Al socaire

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Cuento de otoño: La sugerencia que no llegó a ser analizada

13 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En Valgamediós estaban preocupados. No todos, desde luego. Pero sí la mayoría, y, en especial, la mayoría silenciosa.

Pasaba el tiempo, y la situación empezaba a ser insoportable.

Para algunos, resultaba muy molesto, pero por razones poco relevantes, aunque expresaban su disgusto torciendo la cabeza, y mirando hacia otros lados. Había pobres por todas partes. Les resultaba muy difícil caminar tranquilamente por la calle sin encontrar algún pedigüeño, lo que afeaba el lugar. A las puertas de los supermercados, de las iglesias, de los Bancos, de los restaurantes, había siempre alguien con la mano extendida.

El número de necesitados crecía, ya que, por algo que conocían como efecto llamada, venían incluso de otras poblaciones en las que, al parecer, aún estaban peor.

Eran numerosos los valgamediosanos a los que resultaba bastante duro resistir, pero confiaban en que las cosas volvieran a ser como antes. Añoraban los tiempos recién pasados, aunque ignoraban cómo la situación podría enderezarse, porque les resultaba muy complicado entender lo que había pasado.

-Nosotros, que conocemos cómo funciona el sistema, os prometemos que todo cambiará cuando las economías de los pueblos vecinos de Immererfolgreich y Nousavanttout, salgan adelante. También hay que esperar que al Presidente de Wetheworldleaders se le ocurra algo brillante. Su éxito nos arrastrará, y, hasta que esto suceda, invitamos a los jóvenes más capacitados a que busquen empleo en esos lugares, triunfen, y vuelvan a casa con nuevos ímpetus -era el mensaje que difundían, acompañado de música celestial, los altavoces instalados en los lugares oficiales pertinentes.

En realidad, hacía años que en Valgamediós no se creaban puestos de trabajo y, por tanto, no era posible cambiar, como antes, el tiempo, las habilidades y los conocimientos por dinero, en los mercados locales. Al contrario: las empresas de Valgamediós, despedían todos los días a miles de empleados, que pasaban a engrosar las cifras de los que ya estaban parados, que es la manera de expresar que se habían vuelto estupefactos.

Especialmente afectadas estaban las empresas que eran propiedad de pequeños comerciantes, gentes cuyos nombres eran conocidos, si bien lo que recogían los periódicos locales eran las protestas de los despedidos de las empresas más grandes, que armaban mucho alboroto.

-Ha cerrado la tienda de ultramarinos de la esquina, que llevaba en el barrio desde 1903 -comentaba la tía María a su vecino, jubilado.

-En esta calle, solo queda en pie la Expendeduría de Lotería -apostillaba otro, que se encontraba trabajando de extranjis en una mueblería.

La economía se había sumergido bastante, desde luego, y quien más quien menos, se había estado arreglando con alguna chapucilla, al menos, mientras cobraba el subsidio de desempleo. Pero incluso bajo el nivel del dinero que circulaba al aire libre, es decir, en las alcantarillas del sistema, escaseaban las oportunidades. Los salarios bajaban y bajaban.

Un buen día, el Controlador de Cuentas expuso la situación con crudeza:

-No hay dinero para mantener el Estado del bienestar. Los ingresos son muy inferiores a los gastos. A partir de ahora, viviremos en el estado del estar. Simplemente.

Pronto se supo que ese estado de estar era el equivalente a sálvese quien pueda. Y, para algunos, resultó incluso entretenido. Tenían liquidez, y surgieron nuevas oportunidades, porque a ellos, les bastaba solamente aprovecharse del estado de necesidad de otros, lo que proporcionaba beneficios interesantes. Compraban, a precio de saldo, lo que otros se veían obligados a vender.

Desde los Centros de Propuestas y Elucubraciones Imaginables, no faltaron ideas, pero el problema estaba en la dificultad de ponerlas en práctica. Para todas, se necesitaba dinero; para muchas de entre ellas, experiencia; para la mayoría, conocimientos de los que no se disponía.

-Tenemos que cambiar las reglas del mercado, porque solo sirven para que unos se enriquezcan a costa de los que carecen de información -escribió un experto en Historia de la Humanidad, en un artículo publicado en un periódico de tan escasa difusión, que apenas si vendía los ejemplares que compraban los que expresaban sus ideas en él.

-El mal está en el exceso de corrupción de los que dirigen y controlan, no en el sistema. Un poco de corrupción es tolerable, pero por encima del diez por ciento, es insoportable -explicó, con varios ejemplos imaginativos, un profesor de Ética Universal, que disponía de un importante patrimonio conseguido gracias a inversiones realizadas en productos altamente contaminantes y que vivía en un chalet adosado a su complacencia.

-Debemos fomentar la explotación de los recursos naturales, y puesto que nosotros sabemos disfrutar de la naturaleza, debemos desplazar las fábricas contaminantes a aquellos lugares en donde sus habitantes no tienen nuestra educación ecológica y no están acostumbrados a nuestros altos niveles de calidad de vida -apuntó un miembro distinguido de la Fundación para Proyectos Nimby, que contaba con muchos seguidores dispuestos a movilizarse a las primeras de cambio, reclamando la defensa del medio ambiente.

Incluso apareció un grupo la mar de interesante que defendía el uso de la imaginación para crear el propio puesto de trabajo, como fórmula que se aplicaba en los países más avanzados del orbe. El problema estaba en que la imaginación de los que solo tienen buena voluntad queda limitada por fronteras que se alcanzan muy pronto, y se encuentra con muros insalvables: la insuficiente formación, la escasa financiación, el largo tiempo de maduración de los proyectos, el miedo a fracasar porque el que cae una vez es estigmatizado para siempre y, sobre todo, se topa con un cúmulo de dificultades inextricables, que se fabricaban y perfeccionan por las noches, como hilos de Ariadna, en múltiples centros de mantenimiento del orden establecido, que colaboran con la indolencia y la apatía, hierbas que crecen libremente en los lugares donde nadie vigila.

Así estaban las cosas, cuando alguien anónimo escribió con spray rojo, en la misma Vía del Desánimo, por la que los valgamediosinos acostumbraban a pasear a diario, una sugerencia de apariencia muy elemental.

-Si queremos disfrutar del mayor bienestar posible, ¿por qué desperdiciamos las capacidades que tenemos? Dejemos de lamentarnos por lo que hemos perdido, y dediquémonos todos a trabajar en lo que sí podemos conseguir.

Seguramente al autor le pareció larga la parrafada y como debía tener tiempo para escribir un estrambote, antes de que lo descubrieran los vigilantes del lugar, había terminado con este lacónico mensaje:

«No necesitamos que nos enseñen a vivir y no nos dejaremos morir.»

Era otoño, y las hojas caídas de los árboles cubrieron casi de inmediato la propuesta. Por la tarde, un camión de la limpieza, provisto de mangueras que lanzaban chorros de agua a presión junto a un poderoso detergente, borró la propuesta en un santiamén.

-No era una mala idea -murmuró para sí el conductor del vehículo, mientras se dirigía a otros lugares que también le habían señalado como necesitados de un buen fregado.

Las luces de Valgamediós seguían apagándose sucesivamente.

FIN

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Cuento de otoño: Yemeserach y la tierra prometida

12 octubre, 2013 By amarias2013

Su padre le puso el nombre de Yemeserach, que significa Buenas Noticias. Era una niña hermosa, con la piel de un negro siena que brillaba al sol como el café tostado.

La llamó así no porque el nacimiento les hubiera colmado de alegría. Obviamente, hubieran deseado tener otro varón, ya que son más resistentes y de mayor utilidad para el trabajo. Hacía el número seis de sus hijos, y su madre era aún joven y fértil. Una buena esposa, que le llevaba cada día a su esposo la comida al campo, le lavaba los pies y se encargaba de traer el agua, preparar la cerveza, calentar la vivienda con boñiga seca y preparar las tortas de teff.

Cuando nació Yemeserach, las señales de la naturaleza daban a entender que la temporada de lluvia iba a ser larga en Kohla Diba, situada en la zona de Amhara, y eso resultaba un buen augurio. La familia poseía dos hectáreas de terreno; una parte, estaba plantada de café, que se vendía a un comerciante de Kohba; el resto, se dedicaba a pastos para las seis vacas, los dos bueyes y las trece cabras que eran, junto a dos decenas de gallinas, la verdadera riqueza de la familia.

No fue sin dolor que Yemeserach fue entregada a cambio de 2000 birr a un matrimonio de mercaderes affares que prometieron cuidarla y educarla como una hija. Estos la vendieron a un anciano de Addis Abeba, cristiano copto, que se creía descendiente del mismo rey Salomón, y que la educó en el conocimiento de la Biblia y que se jactaba de ser un zahorí infalible.

Yemesarach demostró ser muy lista, y, en particular, resultó tener una facultad especial para hacer predicciones. Adivinaba, con solo mirar a los ojos de su interlocutor, quién era buena o mala persona, y, sobre todo, tenía facultades para encontrar agua en el desierto, señalando el lugar en donde se podía hallar un líquido tan precioso, ayudándose de una vara de olivo.

Cuando alcanzó la edad de catorce años, Yemeserach se quedó embarazada sin que fuera capaz de explicar el fenómeno, y el anciano que la había cuidado, temiendo que le atribuyesen la paternidad, y velando por su buen nombre, la echó de casa.

-Eres una buena niña, y estoy muy satisfecho con tu aprendizaje, pero no puedo exponerme a la maledicencia. Eres inteligente y trabajadora, y sabrás cómo sobrevivir. Te regalo este libro sagrado, que perteneció a mis ancestros, y, cuando tengas necesidad, ábrelo al azar, y encontrarás la solución a lo que te aflija.

Y le entregó una Biblia, un hatillo con comida y leche, un vestido blanco de ceremonia y unas sandalias de repuesto para el camino. También le dio un beso en la frente.

Yemeserach, abandonó la casa en la que había vivido los últimos años, y se dirigió a la plaza principal de la ciudad, en donde tenía pensado ofrecerse como zahorí y sacar algún provecho de su facultad de distinguir a las buenas de las malas personas mirándolas a los ojos.

Mientras esperaba que alguien solicitara sus servicios, se comió la mitad de la torta que le había dado el anciano y se bebió la leche. Cuando estaba en esa ocupación, se le acercó un joven amhara y le preguntó qué hacía en ese lugar.

-No tengo dónde ir, porque el anciano que me cuidaba me echó de casa -contestó la niña.

-Si quieres, puedes venir conmigo. Pertenezco a un grupo de personas que estamos preparando una expedición para irnos hasta Europa, en donde esperamos salir de la miseria -explicó el nuevo compañero.

Yemeserach explicó que no tenía ningún dinero, y que solo poseía una Biblia y la facultad de conocer dónde había agua bajo tierra y cómo distinguir la bondad o maldad de las gentes.

-¿Y qué ves en mí? -curioseó el joven.

-Veo que eres una buena persona. Aunque, para saber qué hacer, debo consultar antes el libro sagrado en donde encontraré la dirección que debo tomar, porque lo que me propones es una aventura.

Diciendo esto, abrió la Biblia al azar y leyó en voz alta. Quiso la casualidad o el designio de Dios que lo hiciera en las páginas que corresponden al Cántico de Ana, la mujer de Elcana, en el libro de Samuel: «Es Yavé quien hace morir y vivir, hace bajar el sol y subir de él. Es Yavé quien empobrece y enriquece, humilla y exalta».

-¿Qué quiere decir eso que lees? ¿Cómo interpretarlo? -habló, al cabo de un momento de silencio, el curioso joven amhara. La muchacha lo encontró también hermoso y fuerte.

-No lo sé exactamente -replicó Yemeserach-. Pero voy a ir con vosotros, y que sea lo que Dios quiera. Lavaré y cocinaré y buscaré hierbas y comida en el camino hacia esa Tierra Prometida.

Así fue como la niña embarazada se incorporó al grupo que pretendía llegar hasta Europa y, mientras caminaban por tierras secas o fértiles, avanzando, sin saberlo, sobre depósitos de gas, cobre y tántalo, y se protegían del sol y de las serpientes y de los alacranes, selló la amistad con aquel joven que pertenecía a su misma etnia, y que se llamaba Edel, que significa Suerte.

Edel le contó un cuento de un niño que todo lo entendía al revés, y Yemeserach lo escuchaba, una y otra vez, embelesada.

Al principio eran pocos, pero a medida que avanzaban se fueron integrando en la expedición cientos, y luego, miles de personas, y, después de caminar muchos kilómetros y pasar múltiples penalidades, amortiguadas por la facultad de Yemesarach para localizar agua en los desiertos y poder distinguir las buenas de las malas personas, llegaron a la orilla de un mar y una vez allí, se lanzaron al agua como si fueran lémures, ñus o cebras en migración.

Pocos sobrevivieron, pero aupándose los que quedaban sobre los cadáveres de los que iban cayendo, alcanzaron a pasar al otro lado, en donde se dispersaron como polvo del desierto movido por un viento persistente.

Entre los que lograron sobrevivir, estaban Yemeserach y su hijo, que ya tenía dos años, y al que, a propuesta de Edel, llamó Bantayehu, que significa Vi A Través De Tí. La patrulla que los recogió anotó que el único enser que llevaba la joven era una Biblia escrita en amáhrico, y que se encontraba en muy buen estado, y en la que había varios párrafos subrayados con un color rojo negruzco, como sangre seca, que era, en verdad, el líquido con el que habían sido destacados.

De Edel no se supo nada más.

Yemeserach, miraba en lo profundo de los ojos de todos cuantos encontraba, pero jamás dejó traslucir desde entonces si veía bondad o maldad en sus corazones.

FIN

(N.B. Este Cuento está escrito el día de la Hispanidad, 12 de octubre de 2013, festividad de todas las Pilares, y se lo dedico a la memoria de María de Villota, luchadora infatigable, hermosa por dentro y por fuera)

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Cuento de otoño: Los amantes de Estepona

11 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Se conocieron un verano; ella, perteneciente a una familia con posibles, estaba de vacaciones en la Costa del Sol y él, hijo de jornalero y ama de casa, jugaba en el Esteponense FC de medio-centro. Fue amor a primera vista; él se fijó en sus pechos saltarines y ella en sus robustas piernas.

Ella se llamaba Nuria, le gustaba leer novelas rosa y aún más el dulce de membrillo, lo que ayudaba a redondear sus caderas. Acababa de cumplir los diecisiete, y los aparentaba.

El, Manuel Antonio, era conocido como «Lito», tenía treinta y dos años, y había jugado una temporada en el Málaga, sin éxito, por lo que había sido devuelto a las categorías inferiores. Se entrenaba poco, porque trabajaba a media jornada de fontanero en los servicios municipales y, cuando se terciaba, hacía chapuzas para particulares.

Como tenían tiempo libre solían dar largos paseos. Por la punta del Saladillo, el Paseo Marítimo, la playa de la Rada,…incluso se les vió un par de veces en la playa de El Cristo, que ya empezaba a ser ocupada por nudistas, aunque vergonzantes.

En verdad, lo que más les apetecía era acercarse a Sierra Bermeja, utilizando prestada la furgoneta del servicio de aguas que conducía Lito, dejando una mano libre del volante, y perderse luego por los senderos de lo que es hoy el Parque de los Pedregales, allí donde la ermita del patrono San Isidro, aguardando la oscurecida.

Las amigas de Nuria, conocidas de otros veraneos, los llamaron pronto «los amantes de Teruel», aunque les cuadraba mejor, obviamente, los amantes de Estepona.

Los amigos de Manuel Antonio pretendieron hacerle reflexionar sobre el a dónde quería parar.

-La niña es un bombón, pero si pasa algo se te va a caer en el pelo. El padre es teniente coronel de Artillería, y se trae muy malas pulgas. -le advirtieron.

-Si la envidia fuera tiña, …-era la única respuesta que obtenían.

Pasaron un verano magnífico y, cuando llegó para Nuria la hora de marchar para reencontrarse con el norte, prometieron escribirse casi todos los días y verse con la frecuencia que les fuera posible.

-Es difícil, porque la distancia es mucha y mis padres no me dejan más que salir hasta las diez -se lamentaba la rapaza.

-Aunque digan que la distancia es el olvido, yo te prometo fidelidad hasta la muerte -aseguraba Manuel Antonio, cruzando los dedos.

No me consta que se hayan escrito mucho, pero sí de un hecho de excepcional importancia, al menos para Nuria. Sucedió que, por falta de las debidas precauciones en determinadas ocupaciones placenteras, o tal vez de una ignorancia culposa, Nuria se había quedado embarazada.

«Queridísimo Lito -escribió la joven, allá por el mes de noviembre, en plena temporada escolar y deportiva-. Estoy de los nervios. Tengo una falta de tres meses. Hice la prueba de la rana y no tengo dudas de que me tocó premio. No te dije nada antes hasta estar segura. Pienso que fue por aquella noche en que me clavé una piedra en el pompis. Dime qué vamos a hacer. Besos, Nuria»

Manuel Antonio leyó la escueta misiva, escrita con la letra grande y bastante desgarbada que se le hacía muy difícil de entender, hasta el punto de que, muchas veces, no comprendía algunas palabras o frases, quedándose a medias o a tercias.

Pero aquella vez lo comprendió todo, aunque, para quien no estuviera en el ajo, el estilo de Nuria pudiera parecer algo críptico. En directo, pues: su amiga estaba preñada. Solo que él no tenía ninguna gana de perder su libertad por una criatura más o menos que viniera al mundo, y verse con ello traspasado a la solemnidad de ser padre de familia.

Tenía, además, desde finales de septiembre, relación formal con cierta moza de Estepona, que trabajaba en una almazara y era también consentidora.

Por eso, tras un período de meditación sobre las opciones, decidió hacerse el longis. Escribió, al cabo de una o dos semanas, una nota deliberadamente oscura:

Querida Nenuca -la llamaba así porque le había encontrado la piel suave como la de un bebé, aunque ahora también era la manera en que se refería a la novia esteponense-. No te preocupes por nada. Las faltas se pitan en el momento en que se cometen. De la rana, qué te voy a decir. Solo se aprovechan las ancas, y en rebozo. A mí me dan repelús. La piedra que dices era serpentina, y no tiene ningún valor. Besos, Lito.

Nuria se quedó apesadumbrada, porque, como era lista para algunas cosas, vio claro que Lito se desentendía del asunto del penalti. Armándose de valor, le contó a sus padres el percance, pidiendo perdón por el desliz y haciéndose la víctima.

-Yo qué sabía -le confesó a su madre, que venía de ejercicios espirituales con los Avelinos-. Creía que los niños venían de París y no de Estepona.

El padre quiso inicialmente enviar un destacamento de artilleros, tomar Estepona y diezmar a la población varonil, pero, recobrada la calma, tomó una decisión estratégica más adecuada.

-Hay que poner punto y aparte a esta situación embarazosa -bramó.

Como por aquella época en que estaba prohibido abortar en España, Nuria fue enviada con su madre a Londres, de compras, y en un largo fin de semana quedó formalmente liberada, sin mayores consecuencias.

Pasaron muchos años. Nuria no volvió a ir ni pasar por Estepona -incluso renunció a acercarse a Málaga, y eso que tuvo oportunidad de que le adjudicaran una plaza de funcionaria en esa localidad.

Tampoco supo nada de Lito, que, por cierto, se retiró del fútbol al año siguiente, por una rotura doble de menisco, se casó con la chica de la zona, tuvieron dos hijas y actualmente está jubilado del Servicio de aguas, que fue privatizado y en el que llegó a ser encargado de saneamiento.

Algunas noches, Nuria sueña con que el niño que pudo haber tenido se llama Florencio o Pascasio y que unas monjas clarisas lo cuidaron hasta que pudo valerse por sí mismo, y ahora enseña Geografía en un instituto. Curiosamente, ese es parecido al sueño que, de tarde en tarde, inquieta a Manuel Antonio.

Ambos no supieron jamás lo que podría haber sido la historia completa de los amantes de Estepona, si hubieran querido jugar sus cartas de otra manera, o si las leyes que cambiaron bastante más tarde, hubieran convertido al nonato Florencio en un hijo natural, pero con todos los derechos que sostienen a los nacidos dentro de un matrimonio bendecido.

FIN

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Cuento de otoño: La granja sin matarife

10 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Hay cuentos que ponen la carne de gallina, incluso a los que presumen de ser duros y correosos como los cocodrilos. Este es uno de ellos, por lo que no es aconsejable que se lea a los niños antes de irse a dormir, pero es conveniente que lo conozcan para que estén bien despiertos ante lo que se les avecina.

Había una granja en la que los animales eran cuidados con esmero. Comían cuanto les apetecía, tenían sus zonas de esparcimiento y, por las noches, se procuraba, con el auxilio de unos feroces mastines, de que ninguna alimaña merodease por los alrededores.

En consecuencia, vivían una existencia muelle, engordaban, se reproducían y disfrutaban de las ventajas de un clima y entorno muy agradables. El propietario de la granja era un hombre bueno, sensible con los animales y, en consecuencia con unos principios éticos que había asumido como inquebrantables, había tomado una decisión muy importante.

Había despedido al matarife. No soportaba que sus animales fueran convertidos en carne para ser llevados al mercado como hamburguesas, filetes o chorizos. Ni siquiera cuando las gallinas habían dejado de poner huevos, las vacas de dar leche o los caballos ya no aguantaban el peso ni del más liviano de los jinetes, les daba pasaporte forzado al otro mundo.

Los seguía alimentando y cuidando, mientras envejecían. Y cuando la muerte les llegaba de forma natural, los enterraba piadosamente en una ladera soleada.

La situación se hizo difícil. No exactamente para el dueño de la granja, que era muy rico porque su abuelo había hecho fortuna en las Américas (cuando las Américas existían como tierra prometida). Se hizo difícil para los animales más jóvenes, que veían cómo los más viejos ocupaban los mejores sitios en los comederos, en los pesebres, en las perchas y en las zonas en donde se podía rumiar bajo la mejor sombra.

Un cerdo de raza ibérica prístina convocó a los jóvenes de todas las especies para una reunión informativa. Lo hizo al amparo de la hora de la siesta, mientras los mayores dormitaban. Y eligió como sitio en donde despertar las menores sospechas, un lugar alejado de los comederos, cerca de los montones de estiércol, en donde se fabricaba abono orgánico para fortalecer los campos de remolacha y trigo.

-No debemos soportar más esta deplorable situación. Los viejos ocupan el sitio que nos corresponde en la granja. El amo los quiere más, solo porque son más antiguos en este lugar, y ellos se comen lo más sustancioso del alimento, sin producir nada a cambio. -argumentó, convincente.

-Es cierto -corroboró una de las gallinas ponederas-. El amo se come nuestros huevos, bebe la leche de las vacas nodrizas y carga pesadamente a los alazanes más jóvenes, mientras las gallinas cluecas y añosas, las vacas estériles y los caballos que no sirven ni como sementales ni para tiro, nos desplazan de los lugares de privilegio.

-Aún peor -gritó una ternera primeriza, que estaba recién parida-. Mi abuela y sus amigos decrépitos nos miran por encima del hombro, dándonos estúpidos consejos, acerca de si no debemos desperdiciar la comida que cae de los comederos, o la conveniencia de tener pocas crías para no sobrecargar la economía del patrón.

-No valen ni para solazarnos con ellos -terció una oveja que tenía restos de hierbabuena en el mentón-. Hay varios machos cabríos a los que no les importa que estemos en celo para cubrirnos, pero que se interponen entre los más potentes de nuestros compañeros, reclamando prudencia en las prácticas sexuales, porque alegan que disminuye la esperanza de vida…

El intercambio de pareceres discurrió de ese tenor durante una hora larga. Al final de la cual, uno de los cerdos más lustrosos, propuso la adopción de una medida que, en realidad, llevaba ya estudiada.

-Debemos proponer al amo que vuelva a contratar el matarife. Será la forma de eliminar a tanto vejestorio y disfrutaremos de la granja para nosotros solos, los jóvenes, como merecemos.

La propuesta fue aprobada por aclamación. Y aquella misma tarde, los animales jóvenes de aquella granja especial, que estaban dotados .como también sus mayores- de la facultad de hacerse entender de los humanos, trasladaron, como una condición irrenunciable, que el matarife debía volver a ocupar sus funciones en la granja.

El amo no quería, llevado de su sensibilidad, malestar entre los animales a los que respetaba y quería. Deseaba hacer lo mejor para ellos y, no queriendo que el alboroto se convirtiera en una revolución, llamó al matarife, para que cumpliera con el trabajo para el que estaba capacitado.

Y lo hizo, válgame Dios si lo hizo a conciencia. Explicó al amo que los animales viejos tenían la carne demasiado dura para ser llevada al mercado y no merecía la pena pagar las tasas del matadero ni los costes de conducirlos al mercado.

En cambio, sacrificó a una buena parte de los animales jóvenes, que tenían las carnes tiernas y mucho más jugosas y apetecibles para los mercados.

La calma volvió a reinar en la granja. Y los animales rebeldes, tanto los que quedaron por el momento en la casa de labranza como los que fueron conducidos al sacrificio, tuvieron algún tiempo para meditar sobre el alcance de su protesta.

FIN

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Cuento de otoño: De altramuces y sabios

9 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Seguramente, algunas de las obras de quienes ahora llamamos clásicos de la literatura, no surgieron del impulso genial sino de la necesidad de combatir el aburrimiento, tanto ajeno como propio.

Las muchas horas que había que cubrir entre pendencias callejeras, desvíos amorosos, batallas en Argel y justas poéticas, tenían forzosamente que consumirse en las tabernas, apurando jarras de vino peleón, tratando de encontrar sentido a frases que hicieran, por ejemplo, rimar permiso con inciso, liza con castiza, o brío con me fío.

Todo fuera bien empleado, si acudía la inspiración al llamado del ingenio, lo que, como es sabido, se fomenta con el auxilio del alcohol, tanto si faltan como si comparecen féminas («Soy varón, y nada de lo nuestro me es ajeno», como escribió Terencio en horas bajas).

Cuando Calderón de la Barca se decidió a incluir en una décima de La vida es sueño, un plagio del cuento del Conde Don Julián sobre un muy pobre tipo que recogía las cáscaras de los altramuces que a otro habían servido de alimento, le dio, sin saberlo, un giro precursor, pues puso de protagonistas a sabios y no a pobres ni a tipos corrientes, y dejó a un lado las habichuelas para referirse, simple y llanamente, a hierbas.

Así dotó de una trascendencia insospechable a sus forzados ripios: «Cuentan de un sabio que un día/tan pobre y mísero estaba/que solo se sustentaba/ de unas hierbas que cogía/…!

Son, en efecto, en la actualidad que se vive en Valgamediós, los sabios quienes más riesgo corren de pasar hambre. Y para paliarla, no es cuestión de buscarse altramuces, que, con el correr de los tiempos, se han vuelto bastante caros, pues son ahora legumbre muy apreciada ya que, a decir de los dietistas que andan a la que salta, mejora mucho el colesterol bueno.

Así que los altramuces han pasado de ser el acompañante con que nos obsequiaba el tabernero cuando tomábamos aperitivo en Andalucía, a delicatesse de estómagos selectos y, a la par, hemos conducido a los investigadores (aunque no alcancen la categoría de sabios), a hacerles apreciar las hierbas, víctimas de la penuria.

Hierbas que pueden ser o ingeridas o fumadas, según naturalezas.

Por todo ello, los niños a los que hoy sean dados a leer los versos de don Pedro, ya no le sacarán la enjundia que veían en ellos aquellos maestros que anteponían su vocación a las reivindicaciones.

En lugar de ver en cuentos de altramuces y sabios un ejemplo de resignación ante los reveses de la vida, no hallarán en ellos más que galimatías sin sentido. Y estando sus entendederas muy perjudicadas por los iPod con los que nacen llevándolos ya incrustados en las orejas, no sabrán a quién preguntar significados ni, si lo encontraran, dispondrán de la intención con que escucharles.

¿Qué es mísero? ¿Quién es galimatías? ¿Son los altramuces frutos venenosos? ¿Importa a alguien saber más o mejor, si todo está en internet al alcance de un clic?

Reivindiquemos a Calderón de la Barca por su perspicacia. Aunque, ya que él remedó a Juan Manuel, hagámoslo con él nosotros, terminando su décima de esta forma parecida:

«Y cuando el rostro volvió,/ halló la respuesta viendo,»/ que nadie iba respondiendo/ las preguntas que él formuló./

Hay por ahí gentes que se molestan en poner puntuaciones a la sabiduría de los habitantes de Valgamediós, confrontándolos con test que no tienen otra intención, según su opinión oficialmente admitida, que dejarlos en ridículo.

Por supuesto, defienden, que saben interpretar correctamente una factura eléctrica (-Pero, ¿de qué nos serviría?, -se preguntan), y son capaces de entender el Quijote (-Cuando nos animemos a hacerlo, -razonan-¡Hay tanto que leer!) y que sus universitarios están a la misma altura que los de Japón (y, sin duda, es un insulto compararlos con estudiantes de bachillerato orientales, dada la diferencia cultural).

-Los habitantes de Valgamediós -difundió su portavoz oficial, en un comunicado- no sacamos buena nota en los exámenes porque venimos de vuelta de todo. En especial, de allí donde otros alimentan y estimulan las perspectivas que promete la ciencia. En Valgamediós nos hemos especializado en criticar los hallazgos de otros, cualesquiera que sean éstos. Somos, por ello, maestros en la crítica destructiva.

-En coherencia con ese objetivo, -prosigue el comunicado- damos y daremos únicamente la voz a los que más griten, sin importarnos la verdad o falsedad de sus argumentos, pues nos complace el barullo que generan.

En la redacción de esta Declaración de principios, según parece, participaron varios especialistas en vacuidades y torpezas. Un periódico local, al día siguiente, alabó la pertinencia de dar divulgación a estos principios, extrayendo la siguiente conclusión:

-Que otros se ocupen de lo que creen útil, porque nosotros sabemos muy bien lo que necesitamos para ser felices. Debemos dejarnos dominar por la ignorancia supina, que es la única forma de estar al servicio de la naturaleza.

El pasquín, junto con esta glosa o comentario, firmada por un prestigioso enmerdador cultural, fue colocado en todas las Universidades, Escuelas, Centros de Orientación Pedagógica y Lugares de Investigación, para que sirviera de guía obligatoria, por si alguien mantenía alguna duda de cómo habría que proceder en caso de duda.

Nadie se atrevió a rechistar, que se sepa.

FIN

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Cuento de otoño: Lecciones para cerditos

8 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Casi todos los cuentos para niños acaban mal para las brujas, los lobos, los duendes y, en general, para esas criaturas taimadas que aprovechan los descuidos y la inocencia de otras, con la exclusiva intención de comérselas, objetivo que nunca cumplen y, si llegan ocasionalmente a zampárselas, surgirá un cazador que les abrirá la panza para extraer, sanos y salvos, a las abuelitas, los cerditos, los corderitos o las caperucitas.

Nos han enseñado a interpretar esas historietas en una sola dirección, que es la de pretender que nos identifiquemos con los perseguidos y saquemos como moraleja, conclusiones y avisos que, en la vida real, es muy poco probable que podamos poner en práctica.

De entre los cuentos enigmáticos con los que teóricamente fue formado en mi niñez en las buenas prácticas, el de los tres cerditos es, para mí, el que se lleva la palma.

Recordará el lector que esos tres lechoncitos, habitantes de un bosque, eran apetecidos como alimento por el lobo feroz. Buscando protección, todos construyeron una casa para guarecerse en ella. El más vago y remolón la fabricó de paja; el intermedio en las veleidades del espíritu, la hizo de madera, y el tercero, que era más concienzudo, se atrevió con el ladrillo.

Cuando el lobo aparece en la escena, hambriento y sistemático, sopla primero sobre la casita de paja, destruyéndola, y da luego unos golpes sobre la de madera, que tampoco puede resistir tales envites. Los dos hermanos menos eficientes, desprovistos de cobijo, corren a refugiarse en la casa del albañil, la cual, no solo resiste, sino que, cuando el lobo intenta entrar por la chimenea con las previstas intenciones manducatorias, se encuentra con que le está esperando en el hogar una caldera con agua hirviendo, en la que cae de cabeza.

Las versiones que andan por ahí difieren a partir de este momento. Unas, dan en afirmar que al lobo nunca más le quedaron ganas de comer cerditos, bien por escarmentado o por haberse convertido en carne guisada. Otras variantes, seguramente ubicables en lo que se podía llamar teoría de la liberación de cánidos, dejan a cerditos y lobo cantando juntos en un grupo musical, en feliz armonía.

En realidad, los grandes comedores de cerditos somos los seres humanos, y solo hay que irse hasta Segovia para percatarse de las razones de la devoción que sentimos hacia estos animales, de las que se ha dicho que nos gustan hasta los andares.

Cierto es que los cerditos que viven en los bosques se llaman jabalíes y que, dado el abandono en el que, particularmente en España, tenemos a esta parte de la naturaleza, han proliferado mucho, hasta el punto de que bajan al llano a hurgar en la basura de las colonias humanas que limitan con lo verde.

Cierto también que, gracias a la reintroducción del lobo en ciertos parajes, y a la escasez de los apetitosos rebaños de ovejas, que tan buenas historias de saña, solidaridad y desafectos filiales proporcionaron a nuestros ancestros, no es ya improbable que los jabatos y los lobos tengan encuentros poco saludables para los primeros.

Pero todo no es óbice ni cortapisa para defender que el mayor enemigo de los suinos en general es el hombre. Y puesto que el ser humano es el único animal conocido capaz de leerse cuentos y creérselos, poca defensa tienen los seres a los que este depredador les encuentre buen sabor, salvo que sean venenosos o sea oficialmente declarado pecado el comérselos.

Por eso estoy convencido de que, en la versión para cerditos, en la que no hay lobos feroces, sino hombres y mujeres sin miedo al colesterol, los tres hermanos se salvan, no por la solidez de la construcción de las viviendas, sino por haber conseguido influir en las alturas para ser declarado animal inmundo.

Lo que es un buen truco, desde luego. Hasta el punto de que los percebes, las cigalas, los centollos, la carne asada, los calamares en su tinta, la tarta de Santiago y las empanadillas de bonito están tramitando la declaración de impacto celestial.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, animal inmundo, cerditos, cuentos de otoño, historieta, interpretación, lechón, lobo feroz, moraleja, protección celestial, vida real

Cuento de Otoño: Dando explicaciones

5 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El padre de todos los vicios entró en la habitación donde sus hijas Envidia y Maledicencia dormían plácidamente, y las despertó, furibundo:

-¡Es ya muy tarde para estar en la cama!. Ya hace un buen rato que Competencia y Mérito estarán trabajando.

Envidia abrió un ojo y se revolvió en el lecho, perezosa.

-Déjame, papá, dormir un poco más. Tú sabes muy bien que cualquier cosa que puedan hacer en años esos dos, nosotras se las podemos desbaratar en cuestión de segundos.

Maledicencia, que era más obediente y, sobre todo, porque disfrutaban haciendo que las cosas fueran a peor, se levantó de inmediato, y sacó del armario uno de los trajes que más le gustaban, aunque era de su hermana mayor, Mentira.

No hacía falta ser muy observador para darse cuenta de que en aquella casa tan grande, dominaba el Desorden, que era el hermano mayor. Posiblemente aquejado del síndrome de Diógenes, amontonaba en su cuarto montones de cosas, que también podían encontrarse, atravesadas, en los lugares más inesperados.

Desorden tenía pretensiones de grandeza y no era exactamente un mal tipo, y, en realidad, cortejaba a alguna de las Virtudes, pero carecía de atractivo. No encontraba las palabras, confundía hechos y circunstancias y, aún peor, nunca sacaba conclusiones.

Pues bien, en ese pueblo imaginario, la situación que más preocupaba en el momento en que me dispuse a contar esta historia, era que, desde hacía tiempo, el grupo de las Virtudes y los Méritos estaba ganando la partida.

No eran muchos, en verdad. Estaba Trabajo, que era muy serio y, por lo general, competente. Su mejor amigo, Estudio, salía poco de casa, pero cuando lo hacía, resultaba brillante y todos querían estar a su lado, porque se le ocurrían ideas inolvidables. Competencia y Mérito eran los dos hermanos pequeños, gemelos univitelinos.

Tenían una tienda de Resultados y Posibilidades y les iba bastante bien. Tenían clientes muy buenos, como Futuro y Sociedad y otros que, al menor descuido, se marchaban sin pagar, como Política y Coyuntura.

Enfrente del comercio, que era el más antiguo de la ciudad, había otra tienda, que pretendía hacerles la competencia, y que se llamaba de Cuentos Chinos. No era, al contrario de lo que su nombre pudiera indicar, de propietarios del Este, sino de los de andar por casa, pero, aunque su mercancía estaba, por lo general, deteriorada, vendían a mansalva. Sobre todo a los Vicios y a los recomendados por ellos, que obtenían una comisión sustanciosa.

Aquel día, Envidia, que ya estaba plenamente despierta, después de haberse desayunado con rabos de lagartijas y malos pensamientos, fue a buscar a Inteligencia que estaba, como siempre dándole vueltas a las cosas, para encontrar su lado bueno.

-¿Qué haces, Inteligencia, que no comprendo a qué viene tanto esfuerzo? -le preguntó, provocadora, la de la mirada torva.

-Pues, ya ves. Buscando soluciones, que es la manera de avanzar. -fue la respuesta.

-¡La verdad, no es ninguna tontería! Otros pensarían que es una pérdida de tiempo, pero es absolutamente necesario lo que haces. ¡Ay, si todos hicieran lo mismo!…

Envidia se acercó a ver lo que estaba haciendo Inteligencia, aparentando prestarle mucha atención, y, en un descuido de ésta, le echó arena en el engranaje y unos alambritos de zancadillas.

-Bueno, te dejo, que llevo prisa, porque me han llamado del Palacio de los Principios, para que les organice la fiesta de Primavera. Nos vemos.

Envidia se fue con viento fresco y cuando Inteligencia puso en marcha el proyecto en el que había estado trabajando, la arena y los alambres que había introducido la pérfida, provocaron un cortocircuito.

FIN

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Cuento de otoño: El último ponente

4 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Si el lector es invitado a participar en un Congreso o Jornada, sea del tipo que fuera, ha de procurar que no sea designado el último ponente.

Y si lo fuera, para evitar frustraciones, le aconsejo que no prepare su intervención, o no la haga con el interés que el caso debiera merecer, porque lo más probable es que no tenga ocasión de pronunciarla.

La tradición oral ha concretado que es muy mal lugar ser designado como primer ponente de la tarde, y que los Congresos han de terminar el viernes por la mañana, y que si quiere lanzar algún mensaje antes de un fin de semana, que tenga real aceptación, ha de limitarse a algo que no sea muy diferente a «pásenlo ustedes bien».

Resulta que el protagonista de este Cuento de Otoño, aunque podía conocer la existencia de tan elementales principios, no le resultaba posible llevarlos a la práctica. Designado sistemáticamente como el último ponente de las Sesiones en las que participaba, presentado su currículum y experiencia como uno de los mejores atractivos para los asistentes, en realidad, nunca tenía tiempo para contar lo que había preparado.

-Lamentablemente, solo nos quedan dos minutos para escuchar la intervención de Prometeo Bienloquiero, ya que los anteriores ponentes se han alargado excesivamente y la pausa para café ha durado el doble de lo esperado. Por eso, tampoco tendremos coloquio, al contrario de lo previsto. Y como no quiero consumir más tiempo de Prometeo, le cedo la palabra, para que tenga la amabilidad de resumirnos en un minuto su ponencia, que, de todas maneras, en los próximos días se podrá consultar en internet, en la página web que está en construcción.

Estas solían ser, con pocas variaciones, las palabras del Presidente de la mesa, antes de que se procediera a dejar a Prometeo Bienloquiero en la tesitura de tomar la decisión de agradecer, sencillamente, la asistencia, y maldecir a los anteriores ponentes por el consumo desvergonzado que habían hecho del tiempo que a él hubiera debido corresponderle. Todo ello, además, después de que cada uno hubiera anunciado que sería breve, debido al corto tiempo disponible.

Prometeo consultó con varios especialistas en comunicación sobre lo que podría hacer en ese caso concreto en el que invariablemente, por ser el último ponente, no se le concedieran más de uno o dos minutos para lanzar su mensaje.

Casi todos se concentraron en proponerle que, antes de la Sesión, pidiese al Presidente y a los demás ponentes que se atuvieran al programa y al horario establecido, y que se enviasen a los retrasados, a punto de cumplirse cada período asignado, mensajes claros de que se fuera terminando la exposición.

-Que les enseñen carteles que avisen que les quedan cinco minutos, dos minutos, y que el tiempo se les acabó.

-Ya, ya -explicaba Prometeo- pero la gente no suele hacer caso, y el Presidente de la mesa no tiene por costumbre estrangular a los conferenciantes. Así que, por buena que sea la intención original, siempre hay alguno que se desmadra en la exposición, y consume su tiempo y otro tanto más, y, como yo soy siempre el último, pues la ponencia que debe ser acortada es la mía.

-¿Y por qué tienes que ser siempre el último? -llegó a preguntarle uno de los expertos, que trabajaba para la conocida multinacional de Speaking up without any Shame, Ltd (SUWAS).

-Es que me corresponde hablar de la experiencia real. Todos los demás son profesores universitarios y, claro, ellos presentan la teoría y yo las aplicaciones -contestaba Prometeo.

Por fortuna, uno de los expertos consultados le dio un consejo que resultó infalible, genial, demoledor. Ya que no podía evitar el que su tiempo fuera consumido por los antecesores en el orden de ponencias, si podía conseguir que nadie les hiciera ningún caso, y que lo que él dijera fuera recordado indefectiblemente.

En las próximas jornadas, Prometeo Bienloquiero asistió a los Congresos en los que era invitado como último ponente vestido de la forma más estrafalaria posible. Unas veces de payaso, otras de tenista travestido, algunas de falso obispo luterano, otras con la careta de capitán Acab y un globo de Mobby Dick.

Cuando, finalmente, le llegaba el turno de hablar, no importaba que tuviera solo dos minutos. La tensión que había concentrado sobre él era prácticamente ya insostenible.

Entonces, parsimoniosamente, se levantaba de su asiento en la mesa de conferenciantes, se encaminaba hacia el atril, comprobaba seriamente que el micrófono funcionaba, y se marchaba por la puerta, dejando a todo el mundo boquiabierto.

Lleva ya varias Jornadas en las que le invitan a hablar el primero, se explaya como le da la gana, repitiendo cuando le parece bien que está a punto de terminar, expone sus conclusiones, hace propaganda de su empresa y de sí mismo y, después de los aplausos que cosecha, los profesores se pelean por utilizar el tiempo restante.

Lo que ya no puede asegurar es que el panorama se mantenga. Pero, ¿y lo que se está divirtiendo?
FIN

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Cuento de otoño: El acta interminable

3 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

En el orden del día de la Reunión de Objetivos Urgentes de la Comisión especializada en Discutir Prioridades, se encontraba la aprobación del acta de la reunión interior.

Como era preceptivo, el secretario de la Comisión había preparado el borrador de la misma, que había sido convenientemente matizada y corregida por el Presidente de la Comisión. También, por pura cortesía, había sido remitida, para su evaluación previa, a los miembros de la Comisión, que habían enviado sus rectificaciones y sugerencias, casi todas ellas relacionadas con lo que les hubiera gustado haber dicho, aunque no lo hubieran dicho, o no así exactamente.

El Presidente de la Comisión, llegada la hora para considerar válidamente constituída la Comisión, abrió al sesión, e invitó a la aprobación del Acta.

El Secretario pidió a los comparecientes si estaban de acuerdo con lo escrito en la primera hoja de la reunión.

-En absoluto -expresó el representante de los Colectivos Sistemáticamente Marginados-. Los asistentes se indican por orden alfabético de nombres de pila, y debería ser de apellidos.

-No tiene sentido la propuesta, y manifiesto mi desacuerdo -intervino la portavoz de la Junta Vecinal de Lesbianas Propietarias de Animales de Compañía-. Primero, deberían indicarse, y por su segundo apellido, los nombres de los colectivos marginales, y, luego, por orden aleatorio, todos los demás.

-Calma, calma -sugirió el Presidente-. No discutimos por lo que no tiene interés. Podemos, incluso, hacer dos listas alternativas para esta primera página, si es que estamos de acuerdo con ello.

-¡Protesto! Y exijo que se exprese en acta que esto constituye un oprobio para mi colectivo. -surgió la voz del delegado de Actos Singulares Sometidos a Decisión Popular-. Debemos discutir cualquier tema a fondo antes de tomar una decisión que nos vincule a todos.

-P…pero -atajó, tímidamente, el secretario, que era también licenciado en Derecho por la Universidad a Distancia- No podemos dejar escrito en el Acta de esta reunión nada sino está aprobaba el Acta de la anterior. Sería tanto como querer hacer un Acta dentro del Acta, una caja de muñecas rusas, o algo así.

La intervención del secretario provocó airadas intervenciones. Unos, opinaban que era perfectamente posible realizar un Acta dejando constancia de las discusiones para aprobar el Acta de la reunión anterior, y otros, que la cuestión del orden de los asistentes era una cuestión ajena al Acta, y por tanto, no susceptible de discusión…

Cuando se terminaron las dos horas previstas para la reunión del día en que deberían debatirse los asuntos tan importantes, aún se estaba por la aprobación de la tercera página, de las dieciséis, de las que constaba el Acta de la reunión constituyente.

Por eso, el Presidente levantó la sesión, y convocó a los reunidos para la próxima reunión, a la fecha prevista, para poder seguir discutiendo, y eventualmente, otorgar la aprobación, al Acta de la primera reunión.

-¡Ah, pero antes deberíamos aprobar el Acta de esta reunión, para decidir si procede aprobar la de la anterior, o seguir con el programa previsto! -expresó, poniéndose el abrigo, el joven perito industrial Manuel Albadalejos, que había estado callado hasta entonces.

Las discusiones se prolongaron, y en viva voz y alterados semblantes, mientras bajaban por la escalera, satisfechos de haber cumplido con su deber.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: acta, Acta interminable, angel arias, aprobación, comisión, cuento de otoño, presidente, rectificaciones, Secretario, sugerencias

Cuento de otoño: El niño que hacía Conjeturas

2 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Lo llamaré Juanelo Conjeturas, aunque ese no es su verdadero nombre. Pero así lo conoce hoy todo el mundo, por lo que luego se verá, por lo que no es posible preservar su identidad.

Cuando sus padres descubrieron la afición de su hijo a fabricar conjeturas, se alarmaron, lógicamente.

-¿Por qué no haces como los demás niños, y preguntas sobre lo que no sabes? -le decían, una y otra vez.

Pero Juanelo, seguía, erre que erre, fabricando conjeturas, que incorporaba, no ya al campo de su imaginación, sino que manifestaba, sin rubor, a la menor ocasión, y tanto en casa, como en la escuela, como en la calle. Lo que, según con quién, provocaba admiración o cachondeo.

El profesor de Hechos Imprescindibles de la Historia, era uno de los que más sufrían con la persistencia de Ricarduelo a dejarse llevar por las hipótesis que surgían de su calenturienta falta de cultura, que dejaba crecer en el lugar en donde debía haber hincado los codos.

-¿Cómo es posible que tengas la desfachatez de decir que Colón no pudo descubrir América porque tenía que haberse perdido en el mar de los Sargazos? ¿Y qué tiene que ver que estés convencido de que Américo Vespucio haya podido ser un contrabandista? -le reprochaba el maestro, dándole en la cocorota con una palmeta.

-Se me ha ocurrido, porque Colón, antes de ponerse a descubrir lo que no se conocía y estaba lejos, tenía que haberse dedicado a conocer lo que tenía al alcance de las narices. Y en cuanto a lo de Vespucio, es que no tengo ni idea de quién es, y por eso le he imaginado una profesión, según lo que deduzco de su nombre -contestaba Ricarduelo, encogiéndose de hombros.

-Y eso, para colmo. ¿Crees que porque a ti te de la gana de imaginar algo, va a ocurrir? ?¿Supones que porque a ti te apetezca que algo haya sucedido de una determinada manera, va a ser más cierto que lo que han estudiado antes que tú miles de eruditos? -clamaba el maestro, palmeteando sobre el pupitre, con los demás alumnos, tirándose bolitas de papel, entretenidos.- ¿Y lo de Vespucio, qué? ¿Es cosecha de tu supina ignorancia?

-No lo sé. -se justificaba el niño-. Puede que sean solo conjeturas Dice mi mamá que todo lo que se me pasa por la cabeza son simplemente conjeturas.-replicaba el infante, tan campante, y aún, apostillaba:

-Me encanta el nombre. Conjeturas.

Por eso lo llamo Juanuelo Conjeturas. Conjeturas, por lo que hacía a cada rato, y Juanelo, por lo artificioso.

Y así, mal que bien, fue aprobando cursos, e, incluso, en la Universidad, en parte copiando de los que estudiaban de verdad y en parte, gracias a que conseguía de tarde en vez dominar su impulso por dejarse llevar de conjeturas, llegó a graduarse en Economía.

Incluso, una asignatura llegó a gustarle más que a un caracol una fruta podrida: Proyecciones econométricas. Cuando le daban una serie de números y le pedían que hiciera la previsión de su evolución futura, se le ocurrían tantas conjeturas, que el tribunal de evaluación le otorgó la matrícula, esto es, calificación con honores. Si los demás alumnos habían encontrado solo una respuesta (generalmente equivocada), él había propuesto ciento veinticinco, todas ininteligibles.

Recién licenciado, se dedicó a la política activa. Se convirtió en especialista en descubrir terrenos de credulidad para llenarlos de conjeturas, y le encantaba la facilidad con la que las gentes se dejaban convencer, sin necesidad de tener que pedir permiso ni pagar por ello.

Fue famoso. Iba por ahí, con su cargamento de hipótesis, convenientemente adornadas de falsedades y especulaciones, y aprovechaba el menor descuido para sembrarlas en campo ajeno.

Le encantaba advertir que, y era lo más gracioso, la inmensa mayoría de las personas no confiaban con ello obtener cosecha propia más adelante, sino que se dejaban sembrar de conjeturas el cerebro porque sí. Pero Juanelo rentabilizaba su siembra de inmediato.

Instalado como un mago en el país de Valgamediós, generó varios criaderos de conjeturas, y ofrecía las delicadas plantas en los mercados por intermedio de agentes autorizados. Se entregaban como si fuera perejil, esto es, de forma gratuita.

Bastaba con que se comprara cualquier otra cosa -un programa, una necesidad de empleo, el deseo de tener un parque infantil al lado de casa, una reforma agraria-, o un grupo se interesase por cierta mercancía -¿cómo conseguiremos mantener el estado social? ¿son independientes los jueces? ¿Cataluña será alguna vez independiente? -, y, aunque no se tuviera la menor intención de adquirirla, y aparecía, sonriente, uno de esos agentes, y endosaba al viandante una conjetura.

-«El próximo año será el de la recuperación», por ejemplo, era la planta de la que Juanelo Conjeturas repartía más ejemplares.

Esa planta tenía el grave problema de que era de duración anual, como las flores de Pascua, y se marchitaba al acercarse el prometido momento de la recuperación. No importaba lo que se hiciera con ella, daba igual que se la la cubriera de papeles y cálculos sofisticados, que se regara de buenas voluntades y nuevas promesas, se pudría, se acababa pudriendo totalmente.

Pero todo el que quería tener algo plantado en el balcón de la credibilidad, tenía que dejarse endosar una nueva planta de conjeturas, porque estaba mal visto tener las ventanas sin adornos.

-Ahí vive un pesimista y un cenizo -dirían los transeúntes, señalando un balcón vacío de conjeturas-. Con gente así, ¿qué se puede esperar?

Juanelo Conjeturas llegó a ser un venerado Ministro de Economía de Valgamediós, en donde, también hay que decirlo, no había competencia para ser ministro: todos eran incompetentes, por definición. Como encargado de presentar los presupuestos anuales, su trabajo concreto consistía en hacerlos creíbles hasta que dejaran de serlo, momento en el que pasaban de ser una conjetura a ser, para él y los suyos, una situación inesperada, aunque para la mayoría de los valgamendiosinos, se transformaban en puras situaciones desesperadas.

Hasta que consiguieron quitárselo de encima. Fue despertar de una pesadilla. Salvo que eso sea una simple conjetura.

FIN

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, conjeturas, cuento de otoño, error, especualaciones, futuro, ministro de economía, previsiones

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