirtieron.

-Si la envidia fuera tiña, …-era la única respuesta que obtenían.

Pasaron un verano magnífico y, cuando llegó para Nuria la hora de marchar para reencontrarse con el norte, prometieron escribirse casi todos los días y verse con la frecuencia que les fuera posible.

-Es difícil, porque la distancia es mucha y mis padres no me dejan más que salir hasta las diez -se lamentaba la rapaza.

-Aunque digan que la distancia es el olvido, yo te prometo fidelidad hasta la muerte -aseguraba Manuel Antonio, cruzando los dedos.

No me consta que se hayan escrito mucho, pero sí de un hecho de excepcional importancia, al menos para Nuria. Sucedió que, por falta de las debidas precauciones en determinadas ocupaciones placenteras, o tal vez de una ignorancia culposa, Nuria se había quedado embarazada.

«Queridísimo Lito -escribió la joven, allá por el mes de noviembre, en plena temporada escolar y deportiva-. Estoy de los nervios. Tengo una falta de tres meses. Hice la prueba de la rana y no tengo dudas de que me tocó premio. No te dije nada antes hasta estar segura. Pienso que fue por aquella noche en que me clavé una piedra en el pompis. Dime qué vamos a hacer. Besos, Nuria»

Manuel Antonio leyó la escueta misiva, escrita con la letra grande y bastante desgarbada que se le hacía muy difícil de entender, hasta el punto de que, muchas veces, no comprendía algunas palabras o frases, quedándose a medias o a tercias.

Pero aquella vez lo comprendió todo, aunque, para quien no estuviera en el ajo, el estilo de Nuria pudiera parecer algo críptico. En directo, pues: su amiga estaba preñada. Solo que él no tenía ninguna gana de perder su libertad por una criatura más o menos que viniera al mundo, y verse con ello traspasado a la solemnidad de ser padre de familia.

Tenía, además, desde finales de septiembre, relación formal con cierta moza de Estepona, que trabajaba en una almazara y era también consentidora.

Por eso, tras un período de meditación sobre las opciones, decidió hacerse el longis. Escribió, al cabo de una o dos semanas, una nota deliberadamente oscura:

Querida Nenuca -la llamaba así porque le había encontrado la piel suave como la de un bebé, aunque ahora también era la manera en que se refería a la novia esteponense-. No te preocupes por nada. Las faltas se pitan en el momento en que se cometen. De la rana, qué te voy a decir. Solo se aprovechan las ancas, y en rebozo. A mí me dan repelús. La piedra que dices era serpentina, y no tiene ningún valor. Besos, Lito.

Nuria se quedó apesadumbrada, porque, como era lista para algunas cosas, vio claro que Lito se desentendía del asunto del penalti. Armándose de valor, le contó a sus padres el percance, pidiendo perdón por el desliz y haciéndose la víctima.

-Yo qué sabía -le confesó a su madre, que venía de ejercicios espirituales con los Avelinos-. Creía que los niños venían de París y no de Estepona.

El padre quiso inicialmente enviar un destacamento de artilleros, tomar Estepona y diezmar a la población varonil, pero, recobrada la calma, tomó una decisión estratégica más adecuada.

-Hay que poner punto y aparte a esta situación embarazosa -bramó.

Como por aquella época en que estaba prohibido abortar en España, Nuria fue enviada con su madre a Londres, de compras, y en un largo fin de semana quedó formalmente liberada, sin mayores consecuencias.

Pasaron muchos años. Nuria no volvió a ir ni pasar por Estepona -incluso renunció a acercarse a Málaga, y eso que tuvo oportunidad de que le adjudicaran una plaza de funcionaria en esa localidad.

Tampoco supo nada de Lito, que, por cierto, se retiró del fútbol al año siguiente, por una rotura doble de menisco, se casó con la chica de la zona, tuvieron dos hijas y actualmente está jubilado del Servicio de aguas, que fue privatizado y en el que llegó a ser encargado de saneamiento.

Algunas noches, Nuria sueña con que el niño que pudo haber tenido se llama Florencio o Pascasio y que unas monjas clarisas lo cuidaron hasta que pudo valerse por sí mismo, y ahora enseña Geografía en un instituto. Curiosamente, ese es parecido al sueño que, de tarde en tarde, inquieta a Manuel Antonio.

Ambos no supieron jamás lo que podría haber sido la historia completa de los amantes de Estepona, si hubieran querido jugar sus cartas de otra manera, o si las leyes que cambiaron bastante más tarde, hubieran convertido al nonato Florencio en un hijo natural, pero con todos los derechos que sostienen a los nacidos dentro de un matrimonio bendecido.

FIN

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Cuento de otoño: La granja sin matarife

10 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hay cuentos que ponen la carne de gallina, incluso a los que presumen de ser duros y correosos como los cocodrilos. Este es uno de ellos, por lo que no es aconsejable que se lea a los niños antes de irse a dormir, pero es conveniente que lo conozcan para que estén bien despiertos ante lo que se les avecina.

Había una granja en la que los animales eran cuidados con esmero. Comían cuanto les apetecía, tenían sus zonas de esparcimiento y, por las noches, se procuraba, con el auxilio de unos feroces mastines, de que ninguna alimaña merodease por los alrededores.

En consecuencia, vivían una existencia muelle, engordaban, se reproducían y disfrutaban de las ventajas de un clima y entorno muy agradables. El propietario de la granja era un hombre bueno, sensible con los animales y, en consecuencia con unos principios éticos que había asumido como inquebrantables, había tomado una decisión muy importante.

Había despedido al matarife. No soportaba que sus animales fueran convertidos en carne para ser llevados al mercado como hamburguesas, filetes o chorizos. Ni siquiera cuando las gallinas habían dejado de poner huevos, las vacas de dar leche o los caballos ya no aguantaban el peso ni del más liviano de los jinetes, les daba pasaporte forzado al otro mundo.

Los seguía alimentando y cuidando, mientras envejecían. Y cuando la muerte les llegaba de forma natural, los enterraba piadosamente en una ladera soleada.

La situación se hizo difícil. No exactamente para el dueño de la granja, que era muy rico porque su abuelo había hecho fortuna en las Américas (cuando las Américas existían como tierra prometida). Se hizo difícil para los animales más jóvenes, que veían cómo los más viejos ocupaban los mejores sitios en los comederos, en los pesebres, en las perchas y en las zonas en donde se podía rumiar bajo la mejor sombra.

Un cerdo de raza ibérica prístina convocó a los jóvenes de todas las especies para una reunión informativa. Lo hizo al amparo de la hora de la siesta, mientras los mayores dormitaban. Y eligió como sitio en donde despertar las menores sospechas, un lugar alejado de los comederos, cerca de los montones de estiércol, en donde se fabricaba abono orgánico para fortalecer los campos de remolacha y trigo.

-No debemos soportar más esta deplorable situación. Los viejos ocupan el sitio que nos corresponde en la granja. El amo los quiere más, solo porque son más antiguos en este lugar, y ellos se comen lo más sustancioso del alimento, sin producir nada a cambio. -argumentó, convincente.

-Es cierto -corroboró una de las gallinas ponederas-. El amo se come nuestros huevos, bebe la leche de las vacas nodrizas y carga pesadamente a los alazanes más jóvenes, mientras las gallinas cluecas y añosas, las vacas estériles y los caballos que no sirven ni como sementales ni para tiro, nos desplazan de los lugares de privilegio.

-Aún peor -gritó una ternera primeriza, que estaba recién parida-. Mi abuela y sus amigos decrépitos nos miran por encima del hombro, dándonos estúpidos consejos, acerca de si no debemos desperdiciar la comida que cae de los comederos, o la conveniencia de tener pocas crías para no sobrecargar la economía del patrón.

-No valen ni para solazarnos con ellos -terció una oveja que tenía restos de hierbabuena en el mentón-. Hay varios machos cabríos a los que no les importa que estemos en celo para cubrirnos, pero que se interponen entre los más potentes de nuestros compañeros, reclamando prudencia en las prácticas sexuales, porque alegan que disminuye la esperanza de vida…

El intercambio de pareceres discurrió de ese tenor durante una hora larga. Al final de la cual, uno de los cerdos más lustrosos, propuso la adopción de una medida que, en realidad, llevaba ya estudiada.

-Debemos proponer al amo que vuelva a contratar el matarife. Será la forma de eliminar a tanto vejestorio y disfrutaremos de la granja para nosotros solos, los jóvenes, como merecemos.

La propuesta fue aprobada por aclamación. Y aquella misma tarde, los animales jóvenes de aquella granja especial, que estaban dotados .como también sus mayores- de la facultad de hacerse entender de los humanos, trasladaron, como una condición irrenunciable, que el matarife debía volver a ocupar sus funciones en la granja.

El amo no quería, llevado de su sensibilidad, malestar entre los animales a los que respetaba y quería. Deseaba hacer lo mejor para ellos y, no queriendo que el alboroto se convirtiera en una revolución, llamó al matarife, para que cumpliera con el trabajo para el que estaba capacitado.

Y lo hizo, válgame Dios si lo hizo a conciencia. Explicó al amo que los animales viejos tenían la carne demasiado dura para ser llevada al mercado y no merecía la pena pagar las tasas del matadero ni los costes de conducirlos al mercado.

En cambio, sacrificó a una buena parte de los animales jóvenes, que tenían las carnes tiernas y mucho más jugosas y apetecibles para los mercados.

La calma volvió a reinar en la granja. Y los animales rebeldes, tanto los que quedaron por el momento en la casa de labranza como los que fueron conducidos al sacrificio, tuvieron algún tiempo para meditar sobre el alcance de su protesta.

FIN

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Cuento de otoño: De altramuces y sabios

9 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Seguramente, algunas de las obras de quienes ahora llamamos clásicos de la literatura, no surgieron del impulso genial sino de la necesidad de combatir el aburrimiento, tanto ajeno como propio.

Las muchas horas que había que cubrir entre pendencias callejeras, desvíos amorosos, batallas en Argel y justas poéticas, tenían forzosamente que consumirse en las tabernas, apurando jarras de vino peleón, tratando de encontrar sentido a frases que hicieran, por ejemplo, rimar permiso con inciso, liza con castiza, o brío con me fío.

Todo fuera bien empleado, si acudía la inspiración al llamado del ingenio, lo que, como es sabido, se fomenta con el auxilio del alcohol, tanto si faltan como si comparecen féminas («Soy varón, y nada de lo nuestro me es ajeno», como escribió Terencio en horas bajas).

Cuando Calderón de la Barca se decidió a incluir en una décima de La vida es sueño, un plagio del cuento del Conde Don Julián sobre un muy pobre tipo que recogía las cáscaras de los altramuces que a otro habían servido de alimento, le dio, sin saberlo, un giro precursor, pues puso de protagonistas a sabios y no a pobres ni a tipos corrientes, y dejó a un lado las habichuelas para referirse, simple y llanamente, a hierbas.

Así dotó de una trascendencia insospechable a sus forzados ripios: «Cuentan de un sabio que un día/tan pobre y mísero estaba/que solo se sustentaba/ de unas hierbas que cogía/…!

Son, en efecto, en la actualidad que se vive en Valgamediós, los sabios quienes más riesgo corren de pasar hambre. Y para paliarla, no es cuestión de buscarse altramuces, que, con el correr de los tiempos, se han vuelto bastante caros, pues son ahora legumbre muy apreciada ya que, a decir de los dietistas que andan a la que salta, mejora mucho el colesterol bueno.

Así que los altramuces han pasado de ser el acompañante con que nos obsequiaba el tabernero cuando tomábamos aperitivo en Andalucía, a delicatesse de estómagos selectos y, a la par, hemos conducido a los investigadores (aunque no alcancen la categoría de sabios), a hacerles apreciar las hierbas, víctimas de la penuria.

Hierbas que pueden ser o ingeridas o fumadas, según naturalezas.

Por todo ello, los niños a los que hoy sean dados a leer los versos de don Pedro, ya no le sacarán la enjundia que veían en ellos aquellos maestros que anteponían su vocación a las reivindicaciones.

En lugar de ver en cuentos de altramuces y sabios un ejemplo de resignación ante los reveses de la vida, no hallarán en ellos más que galimatías sin sentido. Y estando sus entendederas muy perjudicadas por los iPod con los que nacen llevándolos ya incrustados en las orejas, no sabrán a quién preguntar significados ni, si lo encontraran, dispondrán de la intención con que escucharles.

¿Qué es mísero? ¿Quién es galimatías? ¿Son los altramuces frutos venenosos? ¿Importa a alguien saber más o mejor, si todo está en internet al alcance de un clic?

Reivindiquemos a Calderón de la Barca por su perspicacia. Aunque, ya que él remedó a Juan Manuel, hagámoslo con él nosotros, terminando su décima de esta forma parecida:

«Y cuando el rostro volvió,/ halló la respuesta viendo,»/ que nadie iba respondiendo/ las preguntas que él formuló./

Hay por ahí gentes que se molestan en poner puntuaciones a la sabiduría de los habitantes de Valgamediós, confrontándolos con test que no tienen otra intención, según su opinión oficialmente admitida, que dejarlos en ridículo.

Por supuesto, defienden, que saben interpretar correctamente una factura eléctrica (-Pero, ¿de qué nos serviría?, -se preguntan), y son capaces de entender el Quijote (-Cuando nos animemos a hacerlo, -razonan-¡Hay tanto que leer!) y que sus universitarios están a la misma altura que los de Japón (y, sin duda, es un insulto compararlos con estudiantes de bachillerato orientales, dada la diferencia cultural).

-Los habitantes de Valgamediós -difundió su portavoz oficial, en un comunicado- no sacamos buena nota en los exámenes porque venimos de vuelta de todo. En especial, de allí donde otros alimentan y estimulan las perspectivas que promete la ciencia. En Valgamediós nos hemos especializado en criticar los hallazgos de otros, cualesquiera que sean éstos. Somos, por ello, maestros en la crítica destructiva.

-En coherencia con ese objetivo, -prosigue el comunicado- damos y daremos únicamente la voz a los que más griten, sin importarnos la verdad o falsedad de sus argumentos, pues nos complace el barullo que generan.

En la redacción de esta Declaración de principios, según parece, participaron varios especialistas en vacuidades y torpezas. Un periódico local, al día siguiente, alabó la pertinencia de dar divulgación a estos principios, extrayendo la siguiente conclusión:

-Que otros se ocupen de lo que creen útil, porque nosotros sabemos muy bien lo que necesitamos para ser felices. Debemos dejarnos dominar por la ignorancia supina, que es la única forma de estar al servicio de la naturaleza.

El pasquín, junto con esta glosa o comentario, firmada por un prestigioso enmerdador cultural, fue colocado en todas las Universidades, Escuelas, Centros de Orientación Pedagógica y Lugares de Investigación, para que sirviera de guía obligatoria, por si alguien mantenía alguna duda de cómo habría que proceder en caso de duda.

Nadie se atrevió a rechistar, que se sepa.

FIN

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Cuento de otoño: Lecciones para cerditos

8 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Casi todos los cuentos para niños acaban mal para las brujas, los lobos, los duendes y, en general, para esas criaturas taimadas que aprovechan los descuidos y la inocencia de otras, con la exclusiva intención de comérselas, objetivo que nunca cumplen y, si llegan ocasionalmente a zampárselas, surgirá un cazador que les abrirá la panza para extraer, sanos y salvos, a las abuelitas, los cerditos, los corderitos o las caperucitas.

Nos han enseñado a interpretar esas historietas en una sola dirección, que es la de pretender que nos identifiquemos con los perseguidos y saquemos como moraleja, conclusiones y avisos que, en la vida real, es muy poco probable que podamos poner en práctica.

De entre los cuentos enigmáticos con los que teóricamente fue formado en mi niñez en las buenas prácticas, el de los tres cerditos es, para mí, el que se lleva la palma.

Recordará el lector que esos tres lechoncitos, habitantes de un bosque, eran apetecidos como alimento por el lobo feroz. Buscando protección, todos construyeron una casa para guarecerse en ella. El más vago y remolón la fabricó de paja; el intermedio en las veleidades del espíritu, la hizo de madera, y el tercero, que era más concienzudo, se atrevió con el ladrillo.

Cuando el lobo aparece en la escena, hambriento y sistemático, sopla primero sobre la casita de paja, destruyéndola, y da luego unos golpes sobre la de madera, que tampoco puede resistir tales envites. Los dos hermanos menos eficientes, desprovistos de cobijo, corren a refugiarse en la casa del albañil, la cual, no solo resiste, sino que, cuando el lobo intenta entrar por la chimenea con las previstas intenciones manducatorias, se encuentra con que le está esperando en el hogar una caldera con agua hirviendo, en la que cae de cabeza.

Las versiones que andan por ahí difieren a partir de este momento. Unas, dan en afirmar que al lobo nunca más le quedaron ganas de comer cerditos, bien por escarmentado o por haberse convertido en carne guisada. Otras variantes, seguramente ubicables en lo que se podía llamar teoría de la liberación de cánidos, dejan a cerditos y lobo cantando juntos en un grupo musical, en feliz armonía.

En realidad, los grandes comedores de cerditos somos los seres humanos, y solo hay que irse hasta Segovia para percatarse de las razones de la devoción que sentimos hacia estos animales, de las que se ha dicho que nos gustan hasta los andares.

Cierto es que los cerditos que viven en los bosques se llaman jabalíes y que, dado el abandono en el que, particularmente en España, tenemos a esta parte de la naturaleza, han proliferado mucho, hasta el punto de que bajan al llano a hurgar en la basura de las colonias humanas que limitan con lo verde.

Cierto también que, gracias a la reintroducción del lobo en ciertos parajes, y a la escasez de los apetitosos rebaños de ovejas, que tan buenas historias de saña, solidaridad y desafectos filiales proporcionaron a nuestros ancestros, no es ya improbable que los jabatos y los lobos tengan encuentros poco saludables para los primeros.

Pero todo no es óbice ni cortapisa para defender que el mayor enemigo de los suinos en general es el hombre. Y puesto que el ser humano es el único animal conocido capaz de leerse cuentos y creérselos, poca defensa tienen los seres a los que este depredador les encuentre buen sabor, salvo que sean venenosos o sea oficialmente declarado pecado el comérselos.

Por eso estoy convencido de que, en la versión para cerditos, en la que no hay lobos feroces, sino hombres y mujeres sin miedo al colesterol, los tres hermanos se salvan, no por la solidez de la construcción de las viviendas, sino por haber conseguido influir en las alturas para ser declarado animal inmundo.

Lo que es un buen truco, desde luego. Hasta el punto de que los percebes, las cigalas, los centollos, la carne asada, los calamares en su tinta, la tarta de Santiago y las empanadillas de bonito están tramitando la declaración de impacto celestial.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, animal inmundo, cerditos, cuentos de otoño, historieta, interpretación, lechón, lobo feroz, moraleja, protección celestial, vida real

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