«Traigan los caballos vacíos» es el título enigmático que David Niven dió a uno de sus trabajos literarios. No creo que los jóvenes recuerden a ese magnífico actor secundario de Los cañones de Navarone, una película de las llamadas de guerra con las que los adolescentes de lo que se llamó la España imperial fuimos educados en la admiración a lo norteamericano, (sus hazañas inventadas, sus héroes honorables y actrices, casi todas, extranjeras, que aparecían fugazmente en la pantalla para besarse con tres o cuatro tipos guapetones, hasta que se decidían por el personaje que interpretaba quien tenía las letras más grandes en los títulos de crédito).
De aquella película, se me ha quedado incrustada entre las imágenes memorables de mi vida la espalda desnuda de Gia Scala, recién descubierta como espía. Ese debía ser el motivo -supongo- por el que la censura de principios de los 60 del pasado siglo la había calificado como «solo apta para mayores de 16 años» -edad que yo no tenía (por poco) cuando la pusieron por primera vez en el Cine Santa Cruz, en Oviedo.
El feroz portero que se encargaba de pedir los carnés acreditativos a aquellos a quienes nos temblaba el labio mientras sosteníamos la entrada, me rechazó una vez, y cuando, al día siguiente, camuflado entre varios compis más fornidos, se me ofreció la posibilidad de desentrañar las razones por las que el obseso de la tijera había restringido el uso de aquella medicina de divertimento a chavales con bozo ya asentado y a hembras con años de menstruación acreditables, me propuse no volver a afeitarme el bigote, lo que cumplí sin mayores interrupciones hasrta hoy.
Traigan los caballos vacíos es una frase sin sentido, que Niven atribuye al director húngaro Michael Curtiz, quien tenía un dominio precario del inglés, y que, en realidad, quería decir «traigan los caballos sin jinete», esto es, desmontados.
Parecerá al lector de este Comentario inconsistente, pero, leyendo ayer los periódicos con las desgracias del día, asimilé llas tristes novedades a la necesidad de que, en lugar de tanto tropel de jinetes montando a la carrera caballos enjaezados de mentiras, se nos trajeran al plató «los caballos vacíos», esto es, sin entrañas, despojados de sus tripas.
A ninguno de los colaboradores del director Curtiz se le ocurrió ofrecerle, en lo que hubiera sido el cumplimiento exacto de lo que había expresado, rocines destripados, pero hoy nuestro caso es diferente.
No queremos hechos simulados, sino verdades desnudas; y, por favor, dejen de tomarnos por niños. Aunque protagonizada por mayores sin reparos, esta película real deben verla todos los públicos, para vergüenza de los que la hicieron posible y ejemplaridad de cuantos tengan tentaciones de seguir tomándolos como modelo.
