Al socaire

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La seguridad jurídica y los recursos

4 diciembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

En la magnífica revisión de la clásica película sobre el oeste americano titulada «Valor de Ley» («True Grit» en inglés), los sagaces hermanos Coen, recogen varios tiroteos dialécticos en torno a la cuestión de la justicia, mezclando mensajes sobre la forma de alcanzarla. Por cierto, el título de la versión en el español de España, que es magnífico como reclamo publicitario, introduce su propio mensaje en el guión, tergiversándolo, pues la cuestión va más de «verdaderas agallas» que de lo que significa la Ley, incluso para tomarse la justicia por propia mano.

En una escena inolvidable, de las muchas de que dispone esa obra maestra, cuando la adolescente Mattie Ross (interpretada por Hailee Steinfeld) quiere convencer al malo Lucky Ned (al que pone su cara Barry Pepper) para que la deje marchar libre, prometiéndole que le buscará un buen abogado que le defenderá de sus delitos, el forajido le contesta: «Lo que necesito es un buen juez».

Quienes estamos metidos en los berenjenales justicieros, apreciamos lo que es un buen juez, y hasta nos podemos arriesgar a definirlo: persona experimentada en la vida real, que conozca muy bien el Derecho, que venga del ejercicio de la abogacía (al menos, por algún tiempo), que actúe con independencia de cualquier presión y, sobre todo, que se lea los expedientes y resuelva con base en ellos, aplicando la Ley y la comprensión de los hechos y sus circunstancias.

Como estamos en un país que se mueve por profundidades misteriosas, e incluso abisales, tenemos muy pocos datos acerca de la fiabilidad de un juez. Otras veces escribí que los países anglosajones nos sacan terrible ventaja en esa necesidad de transparencia, hasta el punto de que se puede conocer la calificación que merece un juzgador, en relación con los procesos en los que ha intervenido y la sostenibilidad de sus fallos.

La seguridad jurídica depende también, y, en realidad, mucho, de las revisiones de las Sentencias que provoquen las Instancias Superiores. Si, por ejemplo, la tercera parte de las Sentencias de primera instancia civil son revocadas por las Audiencias Provinciales y, en no pocos casos, muchas han sido ejecutadas provisionalmente (gracias a las ya no tan novedosas disposiciones de la Ley de Enjuiciamiento específica que lo permiten), esa hipótesis -nada alejada de la realidad- da idea del caudal de actividad deconstructora que generan los procesos judiciales.

Un buen abogado -más bien, uno experimentado- puede, desde luego, construir todo un arsenal de recursos, demandas de revisión, apelaciones, quejas, protestos, impugnaciones, etc., que prolonguen el proceso, lo compliquen, lo encarezcan y desfiguren, haciendo que los más débiles económicamente se dejen la piel en el camino, incluso aunque hayan visto cumplidas provisionalmente sus expectativas en primera instancia.

Si los órganos superiores confirmaran con abrumadora mayoría las sentencias de los inferiores, se alcanzaría más calma en el maremágnum justiciero. Pero no echemos, ni mucho menos, la culpa de ese desequilibrio a la ignorancia (aparente, todo sea con el debido respeto) o a la falta de diligencia de los jueces de menos grado. En realidad, tampoco las Sentencias de las Audiencias se libran de pescozones de los magistrados del Supremo, ni éstos se ven libres, como la historia muestra, de anulaciones por parte del Constitucional o de los Tribunales europeos.

Tal vez no sea solo cuestión de que le toque al que pleitea un buen juez (además de poder confiar en que un buen abogado defienda sus razones y enuncie los hechos que le importan). La Justicia no es totalmente ciega y, mientras no se implante la fórmula general de que cualquier estamento pueda verse analizado en su labor por el pueblo al que representa en su función, en éste, como en otros órdenes, se generarán reductos de oscurantismo, secretismo y corporativismo.

Por eso, ayudaría a la transparencia del conocimiento de los senderos reales por los que anda la justicia que, además de ofrecer en los Informes Anuales algunos porcentajes, números insuficientemente desagregados de litigios entrantes, o de las causas resueltas en cada instancia y otros datos no muy inteligibles, tuviéramos más visión de lo que hace cada portador de puñetas, y de su eficacia y solvencia como contribuyente a la seguridad jurídica del paisanaje. Porque las Sentencias son públicas y las del Supremo generan, en su caso, jurisprudencia de obligada aplicación, pero, si hubiera muchos buenos jueces, y se utilizaran las herramientas informáticas y telemáticas como es debido, ¿harían falta tanto tiempo para resolver, serían necesarios tantos papeles acumulándose en legajos, habría tantos funcionarios, abogados, procuradores, clientes, testigos, curiosos, paseando su tiempo por los Juzgados?

Publicado en: Derecho, Sociedad Etiquetado como: abogado, Barry Pepper, expediente, experiencia, hailee Steinfeld, hechos, hermanos Coen, independencia, juez, justicia, legajo, ley, resolución, telemática, true grit, valor de ley

Que se jodan los pobres

3 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La capacidad de ver más allá de lo que se tiene delante de las propias narices, no está entre las virtudes humanas y, por eso, el privilegio o la carga de analizar las cuestiones con visión global pertenece al ámbito de unos pocos.

En este reconocimiento, la advertencia de que no se debe hacer a los otros lo que no desearías que te hicieran ellos a ti, es un principio que figura, con palabras más o menos rebuscadas, en todos los códigos que pretenden regular los comportamientos sociales.

Incluso las religiones -que ya se sabe que son mandatos de los hombres atribuidos a los dioses- recogen esta máxima, renunciando a otras que pudieran ser más complejas o más abstractas. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» es el paradigma de la voluntad de incorporar a la esfera de los mandamientos de Dios lo que no es tan sencillo asumir, siendo tan simple: que formamos parte de un todo, y que lo individual -salvo anomalías- no tiene valor fuera de un círculo muy reducido.

¿Por qué es necesario elevar a norma legal, al código penal, a mandato divino castigado con las penas del infierno, lo que, según esa rama de la Filosofía tradicional que se llama Etica, sería un principio universal? Porque, si se estudia un poco la Historia, esa instrucción que llevaríamos impresa en el código genético, como casi todos los mamíferos, el respeto al otro se debilita rápidamente con la distancia. Distancia que puede ser física, desde luego, pero que también se fabrica con desprecios, muros, murallas, cuchillas, armas.

La teoría de la igualdad está muy bien en el papel, pero la práctica discurre por otros lados, y, por eso, existen las diferencias económicas, intelectuales y sociales.

Estamos dispuestos a considerar al otro como nuestro igual, pero no a todos: solo unos pocos. La mayoría de los otros no son merecedores de ser iguales a nosotros, tanto más cuando más ascendemos en la pirámide de la complacencia grupal. El otro tiene defectos: No es tan inteligente, ni tan hermoso (porque el canon de belleza es el nuestro), no proviene de nuestra cultura ni profesa nuestro credo, ni milita en nuestra facción. Valores que deben ser admitido sin rechistar, porque son los únicos verdaderos los de nuestro grupo.

Por eso, en lugar de ese principio general de la identidad con el otro, de comprender que es igual a nosotros y que lo único que cambian son sus circunstancias, aplicamos el filtro de la exclusión: no tengo porque identificarme con su problema, porque su ámbito es diferente al mío y, seguramente no haber sabido -por su culpa- aprovechar las circunstancias que la vida le ha presentado, porque todo el mundo tiene su oportunidad.

Hasta aquí hemos llegado. En resumen: Que se jodan los pobres. Que se jodan los que no han tenido oportunidad de educarse mejor, los que han nacido en una tierra con menos recursos o mayor corrupción, los que no sienten el orgullo de ser ciudadanos de un gran país y pertenecer a su élite o aspirar a pertenecer a ella, los que nos son queridos por las divinidades y la naturaleza.

Satisfechos de todo el mundo, uníos. Porque, en realidad, necesitáis estar más unidos que nunca. La globalización os ha hecho una faena. Por eso debéis tener en cuenta, especialmente, otro principio, que es el de la precaución. Debéis ser muy precavidos. Cuanto más se abren las puertas del conocimiento global, de la comunicación sin fronteras, de la posibilidad de enjuiciar sin límites, sin normas preestablecidas por los que querrían que las conclusiones fueran las suyas, vuestros argumentos, y vuestras protecciones, corren serio peligro.

El principio de precaución, aplicado a las ciencias sociales, significaría que debéis estar atentos a abortar cualquier signo de descontento. Y, como es lógico, eliminar el descontento, cuando no se dispone de otros argumentos, en exterminar a los que protesten. Que se jodan, sí.

Quizá los satisfechos imaginan que llegará un momento, en que solo queden ellos como pobladores del mundo, y entonces se podrá aplicar, al fin, ese principio que se habrá vuelto un tanto raído, por falta de uso, de comportarse con los otros como lo harían consigo mismo.

No llegará, claro, ese final feliz si la forma de aumentar el porcentaje de satisfechos consiste en exterminar o ignorar, como si no existieran, a todos los pobres, a todos los que sufren, a todos los que no tienen trabajo, no disponen de acceso a la educación, a la sanidad. Por encima de la norma individual del respeto al próximo, tiene que prevalecer alguna norma de comportamiento social, que está impresa en la genética de esa estructura en la que se encaja la existencia del hombre.

Como ésta: La voluntad de la mayoría no debe ser interpretada jamás como lo que es óptimo para una comunidad. El óptimo en todo problema es siempre una solución que incorpora alguna forma de consenso. Como en cualquier problema de contorno, en el que los límites dependen de muchas variables, hay un espacio de viabilidad y el mayor valor de la función resultado se encuentra en el equilibrio de múltiples intereses, no en el beneficio de unos pocos.
—-
Nota. El título de este Comentario es una provocación. Iba a ponerlo entre interrogaciones, pero el mensaje no admite dudas. Lo lamentable es que haya gente que estén de acuerdo con un mensaje tan miserable, sin preocuparse por lo que significa.

Publicado en: Economía, Personal, Política, Sociedad Etiquetado como: amor, clan, código, cultura, derecho, diferencia económica, ética, ley, mandamiento, moralidad, pobre, pobreza, precaución, principio, reglamento

Guachimén

27 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Aquí los llamamos guardias de seguridad, y nos hemos acostumbrado a verlos en múltiples lugares. En los aeropuertos, suburbanos y estaciones de autobús o ferrocarril, en los establecimientos comerciales, en las oficinas de las entidades financieras, en las asambleas de todo tipo, a la puerta de las discotecas, en cualquier acontecimiento que suponga congregaciones más o menos multitudinarias. No pertenecen a los cuerpos armados del Estado ni a los de cualquiera de las Administraciones públicas: no son miembros del Ejército, ni policías, ni guardias civiles.

Defienden intereses particulares. Sobre todo, los de los propietarios de los locales de negocio: controlan sus entradas y salidas, realizan cacheos con arcos voltaicos o con sus manazas a los visitantes sin atender a sus razones, abren sus bolsos y desparraman sus pertenencias con morbosa ostentación y, en casos particulares, pueden retener circunstancialmente a los presuntos infractores de leyes no siempre escritas.

Su función principal no es actuar, -se dice- sino disuadir, amedrentar con su sola presencia, sus corpulentas estructuras, sus pistolones, sus gestos amenazadores, a los posibles malos para que no osen penetrar en los recintos que protegen. Pero, en realidad, están destinados más bien a llevar tranquilidad a los pacíficos, para que consuman sin temores.

Desde antes de que se hicieran habituales entre nosotros, ya conocíamos de su existencia, porque, en muchos países en los que la seguridad personal no está en absoluto garantizada y se concentra la gente de bien, -en los restaurantes, y salas de fiestas-, sobre todo, se encontraban apostados a la entrada, luciendo sus aparatosas escopetas, unos tipos a los que se llamaba vulgarmente guachimén (watchmen). Mantenían a raya a los posibles delincuentes, creando un espacio protector para los que disfrutaban en los locales, haciéndoles creer que nadie les interrumpiría en su gozo, y que, del camino de su coche blindado al interior del local y viceversa, no les ocurriría nada que hubieran de lamentar, salvo la resaca posterior para recuperarse, tal vez, de sus cogorzas.

Un reciente artículo de Manuel Vicent(EP 24 nov 2013) me trajo a la memoria a los guachimén. En esencia, como tengo dicho, especiales guardias de seguridad que garantizan, con su presencia pistolera, que las gentes que disponen de medios suficientes para disfrutar de un buen rato fuera de casa en un lugar de alterne, no serán molestados por los que, ya que no los tienen, pueden sentirse tentados a irrumpir en sus vidas aguándoles la fiesta.

El artículo, que se publica en la columna de colaboraciones de la última página, se titula «Zombis». Los hay, escribe Vicent, «pobres y ricos». La reflexión del articulista es sencilla, pero demoledora: Mientras en la sociedad española aumenta, a pesar de lo que ven los ojos oficiales, el número de pobres, de desharrapados, de gentes que no ganan para vivir, hay unos cuantos que disfrutan de bonanza. Estos últimos, son los «zombis ricos», que «entran y salen de los restaurantes, joyerías y tiendas exclusivas en las millas de oro, aparentemente felices».

Aquí está el tema. La sociedad se está separando en dos sustratos, que se están disociando, como sendos precipitados químicos, de la masa que forma la mayoría silenciosa, el disolvente en el que están embebidos. Están, por un lado, los que no ven motivos de preocupación por la crisis (al contrario), que no son muchos e incluso son algunos menos de los que ya eran; y, por otro, los más pobres, que son bastantes más de los que ya eran y que no ven finales de túneles, sino solo oscuridades hondas.

Vicent cree ver en los ojos de los zombis ricos, un asomo del temor de que, mientras ríen, felices, en los bares y restaurantes, como si nada fuera con ellos, les estén observando los ojos de los que pasan hambre, y, que «su fiesta sea asaltada mañana por una turba de mendigos»

Puede que a esos que no quieren ver la desgracia ajena, tapados los ojos por su propia opulencia, crean erróneamente que el tema no va con ellos, y estén tentados de llamar a más y a más guachimén para que los protejan mientras disfrutan, zombis, aislados de lo que pasa fuera. Podrán hacer construir muros más altos, instalar en sus bordes cuchillas y concertinas ordenar a los guardianes que repartan más mamporros.

Se equivocan si hacen eso, se están equivocando porque lo hacen ya. La solución al posible conflicto entre zombis ricos y pobres tiene que venir por otros lados, no de más guachimen ni muros de aislamiento. De esa forma no se evitará el «estallido social» del que «algunos advierten que la carga explosiva está ya en el aire a la espera inminente de la chispa» capaz de producirlo. (1)

Estamos en un país civilizado, ¿no? Hemos aprendido de la historia, ¿no?

—
(1) Los entrecomillados provienen todos del texto de Manuel Vicent.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: amenaza, control, defensa, delincuente, El Pais, escopetas, guachiman, guachimén, guarda de seguridad, guardia civil, Manuel Vicent, pacífico, pobres, policía, ricos, seguridad, vigilante, watchman, zombis

Cuento de otoño: Caperucita coja

26 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

A todos los niños les gustan los cuentos y a algunos, mucho. A mis cuatro nietas les encantan, especialmente a las dos mayores (que aún no cumplieron los tres años). No les importa que se les cuente el mismo relato una y otra vez, e incluso diría que les parece mejor caminar por los senderos trillados, porque si se cambia la versión del cuento que conocen, enseguida te sacan la tarjeta roja. «Eso no es, abuelo», me interrumpen.

Entre sus cuentos preferidos figura, en muy alto lugar -apenas superado por El patito feo-, el de Caperucita roja,- Es encantadora la tensión con la que siguen el diálogo esperpéntico entre la ingenua niña y lobo disfrazado con el gorro de dormir y el camisón de la abuela, y el alivio con el que reciben la entrada en escena del leñador, que, con la poderosa ayuda de la imaginación, encontrará a las dos, sanas y salvas.

Una de mis nietas mayores no vocaliza aún bien, y Caperucita roja es, para ella, Caperucita coja. Creyendo que le ayudaría a ver las diferencias, inventé un cuento de una niña que tenía una piernecita más corta que la otra, y que andaba a saltos por el bosque, y que, en uno de sus paseos, se encontró con el «bobo felón». No tuve éxito, pues ignora lo que es ser felón, y la historieta discurrió por cauces más bien abstractos para una niña tan pequeña.

Pero los adultos no ignoramos que nuestra historia real está plagada de felones, que actúan como si fueran bobos, aunque no hacen más que aprovecharse de que estamos cojos, y que esta cojera nos impide alejarnos corriendo de su intención de engañarnos.

No hace falta realizar encuestas de aceptación para saber a ciencia cierta que nuestra inocencia de caperucitas ha sido traicionada a mansalva. No se libra del lastre de desfachatez, trampas y, en suma, felonía, ninguna de las instituciones. Aunque, por supuesto, estemos convencidos de que los que engañan son minoría, son más que suficientes. En este bosque de despropósitos, nos encontramos a cada dos pasos por gentes aviesas que, fingiéndose bobos, han utilizado, no solo nuestra credulidad, sino el prestigio de las instituciones en las que desempeñan sus cargos, en su propio beneficio y abusando de nuestra necesidad.

No preciso citar a nadie, porque el mal está ya en boca de todos. No hay un hueco, del rey abajo, ninguno, en el que no haya señales de malicia. Veo a los bobos felones contestando, taimados, a nuestras preguntas de ¿Por qué lo hicisteis?

-Para servirte mejor.
-Porque no podíamos estar al tanto de todo.
-Ya les habíamos advertido de que no lo hicieran.
-Hay que mantener la presunción de inocencia.
-No se podía actuar de otro modo.
-Todos han hecho lo mismo.

Pues ya lo ven, están descubiertos. Aliado insospechado, el diablo cojuelo ha levantado uno tras otro los tejados de esta ciudad para poner al descubierto las desnudeces de los que se creían bien pertrechados, disfrazados de corderos, esto es, de bobos, de bien intencionados.

¿Cómo acabará el cuento? No lo se muy bien, pero veo cada vez más aislados a los que carecen de razones para justificar el tamaño de sus ganancias, lo desmesurado de sus gorros de oropel, la camisa abultada por las bolsas que birlaron. Somos muchos los que estamos del lado de las Caperucitas cojas. Y esperamos que aparezca en acción el leñador de la verdad, ése que, abriendo el vientre de la desfachatez, saque de nuevo a la luz nuestra esperanza, sana y salva.

Veo que en el bosque hay algunos leñadores, ocupados en recoger ramas y astillas y evitando afectar a los árboles altos de este bosque.

Mi tendencia al pesimismo me indica que los jugos gástricos de la codicia han debido haber hecho de las suyas, y, cuanto más tardemos, más convertidos en piltrafas encontraremos los buenos deseos que se han engullido. Mientras creemos estar atendiendo a las explicaciones sobre el estado de nuestra democracia y la recuperación de la economía, interesándonos por lo que pensamos son las respuestas sinceras de la abuela, lo que escuchamos son los argumentos perversos de los lobos feroces, digo, de los bobos felones, que siguen tragando Caperucitas.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sociedad Etiquetado como: abstracto, bobo felón, caperucita coja, cuento, cuento de otoño, democracia, engaño, escena, felonía, leñador, lobo feroz, nieta, pierna, vocalizar

Sobra energía, falta fuerza (y 8)

25 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

(Termino con este Comentario la reseña informal del Congreso sobre la Energía como recurso económico celebrado en Sevilla en noviembre de 2013)

Jiménez Beltrán, en su intervención, se refirió a la divergencia de precios de gas natural en Estados Unidos respecto a Europa (5 veces superior) o Asia (8 veces). Desigualdades como ésta afectan sustancialmente a las posibilidades de acceso a la energía; estimó en 2.600 millones de personas el número de las que no tienen en sus casas cocina o calefacción.

Para Jiménez Beltrán, la estrategia de un país que depende de las importaciones, a la hora de planificar sus fuentes energéticas, debería orientarse con preferencia «a firmar contratos con países pequeños, con poca población»: es mejor contar como suministrador con países como Qatar o Noruega que Irán o Inglaterra, que tienen problemas para autoabastecerse («no dan abasto», fue su concreta dicción).

El territorio español está «perforado pero no explorado». La previsión técnica es que, para que una cuenca se considere explorada, deben haberse realizado 5 sondeos por cada 1.000 km2; en España (con más de 500.000 km2) se habrán perforado unos 600 pozos, lo que da idea del escaso conocimiento del subsuelo profundo. (Ramón Romero ha realizado el gráfico de la proporción relativa de sondeos en España). «No hemos hecho los deberes en los hidrocarburos convencionales»

Jiménez Beltrán puso de manifiesto que el consumo actual de gas natural en el mundo se encuentra en el entorno de 70/75 Mill barriles equivalentes/día (1 barril igual a 165 l)

¿Dónde perforar preferentemente?. El conferenciante recordó que «si hay petróleo en un yacimiento es porque hay roca madre», y el shale gas aparecerá también donde hay o ha habido petróleo. Los países del Middle East no participan en la corriente actual que vuelca su interés sobre este recurso, porque tienen aún importantes reservas de petróleo.

Desde los años sesenta del pasado siglo se está perforando en Andalucía, habiéndose descubierto los primeros yacimientos de gas en los ochenta: «son porosos y permeables, por lo que no se necesita fracturación hidráulica. Solo se recupera un 15 a un 20% del gas, salvo en el de Casablanca, de tipo water drying, en el que se alcanza el 60%.»

La producción española es mínima: «lo que producimos de gas nos lo consumimos en un día; y el petróleo que extraemos, con dos. Solo 240 millones de barriles se han producido desde el origen, fundamentalmente en Casablanca. La factura en hidrocarburos es similar a la de ingresos por turismo (un 4,5% del pib)»

Las propuestas de Jiménez Beltrán se acumularon al final de su intervención: «El potencial mayor lo tiene España en Canarias, con 1.900 mill de barriles. Pero a los que quieren invertir, en este país les ponemos piedras en el camino: Repsol lleva diez años en discusiones para que le dejen perforar». «La formación de los funcionarios debe atenderse: conocen la minería, pero no el sector de hidrocarburos. ¿Por qué no hacer como en Inglaterra, en donde se ha creado la figura de civil server, con 2 años de intercambio con las empresas privadas, en donde se forman» «Pongámonos las pilas. Mientras aquí nos demoramos en las decisiones, Marruecos está haciendo perforaciones cerca de Canarias»

Soy perfectamente consciente que dejo sin comentar ponencias que fueron tanto o más interesantes que las expuestas. Las glosaré otro día. Pero me reclaman otras tareas.

FIN

Publicado en: Energía, Política, Sociedad Etiquetado como: colegio, energía, espaa, fracking, jiménez beltrán, Sevilla, sondeos

Granja humana

12 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El ensayo filosófico de George Orwell titulado Animal Farm y contado en forma de novela, podría haberse titulado Human Farm sin tener necesidad de cambiar el argumento, porque los animales de la historia son perfectamente identificables como seres humanos travestidos.

En verdad, y no solo en el idioma en el que esto escribo, se atribuyen a algunos animales defectos y virtudes para aplicarlos a los demás humanos (o a nosotros mismos), como si se reconociera que el grado máximo de una cualidad no se encuentra entre nosotros, los monos desnudos que analizó Desmond Morris.

Por eso, podemos tener hambre de lobo, memoria de elefante, ser taimados como un zorro o miedosos como los conejos o las gallinas. Faltos de coraje o de ideas, nos comportaremos como un corderito (o miraremos como uno de ellos degollado), disimularemos nuestra satisfacción con lágrimas de cocodrilo y nos arrastraremos como gusanos para pedir un favor o indulgencia.

Hay tipos que se comportan como una mosca -y, hay que prestar atención a las cojoneras-, o son molestos como ladillas. Si no merecen atención, no pasan de microbios y si son lentos como caracoles, mejor no encomendarles nada que demande prisa, ni a ellos, ni a quelonios. De tener cuidado con alguien, seámoslo con los taimados y prudentes como serpientes (consejo bíblico, además) y, como norma de felicidad, puede servir la de sentirse como pez en el agua (aunque sospecho que se siente mejor un escarabajo entre la mierda).

En el zoo humano con remedos animales, no faltan quienes tienen vista de águila, tanto para descubrir agujas en los pajares como para detectar, de lejos, a los que vienen bufando. Si encontramos a algún subordinado o criado que sea fiel como un perro, podemos sentirnos de enhorabuena, porque es más habitual que, cuando menos te lo esperas, aquel en quien confías te de una coz; que de desagradecidos está el mundo pleno, y está claro como el agua que eso de cría cuervos y te sacarán los ojos se refiere a la naturaleza de los humanos y no a la de los córvidos.

Aunque las cosas no se ven como hace años, siguen siendo motivo de murmuración ajena las cornamentas con las que se identifica a los que sufren infidelidades, ya sea por asuntos de cama o de trabajo, referencia visual tomada de animales machos -cabríos, pero también cérvidos y bóvidos- que pelean hasta la extenuación para aparearse con el mayor número de hembras del rebaño, utilizando, antes que el sexo, la testuz.

Por cierto, y sin que se sepa bien porqué, se atribuye a las gallinas la cualidad de ser promiscuas, a las ratas ser pobres y a los osos, la fealdad.

No está de mas precisar, para novatos en las delicias de esta lengua, que tenerlos como el caballo de Atila, Espartero y otros tipos que pasaron montados a la historia, no implica afición a la coyunda, sino al riesgo.

En el invierno, estés vacunado como si no, es raro que no pases unos días con una fiebre de caballo, y, en toda estación, se encontrará a especialistas en marear la perdiz o revolotear sin rumbo fijo. Se puede ser feliz como un pájaro (desde luego, no enjaulado), presumido como un pavo (real), patoso como es lo propio de los ánades, o ser tratado como un perro, que quiere decir, en este caso, mal (aunque para sí lo quisieran algunos).

Circunstancias exóticas también cuentan con adeptos en esto del lenguaje críptico, como encontrarse como pulpos en garaje o elefantes en cacharrería.

Lo dejo aquí. No quiero ser más pesado que una vaca en brazos, ni parecer más torpe que un pollo mareado, ni con menos ingenio que un mosquito, que ya serían ganas de estar por ahí pintando la mona.

Publicado en: Literatura, Sociedad Etiquetado como: asno, cocodrilo, conejo, cordero, cornudo, elefante, gallina, granja, humana, mono desnudo, Morris, Orwell, personificación, zorro

El arte de la guerra y el trazado de nada sutiles líneas rojas

11 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Supongo que los chavales más belicosos de cada centro de enseñanza siguen trazando líneas en el suelo y amenazando con golpear al entrometido hasta la muerte si se atreve a traspasarla. Por los más fútiles motivos.

Hace tiempo que no me acerco a los Institutos y Colegios de donde deduzco, por lo efectos exteriores que contemplo, que se ha avanzado bastante en conseguir desorientar a jóvenes y jóvenas sobre lo que se espera de ellos en el más allá de las aulas, pero apostaría doble contra sencilla a que los viejos hábitos con los que se consigue auto-perfeccionar, sin ayuda de nadie (perdón de la redundancia) los comportamientos agresivos, se mantienen incólumes. No en vano forman parte de la esencia de la especie.

Nacemos preparados, con la espada bajo el brazo, para el arte de la guerra, Y, ay de los que no tengan el filo siempre a punto.

El actual presidente de los Estados Unidos más numerosos (por ahora), Barak Obama, está demostrando un dominio supino del arte de la guerra que parece, por su perfección, sacado de los libros orientales y haberlo experimentado en los patios de colegio de barrio multirracial.

Porque se ha especializado en trazar líneas, que me recuerdan poderosamente a las que los bravucones del Colegio de pago al que fui (con beca) dibujaban con la punta del zapato en la arena, acompañadas de un escupitajo.

-«Si te atreves a pasar de aquí, te ostio» -acostumbraban a decir, asustando a los más pequeños o más débiles.

Y resulta que luego, las atravesabas y no pasaba nada.

-«Por esta vez, pase. Pero, a la próxima, ya verás» -era la revisión de la amenaza con la que se tranquilizaban a sí mismos para justificar el incumplimiento de una regla que se habían imaginado y que maldito si interesaba a nadie que se cumpliera.

El lector puede estar pensando que me refiero exclusivamente a la amenaza de Obama de castigar con ciertos imprecisos males del infierno al gobierno sirio si se comprobaba que habían empleado armas químicas contra la inocente población civil (por cierto: la población civil es la única que merece tal apelativo en las crónicas de la guerra). Puede que también piense en el mantenimiento de un oscuro sistema de ayudas sociales en un país con el mayor número de hambrientos contabilizados de todo el orbe civilizado (si es que existe tal Utopia; la de la civilización, aclaro).

Pero se equivoca si me atribuye tal simpleza. El mundo está plagado de líneas rojas. Y, por esta vez, la línea roja a la que dedico este Comentario está trazada para proteger la sociedad del bienestar de la Unión Europea. Y no es solo imaginaria, tiene ribetes muy reales. La defendemos con alambres de púas, con patrulleras, devolviendo a los que consiguen superarla al punto de partida (como en el juego de la Oca) y, si hiciera falta, no me cuesta trabajo creerme que se agujerearían a los que se acerquen a ella los botes salvavidas con disparos al aire (que es lo propio, tratándose de balsas inflables).

Tanto esfuerzo es, por los resultados, inútil. No evita que, en esta época de penuria, aumente de forma constante el número de desarrapados que superan las líneas rojas, ocupan las calles, se instalan en las esquinas, llenan los poblados marginales de las ciudades y, ayudados por empresarios y particulares que no me atrevo a calificar de caritativos, llenan espacios de la cada vez más amplia economía sumergida.

Son zombis del desarrollo, de la globalización, de la superación de la lucha de clases que distinguía el proletariado de los capitalistas, por la confrontación entre el precariado (la palabra no es mía; y lo lamento, porque es una joya semántica), y los amedrentados, en beneficio de la estabilidad y crecimiento de los beneficios de unos pocos, ahora ya, gracias a la internacionalización (no la Internacional, otra cosa), ubicados en los paraísos fiscales, mayoritariamente.

Aparentemente, son solo los inmigrantes irregulares, y los que intentan serlo, los que se esfuerzan en traspasar, obstinadamente las líneas de colorines con las que pintamos el mar Mediterráneo, delimitamos las fronteras de Schengen, incluso las que habilitamos como zonas de protección, con la colaboración de países bastante pobres que dicen ser amigos porque aspiran a recibir mejores tajadas de lo que aún envidian, porque no ven el espejismo de nuestra prosperidad.

Son líneas imaginarias, sutiles, inexistentes en realidad, porque han sido definidas con una bravuconería de golfo de instituto que no podemos defender.

Deberíamos darnos cuenta de una vez que solo hay una sola actitud posible, y no es de defensa, sino de cooperación: no consiste en trazar líneas rojas, ni apabullar con voces y gritos, ni, mucho menos, manejando las armas.

Si nos creemos la globalidad, solo ganaremos esta guerra aceptado cuál es el enemigo. La falta de solidaridad, la trampa de la globalización, el despilfarro y el acaparamiento ilícito de recursos. Se gana con solidaridad, con ideas, con apoyos recíprocos y, también, con el reconocimiento de que es una tarea de todos. E implica prestar mayor atención a algunos países, justamente, a los que les hemos estado sustrayendo recursos para nuestro desarrollo, y no aplaudiendo a los que trazan aquí y acá rayas que solo duran recién pintadas mientras no se traspasen en tropel por los que están teóricamente al otro lado.

Publicado en: Ejército, Sociedad Etiquetado como: arte de la guerra, belicoso, ejército, espada, inmigrante, irregular, línea roja, Obama, precariado, responsabilidad, solidaridad

Animalario estrafalario

10 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Antes incluso de que Esopo entendiera que el mundo es una fábula, los ejemplos de defectos y virtudes tomados de los animales y aplicados a la especie humana, eran ya numerosos.

Recientemente, la divulgación de los episodios del National Geographic ha puesto al alcance de todo el mundo imágenes que resultan excelentes para explicar algunos comportamientos colectivos.

El de los ñus esperando para cruzar el río Mara, plagado de cocodrilos, a que alguno se animase, fue empleado hace nada por el ex-presidente extremeño, Rodríguez Ibarra, para poner de manifiesto que, en el tránsito por el desierto del partido socialista, -en busca de mejores pastos-, se estaba esperando a que alguien diese el salto -«a riesgo» (dijo) «de perecer en el intento»-, postulándose para la faena de encontrar una vía por la que salir del atolladero ideológico.

Parecido ejemplo, aunque algo peor contado, fue utilizado por el periodista Alfonso Rojo en la Sexta cuando habló de la estampida de los señores diputados del Congreso hacia sus cavernas y guaridas de fin de semana, en el deseo de aprovechar al máximo el puente de Todos los Santos, poniendo en valor sus carnales devociones.

El mito del cementerio de elefantes (que tanto me impresionaba cuando fui niño), se ha quedado muy desmadejado al reconocerse, en esa obsesión por levantar los velos, que las acumulaciones de osamentas eran debidas, por mitades a las masacres de los cazadores de colmillos para la reventa en las vitrinas de los coleccionistas occidentales y a la muerte sobrenatural por deshidratación proboscídeos junto a los lechos secos del río en el que se habían juntado para abrevar, guiados (mal) por su instinto.

Sin embargo, la expresión «cementerio de elefantes» sigue siendo atractiva para designar lugares de reposo final, como el Parlamento Europeo, en donde políticos de variadas cataduras, que son ya inservibles para el mercado nacional, reciben sus últimas inyecciones para incrementar su patrimonio y de lo que, los demás, curados de espantos, ni nos inmutamos; así lo quiso ver, sacudiéndose de encima cualquier tentación para sí mismo, Juan Alberto Belloch, en otra entrevista -por cierto, muy jugosa, aunque nada tierna- que le hicieron en la cadena de los rojos de salón (la Sexta).

Como adicionado a las fábulas, me gusta ahora mucho la que han extraído de la China algunos estudiosos, para ponerla en circulación entre los nuestros:

Un mono observaba, desde lo alto de un árbol, un pez que sesteaba en la orilla. «Pobre animal -razonó- se está ahogando. Lo salvaré». Utilizando su pericia, lo extrajo del agua, y, cuando el de las aletas se debatía, ahogándose, se animó del resultado: «Vaya, parece que reacciona». Muerto el pez entre las manos del primate, éste sacó sus conclusiones: «Lástima no haber llegado antes, porque se hubiera salvado».

Lo he contado ya un par de veces, y le encuentro múltiples aplicaciones. Puede que incluso sirva para que le saquen partido quienes buscan nuevos caminos a la izquierda. Pero como soy proclive a parecer de casi todo, menos partidario, no seré yo quien, tal como están las cosas en la jungla, arriesgue a acomodar esta fábula a la historia de este animalario.

Publicado en: Sociedad Etiquetado como: Alfonso Rojo, animalario, Belloch, cococrilo, izquierda, Mara, mono, ñu, PSOE, Rodríguez-Ibarra, sío

Las ideologías adaptadas

9 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Creo que es un buen momento para reflexionar sobre el fracaso de las ideologías rígidas, sean de izquierda como de derechas -y no digamos, de centro, que es como decir que se está dispuesto a chiflar con el que más mande-.

Afirmar con rotundidad que no existe -ni podrá existir, siendo maximalista- ninguna ideología que pretenda su implantación práctica por la aplicación inflexible de sus principios dogmáticos, tiene el aval de una amplia experiencia histórica de casi un millón de años y, por supuesto, cuenta con la referencia próxima de lo que estamos conociendo ahora.

En las democracias parlamentarias, los partidos políticos basan sus programas en presentar una serie de aspiraciones ideológicas junto con unas cuantas concreciones, destinadas a captar la atención de los votantes, sobre todo, de los que no se encuentran «ideológicamente comprometidos».

Es una banalidad, por no decir, una tontería que se ha venido admitiendo como verdad en los países más avanzados en esa entelequia que se ha convenido en llamar democracia, que existen dos corrientes generales de actuación política.

Desde una, se supone que la manera de mejorar la situación de los más débiles y desfavorecidos, es presionando sobre los que más tienen, distribuyendo mejor los excedentes desde el Estado.

Desde la otra, se acepta que todos pueden mejorar en una sociedad si se deja el campo libre a la iniciativa privada, verdadero motor del desarrollo.

Jamás se ha conseguido hacerlo así (al menos, de forma permanente), porque los intereses personales de quienes se han constituído como dirigentes, consiguen de forma inevitable corromper cualquier sistema. Solo funcionarían las ideologías adaptativas, pragmáticas, aquellas que, conociendo la realidad presente, se enfoquen a mejorarlo en el corto plazo.

No creo en los largos plazos en política, y no creo en ellos porque los Estados -en especial, los Estados intermedios y pequeños- no tienen capacidad de actuación en el mundo global, que es movido por los intereses, egoístas, pragmáticos, de los más poderosos.

Por eso, si un partido quiere convencer de su capacidad, más que presentar un programa con una panoplia de deseos irrealizables, debería decirnos cómo entiende que podrá resolver, de forma lo más inmediata posible, los problemas acuciantes de esta sociedad. Y si no sabe cuáles son (y, por tanto, cómo resolverlos) o si lo que se le ocurre son, simplemente, credos ideológicos, que se retire.

Publicado en: Política, Sociedad Etiquetado como: adaptación, aspiraciones, atención, banalidad., centra, compromiso, corto plazo, derecha, fracaso., ideología, ìmplantación práctica, partido, PP, programa, PSOE, socialismo, UPyD, votante, votantes

Problema de árbitros, castas y residuos

7 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Son tantos los problemas pendientes de solución en España que el que Madrid lleve tres días sin que se recoja la basura tiene que ser visto, si alguien se pudiera jactar de tener el Estado en la cabeza, como un tema menor.

No he conseguido aclararme muy bien sobre lo que se discute en este concreto caso. He oído y leído demasiadas contradicciones, producto, sin duda, de intereses de parte. Por ejemplo, que las empresas concesionarias pretenden implantar un ERE por el que se reducirá el salario de los recolectores a 650 euros/mes y también que hay actualmente conductores de los vehículos de recogida de esas mismas empresas que ganan más de 3.500 euros por su mesnada.

He visto con mis propios ojos a varios tipos que volcaban contenedores, o esparcían basura por las aceras. En la televisión, se ofrecieron imágenes de recipientes y coches incendiados y no faltaron afirmaciones que acusaban de intolerancia, mala gestión y otros patatines y patatanes.

Lo de los residuos de Madrid no es tanto un problema de castas (ya ni siquiera en la India los recolectores de la mierda de otros son considerados gentes de inferior categoría, y no digamos en estos predios, donde la gente se puede llegar a matar por un puesto fijo en una empresa de servicios públicos y qué decir si se trata de ser concesionario de la llamada eufemísticamente recogida separativa de residuos y enseres, que a algunos ha hecho muy ricos).

Es un tema de árbitros.

Alguien podría pensar que es también un problema de equipos, o de jugadores o de reglas de juego, pero me obstino en afirmar que los sujetos clave son los árbitros.

En los residuos, como en tantos temas, faltan en España autoridad, transparencia y… árbitros. Desde luego, que haya una huelga de un servicio de primera necesidad y que, sindicados o por libre, unos individuos se dediquen a ensuciar más las calles, vertiendo basura por su cuenta, es una anomalía del sistema, es un desprecio a los demás, una piltrafa social.

Como lo es también que haya empresas que se enriquezcan desmesuradamente con la ejecución de esta actividad básica, para la que, dicho sea de paso, tampoco hace falta ser un virtuoso: barrer, recoger, retirar donde no se vea, lo que muchos no quieren; tal vez, seleccionar lo que aún es válido; puede que quemarlo si sabemos cómo sin que los humos nos delaten.

Falta credibilidad, solvencia y… arbitraje.

Ya hemos renunciado a que alguien, o incluso un equipo, pueda tener los problemas más acuciantes del país en la cabeza. Son demasiados y los complicamos a diario: pérdida de credibilidad de las instituciones (corrupción, latrocinios, engaños, etc.), decadencia hacia el caos en los sectores sanitario y educativo (por hablar de dos de los básicos), paro incontrolable por pérdida múltiple de rentabilidad en los más variados campos, intenciones separatistas que se pueden referir (seguramente) a egoísmos inconfesables, inseguridad jurídica en no pocos asuntos (largos plazos justicieros, dependencia del factor humano en las resoluciones judiciales, politización del Derecho, obsesión legiferante, etc.),…

En este panorama, no me preocupa que el PSOE, en IU, en UPyD o en el PP haya primarias. Son temas de partido, o sea, de equipos. A muchos ciudadanos de nuestro país, que somos los que nos la estamos jugando, lo que nos importa es que haya, no primarias ni primarios, sino buenos secundarios y terciarios. En masculino o en femenino.

Que esos secundarios, hoy ocultos, tomen de una vez el poder y nos convenzan de que son capaces de hacer un buen arbitraje, con solvencia y por encima de las castas. De las castas y de los que no son castos, en el sentido de los que son corruptos, vagos, ineficaces.

Porque necesitamos barrer los residuos de las demasiadas incongruencias que nos están impidiendo solucionar lo principal, que es mantener limpio el escenario, para que podamos trabajar, y se dejen ya de volcar los contenedores con la mierda.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: árbitros, basura, castas, honestidad, juego, Madrid, partidos políticos, residuos, solvencia, trabajo

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